Todas mis chicas

Todas mis chicas
Lilo, Marce, San, Luni y Viole (todas mis chicas)

Friday, December 23, 2005

SOÑAR EN UN CAMPO DE MARGARITAS...
RelojesWeb.com


imagen
MIRAR HACIA ATRÁS...


Hace mucho tiempo vivía en Tracia un cantor llamado Orfeo.
Su canto era tan hermoso que los animales acudían a oírlo.
Se dice que también era capaz de acallar una tempestad y apaciguar las olas con sus melodías.
Los dioses le obsequiaron una lira.
Orfeo vivía feliz en compañía de su esposa Eurídice.
Un día, Eurídice fue mordida por una serpiente y murió.
Orfeo la amaba tanto que decidió bajar a los infiernos y suplicarle a Hades que le devolviera a su esposa.
Al fondo de un precipicio encontró en una sala a su esposa en compañía de Hades.
El dios estaba enfurecido con el intruso que estaba allí sin haber sido llamado por la muerte.
Orfeo tomó su lira y expresó su dolor con acordes tan conmovedores que ablandaron el corazón de Hades.
Le prometió que dejaría libre a su amada con una condición:
Orfeo no debía volver su mirada atrás hasta abandonar los infiernos.
Si por temor o amor miraba hacia atrás, la perdería para siempre.
Orfeo, loco de alegría comenzó a caminar.
Caminaba y podía oír el rumor de los pasos de su esposa detrás.
De repente, pudo ver el sol, faltaba poco.
Trató de escuchar pero no se oía nada.
Se asustó y angustió.
Miró para atrás intuyendo lo peor, pero Eurídice estaba detrás suyo.
La tenía del brazo Hermes, el guía de las almas.
Desapareció junto a la bella mujer para siempre...

Todos los días, muchos hombres y mujeres que tienen el talento de Orfeo, buscan a su Eurídice en alguna parte.
Ella puede ser algo bueno o hermoso que ya no está.
Es pasado.
También como este Orfeo, bajamos al infierno a buscar lo que perdimos.
Y cuando miramos para atrás, la pérdida es aún más grande.
Hay momentos en los que es importante mirar sólo para adelante, detrás hay cosas bellas o momentos inolvidables, pero también aferrarnos a ellos puede convertirlos en nuestra pesadilla.




Saturday, December 10, 2005

Friday, December 9, 2005


Amor para siempre


Porque el amor no prescribe
es perenne sentimiento
tiene la fuerza del viento
su muerte no se concibe

Es para toda la vida
no interesan circunstancias
es vital por su importancia
y ya nunca se lo olvida

Anida en el corazón
y permanece inmutable
no es un bien intercambiable
es sentir toda pasión

Y no sabe de razones
que procuren su extinción
es esa gran ilusión
envidia de los bocones

Tuesday, December 6, 2005

Úselo y tírelo

La sociedad de consumo ofrece fugacidades. Cosas, personas; las cosas fabricadas para durar, mueren al nacer, y hay cada vez más personas arrojadas a la basura desde que se asoman a la vida. Los niños abandonados en las calles de Colombia, que antes se llamaban gamines y ahora se llaman desechables, y están marcados para morir. Los numerosos nadies, los fuera de lugar, son "económicamente inviables", según el lenguaje técnico. La ley del mercado los expulsa por superabundancia de mano de obra barata. El Norte del mundo genera basuras en cantidades asombrosas. El Sur del mundo genera marginados. ¿Qué destino tienen los sobrantes humanos?. El sistema los invita a desaparecer; les dice: "Ustedes no existen".

¿Qué hace el Norte del mundo con sus inmensidades de basura venenosa para la naturaleza y la gente? Las envía a los grandes espacios del Sur y del Este, de la mano de sus banqueros, que exigen libertad para la basura a cambio de sus créditos, y de la mano de sus Gobiernos, que ofrecen sobornos.

Los 24 países desarrollados que forman la Organización para la Cooperación en el Desarrollo Económico del Tercer Mundo produce el 98% de los desechos venenosos de todo el planeta. Ellos cooperan con el desarrollo regalando al Tercer Mundo su mierda radioactiva y la otra basura tóxica que no saben dónde meter. Prohíben la importación de sustancias contaminantes, pero las derraman generosamente sobre los países pobres. Hacen con la basura lo mismo que con los pesticidas y abonos químicos prohibidos en casa: los exportan al Sur bajo otros nombres.

En el reino de lo efímero, todo se convierte inmediatamente en chatarra para que bien se multipliquen la demanda, las deudas y las ganancias, las cosas se agotan en un santiamén, como las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza al mercado.

El Sur, basurero del Norte, hace todo lo posible por convertirse en su caricatura. Pero la sociedad de consumo -dime cuánto consumes y te diré cuánto vales- invita a una fiesta prohibida para el 80% de la humanidad. Las fulgurantes burbujas se estrellan contra los altos muros de la realidad. La poca naturaleza que le queda al mundo, maltrecha y al borde del agotamiento, no podría sustentar el delirio del supermercado universal, y al fin y al cabo, la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar el equilibrio de la economía mundial mediante sus brazos baratos y sus productos a precio de ganga. En un mundo unificado por el dinero, la modernización expulsa mucha más gente que la que integra.

Para un innumerable cantidad de niños y jóvenes atinoamericanos, la invitación al consumo es una invitación al delito. La televisión te hace agua la boca y la policía te echa de la mesa. El sistema niega lo que ofrece; y no hay valium que pueda dormir esa ansiedad ni prozac capaz de apagar ese tormento. La lucha social aparece en las páginas políticas y sindicales.

El mundo de fin de siglo viaja con más náufragos que navegantes, y los técnicos denuncian los "excedentes de población" en el Sur, donde las masas ignorantes no saben hacer otra cosa que violar el sexto mandamiento día y noche. ¿"Excedentes de población" en Brasil, donde hay 17 habitantes por kilómetro cuadrado, o en Colombia, donde hay 29? Holanda tiene 400 habitantes por kilómetro cuadrado y ningún holandés se muere de hambre; pero en Brasil y en Colombia, un puñado de voraces se queda con todos los panes y peces.

Cada vez son más los niños marginados que, según sospechan ciertos expertos, "nacen con tendencia al crimen y la prostitución". Ellos integran el sector más peligroso de los "excedentes de población". El niño como amenaza pública, la conducta antisocial del menor en América, es el tema recurrente de los Congresos Panamericanos del Niño desde 1993.

A principios de siglo, el científico inglés Cyril Burt propuso eliminar a los pobres muy pobres "impidiendo la propagación de su especie". Al fin de siglo el Pentágono anuncia la renovación de sus arsenales, adaptados a las guerras del futuro, que tendrán por objetivo los motines callejeros y los saqueos; y en algunas ciudades latinoamericanas, como Santiago de Chile, ya hay cámaras de televisión vigilando las calles.

El sistema está en guerra con los pobres que fabrica, y a los pobres más pobres los trata como si fueran basura tóxica. Pero el Sur no puede exportar al Norte estos residuos peligrosos, que se multiplican cada día. No hay manera de "impedir la propagación de su especie", aunque según al arzobispo de San Pablo, cinco niños caen asesinados cada día en las calles de las ciudades brasileñas, y, según la organización Justicia y Paz, son niños buena parte de los 40 desechables que cada mes caen asesinados en las calles de las ciudades colombianas.

Tampoco se puede mantenerlos escondidos, aunque los desechables no existen en la realidad oficial: la población marginal que más ha crecido en Buenos Aires se llama Ciudad Oculta y se llaman ciudades perdidas los barrios de lata y cartón que brotan en los barrancos y basurales de los suburbios de la ciudad de México.

No hace mucho, los desechables colombianos emergieron de debajo de las piedras y se juntaron para gritar. La manifestación estalló cuando se supo que los escuadrones parapoliciales, "los grupos de limpieza social", mataban indigentes para venderlos a los estudiantes que aprenden anatomía en la Universidad Libre de Baranquilla.

Y entonces Buenaventura Vidal, contador de cuentos, les contó la verdadera historia de la Creación. Ante los vomitados del sistema, Buenaventura contó que a Dios le sobraban pedacitos de todo lo que creaba. Mientras nacían de su mano el sol y la luna, el tiempo, el mundo, los mares y las selvas, Dios iba arrojando al abismo los desechos que le sobraban, pero Dios, distraído, se había olvidado de la mujer y del hombre, que esperaban allá en el fondo del abismo, queriendo existir. Y ante los hijos de la basura, Buenaventura contó que la mujer y el hombre no habían tenido más remedio que hacerse a sí mismos, y se habían creado con aquellas sobras de Dios. Y por eso nosotros, nacidos de la basura, tenemos todos algo de día y algo de noche, y somos un poco tierra y un poco agua y un poco viento.

Monday, December 5, 2005

Los preceptos
(de Gotas de rocio sobre una hoja de loto )Poemas Zen

Ten cuidado de no:
hablar demasiado
hablar muy rapido
hablar sin que te lo pidan
hablar porque si
hablar con las manos
hablar del mundo y sus cuitas
contestar con rudeza
arguir
sonreir con aires de superioridad
ante los comentarios de los demas
utilizar expresiones elegantes
jactarte
hablar con aire de sabelotodo
pasar de un tema a otro
hablar con palabras afectadas
hablar de hechos pasados que no pueden
cambiarse
hablar con pedanteria
evitar preguntas directas
hablar mal de los demas
hablar grandilocuentemente sobre
la iluminacion
hablar embriagado
gritarles a los niños
inventar historias fantasticas
hablar enfadado
mencionar personas importantes
hablar con mojigateria de dioses y budas
hablar dulzonamente
adular
hablar de lo que no sabes
monopolizar la conversacion
hablar de otro a sus espaldas
vanagloriarte
rezar ostentosamente
lamentarte del valor de la limosna
predicar sermones interminables
hablar con el melindre de los artistas
hablar con la afectacion de un maestro
de la ceremonia del te.

Sunday, December 4, 2005


ABRAZARSE
Preguntarse qué fue del carnet de baile y de la tarjeta de visita, del bastonero o de la nodriza puede ser hoy una tarea no menor: cualquier académico la abordaría hasta sacarle jugo político.
El rostro, el pecho, los pies, el beso y hasta las lágrimas han merecido eruditas historias culturales. Pero ¿y el abrazo? ¿Qué fue de él?, más allá del mítico Yatasto y de las películas nacionales donde una madre, generalmente con el rostro de Amalia Sánchez Ariño, abrazaba para dar su perdón a un hijo que había fingido durante cinco años estudiar medicina cuando en realidad se gastaba el dinero familiar en el Marabú.
Hoy cualquier agente de prensa desconocido, cualquier compañía que manda mensajes a cientos de personas a través de una lista de mailing, cualquier político que atiende por teléfono a un pasante apurado se atreven a despedirse con “un abrazo”.
También es un misterio por qué en otra época lo hacían con “un beso”.
En 2002 el abrazo y el beso, tan sagrados e inmutables, al menos en su importancia dentro de nuestra antropología sentimental, sirven hoy hasta para despachar a la expulsada de un reality show.
Y las que abrazan y besan son las mismas víboras que la votaron para tirar de la balsa.
Germán García, más que psicoanalista, “lector de los goces”, descree, en principio, de esos abrazos que ingenuamente continuamos asociando a la pureza.
–Siempre hubo en el abrazo una cierta ambigüedad, ya que por un lado siempre estuvo ligado a la familia y a la fraternidad, y por otro todo, el mundo sabe que significa “él la tomó en sus brazos”.
–¿Por qué hasta en los lenguajes informales que se intercambian desconocidos el “un abrazo” ha ido desplazando a “un beso”?
–Es una retórica fraternalista que se acentuó desde la aparición de las asambleas, de las mujeres de clase media alcanzándoles agua a los piqueteros.
Un abrazo quiere decir “somos hermanos en la desdicha”.
Como saludo nuevo veo el que responde a la lógica veloz del tinelismo: “Chauchu”.
Y eso me lo puede decir hasta un desocupado a través del teléfono.
Hay en todos estos supuesto cambios de las costumbres ciertos desplazamientos. En los sesenta los varones se besaban para despedirse sólo entre los miembros del grupo Cero –alude a una agrupación psicoanalítica que incluía en la cura la liberación de la sexualidad, incluso entre analistas y pacientes–.
Hoy el beso amistoso de despedida equivale a un abrazo.
Para Roland Barthes el abrazo como abolimiento del deseo aun entre amantes, como un incesto prorrogado donde todo se deja en suspenso –el tiempo, la ley, la prohibición– es el retorno a la madre.
En Argentina al auge del abrazo solidario coagulado en la expresión “Madres de la Plaza,el pueblo las abraza” invierte el sentido incestuoso en deseo de relevar a las madres abrazándolas metafóricamente como si fueran hijas en un intento de simbolizar una transmisión política.
Seamos uno ¿Por qué asociamos el abrazo a una inocencia que el beso nunca tuvo?
Mientras el rostro puede dejar transmutar tras una máscara de inocencia, la intención erótica a través del triángulo formado por un par de ojos adonde el deseo creerá leer el deseo y por unos labios que aun apretados y con las comisuras bajas bien podrían ser el efecto buscado de negar para tentar, en el abrazo, los cuerpos parecen querer hundirse el uno en el otro hasta atravesarse en un más allá de la carne, como deshaciéndola para sustraerla de su intención sexual.
En el tercer tomo de su autobiografía, La rama de Salzburgo, donde cuenta su amor pasión por Julián Martínez, ese buen mozo criollo al que Manucho llamaba “attaché de belleza”, Victoria Ocampo da cuenta de otras de las acepciones del abrazo amoroso: como puerto, regazo recobrado y alivio.
Del primer encuentro de los amantes perseguidos –ella era casada, choferes y mucamas vigilaban, la correspondencia era violada– evoca: “........Me abrazó y apretados el uno contra el otro sentimos, mudos, juntos, el alivio del contacto físico. Nos invadió, eliminando todo el resto. Alivio y felicidad. Las preguntas que habíamos preparado, las explicaciones que él quería darme, las palabras que esperábamos uno de otro se desvanecieron. Hoy no hay tiempo, pensábamos. Hoy no hay tiempo sino para este bálsamo de la presencia física. Estar abrazados sin una caricia ni una palabra..........”.
En el género chico del abrazo está el del reencuentro luego de una separación, de una pelea a muerte que el tiempo ha difuminado junto con su proyección obsesionante de instantes dichosos y anteriores a la batalla, género que Hollywood ha explotado en los primeros años del cine sonoro haciendo que una muchacha con capotita cierre con violencia una puerta detrás de los talones de su amante para hacérsela abrir, luego de un instante de rostro demudado, y correr bajo la nieve hacia la diligencia a la que él acaba de apearse con el humor negro de su capa. Allí habrá -casi siempre– un abrazo y no un beso.
Con los años el cine favorecerá el lugar común del traveling sobre una playa desierta donde los amantes hacen literal la representación del encuentro-desencuentro, corriendo uno hacia el otro con los brazos abiertos.
La retórica visual moderna, que ha ampliado las posibilidades de abordaje de los cuerpos muy a menudo hará que él la levante en brazos hasta marearla –a menos que sea Dany DeVito-.
Qué amargante este Barthes que nos recuerda la “culpabilidad” emboscada en el abrazo, es decir su probable desmoronamiento en lo utilitario para un fin satisfactorio: “Sin embargo, en medio de este abrazo infantil, lo genital llega infaliblemente a surgir; corta la sensualidad difusa del abrazo incestuoso, la lógica del deseo se pone en marcha, el querer asir vuelve, el adulto se sobreimprime al niño”.
Para Barthes éste sería una abrazo segundo respecto de ese otro que colma y pone en suspenso al buscador donde el orgasmo será el signo más visible de la baja estofa escondida.
Dos relatos de acuerdo con el sexo:
–Apenas yo estaba empezando a gozar de ese abrazo sentido cuando sentí que él estaba teniendo una erección.
–Me emocionó mucho abrazarla, pero cuando no separamos y pude verle la cara y entendí que ella juzgaba que ese momento era el más oportuno para proponerle que me casara con ella.
La escritora Cecilia Absatz sorprendía y hasta provocaba escándalo cuando, en la década del setenta, enunciaba como una bandera su defensa del abrazo.
Es que, durante el mandato clandestino de la revolución sexual, el abrazo casi era el despreciado equivalente a la ausencia de sexo.
Muy estudiosa de la perennidad en las estrategias amorosas de los silencios atentos –”es más difícil ser líder de audiencia que líder de opinión”, del pudor astuto y de la exhibición de dones considerados viriles para ofrecerlos a los pies del hombre en calidad de esclava– escuela de Colette –sostiene hoy la misma defensa.
–El beso es unívoco.
Nunca da esa paz interior del abrazo, esa intensidad acelerada y afrodisíaca de, a lo sumo, tres minutos.
El beso suele ser un punto de partida, el abrazo suele ser único.
Uno no se abraza con todo el mundo, pero ¿quién no besó irresponsablemente?
A Mike Jagger es más fácil querer violarlo que abrazarlo.
Un abrazo es más difícil de conseguir.
Absatz cree en el abrazo de los boxeadores, en ese pasaje jadeante en donde quien ha perdido la fuerza usa la de su enemigo para apoyarse en él.
Y cree en el abrazo de los políticos cuando abrazándose se ponen más allá de las diferencias o dan cuenta de que a menudo un adversario de ley es más necesario que un amigo.
Aunque para Germán García el abrazo de los políticos suele ilustrar la expresión “abrazo de oso”. Hacer el elogio del adversario y darle un abrazo. “Yo sin Balbín no voy a ninguna parte”, decía Perón y lo abrazaba.
Casi se trata de un espejo invertido de ese abrazo donde los amantes quieren ser uno pero sin querer saber cuál de ellos o fingiéndolo.
Si el darse la mano viril de antaño hoy se traduce en beso en la mejilla, los besos apasionados entre mujeres que se pueden ver en la película Las horas son traducciones del antiguo abrazo, sólo que en el tono mayor de las reliquias inembargables.
YO TE ABRAZO...DE VERDAD!!!!!!!

Friday, December 2, 2005

CHARLAS DE ASCENSOR

No hay nada más soso que las charlas que se mantienen en el ascensor, durante la interminable bajada o subida, tratando de estirar temas, imposibles, entre los cuales el favorito, desde ya, es el tiempo. Mi intelecto se subleva ante un despliegue de banalidad que merecería mejores objetivos, y en general, trato de evitarlas, fingiendo que estoy pensando en cosas importantes. Pero como vivo en un piso trece, la cosa es difícil y no tengo más remedio que someterme a ellas.
“Qué calor”, le dije a la señora que subió al ascensor esta mañana, mientras bajaba para comprar el diario. Era, como decía Bernard Shaw, una mujer que oscilaba entre dos edades, las dos bastante avanzadas, y el tema se imponía, porque verdaderamente estaba haciendo calor. La respuesta, en esos casos, es: “Sí, qué barbaridad”. Y en efecto: “Sí –me dijo ella–, es una barbaridad. Pero no es sólo el verano. Lo que ocurre es que el anticiclón del Atlántico se está desplazando hacia el Sur como consecuencia del calentamiento global, aunque por cierto los científicos no se ponen de acuerdo: en el último número de Nature se anuncia el comienzo de una nueva edad de hielo. ¿Usted puede creer que haya una discusión y no se sepa si el mundo se está calentando por los gases y el efecto invernadero o enfriando debido a una ligera variación del ángulo de rotación de la Tierra respecto a la eclíptica?”.
Realmente, no supe qué contestar, pero me salvé porque en ese momento el ascensor paró y subió un tipo joven que, por supuesto, quiso iniciar una conversación, mirándome directamente a la cara, de tal forma que era imposible evitarla. “¿Qué me dice de la violencia?”, le pregunté (hacía dos días habían asaltado a una anciana del cuarto, la habían descuartizado y luego habían tirado los pedazos por el pozo de la escalera). “Sí –me contestó–, es una barbaridad. Pero no hay que considerarla como exclusiva de nuestra época. Si uno se pone a pensar, la violencia de las ciudades modernas en realidad es muy leve si se la compara con lo que ocurría en cualquier burgo medieval, o en la misma Roma después del período republicano. En la época de Augusto se cometían por lo menos tres asesinatos por noche, según algunos historiadores. Bajó durante Tiberio y Calígula, pero volvió a aumentar con Claudio.” “Claudio era tío de Calígula –comentó la señora con una risita–, y cuando la guardia pretoriana entró en el palacio matando a diestra y siniestra, lo encontraron escondido detrás de una cortina y lo proclamaron emperador.” “Así que ya ve –me dijo el tipo joven–, en Roma a los emperadores los proclamaban los militares. ¿Cómo no iba a haber violencia en las calles? Si entonces, como ahora, convivían la riqueza con la...” Pero se interrumpió porque el ascensor se detuvo nuevamente y subió un señor canoso que usaba bastón. “Este es un heideggeriano”, me susurró la mujer por lo bajo. El hombre canoso saludó y yo traté de iniciar una conversación: “¿Vio que el portero no limpia nada?”, le pregunté. “Los restos de la vieja descuartizada están todavía en el palier.” “Sí –me dijo–, es una barbaridad, pero a mí me preocupa saber por qué es en general el Ser y no más bien la Nada.” Se hizo un piso de silencio, y la mujer no pudo contenerse. “Esa es una pregunta puramente metafísica y por lo tanto carece de la posibilidad de una respuesta científica”, dijo. “Digno de Carnap, el Círculo de Viena y sus derivaciones neopositivistas”, respondió el hombre del bastón: “Antes de refugiarse en la ciencia para rechazar los problemas metafísicos, sería bueno tener en cuenta las implicancias éticas de la ciencia, o por lo menos el estatuto ético que la ciencia debería cumplir y que Heidegger estableció con toda claridad”. “¿Lo hizo antes o después de afiliarse al partido nazi y expurgar de judíos su universidad?”, preguntó el tipo joven, socarronamente. El hombre del bastón iba a contestar, indignado, pero justo en ese momento llegamos a la planta baja, y cuando vi la basura (pedazos de la asesinada incluidos) acumulados en el palier (el portero, en vez de limpiar, estaba sentado en un sillón todo roto leyendo a Dostoievsky), mientras nos sofocaban las vaharadas de calor que llegaban de la calle cruzando la cual un grupo de adolescentes asaltaba a una vieja, pensé en el anticiclón del Atlántico, en la Roma imperial, en el Ser y la Nada, y volví a maldecir las conversaciones de ascensor que nunca se ocupan de las cuestiones importantes.

Wednesday, November 30, 2005

ANTE EL IMPACTO QUE ME GENERO ESTA NOTA, DECIDI SUBIRLA ACA, OJALA TODOS LA PUEDAN LEER....Y AYUDAR CLARO

NOTA URGENTE (S.Russo)
Esta es una nota urgente, una nota que debería ser leída con atención por las decenas de propietarios de humildes casas del partido de 3 de Febrero que, desde hace un mes y una semana, se niegan a alquilarle una vivienda a una familia pobre que la necesita con desesperación: no para gozar de un techo protector y unas paredes sólidas, como bien podría ser y a lo que lógicamente tienen derecho, sino para brindarle a uno de sus hijos, de doce años, una muerte digna.
El chico padece distrofia muscular de Ducheme, la más grave de las variantes de esa enfermedad. Tiene una expectativa de vida que por lo general no supera los trece años. Hace nueve meses que está internado en el hospital de niños Ricardo Gutiérrez. Ante lo crónico y lo irreversible del mal, los médicos de ese hospital le comunicaron a la familia que deberían llevárselo de ahí, ante los riesgos de infección intrahospitalaria. “Internación domiciliaria”, sugirieron.
El padre es chapista y está desocupado. Cobra un Plan Jefes y él, su mujer y sus otros cinco hijos viven en una habitación de seis por seis y están colgados de la luz. El chico enfermo debe ser trasladado con un respirador artificial. Le hicieron traqueotomía. Ante un simple corte de luz, moriría. Una muerte de esa naturaleza, ¿responsabilidad de quién sería?
La familia recurrió a una abogada especialista en discapacidad, María Inés Bianco, para que se pusiera en marcha el Profe (Programa Federal de Salud), que contempla internaciones domiciliarias. Pero ante el precario panorama del único domicilio al que sus padres podían llevar al chico, la abogada presentó ante el juez Arias, de La Plata, un recurso de amparo y una medida cautelar pidiendo en 48 horas una vivienda digna para esta familia que está viendo agonizar a uno de sus hijos. La medida fue aceptada. Hubo ya dos audiencias a las que fueron representantes de todas las instituciones demandadas: el Ministerio de Infraestructura y Vivienda bonaerense, el Instituto de la Vivienda, el Ministerio de Desarrollo Humano y la Municipalidad de 3 de Febrero. Todos acatan la resolución del juez: el gobierno bonaerense está dispuesto a pagar un año de alquiler por adelantado y a hacerse cargo de la garantía.
Sin embargo, a un mes y una semana de la resolución, el chico sigue internado en el Gutiérrez, la familia sigue desesperando y viviendo en la habitación de seis por seis en la que cada día que pasan un hombre y una mujer, padre y madre, no sólo son aguijoneados por el insondable dolor de los meses por venir y la agonía del niño, sino también porque no pueden ofrecerle a ese niño un hogar lo suficientemente digno para morir en él.
En la segunda audiencia y tras el fracaso de la búsqueda de una casa en alquiler, se decidió que una trabajadora social acompañase al padre en esa búsqueda. Fue infructuoso. Los propietarios de viviendas del partido de 3 de Febrero no quieren alquilarle una casa al Gobierno, y menos que menos quieren que sus locatarios sean los padres de un chico discapacitado y moribundo.
El Ministerio de Infraestructura admitió, y consta en el expediente, que en este momento no hay planes de vivienda, lo cual equivale a decir que el Estado no dispone de ninguna casa para ofrecerle a esta familia. El juez libró un oficio, entonces, para que esa casa sea buscada entre “herencias vacantes”, es decir, aquellas casas cuyos habitantes murieron y no dejaron herederos. En una semana, ese trámite tampoco prosperó.
Habría mucho que pensar sobre este caso. Por qué algo tan magro y sencillo como una vivienda es un bien escaso del que un Estado como el bonaerense no puede hacerse cargo cuando una situación como ésta, de una gravedad extrema y ya amparada por la Justicia, lo requiere. Por qué personas particulares, propietarios de casas cuyos alquileres rondan los seiscientos pesos, en lugar de asistir solidariamente al que sufre le cierran la puerta en la cara. Por qué es urgente y necesario escribir estas líneas entrecortadas y nerviosas: me contesto que porque de no ser leído el caso hoy mismo por alguien con poder de decisión, la búsqueda deesa casa para que un niño muera rodeado de los suyos languidecerá entre expedientes que se olvidarán como otros. El niño está conectado a un respirador y no puede hablar. No tiene voz. Pero que alguien lo oiga, y ahora. Mañana mismo es tarde.

Thursday, November 24, 2005


ESPIAR!

Durante años practiqué una forma de placer que juzgaba inofensiva.
Al entrar a un bar, al subir a un colectivo o ubicarme en una cola para realizar algún trámite, trataba de situarme cerca de grupos de al menos dos personas.
Después, simplemente, oía la conversación.
En ocasiones me divertía, en otras me indignaba.
Las mejores eran, por supuesto, aquellas en las que se discutía algo con cierta violencia o acaloramiento y el punto más alto de placer se correspondía en relación directa con la ignorancia acerca del tema que había originado la disputa.
A veces tomaba partido, sin dudas, por uno de los contendientes. Los motivos, al no conocer la causa de la discusión, eran puros y desinteresados.
Lo que valoraba, en esos casos, era la calidad de la argumentación y algunos detalles aparentemente ajenos pero de vital importancia para mí: la tranquilidad en la exposición, el cuidado en las gesticulaciones, la sensación de verdad que pudiera transmitir el tono de voz.
Mis enemigos instantáneos eran las voces muy agudas y, desde ya, las intensidades excesivas.
El uso indiscriminado de teléfonos celulares aumentó, en principio, la oferta de conversaciones ajenas por ser espiadas.
La mejoría, no obstante, fue sólo aparente.
A pesar del obvio atractivo de no escuchar a uno de los que conversaban y poder, por lo tanto, imaginarlo a partir de lo dicho por el otro, la calidad de estas conversaciones era notablemente inferior a la de las personales.
Comunicaciones para indicar que la tarta que estaba en la heladera debía ser puesta en el horno a las \n12.15, o que los papeles de la transacción los llevaría Giménez eran la norma.
Pero ése no fue el problema.
Las complicaciones comenzaron cuando empezó a ser evidente que la regla que yo me había impuesto no iba a poder ser respetada.
Todo el andamiaje descansaba en un principio básico: yo no debía intervenir.
La primera vez no fue grave.
Apenas una discusión marital en la que no fui capaz de sustraerme a la necesidad de reclamar indulgencia para el marido ante las quejas airadas de la mujer.
La segunda ocasión, una discusión acerca de un dinero que había desaparecido de la caja y de la confianza de años que el empleado había dilapidado, fue más complicada: el placer de espiar fue reemplazado por cierto daño físico. Ya no espié más.
Placeres.............
Este es un placer muy 02, y seguramente compartido.
Un placer muy argentino.
Esquivo, infrecuente, placer de dioses pero de dioses de entrecasa, de dioses en pantuflas, de dioses contracturados.
Tiene lugar sin que uno se dé cuenta y ésa es su mayor gracia, su arte de magia, su toque de misterio.
Puede correr por diferentes carriles, es decir: puede ser un placer erótico –y en ese caso, digno de panderetas y fuegos artificiales–, o un placer gastronómico, en cuyo caso uno quedará atorado pero satisfecho, o un placer familiar, y entonces seremos seres agradecidos a la vida por haber construido ese nido cuya estabilidad nos demanda tanto esfuerzo, pero que vaya si nos devuelve, y con creces, tamaña responsabilidad.
Se trata, lo digo de una vez, de olvidarse.
De olvidarse del banco y del cheque y de Duhalde y del dólar y del crédito y de todo.
Son ratos, recreos, lapsus en los que la Argentina queda lejos o por lo menos afuera.
No hace falta embarcarse en ninguna aventura extraordinaria, porque vamos, ¿quién está en estos días con la energía necesaria para salir al mundo a cazar endorfinas?
Justamente, porque todos estamos de cama, a punto de engriparnos, angustiados, con la autoestima baja, con facturas vencidas, con sueldos por cobrar, con falta o con exceso de trabajo, esos ratitos que le ganamos a la crisis sobrevienen de pronto cuando ese resto de salud mental que todavía atesoramos nos empuja a buscar una noche a solas con ese o esa que a su vez deja de lamentarse y entramos en clima y nos bebemos unos tragos y desdramatizamos y jugamos a ser esos que éramos antes del corralito, seres humanos sexuados y disponibles para algún que otro juego.
O cuando con los hijos se posterga la hora de mandarlos a dormir y hay charla y chistes y confidencias, y se nos pasa por la cabeza que eso y ninguna otra cosa es lo que vale.
O cuando con amigos o sin ellos, en una fiesta o a solas en casa, distendidos o no, sábado o jueves, volvemos a recuperar la sensación de estar pasándola bien, rebien, de disfrutar.
Con qué poco gozamos y qué difícil se nos ha puesto el goce.
Darse cuenta, después de cada uno de esos posibles ratos de bienestar, que uno ha podido en un lapso razonable de tiempo olvidar la Argentina nos reconcilia con nosotros mismos: caray, qué linda era la vida hace unos meses.

Wednesday, November 23, 2005

Mas placeresss (especiales?)
Entregas...

Yo podría ocultarlo, seguir escuchando tus palabras de agradecimiento como si las mereciera, como si detrás o debajo de esas cosas que hago y que a vos te gustan tanto, hubiera algún esfuerzo, una renuncia a mi naturaleza, un desprendimiento generoso.
Pero no sería ético (sabés que supedito mi vida a esa única palabra).
Y por eso te lo confieso.
Cuando sostengo tu carita entre mis manos, cuando acaricio el lóbulo ínfimo de tus orejas y cuando, después, los dedos se internan apenas en la pelusa de tu nuca; cuando aprovecho que tu cabeza se ha inclinado para besar suavemente una esquina de tu boca todavía cerrada; cuando demoro la punta de mi lengua en la censura hospitalaria de tus labios, como explorando si sos un fruto comestible; cuando escucho tus sonidos sin vocales, parecidos a una "m" interminable, porque mis manos recorren ahora tu cintura, por debajo de esa remera con florcitas que a vos no te gusta;cuando sucede todo eso que tu amor agiganta y me recordás, por dulce y milésima vez, ese sueño tuyo de encontrar un hombre que hiciera el amor así, como te lo hago yo, en una suspensión femenina del tiempo; cuando ocurre todo eso, te decía, te confieso, estoy ejerciendo un egoísmo feroz, porque, en realidad, no acaricio tu carita, sino que acaricio mis dedos con tu piel; no beso tu boca, sino que busco mi placer en tu placer, no recorro tu cintura por filantropía, sino porque imagino que son mis manos las que te moldean.
Ya lo sabés, mi amor.
El hombre que te hace feliz no entiende mucho de entregas.
Sólo disfruta de la feliz coincidencia de que tu placer coincida morfológicamente con su propio hedonismo.

Tuesday, November 22, 2005

..................................

Ella está de novia. El no escapa de la atracción que le provoca esa mujer. Nada es debido.
Se hablan. No mueven sus intenciones hacia el sexo, pero ese protegerse del deseo para no lastimar al otro los desnuda más y los enfrenta desde el cuerpo con más profundidad.
Ella, refugiándose en el espejo del baño, imagina que él la escucha:
si te mueves un solo espacio más, me aflojo, me entrego, te como. Me voy a tu boca a buscar algas o martirios, pero los traigo a mi pecho y te alimento. Si insistes un poco más, se acaba el escrúpulo y me baño en tu campo energético. Que Dios me diga cómo y hacia dónde seguirá todo después.
Besarte es un riesgo, pero “al que arriesga su cuerpo, la vida lo ama”, lo dijo Nietzsche. Y ha de ser un Cristo sin antípoda el que te trae hasta aquí en este momento en que comerte puede sacrificar todo lo que construí con otro que es más peligroso que tú.
El piensa sentado en el living del boliche, mientras espera que ella vuelva del baño.
Gozar es quemar el riesgo y perder el sentido para ganar un eje aún más protegido.
Gozar está inscripto en tu pedido prohibido.
Gozar es mi sentido de hacer.
Ella sale del baño y vuelve a sentarse junto a él. Se miran eligiéndose todo el tiempo.
Conversan toda la noche. Parece que se hacen bien. El le ofrece llevarla a su casa.
Peligro.
Ella se bajó de su auto, reprimida. No se animó a besarlo, pero hubiese querido deglutirlo entre sus dientes gastados. El se fue seducido, convencido y tranquilo porque “la fruta madura está en su rama y tarde o temprano tendrá que caer”.
La red del placer es astuta y se burla de los preceptos mentales. Su moral es la fiel, digo la piel más sintética. Digo la síntesis que es piel y calma en el corazón.
–Quiero abrirte como un botón de pétalos gruesos –le grita desde un mail.
–Viajo mañana –contesta ella–. Hasta la vuelta, si es que se puede volver cuando el viaje está en curso.
Todo se detiene y el placer inmóvil es tan íntegro como la vida eterna.
Por su parte, ella se encuentra con su novio. Tiene sexo apasionado y muchas responsabilidades familiares. Mientras tanto él sale con una vieja amante con la que sólo habla de ella que está allá con su novio mientras también tiene sexo apasionado. No se olvidan, no se necesitan.
Placer liberado, esperado y manso como innecesario. El no la llama, aunque sabe que ella regresó. Ella gasta fortunas en llamados larga distancia para seguir conectada con su novio. Ambos saben que el próximo encuentro será un placer. Tienen miedo.
Amanece en Buenos Aires y ella no puede dormir. El está hace varias horas soñando que es un cazador de ballenas. Es domingo. Cada cual en el ocioso placer de reprimirse y no discar el número del otro. Ninguno lo hará. Seguirán disfrutando ese límite inexacto de permanecer al acecho del instinto.
Hasta que algo se desmorone y lo inevitable se manifieste.
Cumplir, evadir o sucumbir, cualquier inevitable es posible.
Es el manto de placer de estar sensitivos. Confundidos en una realidad u otra y que en todas las capas de intimidad exista riesgo.
El fin de la historia no es lo que cuenta sino el fluido. El no poder asegurar el placer en ninguna póliza estructurada. El margen y el deseo que es tan fiero que puede esperar para no arrebatar sin derechos.
Placeres....
Correr

No lo digo: algo me avergüenza. Me sé incomprendido. Y a veces pasa. El secreto se me escapa y como me apasiona, cuando empiezo, no paro. Y hablo, y relato, y escribo e invito y seduzco. Y entonces sobrevienen las evasivas, el rechazo. Y me inhibo (un poco nomás), y comprendo, sigo solo.
Tengo un placer oculto: gozar con cierto sufrimiento que no es masoquismo. Existen distancias. Enormes distancias que recorro corriendo.
Llevo una planilla donde anoto prolijamente día a día la distancia recorrida. Llevo anotados, hasta hoy, 2123 kilómetros desde el 1º de enero.
¿Y porqué corro? Porque soy egoísta, porque busco la magia. Encuentro la alquimia que se produce cuando el corazón y los pulmones sobreexigidos durante un tiempo continuo se estabilizan y el cansancio desaparece, y el panorama se abre. Y los músculos, acostumbrados al esfuerzo, se distienden y son amables y potentes e incesantes en su avance.
El corazón bombea más fuerte que nunca, los pulmones dan aire para lo que haga falta, y el cerebro: el gran placer es el cerebro. El cerebro da su festín, para nosotros dos solos: él y yo. Con el corazón, los pulmones y los músculos en piloto automático, el soberano es cerebral.
El cerebro es único, trabaja solo, todo para mí y está adicionalmente irrigado. Y entonces los pensamientos son maravillosos: deliciosos, ilimitados en forma y contenido, suntuosos, eróticos mientras pasan y pasan los kilómetros. Y con ellos los mejores parques de la ciudad, la costanera, los árboles floridos (ahora el glorioso lapacho rosado), alguna calza más que atractiva, el río color león, el sutil aroma de los choripanes y otras preciosuras que nuestra ciudad nos reserva.
Pocos momentos puedo disfrutar –tan en exclusiva– de mi órgano más potente. Y es corriendo, donde solos –él y yo– somos dueños del mundo. Pero esto es un secreto. Un placer secreto que a veces –sólo a veces– confieso.
ACHIQUE

El tifón está desatado, la furia de los elementos no da tregua, el barco está haciendo agua, las bombas de achique trabajan día y noche, todo el mundo trata de achicarse al máximo para disminuir los gastos y capear la malaria.
Tres esforzados marineros acodados en el mostrador del bar narran sus experiencias.
–Yo me quedé sin trabajo, dejé el departamento y me fui a vivir con mi vieja –cuenta el marinero Rodrigo–.
Venía muy cascoteado porque no sólo perdí el laburo sino que mi mujer emigró con los chicos a España.
Mi madre tiene 74 años y me recibió con los brazos abiertos.
“Ahí está tu camita”, me dijo.
Para la cena me preparó la sopa de cabellos de ángel que me gustaba cuando era niño, el postre de vainilla con dulce de leche y chocolate, antes de dormir me contó historias de su abuelo cuando llegó de Europa y en el campo había indios, por la mañana me llevó el desayuno a la cama, café con leche en el tazón grande floreado, pan con manteca espolvoreada con azúcar.
Me reconfortó el regreso al calor del hogar, del que me había alejado a los 18 años.
Al día siguiente fue la misma sopa, el mismo postre, las mismas historias y al despertar el mismo desayuno.
Y así por semanas y meses.
Mi mamá siempre esperándome a las ocho de la noche en punto, hora de la cena, y diciéndome: “Tenés que tomar toda la sopa, Rodriguito, que te hace bien”.
Y además: “Ponete el pulóver”, “no te olvidés de lavarte los dientes”, “limpiate las uñas”, “no fumés en la cama”, “dejá de leer que es tarde, te apago la luz”, “anoche estuve despierta hasta que escuché la puerta, si viviera tu padre no volverías a esa hora, la próxima vez pongo el pasador y te quedás afuera”.
Ayer cuando salía para ver un trabajo me di cuenta de que mientras me besaba me revisaba las orejas a ver si las tenía limpias.
Para concluir, señores, puedo decir lo siguiente: a mí esto del achique me produjo una curiosa obsesión, todas las noches sueño con la película El estrangulador de Boston.
–Yo hice una carrera meteórica con el matrimonio –cuenta el marinero Ariel–.
Me casé tres veces y cada vez tuve una hija.
Una tiene 4, otra 8 y la mayor 14.
Me prometí que nunca más armaría un hogar y me mantuve firme incluso cuando conocí a Raquel, que es divina y con la que estoy remetido.
Vivo en un departamento antiguo en Parque Lezama y con el achique no pude seguir pasándole plata a mis ex.
Las tres perdieron el trabajo, les fue imposible afrontar los alquileres y se mudaron a mi casa con las chicas.
Mi novia Raquel también acaba de perder el laburo, está a punto de dejar su departamento y me puso contra la pared: “Sos capaz de vivir con tus tres ex y no conmigo que soy el amor de tu vida”.
Tiene razón y no quiero perderla.
Tengo que pensar rápido cómo resolver este asunto.
Mientras tanto vivo con seis mujeres, cuatro de las cuales tienen novio, las tres adultas y la de 14.
Recibo los llamados de los tipos, anoto los mensajes, doy explicaciones, y cuando vienen a buscarlas, ellas me gritan desde el baño que atienda, que deben ser Juan, Pedro, Pablo o José.
Y yo voy a la puerta y repito: Dice Zulma que está terminando de maquillarse, dice Matilde que en cinco minutos está lista, dice Dora que se atrasó un poco, dice Karina que viene volando.
Y cuando finalmente me quedo solo en casa cuidando a las chiquitas, me digo: Mi querido Ariel, ¿con esto del achique, no te estarás volviendo demasiado moderno?
–A mí también me tocó achicar y enfrentar las consecuencias –narra el marinero Abelardo–. Hace ocho años que tengo una relación maravillosa con Eloísa.
Ella es ensayista y yo, como ustedes saben, soy poeta.
Siempre compartimos todo, menos el techo, porque consideramos que la convivencia puede resultar dañina.
Pero el achique nos obligó a cambiar de filosofía.
Dejamos nuestros departamentos de un ambiente y alquilamos uno un poco más grande para compartirlo y reducir gastos.
Algunos mueblesque sobraban los llevamos a un trueque donde conseguimos una estupenda y enorme biblioteca para los libros de ambos.
Yo instalé la biblioteca y Eloísa la enceró.
Desde entonces pasaron dos meses, ella sigue sacando lustre y yo continúo mejorando los cartelitos para el ordenamiento de los libros.
Mientras tanto los libros permanecen en sus cajas.
Todos los días estoy a punto de decirle: “Pongámolos en los estantes, Eloísa”.
Pero inmediatamente se me presenta la ominosa imagen de mis amados libros mezclados en promiscuo montón con los de otro dueño, de manera que con el tiempo ya no se sabría a quién pertenecen unos y a quién otros.
Me acongoja la idea de que en algún momento Eloísa me dispute la propiedad de un libro que yo estoy cien por ciento seguro de que es mío.
Y ella debe estar sintiendo lo mismo.
Esta es mi turbadora experiencia con el achique.
–Mis queridos hombres de mar –interviene el Gallego–, tómenlo con calma porque el mal tiempo viene para largo, sigan dándole a las bombas de achique, no le escatimen ron al garguero y consuélense recordando que incluso para don Noé, el famoso capitán del arca, se cumplió aquello de que siempre que llovió paró.

DE MADRES E HIJOS

Al salir o al regresar a casa de tanto en tanto me encuentro con un vecino, hombre mayor, y me da un poco de charla. Sé que vive con la madre, en el noveno. –¿Hasta qué edad cree usted que una madre tiene derecho a ejercer autoridad sobre un hijo? –me dice mientras esperamos el ascensor. –Me toma de sorpresa. Nunca había pensado en el asunto. ¿Por qué me lo pregunta? –Porque mi madre me sigue tratando como si yo fuera un mocoso de siete u ocho años. Y resulta que acá como me ve ya cumplí los setenta y cuatro. –¿En qué sentido lo trata como un mocoso?–En todos los sentidos. Cada tanto se rechifla y me sacude un coscorrón en la nuca.–¿Pero coscorrón lo que se dice un auténtico coscorrón? –Como lo oye. Me mortifica en público, delante de los nietos y bisnietos. Ya hace unos años que dejó de tirarme de las orejas. Pero con los coscorrones no afloja. El otro día, sin ir más lejos, fuimos a la escribanía, teníamos que firmar un poder para que un sobrino cobre las jubilaciones por nosotros dos, así nos evitamos viajar, y cometí un error, firmé donde no correspondía, y ahí nomás me sacudió un sopapón en la nuca, delante del escribano. –Por lo que me cuenta deduzco que su madre ha sido una mujer dura toda la vida. –Tiene la vitalidad de un caballo y la tozudez y el humor de una mula de molino. Si le gano a las cartas se enoja y no me habla por tres días. Yo no puedo perder eternamente. Un partidito de vez en cuando tengo que ganar. Somos grandes los dos. Somos iguales. La gente no nos identifica como madre e hijo, sino como dos personas mayores. Nos ceden el asiento tanto a ella como a mí. Los dos comemos verduritas hervidas porque los guisos nos caen mal. Los remedios los compramos en envase grande porque a los dos nos recetaron los mismos.–Francamente no sé qué decirle, no quisiera caer en lugares comunes, pero lo único que se me ocurre es repetir los dichos de la sabiduría popular: la madre siempre es la madre, madre hay una sola, amor de madre abismo sin medida. No sé si esto le sirve de algo. –No me aconseje más que es peor. Tengo una gran desazón. Lo único que me alienta a seguir es que vislumbro una luz en el futuro. –¿Cuál?, si no es indiscreción. –Cuando yo tenía cinco años de edad, ella era muy grande. A los quince, a los veinte, seguía siendo grande. Cuando cumplí los cuarenta la diferencia ya no era tanta. Después se fue achicando más y más. Ahora estamos cada vez más cerca, prácticamente iguales en edad. Si las cosas siguen así muy pronto voy a terminar por alcanzarla y después superarla. Esa es mi luz en el camino. Sólo tengo que aplicarme un poquito más, un esfuercito más y cruzo la meta, ya la veo, ya la estoy arañando. –¿Y después que la alcance y la supere qué irá a pasar? –Mire señor, yo tengo las cosas bien claras, no quiero pelearme, no quiero enfrentarme, no quiero nada, sólo quiero ser más viejo que ella y que tenga que tratarme con el respeto que se le debe a un mayor.–¿Y si no se da por enterada?–Si no se da por enterada me voy a poner enérgico para que aprenda a acatar la autoridad de los que tienen más edad. La voy a tener al trote, así de simple. Empezando con la higiene. Que se limpie las uñas, que se lave las orejas y las manos antes de sentarse a la mesa. Le digo esto como ejemplo. Y si se me retoba la obligo a tomar el aceite de hígado de bacalao que ella me obligaba a tomar cuando era chico. Voy a ver si en alguna farmacia consigo la misma marca. Bien cortita la voy a tener. –Le deseo suerte y que en poco tiempo más entre en la recta final y logre cruzar triunfador la meta. Cuando por fin suceda hágamelo saber, tengo varios candidatos que probablemente estarían interesados en imitar su ejemplo y ponerse en carrera.
//

Monday, November 21, 2005

Que nada te importe

Me veo caminando en la calle. Ya no como cuando niña trepándome a un cordón para ir haciendo equilibrio. Tampoco como en la adolescencia saltando o cantando, inquieta, con esas hormonas que desbordan. Me da la impresión de que cuanto más avanzamos en la vida, más seriedad le vamos imprimiendo a las cosas. Como si la cosa misma lo exigiera, como si ella, en
algún lugar que no recordamos, se hubiera transformado.
Sí, etapas son etapas. Uno no puede andar como un púber porque ya no lo es, ni como un chico.
Pero tampoco quitarse el juego de cuajo. El placer de las cosas simples. El juego en su lugar
más básico, no así el más visible. Andar con el perro y arrojarle el palito para que lo traiga, saltar un charco por el deseo de saltarlo, mezclar los condimentos cuando estamos cocinando sin saber lo que va a salir pero saboreando, tirarnos en el pasto sin importar que se nos ensucie la ropa.
Parece que tuviéramos todo controlado, la escalera se sube de esta forma, aquí se puede cantar y si lo hacemos allá nos mirarán con la cara con que se mira a quien se juzga desubicado. ¿Cuántas cosas hacemos por el simple placer de hacerlas?
De chico es más fácil, claro. Los chicos juegan, es su naturaleza. No tienen obligaciones, ni deudas, ni teléfono sonando para interrumpir la mejor siesta, o cosas como esas. Aparte, los chicos no duermen la siesta... Están jugando.
Parece mentira que no nos permitamos lo más simple y se me ocurre ahora. Ahora que me pongo a recordar y se me viene la infancia, sí, no lo niego, pero también se me vienen otras cosas.
La adolescencia, por ejemplo. Con esas ganas inexplicables de no poder estarse quieto, con ese olor a nuevo, a todo es acción, con ese sabor a cosas por cumplir. En el pueblo en donde hice la
secundaria se organizaba, una vez al año, una semana entera de juegos y competencias. Se llamaba La Semana de la juventud, deducirán ustedes por qué.
Nos juntaba a todos, conocidos y sin conocer, y nos colocaba a un mismo nivel. El del entretenimiento. No importaba si no sabías, si tenías habilidad o eras un tronco. El hecho básico estaba presente en cada movimiento. Jugando al fútbol, yo, que lo único que hacía era tirar patadas al aire; jugando al vóley con un equipo que no se entendía. Yo, que en ese momento me olvidaba que el vóley no me gustaba.
El deseo nos llevaba a todos de las narices, la risa por la risa, más la de los varones, que venían a vernos jugar al fútbol para reírse de nuestros pobres pies despelotados. Pero en realidad no importaba.
El error cabía siempre, y nosotros, meros aprendices humanos, sí que los teníamos. Las reglas del juego las dictaba uno, porque la verdad es que no era más que eso. El sentir el viento cuando corríamos, la ansiedad en la búsqueda del tesoro, cuando teníamos que recorrer
medio pueblo tras una pista.
El entretenernos, el divertirnos era lo que tomaba protagonismo, a pesar de habernos anotado en los juegos para librarnos de horas de clase. Cosas simples, salir con una bandera gigante de la Argentina por una calle del pueblo. Riéndonos a carcajadas porque parecíamos unas locas, pero nos permitíamos serlo. Juntarnos para festejar el Día de la Primavera. Y como en casi todo 21 de setiembre llovía, terminar con una guerra de barro, mano a mano, negros de arriba abajo. Y la pasábamos bien, le sacábamos provecho a todo lo que podíamos. Ahora, si llueve, nos quejamos de la baldosa floja que salpica, del auto que embadurna, de la calle resbalosa. No saltamos porque sí, no intentamos jugar una rayuela en la vereda para no mojarnos y disfrutarlo.
Tendríamos que dejarnos invadir, sentir el deseo y no reprimirlo, no calmarlo con seriedad. A mí me encantaría tocar el timbre en una casa y salir corriendo, de chica no lo hice. Creo que de grande me gustaría haber hecho muchas más cosas que no hice cuando la edad me amparaba. Porque los chicos son chicos, y los adolescentes son pavos, pero los grandes ya no tienen excusas.
Los grandes tienen que seguir siéndolo por el resto de su vida. Es demasiado tiempo para no permitirse excepciones. Es demasiado tiempo para no pensar que hay cosas que se hacen por el simple hecho de hacerlas, para disfrutarlas. Y que no hay edad que pueda convencerlas de lo contrario.
La risa por la risa, el deseo por el deseo, las ganas por las ganas.
Jugar por jugar.

¿¿¿ nos dejamos ir como siempre por los vericuetos de nuestra mente, alma etc?? asi libremente, a nuestras anchas como siempre???? Intercambiar las cosas, eso es la 7ª maravilla de lasmaravillas.......

Enroscarse Conversar,
en realidad, es mucho más que sencillamente hablar. Puede obedecer reglas para elegir temas, seguir una etiqueta de formas y ser más o menos moderno, pero, en el fondo, lo que importa es llevar adelante cualquier charla como quien ejerce un arte.

Hay que empezar por reconocer que no cualquiera se da maña para hacer malabares con palabras, tiempos y gestos con la suficiente maestría como para no terminar enredándose. O, por lo menos, para decir lo que hay que decir (y como hay que decirlo) en el tiempo de que se dispone, sin repetir, sin soplar y sin olvidarse de nada. O mejor: condimentando todo de manera tal que ese sabor especiado y único termine por parecer de lo más natural. O también: narrando (y no meramente contando) lo más banal con la elegancia (de gestos, de palabras) de quien es capaz de convertirlo en una pieza maestra. El arte de las conversaciones sobre todo y sobre nada para aparentar que se dice un todo concluyente sin decir, en realidad, nada de nada es precisamente eso: un arte. Y lo mismo debe decirse de saber decir algo para dar por sentado lo contrario (no confundir con la simple ironía), o de hablar por pasar el rato pero ejerciendo toda la etiqueta necesaria. Hablando se entiende la gente, hablando se han armado revoluciones e inventado filosofías enteras, hablando, vamos, se construyó y destruyó la sociedad cortés, algo que rápidamente nos pone sobreaviso delatando el poder de las máscaras: porque si algo puede decirse de las charlas es que, ante todo, son artificios. Y qué bonitos pueden escucharse.
En las charlas, pocas cosas pueden llegar a resultar tan aburridas como la verdad lisa y llana, cronológica, lineal, prolijita y con todos los pelos en su lugar. Pero agrandar la verdad, escribió Lucio V. Mansilla alguna vez, no es estrictamente mentir. Será, en todo caso, ensalzar por aquí algún paisaje desabrido para que la escucha se vuelva radiante, condimentar por allá una frase para volverla más filosa, saturar un poquitito los colores para que no se pierdan ciertos detalles. El asunto no es menor: la moral nada tiene que ver con una charla digna de antología porque lo que realmente cuentan son las estrategias. Mansilla –maestro de maestros en alargar los caminos perdiéndose por senderos laterales que necesariamente no conducían a nada–, por caso, tampoco tenía demasiados escrúpulos para explicar esa incontinencia básicamente porque para no ceñirse a la verdad desnuda y digredir con propiedad creía preciso respetar sólo un principio: no dejar tema con cabeza. “No hay tema malo –respondió con malicia cuando José Manuel Eizaguirre sugirió una crítica a la (in)capacidad oratoria de algunos legisladores–. Lo malo suelen ser los modos de tratar los temas. Y lo peor suele ser no tener energía para contenerse, que es lo que a mí me sucede con usted, con todo el mundo.” La gracia, entonces, son los modos.
Borges y Bioy Casares deshacían los aburrimientos de la hora de la siesta en conversaciones que jamás despertaron la simpatía de Silvina Ocampo, y gracias a las que llegaron a nuestras bibliotecas los cuentos de Bustos Domecq. Colette, cuando todavía no se había convertido en la Gran Vieja Honorable de Francia pero unos años después de haber sido la provincianita escandalosa (algunas sociedades no toleran demasiado bien que una jovencita lleve al cuello un collar de perro que la identifique como propiedad de su amante, en especial si su amante es mujer) que aterrizó en París, se enredaba en conversaciones eternas con efebos que la adoraban, o bien con Jean Cocteau, pero prefería, en verdad, ser la que hablaba. Y si hablaba como escribía, pues lo bien que hacía.
Quiere la fantasía popular que las chicas hablen más (tiempo), peor (de los y especialmente las demás) y más tendido que los chicos. Se han escrito, al respecto, demasiadas páginas soberanamente aburridas como para ponernos aquí a desmitificarlas, y tampoco alcanza el espacio para hacer un inventario de todos los temas que pueden caber en cualquier charla y que los publicistas de jabón en polvo y detergente ignoran (la lista es sencilla: cualquier cosa que se imaginen, excepto las técnicas para sacar manchas de tuco). Si lo que importa realmente del arte de conversar son los modos, pues precisamente eso es lo que viene precediendo ese imaginario de mujercitas que charlan como cotorras: chicas que –hace mucho tiempo– notaron que los señores esperaban ciertas cosas de ellas y elaboraron, estrategas brillantes como eran, algunas técnicas de lo más sencillas para ir obteniendo poder sin que lo pareciera. Bajo el humilde seudónimo de “Una Dama” –se sabe que las damas de verdad hablarán todo lo que quieran, pero no escriben–, Doris Langley Moore levantaba las banderas de la simulación verbal para reírse de la pacata tilinguería de los años 20 y revelar, de paso, algunos trucos que no por obvios persistían en su efectividad (que ellas pudieran desmontar la fantasía no significaba que ellos también lo hicieran). Era crucial para ejercer de muchacha seductora, explicaba, “evitar el abandono verbal; la conversación femenina debería estar absolutamente libre de cualquier elemento chocante. (...) Evita siempre las palabras y frases que en sí mismas evoquen imágenes desagradables y no participes en largas discusiones sobre temas morbosos o sórdidos”. Doris, además, recomendaba pertrecharse de “coraje moral” para poner en vereda al galán que pretendiera cortejar a su festejada contándoles chistes verdes, aunque es de sospechar que no se tratara tanto de evitar sonrojos como de hacer notar que la guarangada poco sutil es un recurso de quien se ha quedado sin charla.
En cualquier caso, bien vale recurrir (otra vez) a Mansilla, que precavidamente nos dejó una suerte de tabla de equivalencias para modular charlas de acuerdo con los objetivos de la ocasión. “Mi secretario –explicó–, que es como si dijéramos yo mismo, tiene un oído muy sutil y explica la velocidad del sonido del modo siguiente: El ruido es una palabra insignificante que llega al oído a razón de 340 metros por segundo. La lisonja corre con una velocidad de 1500 metros. La adulación, más rápida aún, recorre 1800 metros. La verdad apenas recorre 2 metros por segundo. La calumnia es como la electricidad, instantánea.” Ya saben.


Friday, November 18, 2005

A imagen y semejanza
Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo, exactamente en el punto en que la superficie por la que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas hollaron una N mayúscula y oscura. Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla. Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida inspección de ambas porciones, y eligió la mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó. Cuando reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó rápidamente sobre una D oscura, y al reingresar en la zona clara, otro obstáculo la detuvo. Era un trocito de algo, un palito acaso tres veces más grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el palito, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego empezó la tarea de carga. Dos veces se resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado, como una suerte de mástil inclinado. Al pasar sobre el área de la segunda A oscura, el andar de la hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había avanzado dos centímetros por la superficie clara del papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la hormiga rodó, más o menos replegada sobre sí misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la madera del piso. A cinco centímetros estaba el palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una posición más cercana a la estricta horizontalidad. La hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero. Sobre la madera, la hormiga avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla, significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la hendidura, que en ese punto era bastante profunda. La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance erizado de alertas, pero aún así se precipitó en aquel abismo de centímetro y medio. Le llevó varios segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un rato junto a él, sin otro movimiento que un intermitente temblor en las patas delanteras. Después llevó a cabo su quinta operación de carga. El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese espacio casualmente se correspondía con la veta. Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía correr el menor riesgo de derrumbe. A dos centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente aplastó carga y hormiga.

Thursday, November 17, 2005

ESCUCHAR...un arte especial

"Muchos lo confunden con timidez. No faltan otros que piensan que es pura antipatia y arrogancia. Pero la verdad es que, en la mayoria de los casos, porque tambien hay que admitir que a veces uno es timido, antipitico y arrogante, siempre me gusto escuchar mas que hablar. En reuniones familiares, en ruedas de amigos, en la escuela, en el lugar de trabajo, el placer ha sido siempre escuchar, que no es lo mismo que oir.
Obviamente, no escuchar a cualquiera, porque se sabe que hay muchos a los que solo les gusta hablar y hablar sin decir nada. O, mejor dicho, nada que pueda interesar si se trata de relatar hazañas, pretendida sapiencia o fabulosa picardia. Y en el mundo de los periodistas hay muchos de ellos. Es una delicia, en cambio, escuchar experiencias de vida, anecdotas futboleras, historias familiares, comentarios politicos o de cualquier otra cosa que no busquen la respuesta inmediata, lineal, previsible, sino la que trate de romper la cuadratura de la mediocridad y que permita reflexionar y descubrir caminos inexplorados. Tambien me gusta escuchar buena musica, pero no de acompañamiento del trabajo o de tiempos muertos, sin despreciarla para esos momentos, pero especialmente para disfrutarla con exclusividad, en compañia o en soledad. De pequeño y tambien ahora, en la mesa familiar o en las reuniones de amigos, escucho mas de lo que hablo, con la justificada critica de los acompañantes. Escucho y pregunto. Puede ser tambien que, por eso, los amigos dicen que soy una buena oreja. O sea, escucha de sus tribulaciones. En los ultimos años, ese placer personal lo obtengo en gran parte, dejando la baba paterna a un costado, escuchando a Natasha y a Damian. Sus comentarios, sus salidas disparatadas o sus llantos encierran una sabiduria que enriquece. Y es precisamente por ese motivo, el del enriquecimiento y el de la sabiduría, que es un placer escuchar. Incluso, el silencio.