Todas mis chicas

Todas mis chicas
Lilo, Marce, San, Luni y Viole (todas mis chicas)

Sunday, February 26, 2006


Sin destino - R.Bielsa

Martín apareció una noche, de esto hará dos o tres años. Era un pibe de sonrisa fácil, despreocupado y robusto, insensible al frío y al calor. En la esquina de 24 de Noviembre y Rivadavia marcó su territorio: limpiaba los vidrios de los autos, pedía unas monedas y, cuando el semáforo se lo permitía, corría algunos metros hasta el lugar de la vereda donde estaban sentadas su compañera, Roxana, y una hermosa criatura de ojos fijos con apenas algo más de un año, Tamara, cruzaba con ellas algunas contraseñas, y volvía a la fajina.
La chica tendría la misma edad que él, y caminaba con dificultad por una displasia de cadera. Con el tiempo, cuando ella quedó embarazada de Martín, me enteré de que la niña era de otro padre. A veces se alojaban en una pensión que queda a media cuadra, o en un hotel que está un poco más lejos, o directamente en el rellano del cajero automático de la esquina. Martín me dijo que si no juntaba doce pesos a lo largo del día, tenían que dormir en la calle.
Embarazada y todo, ella le daba una mano. Con la panza como una gaita, a causa de su andar anómalo, se deslizaba por entre los autos mientras que la hijita hacía garabatos en un cuaderno, sentada muy compuesta con la espalda contra la pared. Lloviera, tronara o chamuscara, estaban allí, Martín sonriente, ella diligente y la niña obediente, como si los condujera un solo hilo, invisible a la mirada acostumbrada.
Una nueva niña nació promediando el 2002: Micaela. La mujer de Martín dejó momentáneamente de ayudarlo pero no abandonó la vereda. Cualquiera que pasara podía verlos, el muchacho sonriente y movedizo, y su familia a unos pasos, la niña con algunos útiles escolares, y la beba alimentándose sobre el pecho de su madre. Me llamaba la atención el sólido vínculo a cielo abierto de esos cuatro seres vulnerables, los grandes ademanes de Martín, los dientes roídos de su mujer, la pequeña deidad impasible de ojos minerales y rulos, y la beba germinando.
Una noche de verano de 2003, pasé por la esquina y Martín no estaba. Su mujer se había sentado en el lugar acostumbrado, pero temblaba bajo un pulóver negro de lana y faltaban los chicos. “Se lo llevaron a la 8ª”, me dijo. “Yo estoy con fiebre. ¿No le puede dar una mano?”
Entré en la seccional, y le pregunté a un agente de guardia parpadeante y tenso si sabía algo de Martín, al que habían detenido por una contravención. “Por una contravención no”, me contestó, sosteniéndome la mirada, “por tenencia de estupefacientes. Estamos esperando el informe de reincidencia; si no salta nada, sale a las doce. Usted, ¿quién es?”.
Cuando me fui de la comisaría, recordé una broma que había leído en un libro de Imre Kertész: “Abajo esa moral, y no perdamos la desesperanza”. También me acordé de las palabras del tío Lajos, un personaje de la obra, con las cuales pedía que Dios los ayudase para que “podamos, lo más pronto posible, reunirnos otra vez alrededor de esta mesa, todos juntos, en paz, salud y amor”. Esa noche, el padre del protagonista se despedía de sus familiares porque al día siguiente se marcharía deportado a un campo de trabajo obligatorio. El libro se llama “Sin destino”; Martín había iniciado su largo viaje.
Volví, y le dije a Roxana lo que me habían informado. Los ojos se le volvieron como dos insectos que supuraran. “Hoy a la mañana salió a comprar leche para la bebé, y ya no volvió”, me contestó. Al día siguiente, él me juró que le habían puesto el sobre con droga en el bolsillo porque se había negado a darles el dinero que le pedían.
Después del episodio, todo volvió a esa “normalidad” sin sutura ni abrigo que los envolvía como la luz de un acuario.
El viernes 14 de marzo llegué a la esquina, y la encontré con el rostro desfigurado y un gran esparadrapo como una estrella, amarilla por el desinfectante, que le tapaba un ojo y parte de la frente. “Martín... –medijo– ...la cerveza, el vino. Nos echaron del hotel, yo quería irme con las nenas a visitar a mi mamá, él no, discutimos y me golpeó con un secador. Me dieron cinco puntos en el hospital, y a Martín se lo llevaron preso”. Tenía unas gotas de sangre en las mangas de la remera, y el otro ojo abierto como un alarido.
Martín es uno de los 92 chicos de la calle cada 100 de los que el Estado se desentiende. En su registro de antecedentes figura que fue detenido por tenencia de drogas. Ahora añadirán lesiones graves, o algo por el estilo. Mañana, quien sabe, homicidio, o morirá él mismo. Su mujer se quedará sola, aunque es posible que nunca haya dejado de estarlo. La hermosa niña será otro número en vaya uno a saber qué estadística. La beba ingresará a un hospital, a un instituto después, difícilmente a una escuela o la universidad, al final del viaje.
Kertész relata un episodio en el que el protagonista es retenido junto con otros jóvenes y adultos que llevaban la estrella amarilla en las solapas, el esparadrapo amarillo de los de su condición, para ser enviado a Auschwitz-Birkenau. La expresión de los dos policías a cargo del operativo, dice, “me evocaba esos recuerdos: la misma desgana y la misma preocupación, la misma resignación frente a un destino irremediable”. También, cuando marchan por la carretera rumbo a la enorme plaza con guijarros blancos, el patio de un cuartel: “De todo aquel largo camino, sólo recuerdo la curiosidad furtiva, poco decidida, casi vergonzosa que nuestro desfile provocaba en el público apostado en las aceras”. Como la novela de Kertész, sin destino.

Friday, February 10, 2006

NOSOTRAS QUE NOS QUEREMOS TANTO
Por Marta Dillon
No existiría el machismo si las mujeres no hubiéramos cavado, palada a palada, nuestra propia fosa de sometimiento, cosificación, inequidad, violencia. Somos nosotras las que nos sometemos a maniobras cruentas sin las que no podríamos vivir, como por ejemplo, la depilación, la gimnasia localizada, el probador. Somos nosotras, en nuestras múltiples y variadísimas versiones, las que retamos a los chicos y les decimos que parecen nenas cuando lloran, o maricones porque no se quieren meter a la pileta, por ejemplo. Es más, el maricón también se usa en femenino y se les aplica a las niñas que temen entrar a una habitación a oscuras. Somos nosotras las que decimos que tenemos los huevos llenos, que hay que tener huevos de oro para animarse a algo y etc., etc. Quienes más que nosotras nos creemos amables porque levantamos la mesa y lavamos los platos sin dejar que varón alguno se ensucie las manos con tales menesteres, y en cambio los dejamos aplicar su creatividad a la cocina, que cuando la hacen ellos es bien alabada. ¿Quiénes se enamoran de machos recios que se suponen apasionados porque cada vez que mirás al costado tornan del rojo al violeta a fuerza de furia celosa? Nosotras, y al decir nosotras nombro un amplio estereotipo femenino que tan bien definía, por ejemplo, una propaganda que decía que las argentinas éramos las más lindas del mundo. Nosotras que leemos aunque sea de reojito las dietas de las revistas para nosotras, que tenemos “tránsito lento” según otra propaganda (los varones jamás pero nunca jamás se estriñen), que somos recancheras porque vivimos a yogurt y podemos tener nariz grande mientras no nos vayamos de talle. Y si te vas de talle, bueno, será porque no pasaste los 30. Nosotras, mujeres asesinas, jamás protagonistas de botines (bueno, un papel secundario en todo caso). Nosotras que extrañamos que nos abran la puerta del auto, que los hombres paguen las cuentas y que se den cuenta de que queremos que nos digan bellas. Sobre todo porque últimamente empezamos a pagar todo para demostrar cuán poderosas podemos ser, y hacer tres jornadas de trabajo para demostrar que podemos con los chicos, el supermercado, el trabajo y la vida social. Y que como estamos tan liberadas nos reivindicamos máquinas sexuales a las que todo les tiene que gustar, que no confesarían jamás menos de tres polvos por semana, y que en el caso de que nos gusten o nos enamoremos de mujeres juraremos silencio por los siglos de los siglos porque las lesbianas como se debe o se recluyen en sus sitios friendly o son bellas y estilizadas como las de la tele. Bue, nosotras, chicas fuertes, de este tiempo, poderosas. Qué boludas. Como Moria, que de tan poderosa se reivindica travesti y dice cosas que son aptas para convertirse en titular principal de un diario, será Crónica, pero es un diario. Y después nos quejamos.

Friday, February 3, 2006


La computadora y yo
No bien llegué a territorio norteamericano, me acerqué a una computadora y pulsé la tecla Quejas. Mis viejas convicciones anti-imperialistas me impulsaron a protestar contra el muro que Estados Unidos está levantando en la frontera con México. Yo creía que esa vasta pared de acero se proponía impedir la libre circulación de las personas, al mismo tiempo que el Tratado de Libre Comercio aseguraba la libre circulación del dinero, y eso no me parecía bien. Pero la computadora despejó la confusión de mi espíritu: —No es un muro —explicó—. Es una obra de arte. Un gigantesco monumento que se erige en memoria de los mártires del oprobioso Muro de Berlín.
Entonces pulsé la tecla Dudas. Se me ocurrió plantear el caso de las leyes contra los inmigrantes. Leyes ya aprobadas, como la 187 de California, que suprime los derechos de los inmigrantes ilegales, y leyes anunciadas, como las que amenazan suprimir también los derechos de los inmigrantes legales. Mi duda era: ¿Se proponen estas leyes beneficiar a los indios? Siendo Estados Unidos una nación de inmigrantes, sólo los indígenas, los Native Americans, quedarían a salvo de esas medidas. Me parecía un gesto conmovedor: una expiación histórica, al cabo de tanto crimen y de tanto desprecio. Pero la máquina me aclaró las cosas: en América, inmigrantes son todos, y los indios también. Ellos vinieron desde el Asia, hace 30 mil años. Las leyes no tendrán excepciones.
Pulsé la tecla Iniciativas. Pregunté si ya existía algún proyecto para fabricar una tinta mágica, que fuera capaz de bañar a la mano de obra latinoamericana, para hacerla invisible, cada día, a la caída del sol, después de las horas de trabajo en los campos y en las calles del norte. Esa tinta podría evitar la molesta presencia de los braceros mexicanos y centroamericanos en las plazas, cines, restoranes y otros lugares públicos de los pueblos y ciudades de Estados Unidos.
—No todavía —informó la computadora.
Volví a pulsar la tecla Iniciativas. Pregunté si a nadie se le había ocurrido la idea de abrir una embajada de los Estados Unidos de América en Estados Unidos de América, con sede en Washington, para que la CIA pudiera organizar golpes de Estado también en su propio país.
—No todavía —repitió la computadora.
Regresé a la tecla Dudas. Pregunté: ¿No será un error que se llame Secretaría de Defensa al órgano de gobierno que se ocupa de la fuerza militar de Estados Unidos? ¿No será un error llamar Presupuesto de Defensa al dinero que la alimenta? Defensa me parecía una palabra equivocada, teniendo en cuenta que Estados Unidos no ha sido jamás invadido por nadie, pero en cambio se ha dedicado a invadir a los demás, desde los albores de su vida independiente, a un promedio de una invasión por año. ¿Y por qué esos gastos de Defensa siguen siendo tan enormes, casi el doble que en 1980? ¿Defensa contra quién, si ahora los rusos son buenos? Con cibernética impaciencia, la máquina me cortó el discurso y puso las cosas en su lugar: —El mundo amenaza —explicó—. No se puede confiar en nadie. Los buenos de ayer pueden ser los malos de hoy. Los buenos de hoy pueden ser los malos de mañana.
Yo agradecí la información, pero pedí a la computadora que me diera un ejemplo, sin ánimo de abusar de la buena voluntad de la tecnología.
—El tabaco —respondió la máquina.
En ese momento se me iluminó la cabeza. Me di cuenta de que ésa era una tremenda verdad: ayer el cigarrillo había sido bueno, en los labios de Humphrey Bogart o del vaquero de Marlboro, pero hoy es malo. Malísimo. Estados Unidos ha declarado la guerra santa contra el cigarrillo. Ignorante de mí, pregunté: ¿Por qué? ¿Se prohibe el cigarrillo porque da cáncer, o porque da placer? Entonces la computadora se desconectó. Y yo me quedé sin saber si los marines iban a invadir a los países fumantes, para salvar al mundo del pecado del humo. No habiendo más enemigos a la vista, ésa me parecía una promisoria posibilidad para el Pentágono y su presupuesto.
La máquina se negó a seguir funcionando. No me sorprendió. Yo nunca he tenido confianza en las computadoras. Siempre he sospechado que ellas beben de noche, cuando nadie las ve. Eduardo Galeano

Tuesday, January 24, 2006

AGUA
Como suele suceder con los elementos fundamentales, sólo es posible admirarse de su maravilla cuando falta. Pero el agua es mucho más que el líquido indispensable para calmar la sed, es también ese impulso que nos arrebata del sueño a la mañana, el espejo de los antiguos, la piel sobre la que se deslizan las naves. El medio del que venimos y al que siempre se termina volviendo.



Sumergirse, dejar que el agua se convierta en el abrazo y el vestido, que llene lo que está vacío, que haga bailar el pelo como a una medusa. Contener la respiración. Soltar pequeños globos de aire que seguirán su camino ascendente hasta perderse en su mismo elemento, más allá del agua, como niños que buscan a su madre para hundirse en su seno como si así pudieran mezclarse otra vez en sus líquidos. Abrir los ojos y no ver claro, ver en cambio los bordes empañados, colores difusos, el verde o el azul del agua. Estar debajo del agua, eso es lo que ella más extraña de la vida en libertad cuando lleva casi veinte detenida. Lo dice en el patio de visitas de una cárcel desangelada y de inmediato escuchar el chorro de agua que llena la bañera, meter el brazo hasta el codo para probar la temperatura, agitarla para que la caliente y la fría se hagan una sola, tibia, a la misma temperatura del líquido que corre dentro del cuerpo, todo eso se convierte en un placer supremo. Es así la restricción, convierte las cosas de siempre en gemas. Sin la sed no habría nada de seductor en el sonido de un chorro transparente llenando un vaso, sin el calor que ciñe su corset en verano no sería tan mágica la zambullida, el desplazamiento del agua hacia los bordes de una pileta, la brazada que impulsa y permite volver a sentir el bochorno antes de hundirse otra vez.
Exceso y restricción son los pasos de la danza del agua. Del frío intenso del baño transpirado en el que debemos desnudarnos al sopor del agua que enrojece la piel y espesa la sangre. De la sed al estruendo de la glotis subiendo y bajando en la garganta mientras el agua la pone a danzar como el mejor remedio, el que nunca falla, el único que sacia. De la tensión del agua transformada en vapor por la temperatura extrema de un sauna a la ducha fría, estimulante, dolorosa como el pinchazo de pequeñas agujas que ponen el cuerpo a andar y estremecerse. ¿En qué consiste si no es en un súbito exceso el poder del agua fría para espantar los últimos jirones de sueño, dispersos por el lavado de la cara, las pestañas hechas pequeños triángulos mojados, la conciencia del día repentina, nítida, como dibujada por una pluma y tinta china?
Del agua venimos, debería decir la oración, y a la tierra vamos. Aunque en la entraña misma de la tierra también el agua haga sus surcos y sus laberintos y arrastre en ellos lo que se pensó destinado al polvo. De agua somos. Más de la tercera parte de cada uno, de cada una, casi todo agua, líquidos, fluidos, materia dúctil, sin forma o mejor, con la forma de aquello que la contiene. Basta herir la piel para que se desborde el agua que llevamos dentro, o se filtre lentamente acarreando con ella la vida misma.
La vida misma depende del agua. El planeta es celeste desde la luna porque está, en su mayor parte, cubierto de agua. Agua que se agita, agua capaz de quedarse con todo lo que los hombres y las mujeres construyen, agua que viene del cielo y agua que se mece en la tierra. La misma y siempre distinta, moviéndose inquieta en busca del llano, del mar, allí donde es posible entrar y salir, dejarse lamer por el contorno de esa masainconcebible, deshecha en espuma, donde nos dejamos caer cuando tenemos el cuerpo cubierto de otra agua que se escapa por los poros, la imagen más perfecta del descanso, saltar sobre las olas, construir castillos que el agua se llevará como se lleva casi todo lo que se le entrega. Las ofrendas de flores en febrero para Iemanjá, la reina del mar, las botellas con mensajes que consuelan a los ahogados, los barquitos de papel en las alcantarillas, la mugre entre el jabón y los dedos, el arcoiris en la estela de las cascadas y en las tardes que fueron de lluvia y el sol hiere y espanta desarmándose en colores, atravesada su luz por el agua para fijarla en el cielo como clavada. O pintada.
Sobre el agua el viento sopla distinto, es más frío, más voraz. Es motor de las naves que se aventuran sobre la piel inquieta del mar o del río. Esa piel que cuando descansa es espejo, primera sorpresa de los antiguos que se descubrieron en su superficie ¿más feos o más bellos de lo que imaginaban? ¿Habrán creído alguna vez que el sol eran dos cuando se espejaba en el agua, que el cielo se había sumergido cuando el arrebol de la tarde tiñe los lagos de rojo, de naranja, de violeta? ¿Habrán descubierto a Ofelia en el mecerse de las algas, dispersas como cabellos, ondeando al mismo ritmo que el agua? ¿Habrán contando los círculos concéntricos que dibujan las gotas de lluvia antes de perder su identidad en las masas de agua? ¿Se habrán bañado bajo las tormentas con la misma algarabía con que lo siguen haciendo los niños en verano, como si hubiera algún placer extra en tener agua arriba y agua abajo, como si el mundo se pudiera poner patas para arriba y seguir siendo el mismo?
Del agua venimos. Del vientre líquido de nuestras madres en donde hemos vivido sumergidos nacemos a este medio seco y hostil donde los ruidos lastiman y la luz dibuja cicatrices en la retina. Al agua volvemos todo el tiempo, agua adentro y agua afuera, agua que limpia y agua que alimenta, que despierta, que arrastra y arrasa, que modela a las montañas y las corta, que empuja las piedras y las desintegra junto a la mano del tiempo, su aliado y su detractor porque cuando está quieta el tiempo la corrompe, como a todo lo demás. Y la extingue, dicen ahora, aunque el responsable no sea el tiempo sino la mano que ensucia, que explota, que agobia, la mano de los hombres y las mujeres que todavía no han aprendido a fabricarla aunque puedan recitar su fórmula casi desde el mismo momento en que aprenden a leer: H2O. Tenemos los elementos, pero no podemos unirlos, sólo queda la resignación de encontrarla donde habita desde siempre: en los laberintos de la tierra, los ríos que buscan al mar, en el mar. En la sal de las lágrimas, en el cielo que a veces se derrama, en el milagro de los grifos que a veces cantan y otras veces lloran pero llenan las manos y limpian, y alimentan y despejan los ojos de los jirones del sueño.

Monday, January 23, 2006

LA NENA ESCRIBE...VENDE Y MORALIZA!!!!!!!!!!
“Mirá las noticias y agradecé que no te haya alcanzado algo tan terrible como un tsunami. ¡Siempre hay alguien peor que vos!” “Encontrá tiempo para estar solo. Disfrutá tu película o libro favoritos.” “Cuando te levantes mirate al espejo y decí en voz alta: ‘¡Soy mejor y mejoro cada día!’.” Se supone que las frasecitas salieron de la pluma, o mejor dicho del teclado del último boom en ventas de Gran Bretaña. Porque la autoayuda en este mundo moderno y rapaz nunca pasa de moda, pero después de los escandaletes de grandes sabios del joie de vivre como Paulo Coelho y (nuestro más modesto pero no por ello menos iluminado) Jorge Bucay, y especialmente de después de tanto chongo y tan poca chica vení-que-te-enseño-a-vivir, la industria bestsellerística encontró otra vuelta de página a sus finanzas. La novedad que ha venido a revitalizar el sector se llama Libby Rees, tiene, ni más ni menos, 10 años, una andanada de lecciones por brindar, y una triste historia de vida que comenzó cuando tenía sólo 7 y sus padres se divorciaron y tuvo final feliz con Help, hope & happiness (Ayuda, esperanza y felicidad). Dice la leyenda que la aventura de escribir se desató cierto día al regreso de un paseo por el bosque en compañía de su madre: Libby se declaró triste por los vericuetos del divorcio; dijo: “Si cada vez que tiro un palo para que el perro lo persiga pienso que tiro lejos algo que me molesta, todas mis angustias desaparecerán”. Y la madre, preocupada por estimular a su inquieta primogénita, la alentó a tipear sus pensamientos, navegar por Internet hasta encontrar una agente literario y así las cosas hasta que Aultbea Publishing la convenció de firmar contrato con la nena. No por uno, sino por tres libros en total. No se saben a ciencia cierta los números. Claro que las malas lenguas reparan en algunos detalles: que la nena menciona La sociedad de los poetas muertos aunque nunca vio la película (habla, en realidad, de las implicancias filosóficas del carpe diem), que es para reponerse de los divorcios ajenos pero nunca habla de la separación de papá y mamá (que algunas sugerencias suenan excesivamente maduras) y otras sutilezas del estilo. Será que la gente es mala y comenta. Será que nadie le cree a la chicuela cuando dice: “Estuve triste... pero las ideas de mi libro me ayudaron”.

agradecimiento a la autora !
MI HOMBRE CIRULAXIA (GRACIAS P.12!)
El otro día me quedé pensando en la línea 108, y pensé que era una injusticia que el gobierno de la Ciudad haga de todo, menos algo por nosotras. ¿Qué quiero decir? Imagínense, queridas mías, una línea 108 que nos provea del hombre necesario para ser feliz. Sí, así como lo leyeron. Por ejemplo:

Línea 169
Ninguna mujer indigente de amor en la ciudad.
Ninguna mujer en garras de un hombre vil o mandón.

A que suena bien, a que las líneas reventarían. Una podría pedir las características deseadas, y una gran computadora analizadora de atributos masculinos se encargaría de darnos el espécimen necesario. Elegiríamos todo: color de pelo, cantidad de neuronas, color de ojos, atributos sexuales, gustos, obsesiones (para desarrollar nuestra partecita patética). Quiero, sí, una línea 169 para lograr el hombre necesario.

Y así sería muy divertido escuchar los pedidos y las ofertas que van saliendo y entrando. Gordos, flacos, barbudos, lampiños, maricones (porque, en el fondo, a muchas nos encantan los maricones, son la combinación equilibrada y perfecta de lo masculino con una amiga confidente y divertida), uno increíblemente amable y cero egoísta que nos espere siempre a que acabemos, otro que nos llene de besos todo el tiempo, aquel que nos saque a bailar Te tengo bajo mi piel de Frank Sinatra en boxer blanco mientras prepara una cena de exquisito sabor afrodisíaco, alguno que se dé cuenta de que nos compramos un vestido nuevo o nos cortamos el pelo, el que nos traiga una rosa roja cada vez que sale del trabajo y venga a dárnosla corriendo: el hombre perfecto. Eso sí: tendría que existir el derecho al reclamo, porque no nos van a decir que nos lo dan de por vida; eso sería un gran engaño, seguiríamos con más de lo mismo.

Podríamos ir probando –¿viste que una va cambiando?–, depende del día, depende de si estás con el período, o de si hace días que no vas a al baño. Y ahora que digo eso del baño... porque les cuento que soy de tránsito lento, como dicen en las publicidades de la tele, aunque para otras cosas transite muy rápido... sería así como “el hombre laxante”, ése que te mantiene relajada, sin dolor de cabeza y sin panza. ¡Así lo quiero: el hombre cirulaxia!

¡Sí, chicas! Si votamos, tenemos derechos. Exijamos a nuestros gobernantes que queremos eso. Si estamos felices (con un hombre al lado), hacemos todo mejor, aunque lo neguemos: somos mejores madres, mejores amigas, mejores en el trabajo. Aunque se me enojen las feministas, es cierto, o sea, me explico: si una está bien en el amor, quiero decir, elijas lo que elijas a nivel sexo, etcétera.

Imagínense si pudiéramos tener más de uno, algo así como un-hombre-con-repuesto: depende del día, de lo que creamos necesario, estarían en el placard, colgados de unas perchitas de diseño italiano. Y así nuestro corazoncito diría, mientras hojeamos un gran catálogo: “Mandame uno igualito a Brad Pitt”, o a Matt Dillon, o, en el caso de ser más latina, a Antonio Banderas, o a uno que me sirva de guardaespaldas como Osvaldo Laport pero con taparrabos puesto y que se corte ese pelo, por favor.

Ay, ya sé, es sólo un sueño. Aunque a veces los sueños se cumplen... ¿O los sueños, sueños son? ¿Será cierto?

Monday, January 9, 2006

"Nada ans�o de nada,
mientras dura el instante de eternidad que es todo,
cuando no quiero nada."
Corre Diana hacia la nada

Diana, la conflictuada, no tiene otro registro de ella que aquel de haber corrido siempre tras la zanahoria. Nunca la alcanzó, tampoco está segura si le gustan las hortalizas, sobre todo las metafóricas. Sólo corre desaforada detrás de un porvenir que se aleja, el cansancio le enturbia el futuro. Tiene hoy 22 años, ninguna aventura, pocas amigas, las que recluta por descarte. Antes, después y adentro, la figura de su madre Elida, de quien heredó el pelo rojizo, los anteojos, las manías, las dietas y la ansiedad.

Tampoco registra vacaciones dedicadas al ocio, a la fiaca, al simple placer de no hacer nada. Elida se encargó de elegirle colegios, laboratorios, idiomas, museos, según ella la mejor preparación para el resto de la vida. Diana cumplió el mandato a costa de los últimos racimos de su módica felicidad: quedó de lado, ajena a la travesura, incapaz de la más mínima transgresión.

Cursó el Pellegrini, no tuvo aplazos ni anécdotas. Por supuesto que no fue a Bariloche, no la mantearon, no la aplaudieron ni le pidieron auxilio: su obsesión intimidaba, su madre también. Estudiaba los sábados y domingos para el parcial de fin de mes y, a fin de mes, para los exámenes de noviembre. Estudió los diciembres para varios abriles y así, mansamente, se le derramaron los irrepetibles años.

Quería estudiar cine, terminó siendo escribana. Diana, linda a pesar de ella, les pone flit a los tipos divertidos, se enoja a veces con los cuentos calientes de sus amigas, ignora que las envidia. Lo peor es que Elida tampoco está feliz, ahora la insta a estudiar chino, dice que será el idioma comercial del mundo. En su trabajo, Diana conoció a un filósofo al que, también, le gustaba el cine. Han fijado fecha para fijar fecha.

Pero no descansa, trabaja los sábados para el ajuar y los domingos para iniciar un fideicomiso para el primer hijo que tendrá en 2007. Ya encontrará entonces una excusa para seguir asesinando al ocio.

Thursday, January 5, 2006

DOS CUENTOS ACERCA DE CONDENAS Y DESIGNIOS..

La condena del designio familiar (J. Göttling)

Ahora ya no es hora para nada. A los 62, el hombrecillo de la calle Charcas, al fondo, ha quedado definitivamente solo: la muerte de su madre protocoliza esa situación de vaciamiento espiritual. Una historia sin anécdotas, pasó por la vida como un fantasma, como una sombra, invisible para quien no preste atención a su balcón de tercer piso. Ahora, al menos, abre las ventanas, busca el sol, ese instinto que tanto tiene que ver con la vida.El hombrecillo ni conservó su nombre, lo llaman Tito, no lo dejaron personalizarse, crecer. Ultimo hijo de una familia de rancias costumbres itálicas, cumplió mansamente el mandato de cuidar a "la mamma", devolverle la seguridad, el cariño, reparar el daño que produjo la muerte del padre. Ascético, mínimo, enjuto, Hermes usa aún un sombrero irreal, viste de traje, a veces se animó a remeras de colores apagados. Su drama comenzó cuando se casó Isabella, la menor de las hermanas, apurada por un embarazo que buscó para partir. Tenía él 22 años, estaba ingresando en la vida y quedó de muestra, como enfermero y protector. Tuvo posibilidades, pocas, que dilapidó con resignación. En el banco le ofrecieron una gerencia en Trenque Lauquen, la rechazó. Su máxima aspiración era conocer Sicilia, juntó plata, nunca se animó a dejarla sola, confundía deseo con deserción. Durante años su vida diaria terminó a las ocho de la noche, regaba sus plantas, sirvió la comida, prendió el televisor hasta que su madre se durmiera. Pasaron mujeres, pocas, corridas por la posibilidad siniestra de ser también víctimas de la condena inapelable, espantadas por el designio familiar. De Laura estuvo enamorado, no tanto como para liberarse.Hermes se jubilará a fin de año y no sabe qué hacer con ese destello de libertad. No tuvo tiempo para clubes, ateneos, siquiera el canje amistoso del café. Para sus hermanos fue un comodín, una baraja sin número y sin palo que se descarta cuando se juega la última mano. Sólo le queda el balcón y el dibujo tibio del sol.


Como superar la condena del gris amarillento

De puro obediente, Aurelio se recibió de abogado. De puro obstinado se arregló para sobrevivir por afuera de su profesión, prescindir del ejercicio cruel y aburrido de expedientes, causas, legajos, para él, desde siempre, simple papelerío sin sentido. Hijo de gallegos con ilusión de vástago doctor, pero peor: hijo único, con esa mochila a cuestas. Aurelio es más que inteligente, tiene habilidades de pícaro, hubiera sido un buen embaucador, pero, además, le faltó coraje. Así es que vegetó con los libros de Derecho, estudió para olvidar cuanto antes, se recibió.A los 25 años, era un joven algo transcurrido, usaba pulserita antirreuma, taco sobresaliente para disimular su estatura. Aurelio era más alto que un petiso, pero tenía delirio de galán de telenovela. Vendía seguros con un lenguaje frondoso, abundante y entrador. Compró su primer auto, se fue a vivir solo, en un "pehache" de Núñez, cuando ese barrio era sólo una noción de catastro cercana a la General Paz.No le iba mal, pero lo perseguía una catastrófica sensación de fin de mundo. Aurelio no es totalmente feo ni decididamente aburrido, pero había algo en él que espantaba a las mujeres. Se rodeaba de amigos, salía de caza resignado a su condición de perdedor. Siempre dispuesto a no dejar pasar ninguna presa, era bufoneado por sus compañeros de andanzas. Juan, el de la barba retórica, decía que Aurelio era un león para las minas: "Le rajan todas".Entonces Aurelio comenzó a deprimirse, con subidos índices por la tarde, cuando ya no pinta el sol el patio, con una penumbra interior que pasa a ser endógena. Dejó los seguros, se la rebuscaba con las Flores de Bach, vendió partes de intrincados fondos fiduciarios, pero se sentía solo, habitante de una situación definitiva. Comenzó a perder el pelo, su rostro se hizo amarillento, vestía de gris.En retirada, frecuentó ateneos, centros culturales, se prendió con Marx, Lacan, el estructuralismo, le sirvieron para mejorar su discurso vendedor y fabricar un verso más atrayente. En el verano de 2001, Aurelio, el náufrago, encontró la salvación: vio bailar tango y supo que su vida había cambiado.El tango le cambió el gesto, modificó su postura corporal. Como en los viejos tiempos de la Facultad, tomó un par de clases para iniciarse, se estacionó en las milongas, se hizo habitué de La Ideal, se mudó al centro. Aurelio baila mal, pero lo disimula, convence con su verso. Vive de noche, viste pantalones pinzados, pulóveres de cuello redondo, zapatos abotinados, con taquito. Gana alguna guita enseñando a bailar a conspicuas señoritas, también deslumbradas por el profesor.Por el atractivo profesor. Aurelio, el codiciado, elige mujeres entre cortes y quebradas.



Friday, December 23, 2005

SOÑAR EN UN CAMPO DE MARGARITAS...
RelojesWeb.com


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MIRAR HACIA ATRÁS...


Hace mucho tiempo vivía en Tracia un cantor llamado Orfeo.
Su canto era tan hermoso que los animales acudían a oírlo.
Se dice que también era capaz de acallar una tempestad y apaciguar las olas con sus melodías.
Los dioses le obsequiaron una lira.
Orfeo vivía feliz en compañía de su esposa Eurídice.
Un día, Eurídice fue mordida por una serpiente y murió.
Orfeo la amaba tanto que decidió bajar a los infiernos y suplicarle a Hades que le devolviera a su esposa.
Al fondo de un precipicio encontró en una sala a su esposa en compañía de Hades.
El dios estaba enfurecido con el intruso que estaba allí sin haber sido llamado por la muerte.
Orfeo tomó su lira y expresó su dolor con acordes tan conmovedores que ablandaron el corazón de Hades.
Le prometió que dejaría libre a su amada con una condición:
Orfeo no debía volver su mirada atrás hasta abandonar los infiernos.
Si por temor o amor miraba hacia atrás, la perdería para siempre.
Orfeo, loco de alegría comenzó a caminar.
Caminaba y podía oír el rumor de los pasos de su esposa detrás.
De repente, pudo ver el sol, faltaba poco.
Trató de escuchar pero no se oía nada.
Se asustó y angustió.
Miró para atrás intuyendo lo peor, pero Eurídice estaba detrás suyo.
La tenía del brazo Hermes, el guía de las almas.
Desapareció junto a la bella mujer para siempre...

Todos los días, muchos hombres y mujeres que tienen el talento de Orfeo, buscan a su Eurídice en alguna parte.
Ella puede ser algo bueno o hermoso que ya no está.
Es pasado.
También como este Orfeo, bajamos al infierno a buscar lo que perdimos.
Y cuando miramos para atrás, la pérdida es aún más grande.
Hay momentos en los que es importante mirar sólo para adelante, detrás hay cosas bellas o momentos inolvidables, pero también aferrarnos a ellos puede convertirlos en nuestra pesadilla.




Saturday, December 10, 2005

Friday, December 9, 2005


Amor para siempre


Porque el amor no prescribe
es perenne sentimiento
tiene la fuerza del viento
su muerte no se concibe

Es para toda la vida
no interesan circunstancias
es vital por su importancia
y ya nunca se lo olvida

Anida en el corazón
y permanece inmutable
no es un bien intercambiable
es sentir toda pasión

Y no sabe de razones
que procuren su extinción
es esa gran ilusión
envidia de los bocones

Tuesday, December 6, 2005

Úselo y tírelo

La sociedad de consumo ofrece fugacidades. Cosas, personas; las cosas fabricadas para durar, mueren al nacer, y hay cada vez más personas arrojadas a la basura desde que se asoman a la vida. Los niños abandonados en las calles de Colombia, que antes se llamaban gamines y ahora se llaman desechables, y están marcados para morir. Los numerosos nadies, los fuera de lugar, son "económicamente inviables", según el lenguaje técnico. La ley del mercado los expulsa por superabundancia de mano de obra barata. El Norte del mundo genera basuras en cantidades asombrosas. El Sur del mundo genera marginados. ¿Qué destino tienen los sobrantes humanos?. El sistema los invita a desaparecer; les dice: "Ustedes no existen".

¿Qué hace el Norte del mundo con sus inmensidades de basura venenosa para la naturaleza y la gente? Las envía a los grandes espacios del Sur y del Este, de la mano de sus banqueros, que exigen libertad para la basura a cambio de sus créditos, y de la mano de sus Gobiernos, que ofrecen sobornos.

Los 24 países desarrollados que forman la Organización para la Cooperación en el Desarrollo Económico del Tercer Mundo produce el 98% de los desechos venenosos de todo el planeta. Ellos cooperan con el desarrollo regalando al Tercer Mundo su mierda radioactiva y la otra basura tóxica que no saben dónde meter. Prohíben la importación de sustancias contaminantes, pero las derraman generosamente sobre los países pobres. Hacen con la basura lo mismo que con los pesticidas y abonos químicos prohibidos en casa: los exportan al Sur bajo otros nombres.

En el reino de lo efímero, todo se convierte inmediatamente en chatarra para que bien se multipliquen la demanda, las deudas y las ganancias, las cosas se agotan en un santiamén, como las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza al mercado.

El Sur, basurero del Norte, hace todo lo posible por convertirse en su caricatura. Pero la sociedad de consumo -dime cuánto consumes y te diré cuánto vales- invita a una fiesta prohibida para el 80% de la humanidad. Las fulgurantes burbujas se estrellan contra los altos muros de la realidad. La poca naturaleza que le queda al mundo, maltrecha y al borde del agotamiento, no podría sustentar el delirio del supermercado universal, y al fin y al cabo, la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar el equilibrio de la economía mundial mediante sus brazos baratos y sus productos a precio de ganga. En un mundo unificado por el dinero, la modernización expulsa mucha más gente que la que integra.

Para un innumerable cantidad de niños y jóvenes atinoamericanos, la invitación al consumo es una invitación al delito. La televisión te hace agua la boca y la policía te echa de la mesa. El sistema niega lo que ofrece; y no hay valium que pueda dormir esa ansiedad ni prozac capaz de apagar ese tormento. La lucha social aparece en las páginas políticas y sindicales.

El mundo de fin de siglo viaja con más náufragos que navegantes, y los técnicos denuncian los "excedentes de población" en el Sur, donde las masas ignorantes no saben hacer otra cosa que violar el sexto mandamiento día y noche. ¿"Excedentes de población" en Brasil, donde hay 17 habitantes por kilómetro cuadrado, o en Colombia, donde hay 29? Holanda tiene 400 habitantes por kilómetro cuadrado y ningún holandés se muere de hambre; pero en Brasil y en Colombia, un puñado de voraces se queda con todos los panes y peces.

Cada vez son más los niños marginados que, según sospechan ciertos expertos, "nacen con tendencia al crimen y la prostitución". Ellos integran el sector más peligroso de los "excedentes de población". El niño como amenaza pública, la conducta antisocial del menor en América, es el tema recurrente de los Congresos Panamericanos del Niño desde 1993.

A principios de siglo, el científico inglés Cyril Burt propuso eliminar a los pobres muy pobres "impidiendo la propagación de su especie". Al fin de siglo el Pentágono anuncia la renovación de sus arsenales, adaptados a las guerras del futuro, que tendrán por objetivo los motines callejeros y los saqueos; y en algunas ciudades latinoamericanas, como Santiago de Chile, ya hay cámaras de televisión vigilando las calles.

El sistema está en guerra con los pobres que fabrica, y a los pobres más pobres los trata como si fueran basura tóxica. Pero el Sur no puede exportar al Norte estos residuos peligrosos, que se multiplican cada día. No hay manera de "impedir la propagación de su especie", aunque según al arzobispo de San Pablo, cinco niños caen asesinados cada día en las calles de las ciudades brasileñas, y, según la organización Justicia y Paz, son niños buena parte de los 40 desechables que cada mes caen asesinados en las calles de las ciudades colombianas.

Tampoco se puede mantenerlos escondidos, aunque los desechables no existen en la realidad oficial: la población marginal que más ha crecido en Buenos Aires se llama Ciudad Oculta y se llaman ciudades perdidas los barrios de lata y cartón que brotan en los barrancos y basurales de los suburbios de la ciudad de México.

No hace mucho, los desechables colombianos emergieron de debajo de las piedras y se juntaron para gritar. La manifestación estalló cuando se supo que los escuadrones parapoliciales, "los grupos de limpieza social", mataban indigentes para venderlos a los estudiantes que aprenden anatomía en la Universidad Libre de Baranquilla.

Y entonces Buenaventura Vidal, contador de cuentos, les contó la verdadera historia de la Creación. Ante los vomitados del sistema, Buenaventura contó que a Dios le sobraban pedacitos de todo lo que creaba. Mientras nacían de su mano el sol y la luna, el tiempo, el mundo, los mares y las selvas, Dios iba arrojando al abismo los desechos que le sobraban, pero Dios, distraído, se había olvidado de la mujer y del hombre, que esperaban allá en el fondo del abismo, queriendo existir. Y ante los hijos de la basura, Buenaventura contó que la mujer y el hombre no habían tenido más remedio que hacerse a sí mismos, y se habían creado con aquellas sobras de Dios. Y por eso nosotros, nacidos de la basura, tenemos todos algo de día y algo de noche, y somos un poco tierra y un poco agua y un poco viento.

Monday, December 5, 2005

Los preceptos
(de Gotas de rocio sobre una hoja de loto )Poemas Zen

Ten cuidado de no:
hablar demasiado
hablar muy rapido
hablar sin que te lo pidan
hablar porque si
hablar con las manos
hablar del mundo y sus cuitas
contestar con rudeza
arguir
sonreir con aires de superioridad
ante los comentarios de los demas
utilizar expresiones elegantes
jactarte
hablar con aire de sabelotodo
pasar de un tema a otro
hablar con palabras afectadas
hablar de hechos pasados que no pueden
cambiarse
hablar con pedanteria
evitar preguntas directas
hablar mal de los demas
hablar grandilocuentemente sobre
la iluminacion
hablar embriagado
gritarles a los niños
inventar historias fantasticas
hablar enfadado
mencionar personas importantes
hablar con mojigateria de dioses y budas
hablar dulzonamente
adular
hablar de lo que no sabes
monopolizar la conversacion
hablar de otro a sus espaldas
vanagloriarte
rezar ostentosamente
lamentarte del valor de la limosna
predicar sermones interminables
hablar con el melindre de los artistas
hablar con la afectacion de un maestro
de la ceremonia del te.

Sunday, December 4, 2005


ABRAZARSE
Preguntarse qué fue del carnet de baile y de la tarjeta de visita, del bastonero o de la nodriza puede ser hoy una tarea no menor: cualquier académico la abordaría hasta sacarle jugo político.
El rostro, el pecho, los pies, el beso y hasta las lágrimas han merecido eruditas historias culturales. Pero ¿y el abrazo? ¿Qué fue de él?, más allá del mítico Yatasto y de las películas nacionales donde una madre, generalmente con el rostro de Amalia Sánchez Ariño, abrazaba para dar su perdón a un hijo que había fingido durante cinco años estudiar medicina cuando en realidad se gastaba el dinero familiar en el Marabú.
Hoy cualquier agente de prensa desconocido, cualquier compañía que manda mensajes a cientos de personas a través de una lista de mailing, cualquier político que atiende por teléfono a un pasante apurado se atreven a despedirse con “un abrazo”.
También es un misterio por qué en otra época lo hacían con “un beso”.
En 2002 el abrazo y el beso, tan sagrados e inmutables, al menos en su importancia dentro de nuestra antropología sentimental, sirven hoy hasta para despachar a la expulsada de un reality show.
Y las que abrazan y besan son las mismas víboras que la votaron para tirar de la balsa.
Germán García, más que psicoanalista, “lector de los goces”, descree, en principio, de esos abrazos que ingenuamente continuamos asociando a la pureza.
–Siempre hubo en el abrazo una cierta ambigüedad, ya que por un lado siempre estuvo ligado a la familia y a la fraternidad, y por otro todo, el mundo sabe que significa “él la tomó en sus brazos”.
–¿Por qué hasta en los lenguajes informales que se intercambian desconocidos el “un abrazo” ha ido desplazando a “un beso”?
–Es una retórica fraternalista que se acentuó desde la aparición de las asambleas, de las mujeres de clase media alcanzándoles agua a los piqueteros.
Un abrazo quiere decir “somos hermanos en la desdicha”.
Como saludo nuevo veo el que responde a la lógica veloz del tinelismo: “Chauchu”.
Y eso me lo puede decir hasta un desocupado a través del teléfono.
Hay en todos estos supuesto cambios de las costumbres ciertos desplazamientos. En los sesenta los varones se besaban para despedirse sólo entre los miembros del grupo Cero –alude a una agrupación psicoanalítica que incluía en la cura la liberación de la sexualidad, incluso entre analistas y pacientes–.
Hoy el beso amistoso de despedida equivale a un abrazo.
Para Roland Barthes el abrazo como abolimiento del deseo aun entre amantes, como un incesto prorrogado donde todo se deja en suspenso –el tiempo, la ley, la prohibición– es el retorno a la madre.
En Argentina al auge del abrazo solidario coagulado en la expresión “Madres de la Plaza,el pueblo las abraza” invierte el sentido incestuoso en deseo de relevar a las madres abrazándolas metafóricamente como si fueran hijas en un intento de simbolizar una transmisión política.
Seamos uno ¿Por qué asociamos el abrazo a una inocencia que el beso nunca tuvo?
Mientras el rostro puede dejar transmutar tras una máscara de inocencia, la intención erótica a través del triángulo formado por un par de ojos adonde el deseo creerá leer el deseo y por unos labios que aun apretados y con las comisuras bajas bien podrían ser el efecto buscado de negar para tentar, en el abrazo, los cuerpos parecen querer hundirse el uno en el otro hasta atravesarse en un más allá de la carne, como deshaciéndola para sustraerla de su intención sexual.
En el tercer tomo de su autobiografía, La rama de Salzburgo, donde cuenta su amor pasión por Julián Martínez, ese buen mozo criollo al que Manucho llamaba “attaché de belleza”, Victoria Ocampo da cuenta de otras de las acepciones del abrazo amoroso: como puerto, regazo recobrado y alivio.
Del primer encuentro de los amantes perseguidos –ella era casada, choferes y mucamas vigilaban, la correspondencia era violada– evoca: “........Me abrazó y apretados el uno contra el otro sentimos, mudos, juntos, el alivio del contacto físico. Nos invadió, eliminando todo el resto. Alivio y felicidad. Las preguntas que habíamos preparado, las explicaciones que él quería darme, las palabras que esperábamos uno de otro se desvanecieron. Hoy no hay tiempo, pensábamos. Hoy no hay tiempo sino para este bálsamo de la presencia física. Estar abrazados sin una caricia ni una palabra..........”.
En el género chico del abrazo está el del reencuentro luego de una separación, de una pelea a muerte que el tiempo ha difuminado junto con su proyección obsesionante de instantes dichosos y anteriores a la batalla, género que Hollywood ha explotado en los primeros años del cine sonoro haciendo que una muchacha con capotita cierre con violencia una puerta detrás de los talones de su amante para hacérsela abrir, luego de un instante de rostro demudado, y correr bajo la nieve hacia la diligencia a la que él acaba de apearse con el humor negro de su capa. Allí habrá -casi siempre– un abrazo y no un beso.
Con los años el cine favorecerá el lugar común del traveling sobre una playa desierta donde los amantes hacen literal la representación del encuentro-desencuentro, corriendo uno hacia el otro con los brazos abiertos.
La retórica visual moderna, que ha ampliado las posibilidades de abordaje de los cuerpos muy a menudo hará que él la levante en brazos hasta marearla –a menos que sea Dany DeVito-.
Qué amargante este Barthes que nos recuerda la “culpabilidad” emboscada en el abrazo, es decir su probable desmoronamiento en lo utilitario para un fin satisfactorio: “Sin embargo, en medio de este abrazo infantil, lo genital llega infaliblemente a surgir; corta la sensualidad difusa del abrazo incestuoso, la lógica del deseo se pone en marcha, el querer asir vuelve, el adulto se sobreimprime al niño”.
Para Barthes éste sería una abrazo segundo respecto de ese otro que colma y pone en suspenso al buscador donde el orgasmo será el signo más visible de la baja estofa escondida.
Dos relatos de acuerdo con el sexo:
–Apenas yo estaba empezando a gozar de ese abrazo sentido cuando sentí que él estaba teniendo una erección.
–Me emocionó mucho abrazarla, pero cuando no separamos y pude verle la cara y entendí que ella juzgaba que ese momento era el más oportuno para proponerle que me casara con ella.
La escritora Cecilia Absatz sorprendía y hasta provocaba escándalo cuando, en la década del setenta, enunciaba como una bandera su defensa del abrazo.
Es que, durante el mandato clandestino de la revolución sexual, el abrazo casi era el despreciado equivalente a la ausencia de sexo.
Muy estudiosa de la perennidad en las estrategias amorosas de los silencios atentos –”es más difícil ser líder de audiencia que líder de opinión”, del pudor astuto y de la exhibición de dones considerados viriles para ofrecerlos a los pies del hombre en calidad de esclava– escuela de Colette –sostiene hoy la misma defensa.
–El beso es unívoco.
Nunca da esa paz interior del abrazo, esa intensidad acelerada y afrodisíaca de, a lo sumo, tres minutos.
El beso suele ser un punto de partida, el abrazo suele ser único.
Uno no se abraza con todo el mundo, pero ¿quién no besó irresponsablemente?
A Mike Jagger es más fácil querer violarlo que abrazarlo.
Un abrazo es más difícil de conseguir.
Absatz cree en el abrazo de los boxeadores, en ese pasaje jadeante en donde quien ha perdido la fuerza usa la de su enemigo para apoyarse en él.
Y cree en el abrazo de los políticos cuando abrazándose se ponen más allá de las diferencias o dan cuenta de que a menudo un adversario de ley es más necesario que un amigo.
Aunque para Germán García el abrazo de los políticos suele ilustrar la expresión “abrazo de oso”. Hacer el elogio del adversario y darle un abrazo. “Yo sin Balbín no voy a ninguna parte”, decía Perón y lo abrazaba.
Casi se trata de un espejo invertido de ese abrazo donde los amantes quieren ser uno pero sin querer saber cuál de ellos o fingiéndolo.
Si el darse la mano viril de antaño hoy se traduce en beso en la mejilla, los besos apasionados entre mujeres que se pueden ver en la película Las horas son traducciones del antiguo abrazo, sólo que en el tono mayor de las reliquias inembargables.
YO TE ABRAZO...DE VERDAD!!!!!!!

Friday, December 2, 2005

CHARLAS DE ASCENSOR

No hay nada más soso que las charlas que se mantienen en el ascensor, durante la interminable bajada o subida, tratando de estirar temas, imposibles, entre los cuales el favorito, desde ya, es el tiempo. Mi intelecto se subleva ante un despliegue de banalidad que merecería mejores objetivos, y en general, trato de evitarlas, fingiendo que estoy pensando en cosas importantes. Pero como vivo en un piso trece, la cosa es difícil y no tengo más remedio que someterme a ellas.
“Qué calor”, le dije a la señora que subió al ascensor esta mañana, mientras bajaba para comprar el diario. Era, como decía Bernard Shaw, una mujer que oscilaba entre dos edades, las dos bastante avanzadas, y el tema se imponía, porque verdaderamente estaba haciendo calor. La respuesta, en esos casos, es: “Sí, qué barbaridad”. Y en efecto: “Sí –me dijo ella–, es una barbaridad. Pero no es sólo el verano. Lo que ocurre es que el anticiclón del Atlántico se está desplazando hacia el Sur como consecuencia del calentamiento global, aunque por cierto los científicos no se ponen de acuerdo: en el último número de Nature se anuncia el comienzo de una nueva edad de hielo. ¿Usted puede creer que haya una discusión y no se sepa si el mundo se está calentando por los gases y el efecto invernadero o enfriando debido a una ligera variación del ángulo de rotación de la Tierra respecto a la eclíptica?”.
Realmente, no supe qué contestar, pero me salvé porque en ese momento el ascensor paró y subió un tipo joven que, por supuesto, quiso iniciar una conversación, mirándome directamente a la cara, de tal forma que era imposible evitarla. “¿Qué me dice de la violencia?”, le pregunté (hacía dos días habían asaltado a una anciana del cuarto, la habían descuartizado y luego habían tirado los pedazos por el pozo de la escalera). “Sí –me contestó–, es una barbaridad. Pero no hay que considerarla como exclusiva de nuestra época. Si uno se pone a pensar, la violencia de las ciudades modernas en realidad es muy leve si se la compara con lo que ocurría en cualquier burgo medieval, o en la misma Roma después del período republicano. En la época de Augusto se cometían por lo menos tres asesinatos por noche, según algunos historiadores. Bajó durante Tiberio y Calígula, pero volvió a aumentar con Claudio.” “Claudio era tío de Calígula –comentó la señora con una risita–, y cuando la guardia pretoriana entró en el palacio matando a diestra y siniestra, lo encontraron escondido detrás de una cortina y lo proclamaron emperador.” “Así que ya ve –me dijo el tipo joven–, en Roma a los emperadores los proclamaban los militares. ¿Cómo no iba a haber violencia en las calles? Si entonces, como ahora, convivían la riqueza con la...” Pero se interrumpió porque el ascensor se detuvo nuevamente y subió un señor canoso que usaba bastón. “Este es un heideggeriano”, me susurró la mujer por lo bajo. El hombre canoso saludó y yo traté de iniciar una conversación: “¿Vio que el portero no limpia nada?”, le pregunté. “Los restos de la vieja descuartizada están todavía en el palier.” “Sí –me dijo–, es una barbaridad, pero a mí me preocupa saber por qué es en general el Ser y no más bien la Nada.” Se hizo un piso de silencio, y la mujer no pudo contenerse. “Esa es una pregunta puramente metafísica y por lo tanto carece de la posibilidad de una respuesta científica”, dijo. “Digno de Carnap, el Círculo de Viena y sus derivaciones neopositivistas”, respondió el hombre del bastón: “Antes de refugiarse en la ciencia para rechazar los problemas metafísicos, sería bueno tener en cuenta las implicancias éticas de la ciencia, o por lo menos el estatuto ético que la ciencia debería cumplir y que Heidegger estableció con toda claridad”. “¿Lo hizo antes o después de afiliarse al partido nazi y expurgar de judíos su universidad?”, preguntó el tipo joven, socarronamente. El hombre del bastón iba a contestar, indignado, pero justo en ese momento llegamos a la planta baja, y cuando vi la basura (pedazos de la asesinada incluidos) acumulados en el palier (el portero, en vez de limpiar, estaba sentado en un sillón todo roto leyendo a Dostoievsky), mientras nos sofocaban las vaharadas de calor que llegaban de la calle cruzando la cual un grupo de adolescentes asaltaba a una vieja, pensé en el anticiclón del Atlántico, en la Roma imperial, en el Ser y la Nada, y volví a maldecir las conversaciones de ascensor que nunca se ocupan de las cuestiones importantes.

Wednesday, November 30, 2005

ANTE EL IMPACTO QUE ME GENERO ESTA NOTA, DECIDI SUBIRLA ACA, OJALA TODOS LA PUEDAN LEER....Y AYUDAR CLARO

NOTA URGENTE (S.Russo)
Esta es una nota urgente, una nota que debería ser leída con atención por las decenas de propietarios de humildes casas del partido de 3 de Febrero que, desde hace un mes y una semana, se niegan a alquilarle una vivienda a una familia pobre que la necesita con desesperación: no para gozar de un techo protector y unas paredes sólidas, como bien podría ser y a lo que lógicamente tienen derecho, sino para brindarle a uno de sus hijos, de doce años, una muerte digna.
El chico padece distrofia muscular de Ducheme, la más grave de las variantes de esa enfermedad. Tiene una expectativa de vida que por lo general no supera los trece años. Hace nueve meses que está internado en el hospital de niños Ricardo Gutiérrez. Ante lo crónico y lo irreversible del mal, los médicos de ese hospital le comunicaron a la familia que deberían llevárselo de ahí, ante los riesgos de infección intrahospitalaria. “Internación domiciliaria”, sugirieron.
El padre es chapista y está desocupado. Cobra un Plan Jefes y él, su mujer y sus otros cinco hijos viven en una habitación de seis por seis y están colgados de la luz. El chico enfermo debe ser trasladado con un respirador artificial. Le hicieron traqueotomía. Ante un simple corte de luz, moriría. Una muerte de esa naturaleza, ¿responsabilidad de quién sería?
La familia recurrió a una abogada especialista en discapacidad, María Inés Bianco, para que se pusiera en marcha el Profe (Programa Federal de Salud), que contempla internaciones domiciliarias. Pero ante el precario panorama del único domicilio al que sus padres podían llevar al chico, la abogada presentó ante el juez Arias, de La Plata, un recurso de amparo y una medida cautelar pidiendo en 48 horas una vivienda digna para esta familia que está viendo agonizar a uno de sus hijos. La medida fue aceptada. Hubo ya dos audiencias a las que fueron representantes de todas las instituciones demandadas: el Ministerio de Infraestructura y Vivienda bonaerense, el Instituto de la Vivienda, el Ministerio de Desarrollo Humano y la Municipalidad de 3 de Febrero. Todos acatan la resolución del juez: el gobierno bonaerense está dispuesto a pagar un año de alquiler por adelantado y a hacerse cargo de la garantía.
Sin embargo, a un mes y una semana de la resolución, el chico sigue internado en el Gutiérrez, la familia sigue desesperando y viviendo en la habitación de seis por seis en la que cada día que pasan un hombre y una mujer, padre y madre, no sólo son aguijoneados por el insondable dolor de los meses por venir y la agonía del niño, sino también porque no pueden ofrecerle a ese niño un hogar lo suficientemente digno para morir en él.
En la segunda audiencia y tras el fracaso de la búsqueda de una casa en alquiler, se decidió que una trabajadora social acompañase al padre en esa búsqueda. Fue infructuoso. Los propietarios de viviendas del partido de 3 de Febrero no quieren alquilarle una casa al Gobierno, y menos que menos quieren que sus locatarios sean los padres de un chico discapacitado y moribundo.
El Ministerio de Infraestructura admitió, y consta en el expediente, que en este momento no hay planes de vivienda, lo cual equivale a decir que el Estado no dispone de ninguna casa para ofrecerle a esta familia. El juez libró un oficio, entonces, para que esa casa sea buscada entre “herencias vacantes”, es decir, aquellas casas cuyos habitantes murieron y no dejaron herederos. En una semana, ese trámite tampoco prosperó.
Habría mucho que pensar sobre este caso. Por qué algo tan magro y sencillo como una vivienda es un bien escaso del que un Estado como el bonaerense no puede hacerse cargo cuando una situación como ésta, de una gravedad extrema y ya amparada por la Justicia, lo requiere. Por qué personas particulares, propietarios de casas cuyos alquileres rondan los seiscientos pesos, en lugar de asistir solidariamente al que sufre le cierran la puerta en la cara. Por qué es urgente y necesario escribir estas líneas entrecortadas y nerviosas: me contesto que porque de no ser leído el caso hoy mismo por alguien con poder de decisión, la búsqueda deesa casa para que un niño muera rodeado de los suyos languidecerá entre expedientes que se olvidarán como otros. El niño está conectado a un respirador y no puede hablar. No tiene voz. Pero que alguien lo oiga, y ahora. Mañana mismo es tarde.

Thursday, November 24, 2005


ESPIAR!

Durante años practiqué una forma de placer que juzgaba inofensiva.
Al entrar a un bar, al subir a un colectivo o ubicarme en una cola para realizar algún trámite, trataba de situarme cerca de grupos de al menos dos personas.
Después, simplemente, oía la conversación.
En ocasiones me divertía, en otras me indignaba.
Las mejores eran, por supuesto, aquellas en las que se discutía algo con cierta violencia o acaloramiento y el punto más alto de placer se correspondía en relación directa con la ignorancia acerca del tema que había originado la disputa.
A veces tomaba partido, sin dudas, por uno de los contendientes. Los motivos, al no conocer la causa de la discusión, eran puros y desinteresados.
Lo que valoraba, en esos casos, era la calidad de la argumentación y algunos detalles aparentemente ajenos pero de vital importancia para mí: la tranquilidad en la exposición, el cuidado en las gesticulaciones, la sensación de verdad que pudiera transmitir el tono de voz.
Mis enemigos instantáneos eran las voces muy agudas y, desde ya, las intensidades excesivas.
El uso indiscriminado de teléfonos celulares aumentó, en principio, la oferta de conversaciones ajenas por ser espiadas.
La mejoría, no obstante, fue sólo aparente.
A pesar del obvio atractivo de no escuchar a uno de los que conversaban y poder, por lo tanto, imaginarlo a partir de lo dicho por el otro, la calidad de estas conversaciones era notablemente inferior a la de las personales.
Comunicaciones para indicar que la tarta que estaba en la heladera debía ser puesta en el horno a las \n12.15, o que los papeles de la transacción los llevaría Giménez eran la norma.
Pero ése no fue el problema.
Las complicaciones comenzaron cuando empezó a ser evidente que la regla que yo me había impuesto no iba a poder ser respetada.
Todo el andamiaje descansaba en un principio básico: yo no debía intervenir.
La primera vez no fue grave.
Apenas una discusión marital en la que no fui capaz de sustraerme a la necesidad de reclamar indulgencia para el marido ante las quejas airadas de la mujer.
La segunda ocasión, una discusión acerca de un dinero que había desaparecido de la caja y de la confianza de años que el empleado había dilapidado, fue más complicada: el placer de espiar fue reemplazado por cierto daño físico. Ya no espié más.
Placeres.............
Este es un placer muy 02, y seguramente compartido.
Un placer muy argentino.
Esquivo, infrecuente, placer de dioses pero de dioses de entrecasa, de dioses en pantuflas, de dioses contracturados.
Tiene lugar sin que uno se dé cuenta y ésa es su mayor gracia, su arte de magia, su toque de misterio.
Puede correr por diferentes carriles, es decir: puede ser un placer erótico –y en ese caso, digno de panderetas y fuegos artificiales–, o un placer gastronómico, en cuyo caso uno quedará atorado pero satisfecho, o un placer familiar, y entonces seremos seres agradecidos a la vida por haber construido ese nido cuya estabilidad nos demanda tanto esfuerzo, pero que vaya si nos devuelve, y con creces, tamaña responsabilidad.
Se trata, lo digo de una vez, de olvidarse.
De olvidarse del banco y del cheque y de Duhalde y del dólar y del crédito y de todo.
Son ratos, recreos, lapsus en los que la Argentina queda lejos o por lo menos afuera.
No hace falta embarcarse en ninguna aventura extraordinaria, porque vamos, ¿quién está en estos días con la energía necesaria para salir al mundo a cazar endorfinas?
Justamente, porque todos estamos de cama, a punto de engriparnos, angustiados, con la autoestima baja, con facturas vencidas, con sueldos por cobrar, con falta o con exceso de trabajo, esos ratitos que le ganamos a la crisis sobrevienen de pronto cuando ese resto de salud mental que todavía atesoramos nos empuja a buscar una noche a solas con ese o esa que a su vez deja de lamentarse y entramos en clima y nos bebemos unos tragos y desdramatizamos y jugamos a ser esos que éramos antes del corralito, seres humanos sexuados y disponibles para algún que otro juego.
O cuando con los hijos se posterga la hora de mandarlos a dormir y hay charla y chistes y confidencias, y se nos pasa por la cabeza que eso y ninguna otra cosa es lo que vale.
O cuando con amigos o sin ellos, en una fiesta o a solas en casa, distendidos o no, sábado o jueves, volvemos a recuperar la sensación de estar pasándola bien, rebien, de disfrutar.
Con qué poco gozamos y qué difícil se nos ha puesto el goce.
Darse cuenta, después de cada uno de esos posibles ratos de bienestar, que uno ha podido en un lapso razonable de tiempo olvidar la Argentina nos reconcilia con nosotros mismos: caray, qué linda era la vida hace unos meses.