Todas mis chicas

Todas mis chicas
Lilo, Marce, San, Luni y Viole (todas mis chicas)

Sunday, February 26, 2006


Sin destino - R.Bielsa

Martín apareció una noche, de esto hará dos o tres años. Era un pibe de sonrisa fácil, despreocupado y robusto, insensible al frío y al calor. En la esquina de 24 de Noviembre y Rivadavia marcó su territorio: limpiaba los vidrios de los autos, pedía unas monedas y, cuando el semáforo se lo permitía, corría algunos metros hasta el lugar de la vereda donde estaban sentadas su compañera, Roxana, y una hermosa criatura de ojos fijos con apenas algo más de un año, Tamara, cruzaba con ellas algunas contraseñas, y volvía a la fajina.
La chica tendría la misma edad que él, y caminaba con dificultad por una displasia de cadera. Con el tiempo, cuando ella quedó embarazada de Martín, me enteré de que la niña era de otro padre. A veces se alojaban en una pensión que queda a media cuadra, o en un hotel que está un poco más lejos, o directamente en el rellano del cajero automático de la esquina. Martín me dijo que si no juntaba doce pesos a lo largo del día, tenían que dormir en la calle.
Embarazada y todo, ella le daba una mano. Con la panza como una gaita, a causa de su andar anómalo, se deslizaba por entre los autos mientras que la hijita hacía garabatos en un cuaderno, sentada muy compuesta con la espalda contra la pared. Lloviera, tronara o chamuscara, estaban allí, Martín sonriente, ella diligente y la niña obediente, como si los condujera un solo hilo, invisible a la mirada acostumbrada.
Una nueva niña nació promediando el 2002: Micaela. La mujer de Martín dejó momentáneamente de ayudarlo pero no abandonó la vereda. Cualquiera que pasara podía verlos, el muchacho sonriente y movedizo, y su familia a unos pasos, la niña con algunos útiles escolares, y la beba alimentándose sobre el pecho de su madre. Me llamaba la atención el sólido vínculo a cielo abierto de esos cuatro seres vulnerables, los grandes ademanes de Martín, los dientes roídos de su mujer, la pequeña deidad impasible de ojos minerales y rulos, y la beba germinando.
Una noche de verano de 2003, pasé por la esquina y Martín no estaba. Su mujer se había sentado en el lugar acostumbrado, pero temblaba bajo un pulóver negro de lana y faltaban los chicos. “Se lo llevaron a la 8ª”, me dijo. “Yo estoy con fiebre. ¿No le puede dar una mano?”
Entré en la seccional, y le pregunté a un agente de guardia parpadeante y tenso si sabía algo de Martín, al que habían detenido por una contravención. “Por una contravención no”, me contestó, sosteniéndome la mirada, “por tenencia de estupefacientes. Estamos esperando el informe de reincidencia; si no salta nada, sale a las doce. Usted, ¿quién es?”.
Cuando me fui de la comisaría, recordé una broma que había leído en un libro de Imre Kertész: “Abajo esa moral, y no perdamos la desesperanza”. También me acordé de las palabras del tío Lajos, un personaje de la obra, con las cuales pedía que Dios los ayudase para que “podamos, lo más pronto posible, reunirnos otra vez alrededor de esta mesa, todos juntos, en paz, salud y amor”. Esa noche, el padre del protagonista se despedía de sus familiares porque al día siguiente se marcharía deportado a un campo de trabajo obligatorio. El libro se llama “Sin destino”; Martín había iniciado su largo viaje.
Volví, y le dije a Roxana lo que me habían informado. Los ojos se le volvieron como dos insectos que supuraran. “Hoy a la mañana salió a comprar leche para la bebé, y ya no volvió”, me contestó. Al día siguiente, él me juró que le habían puesto el sobre con droga en el bolsillo porque se había negado a darles el dinero que le pedían.
Después del episodio, todo volvió a esa “normalidad” sin sutura ni abrigo que los envolvía como la luz de un acuario.
El viernes 14 de marzo llegué a la esquina, y la encontré con el rostro desfigurado y un gran esparadrapo como una estrella, amarilla por el desinfectante, que le tapaba un ojo y parte de la frente. “Martín... –medijo– ...la cerveza, el vino. Nos echaron del hotel, yo quería irme con las nenas a visitar a mi mamá, él no, discutimos y me golpeó con un secador. Me dieron cinco puntos en el hospital, y a Martín se lo llevaron preso”. Tenía unas gotas de sangre en las mangas de la remera, y el otro ojo abierto como un alarido.
Martín es uno de los 92 chicos de la calle cada 100 de los que el Estado se desentiende. En su registro de antecedentes figura que fue detenido por tenencia de drogas. Ahora añadirán lesiones graves, o algo por el estilo. Mañana, quien sabe, homicidio, o morirá él mismo. Su mujer se quedará sola, aunque es posible que nunca haya dejado de estarlo. La hermosa niña será otro número en vaya uno a saber qué estadística. La beba ingresará a un hospital, a un instituto después, difícilmente a una escuela o la universidad, al final del viaje.
Kertész relata un episodio en el que el protagonista es retenido junto con otros jóvenes y adultos que llevaban la estrella amarilla en las solapas, el esparadrapo amarillo de los de su condición, para ser enviado a Auschwitz-Birkenau. La expresión de los dos policías a cargo del operativo, dice, “me evocaba esos recuerdos: la misma desgana y la misma preocupación, la misma resignación frente a un destino irremediable”. También, cuando marchan por la carretera rumbo a la enorme plaza con guijarros blancos, el patio de un cuartel: “De todo aquel largo camino, sólo recuerdo la curiosidad furtiva, poco decidida, casi vergonzosa que nuestro desfile provocaba en el público apostado en las aceras”. Como la novela de Kertész, sin destino.

Friday, February 10, 2006

NOSOTRAS QUE NOS QUEREMOS TANTO
Por Marta Dillon
No existiría el machismo si las mujeres no hubiéramos cavado, palada a palada, nuestra propia fosa de sometimiento, cosificación, inequidad, violencia. Somos nosotras las que nos sometemos a maniobras cruentas sin las que no podríamos vivir, como por ejemplo, la depilación, la gimnasia localizada, el probador. Somos nosotras, en nuestras múltiples y variadísimas versiones, las que retamos a los chicos y les decimos que parecen nenas cuando lloran, o maricones porque no se quieren meter a la pileta, por ejemplo. Es más, el maricón también se usa en femenino y se les aplica a las niñas que temen entrar a una habitación a oscuras. Somos nosotras las que decimos que tenemos los huevos llenos, que hay que tener huevos de oro para animarse a algo y etc., etc. Quienes más que nosotras nos creemos amables porque levantamos la mesa y lavamos los platos sin dejar que varón alguno se ensucie las manos con tales menesteres, y en cambio los dejamos aplicar su creatividad a la cocina, que cuando la hacen ellos es bien alabada. ¿Quiénes se enamoran de machos recios que se suponen apasionados porque cada vez que mirás al costado tornan del rojo al violeta a fuerza de furia celosa? Nosotras, y al decir nosotras nombro un amplio estereotipo femenino que tan bien definía, por ejemplo, una propaganda que decía que las argentinas éramos las más lindas del mundo. Nosotras que leemos aunque sea de reojito las dietas de las revistas para nosotras, que tenemos “tránsito lento” según otra propaganda (los varones jamás pero nunca jamás se estriñen), que somos recancheras porque vivimos a yogurt y podemos tener nariz grande mientras no nos vayamos de talle. Y si te vas de talle, bueno, será porque no pasaste los 30. Nosotras, mujeres asesinas, jamás protagonistas de botines (bueno, un papel secundario en todo caso). Nosotras que extrañamos que nos abran la puerta del auto, que los hombres paguen las cuentas y que se den cuenta de que queremos que nos digan bellas. Sobre todo porque últimamente empezamos a pagar todo para demostrar cuán poderosas podemos ser, y hacer tres jornadas de trabajo para demostrar que podemos con los chicos, el supermercado, el trabajo y la vida social. Y que como estamos tan liberadas nos reivindicamos máquinas sexuales a las que todo les tiene que gustar, que no confesarían jamás menos de tres polvos por semana, y que en el caso de que nos gusten o nos enamoremos de mujeres juraremos silencio por los siglos de los siglos porque las lesbianas como se debe o se recluyen en sus sitios friendly o son bellas y estilizadas como las de la tele. Bue, nosotras, chicas fuertes, de este tiempo, poderosas. Qué boludas. Como Moria, que de tan poderosa se reivindica travesti y dice cosas que son aptas para convertirse en titular principal de un diario, será Crónica, pero es un diario. Y después nos quejamos.

Friday, February 3, 2006


La computadora y yo
No bien llegué a territorio norteamericano, me acerqué a una computadora y pulsé la tecla Quejas. Mis viejas convicciones anti-imperialistas me impulsaron a protestar contra el muro que Estados Unidos está levantando en la frontera con México. Yo creía que esa vasta pared de acero se proponía impedir la libre circulación de las personas, al mismo tiempo que el Tratado de Libre Comercio aseguraba la libre circulación del dinero, y eso no me parecía bien. Pero la computadora despejó la confusión de mi espíritu: —No es un muro —explicó—. Es una obra de arte. Un gigantesco monumento que se erige en memoria de los mártires del oprobioso Muro de Berlín.
Entonces pulsé la tecla Dudas. Se me ocurrió plantear el caso de las leyes contra los inmigrantes. Leyes ya aprobadas, como la 187 de California, que suprime los derechos de los inmigrantes ilegales, y leyes anunciadas, como las que amenazan suprimir también los derechos de los inmigrantes legales. Mi duda era: ¿Se proponen estas leyes beneficiar a los indios? Siendo Estados Unidos una nación de inmigrantes, sólo los indígenas, los Native Americans, quedarían a salvo de esas medidas. Me parecía un gesto conmovedor: una expiación histórica, al cabo de tanto crimen y de tanto desprecio. Pero la máquina me aclaró las cosas: en América, inmigrantes son todos, y los indios también. Ellos vinieron desde el Asia, hace 30 mil años. Las leyes no tendrán excepciones.
Pulsé la tecla Iniciativas. Pregunté si ya existía algún proyecto para fabricar una tinta mágica, que fuera capaz de bañar a la mano de obra latinoamericana, para hacerla invisible, cada día, a la caída del sol, después de las horas de trabajo en los campos y en las calles del norte. Esa tinta podría evitar la molesta presencia de los braceros mexicanos y centroamericanos en las plazas, cines, restoranes y otros lugares públicos de los pueblos y ciudades de Estados Unidos.
—No todavía —informó la computadora.
Volví a pulsar la tecla Iniciativas. Pregunté si a nadie se le había ocurrido la idea de abrir una embajada de los Estados Unidos de América en Estados Unidos de América, con sede en Washington, para que la CIA pudiera organizar golpes de Estado también en su propio país.
—No todavía —repitió la computadora.
Regresé a la tecla Dudas. Pregunté: ¿No será un error que se llame Secretaría de Defensa al órgano de gobierno que se ocupa de la fuerza militar de Estados Unidos? ¿No será un error llamar Presupuesto de Defensa al dinero que la alimenta? Defensa me parecía una palabra equivocada, teniendo en cuenta que Estados Unidos no ha sido jamás invadido por nadie, pero en cambio se ha dedicado a invadir a los demás, desde los albores de su vida independiente, a un promedio de una invasión por año. ¿Y por qué esos gastos de Defensa siguen siendo tan enormes, casi el doble que en 1980? ¿Defensa contra quién, si ahora los rusos son buenos? Con cibernética impaciencia, la máquina me cortó el discurso y puso las cosas en su lugar: —El mundo amenaza —explicó—. No se puede confiar en nadie. Los buenos de ayer pueden ser los malos de hoy. Los buenos de hoy pueden ser los malos de mañana.
Yo agradecí la información, pero pedí a la computadora que me diera un ejemplo, sin ánimo de abusar de la buena voluntad de la tecnología.
—El tabaco —respondió la máquina.
En ese momento se me iluminó la cabeza. Me di cuenta de que ésa era una tremenda verdad: ayer el cigarrillo había sido bueno, en los labios de Humphrey Bogart o del vaquero de Marlboro, pero hoy es malo. Malísimo. Estados Unidos ha declarado la guerra santa contra el cigarrillo. Ignorante de mí, pregunté: ¿Por qué? ¿Se prohibe el cigarrillo porque da cáncer, o porque da placer? Entonces la computadora se desconectó. Y yo me quedé sin saber si los marines iban a invadir a los países fumantes, para salvar al mundo del pecado del humo. No habiendo más enemigos a la vista, ésa me parecía una promisoria posibilidad para el Pentágono y su presupuesto.
La máquina se negó a seguir funcionando. No me sorprendió. Yo nunca he tenido confianza en las computadoras. Siempre he sospechado que ellas beben de noche, cuando nadie las ve. Eduardo Galeano