Todas mis chicas

Todas mis chicas
Lilo, Marce, San, Luni y Viole (todas mis chicas)

Wednesday, November 30, 2005

ANTE EL IMPACTO QUE ME GENERO ESTA NOTA, DECIDI SUBIRLA ACA, OJALA TODOS LA PUEDAN LEER....Y AYUDAR CLARO

NOTA URGENTE (S.Russo)
Esta es una nota urgente, una nota que debería ser leída con atención por las decenas de propietarios de humildes casas del partido de 3 de Febrero que, desde hace un mes y una semana, se niegan a alquilarle una vivienda a una familia pobre que la necesita con desesperación: no para gozar de un techo protector y unas paredes sólidas, como bien podría ser y a lo que lógicamente tienen derecho, sino para brindarle a uno de sus hijos, de doce años, una muerte digna.
El chico padece distrofia muscular de Ducheme, la más grave de las variantes de esa enfermedad. Tiene una expectativa de vida que por lo general no supera los trece años. Hace nueve meses que está internado en el hospital de niños Ricardo Gutiérrez. Ante lo crónico y lo irreversible del mal, los médicos de ese hospital le comunicaron a la familia que deberían llevárselo de ahí, ante los riesgos de infección intrahospitalaria. “Internación domiciliaria”, sugirieron.
El padre es chapista y está desocupado. Cobra un Plan Jefes y él, su mujer y sus otros cinco hijos viven en una habitación de seis por seis y están colgados de la luz. El chico enfermo debe ser trasladado con un respirador artificial. Le hicieron traqueotomía. Ante un simple corte de luz, moriría. Una muerte de esa naturaleza, ¿responsabilidad de quién sería?
La familia recurrió a una abogada especialista en discapacidad, María Inés Bianco, para que se pusiera en marcha el Profe (Programa Federal de Salud), que contempla internaciones domiciliarias. Pero ante el precario panorama del único domicilio al que sus padres podían llevar al chico, la abogada presentó ante el juez Arias, de La Plata, un recurso de amparo y una medida cautelar pidiendo en 48 horas una vivienda digna para esta familia que está viendo agonizar a uno de sus hijos. La medida fue aceptada. Hubo ya dos audiencias a las que fueron representantes de todas las instituciones demandadas: el Ministerio de Infraestructura y Vivienda bonaerense, el Instituto de la Vivienda, el Ministerio de Desarrollo Humano y la Municipalidad de 3 de Febrero. Todos acatan la resolución del juez: el gobierno bonaerense está dispuesto a pagar un año de alquiler por adelantado y a hacerse cargo de la garantía.
Sin embargo, a un mes y una semana de la resolución, el chico sigue internado en el Gutiérrez, la familia sigue desesperando y viviendo en la habitación de seis por seis en la que cada día que pasan un hombre y una mujer, padre y madre, no sólo son aguijoneados por el insondable dolor de los meses por venir y la agonía del niño, sino también porque no pueden ofrecerle a ese niño un hogar lo suficientemente digno para morir en él.
En la segunda audiencia y tras el fracaso de la búsqueda de una casa en alquiler, se decidió que una trabajadora social acompañase al padre en esa búsqueda. Fue infructuoso. Los propietarios de viviendas del partido de 3 de Febrero no quieren alquilarle una casa al Gobierno, y menos que menos quieren que sus locatarios sean los padres de un chico discapacitado y moribundo.
El Ministerio de Infraestructura admitió, y consta en el expediente, que en este momento no hay planes de vivienda, lo cual equivale a decir que el Estado no dispone de ninguna casa para ofrecerle a esta familia. El juez libró un oficio, entonces, para que esa casa sea buscada entre “herencias vacantes”, es decir, aquellas casas cuyos habitantes murieron y no dejaron herederos. En una semana, ese trámite tampoco prosperó.
Habría mucho que pensar sobre este caso. Por qué algo tan magro y sencillo como una vivienda es un bien escaso del que un Estado como el bonaerense no puede hacerse cargo cuando una situación como ésta, de una gravedad extrema y ya amparada por la Justicia, lo requiere. Por qué personas particulares, propietarios de casas cuyos alquileres rondan los seiscientos pesos, en lugar de asistir solidariamente al que sufre le cierran la puerta en la cara. Por qué es urgente y necesario escribir estas líneas entrecortadas y nerviosas: me contesto que porque de no ser leído el caso hoy mismo por alguien con poder de decisión, la búsqueda deesa casa para que un niño muera rodeado de los suyos languidecerá entre expedientes que se olvidarán como otros. El niño está conectado a un respirador y no puede hablar. No tiene voz. Pero que alguien lo oiga, y ahora. Mañana mismo es tarde.

Thursday, November 24, 2005


ESPIAR!

Durante años practiqué una forma de placer que juzgaba inofensiva.
Al entrar a un bar, al subir a un colectivo o ubicarme en una cola para realizar algún trámite, trataba de situarme cerca de grupos de al menos dos personas.
Después, simplemente, oía la conversación.
En ocasiones me divertía, en otras me indignaba.
Las mejores eran, por supuesto, aquellas en las que se discutía algo con cierta violencia o acaloramiento y el punto más alto de placer se correspondía en relación directa con la ignorancia acerca del tema que había originado la disputa.
A veces tomaba partido, sin dudas, por uno de los contendientes. Los motivos, al no conocer la causa de la discusión, eran puros y desinteresados.
Lo que valoraba, en esos casos, era la calidad de la argumentación y algunos detalles aparentemente ajenos pero de vital importancia para mí: la tranquilidad en la exposición, el cuidado en las gesticulaciones, la sensación de verdad que pudiera transmitir el tono de voz.
Mis enemigos instantáneos eran las voces muy agudas y, desde ya, las intensidades excesivas.
El uso indiscriminado de teléfonos celulares aumentó, en principio, la oferta de conversaciones ajenas por ser espiadas.
La mejoría, no obstante, fue sólo aparente.
A pesar del obvio atractivo de no escuchar a uno de los que conversaban y poder, por lo tanto, imaginarlo a partir de lo dicho por el otro, la calidad de estas conversaciones era notablemente inferior a la de las personales.
Comunicaciones para indicar que la tarta que estaba en la heladera debía ser puesta en el horno a las \n12.15, o que los papeles de la transacción los llevaría Giménez eran la norma.
Pero ése no fue el problema.
Las complicaciones comenzaron cuando empezó a ser evidente que la regla que yo me había impuesto no iba a poder ser respetada.
Todo el andamiaje descansaba en un principio básico: yo no debía intervenir.
La primera vez no fue grave.
Apenas una discusión marital en la que no fui capaz de sustraerme a la necesidad de reclamar indulgencia para el marido ante las quejas airadas de la mujer.
La segunda ocasión, una discusión acerca de un dinero que había desaparecido de la caja y de la confianza de años que el empleado había dilapidado, fue más complicada: el placer de espiar fue reemplazado por cierto daño físico. Ya no espié más.
Placeres.............
Este es un placer muy 02, y seguramente compartido.
Un placer muy argentino.
Esquivo, infrecuente, placer de dioses pero de dioses de entrecasa, de dioses en pantuflas, de dioses contracturados.
Tiene lugar sin que uno se dé cuenta y ésa es su mayor gracia, su arte de magia, su toque de misterio.
Puede correr por diferentes carriles, es decir: puede ser un placer erótico –y en ese caso, digno de panderetas y fuegos artificiales–, o un placer gastronómico, en cuyo caso uno quedará atorado pero satisfecho, o un placer familiar, y entonces seremos seres agradecidos a la vida por haber construido ese nido cuya estabilidad nos demanda tanto esfuerzo, pero que vaya si nos devuelve, y con creces, tamaña responsabilidad.
Se trata, lo digo de una vez, de olvidarse.
De olvidarse del banco y del cheque y de Duhalde y del dólar y del crédito y de todo.
Son ratos, recreos, lapsus en los que la Argentina queda lejos o por lo menos afuera.
No hace falta embarcarse en ninguna aventura extraordinaria, porque vamos, ¿quién está en estos días con la energía necesaria para salir al mundo a cazar endorfinas?
Justamente, porque todos estamos de cama, a punto de engriparnos, angustiados, con la autoestima baja, con facturas vencidas, con sueldos por cobrar, con falta o con exceso de trabajo, esos ratitos que le ganamos a la crisis sobrevienen de pronto cuando ese resto de salud mental que todavía atesoramos nos empuja a buscar una noche a solas con ese o esa que a su vez deja de lamentarse y entramos en clima y nos bebemos unos tragos y desdramatizamos y jugamos a ser esos que éramos antes del corralito, seres humanos sexuados y disponibles para algún que otro juego.
O cuando con los hijos se posterga la hora de mandarlos a dormir y hay charla y chistes y confidencias, y se nos pasa por la cabeza que eso y ninguna otra cosa es lo que vale.
O cuando con amigos o sin ellos, en una fiesta o a solas en casa, distendidos o no, sábado o jueves, volvemos a recuperar la sensación de estar pasándola bien, rebien, de disfrutar.
Con qué poco gozamos y qué difícil se nos ha puesto el goce.
Darse cuenta, después de cada uno de esos posibles ratos de bienestar, que uno ha podido en un lapso razonable de tiempo olvidar la Argentina nos reconcilia con nosotros mismos: caray, qué linda era la vida hace unos meses.

Wednesday, November 23, 2005

Mas placeresss (especiales?)
Entregas...

Yo podría ocultarlo, seguir escuchando tus palabras de agradecimiento como si las mereciera, como si detrás o debajo de esas cosas que hago y que a vos te gustan tanto, hubiera algún esfuerzo, una renuncia a mi naturaleza, un desprendimiento generoso.
Pero no sería ético (sabés que supedito mi vida a esa única palabra).
Y por eso te lo confieso.
Cuando sostengo tu carita entre mis manos, cuando acaricio el lóbulo ínfimo de tus orejas y cuando, después, los dedos se internan apenas en la pelusa de tu nuca; cuando aprovecho que tu cabeza se ha inclinado para besar suavemente una esquina de tu boca todavía cerrada; cuando demoro la punta de mi lengua en la censura hospitalaria de tus labios, como explorando si sos un fruto comestible; cuando escucho tus sonidos sin vocales, parecidos a una "m" interminable, porque mis manos recorren ahora tu cintura, por debajo de esa remera con florcitas que a vos no te gusta;cuando sucede todo eso que tu amor agiganta y me recordás, por dulce y milésima vez, ese sueño tuyo de encontrar un hombre que hiciera el amor así, como te lo hago yo, en una suspensión femenina del tiempo; cuando ocurre todo eso, te decía, te confieso, estoy ejerciendo un egoísmo feroz, porque, en realidad, no acaricio tu carita, sino que acaricio mis dedos con tu piel; no beso tu boca, sino que busco mi placer en tu placer, no recorro tu cintura por filantropía, sino porque imagino que son mis manos las que te moldean.
Ya lo sabés, mi amor.
El hombre que te hace feliz no entiende mucho de entregas.
Sólo disfruta de la feliz coincidencia de que tu placer coincida morfológicamente con su propio hedonismo.

Tuesday, November 22, 2005

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Ella está de novia. El no escapa de la atracción que le provoca esa mujer. Nada es debido.
Se hablan. No mueven sus intenciones hacia el sexo, pero ese protegerse del deseo para no lastimar al otro los desnuda más y los enfrenta desde el cuerpo con más profundidad.
Ella, refugiándose en el espejo del baño, imagina que él la escucha:
si te mueves un solo espacio más, me aflojo, me entrego, te como. Me voy a tu boca a buscar algas o martirios, pero los traigo a mi pecho y te alimento. Si insistes un poco más, se acaba el escrúpulo y me baño en tu campo energético. Que Dios me diga cómo y hacia dónde seguirá todo después.
Besarte es un riesgo, pero “al que arriesga su cuerpo, la vida lo ama”, lo dijo Nietzsche. Y ha de ser un Cristo sin antípoda el que te trae hasta aquí en este momento en que comerte puede sacrificar todo lo que construí con otro que es más peligroso que tú.
El piensa sentado en el living del boliche, mientras espera que ella vuelva del baño.
Gozar es quemar el riesgo y perder el sentido para ganar un eje aún más protegido.
Gozar está inscripto en tu pedido prohibido.
Gozar es mi sentido de hacer.
Ella sale del baño y vuelve a sentarse junto a él. Se miran eligiéndose todo el tiempo.
Conversan toda la noche. Parece que se hacen bien. El le ofrece llevarla a su casa.
Peligro.
Ella se bajó de su auto, reprimida. No se animó a besarlo, pero hubiese querido deglutirlo entre sus dientes gastados. El se fue seducido, convencido y tranquilo porque “la fruta madura está en su rama y tarde o temprano tendrá que caer”.
La red del placer es astuta y se burla de los preceptos mentales. Su moral es la fiel, digo la piel más sintética. Digo la síntesis que es piel y calma en el corazón.
–Quiero abrirte como un botón de pétalos gruesos –le grita desde un mail.
–Viajo mañana –contesta ella–. Hasta la vuelta, si es que se puede volver cuando el viaje está en curso.
Todo se detiene y el placer inmóvil es tan íntegro como la vida eterna.
Por su parte, ella se encuentra con su novio. Tiene sexo apasionado y muchas responsabilidades familiares. Mientras tanto él sale con una vieja amante con la que sólo habla de ella que está allá con su novio mientras también tiene sexo apasionado. No se olvidan, no se necesitan.
Placer liberado, esperado y manso como innecesario. El no la llama, aunque sabe que ella regresó. Ella gasta fortunas en llamados larga distancia para seguir conectada con su novio. Ambos saben que el próximo encuentro será un placer. Tienen miedo.
Amanece en Buenos Aires y ella no puede dormir. El está hace varias horas soñando que es un cazador de ballenas. Es domingo. Cada cual en el ocioso placer de reprimirse y no discar el número del otro. Ninguno lo hará. Seguirán disfrutando ese límite inexacto de permanecer al acecho del instinto.
Hasta que algo se desmorone y lo inevitable se manifieste.
Cumplir, evadir o sucumbir, cualquier inevitable es posible.
Es el manto de placer de estar sensitivos. Confundidos en una realidad u otra y que en todas las capas de intimidad exista riesgo.
El fin de la historia no es lo que cuenta sino el fluido. El no poder asegurar el placer en ninguna póliza estructurada. El margen y el deseo que es tan fiero que puede esperar para no arrebatar sin derechos.
Placeres....
Correr

No lo digo: algo me avergüenza. Me sé incomprendido. Y a veces pasa. El secreto se me escapa y como me apasiona, cuando empiezo, no paro. Y hablo, y relato, y escribo e invito y seduzco. Y entonces sobrevienen las evasivas, el rechazo. Y me inhibo (un poco nomás), y comprendo, sigo solo.
Tengo un placer oculto: gozar con cierto sufrimiento que no es masoquismo. Existen distancias. Enormes distancias que recorro corriendo.
Llevo una planilla donde anoto prolijamente día a día la distancia recorrida. Llevo anotados, hasta hoy, 2123 kilómetros desde el 1º de enero.
¿Y porqué corro? Porque soy egoísta, porque busco la magia. Encuentro la alquimia que se produce cuando el corazón y los pulmones sobreexigidos durante un tiempo continuo se estabilizan y el cansancio desaparece, y el panorama se abre. Y los músculos, acostumbrados al esfuerzo, se distienden y son amables y potentes e incesantes en su avance.
El corazón bombea más fuerte que nunca, los pulmones dan aire para lo que haga falta, y el cerebro: el gran placer es el cerebro. El cerebro da su festín, para nosotros dos solos: él y yo. Con el corazón, los pulmones y los músculos en piloto automático, el soberano es cerebral.
El cerebro es único, trabaja solo, todo para mí y está adicionalmente irrigado. Y entonces los pensamientos son maravillosos: deliciosos, ilimitados en forma y contenido, suntuosos, eróticos mientras pasan y pasan los kilómetros. Y con ellos los mejores parques de la ciudad, la costanera, los árboles floridos (ahora el glorioso lapacho rosado), alguna calza más que atractiva, el río color león, el sutil aroma de los choripanes y otras preciosuras que nuestra ciudad nos reserva.
Pocos momentos puedo disfrutar –tan en exclusiva– de mi órgano más potente. Y es corriendo, donde solos –él y yo– somos dueños del mundo. Pero esto es un secreto. Un placer secreto que a veces –sólo a veces– confieso.
ACHIQUE

El tifón está desatado, la furia de los elementos no da tregua, el barco está haciendo agua, las bombas de achique trabajan día y noche, todo el mundo trata de achicarse al máximo para disminuir los gastos y capear la malaria.
Tres esforzados marineros acodados en el mostrador del bar narran sus experiencias.
–Yo me quedé sin trabajo, dejé el departamento y me fui a vivir con mi vieja –cuenta el marinero Rodrigo–.
Venía muy cascoteado porque no sólo perdí el laburo sino que mi mujer emigró con los chicos a España.
Mi madre tiene 74 años y me recibió con los brazos abiertos.
“Ahí está tu camita”, me dijo.
Para la cena me preparó la sopa de cabellos de ángel que me gustaba cuando era niño, el postre de vainilla con dulce de leche y chocolate, antes de dormir me contó historias de su abuelo cuando llegó de Europa y en el campo había indios, por la mañana me llevó el desayuno a la cama, café con leche en el tazón grande floreado, pan con manteca espolvoreada con azúcar.
Me reconfortó el regreso al calor del hogar, del que me había alejado a los 18 años.
Al día siguiente fue la misma sopa, el mismo postre, las mismas historias y al despertar el mismo desayuno.
Y así por semanas y meses.
Mi mamá siempre esperándome a las ocho de la noche en punto, hora de la cena, y diciéndome: “Tenés que tomar toda la sopa, Rodriguito, que te hace bien”.
Y además: “Ponete el pulóver”, “no te olvidés de lavarte los dientes”, “limpiate las uñas”, “no fumés en la cama”, “dejá de leer que es tarde, te apago la luz”, “anoche estuve despierta hasta que escuché la puerta, si viviera tu padre no volverías a esa hora, la próxima vez pongo el pasador y te quedás afuera”.
Ayer cuando salía para ver un trabajo me di cuenta de que mientras me besaba me revisaba las orejas a ver si las tenía limpias.
Para concluir, señores, puedo decir lo siguiente: a mí esto del achique me produjo una curiosa obsesión, todas las noches sueño con la película El estrangulador de Boston.
–Yo hice una carrera meteórica con el matrimonio –cuenta el marinero Ariel–.
Me casé tres veces y cada vez tuve una hija.
Una tiene 4, otra 8 y la mayor 14.
Me prometí que nunca más armaría un hogar y me mantuve firme incluso cuando conocí a Raquel, que es divina y con la que estoy remetido.
Vivo en un departamento antiguo en Parque Lezama y con el achique no pude seguir pasándole plata a mis ex.
Las tres perdieron el trabajo, les fue imposible afrontar los alquileres y se mudaron a mi casa con las chicas.
Mi novia Raquel también acaba de perder el laburo, está a punto de dejar su departamento y me puso contra la pared: “Sos capaz de vivir con tus tres ex y no conmigo que soy el amor de tu vida”.
Tiene razón y no quiero perderla.
Tengo que pensar rápido cómo resolver este asunto.
Mientras tanto vivo con seis mujeres, cuatro de las cuales tienen novio, las tres adultas y la de 14.
Recibo los llamados de los tipos, anoto los mensajes, doy explicaciones, y cuando vienen a buscarlas, ellas me gritan desde el baño que atienda, que deben ser Juan, Pedro, Pablo o José.
Y yo voy a la puerta y repito: Dice Zulma que está terminando de maquillarse, dice Matilde que en cinco minutos está lista, dice Dora que se atrasó un poco, dice Karina que viene volando.
Y cuando finalmente me quedo solo en casa cuidando a las chiquitas, me digo: Mi querido Ariel, ¿con esto del achique, no te estarás volviendo demasiado moderno?
–A mí también me tocó achicar y enfrentar las consecuencias –narra el marinero Abelardo–. Hace ocho años que tengo una relación maravillosa con Eloísa.
Ella es ensayista y yo, como ustedes saben, soy poeta.
Siempre compartimos todo, menos el techo, porque consideramos que la convivencia puede resultar dañina.
Pero el achique nos obligó a cambiar de filosofía.
Dejamos nuestros departamentos de un ambiente y alquilamos uno un poco más grande para compartirlo y reducir gastos.
Algunos mueblesque sobraban los llevamos a un trueque donde conseguimos una estupenda y enorme biblioteca para los libros de ambos.
Yo instalé la biblioteca y Eloísa la enceró.
Desde entonces pasaron dos meses, ella sigue sacando lustre y yo continúo mejorando los cartelitos para el ordenamiento de los libros.
Mientras tanto los libros permanecen en sus cajas.
Todos los días estoy a punto de decirle: “Pongámolos en los estantes, Eloísa”.
Pero inmediatamente se me presenta la ominosa imagen de mis amados libros mezclados en promiscuo montón con los de otro dueño, de manera que con el tiempo ya no se sabría a quién pertenecen unos y a quién otros.
Me acongoja la idea de que en algún momento Eloísa me dispute la propiedad de un libro que yo estoy cien por ciento seguro de que es mío.
Y ella debe estar sintiendo lo mismo.
Esta es mi turbadora experiencia con el achique.
–Mis queridos hombres de mar –interviene el Gallego–, tómenlo con calma porque el mal tiempo viene para largo, sigan dándole a las bombas de achique, no le escatimen ron al garguero y consuélense recordando que incluso para don Noé, el famoso capitán del arca, se cumplió aquello de que siempre que llovió paró.

DE MADRES E HIJOS

Al salir o al regresar a casa de tanto en tanto me encuentro con un vecino, hombre mayor, y me da un poco de charla. Sé que vive con la madre, en el noveno. –¿Hasta qué edad cree usted que una madre tiene derecho a ejercer autoridad sobre un hijo? –me dice mientras esperamos el ascensor. –Me toma de sorpresa. Nunca había pensado en el asunto. ¿Por qué me lo pregunta? –Porque mi madre me sigue tratando como si yo fuera un mocoso de siete u ocho años. Y resulta que acá como me ve ya cumplí los setenta y cuatro. –¿En qué sentido lo trata como un mocoso?–En todos los sentidos. Cada tanto se rechifla y me sacude un coscorrón en la nuca.–¿Pero coscorrón lo que se dice un auténtico coscorrón? –Como lo oye. Me mortifica en público, delante de los nietos y bisnietos. Ya hace unos años que dejó de tirarme de las orejas. Pero con los coscorrones no afloja. El otro día, sin ir más lejos, fuimos a la escribanía, teníamos que firmar un poder para que un sobrino cobre las jubilaciones por nosotros dos, así nos evitamos viajar, y cometí un error, firmé donde no correspondía, y ahí nomás me sacudió un sopapón en la nuca, delante del escribano. –Por lo que me cuenta deduzco que su madre ha sido una mujer dura toda la vida. –Tiene la vitalidad de un caballo y la tozudez y el humor de una mula de molino. Si le gano a las cartas se enoja y no me habla por tres días. Yo no puedo perder eternamente. Un partidito de vez en cuando tengo que ganar. Somos grandes los dos. Somos iguales. La gente no nos identifica como madre e hijo, sino como dos personas mayores. Nos ceden el asiento tanto a ella como a mí. Los dos comemos verduritas hervidas porque los guisos nos caen mal. Los remedios los compramos en envase grande porque a los dos nos recetaron los mismos.–Francamente no sé qué decirle, no quisiera caer en lugares comunes, pero lo único que se me ocurre es repetir los dichos de la sabiduría popular: la madre siempre es la madre, madre hay una sola, amor de madre abismo sin medida. No sé si esto le sirve de algo. –No me aconseje más que es peor. Tengo una gran desazón. Lo único que me alienta a seguir es que vislumbro una luz en el futuro. –¿Cuál?, si no es indiscreción. –Cuando yo tenía cinco años de edad, ella era muy grande. A los quince, a los veinte, seguía siendo grande. Cuando cumplí los cuarenta la diferencia ya no era tanta. Después se fue achicando más y más. Ahora estamos cada vez más cerca, prácticamente iguales en edad. Si las cosas siguen así muy pronto voy a terminar por alcanzarla y después superarla. Esa es mi luz en el camino. Sólo tengo que aplicarme un poquito más, un esfuercito más y cruzo la meta, ya la veo, ya la estoy arañando. –¿Y después que la alcance y la supere qué irá a pasar? –Mire señor, yo tengo las cosas bien claras, no quiero pelearme, no quiero enfrentarme, no quiero nada, sólo quiero ser más viejo que ella y que tenga que tratarme con el respeto que se le debe a un mayor.–¿Y si no se da por enterada?–Si no se da por enterada me voy a poner enérgico para que aprenda a acatar la autoridad de los que tienen más edad. La voy a tener al trote, así de simple. Empezando con la higiene. Que se limpie las uñas, que se lave las orejas y las manos antes de sentarse a la mesa. Le digo esto como ejemplo. Y si se me retoba la obligo a tomar el aceite de hígado de bacalao que ella me obligaba a tomar cuando era chico. Voy a ver si en alguna farmacia consigo la misma marca. Bien cortita la voy a tener. –Le deseo suerte y que en poco tiempo más entre en la recta final y logre cruzar triunfador la meta. Cuando por fin suceda hágamelo saber, tengo varios candidatos que probablemente estarían interesados en imitar su ejemplo y ponerse en carrera.
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Monday, November 21, 2005

Que nada te importe

Me veo caminando en la calle. Ya no como cuando niña trepándome a un cordón para ir haciendo equilibrio. Tampoco como en la adolescencia saltando o cantando, inquieta, con esas hormonas que desbordan. Me da la impresión de que cuanto más avanzamos en la vida, más seriedad le vamos imprimiendo a las cosas. Como si la cosa misma lo exigiera, como si ella, en
algún lugar que no recordamos, se hubiera transformado.
Sí, etapas son etapas. Uno no puede andar como un púber porque ya no lo es, ni como un chico.
Pero tampoco quitarse el juego de cuajo. El placer de las cosas simples. El juego en su lugar
más básico, no así el más visible. Andar con el perro y arrojarle el palito para que lo traiga, saltar un charco por el deseo de saltarlo, mezclar los condimentos cuando estamos cocinando sin saber lo que va a salir pero saboreando, tirarnos en el pasto sin importar que se nos ensucie la ropa.
Parece que tuviéramos todo controlado, la escalera se sube de esta forma, aquí se puede cantar y si lo hacemos allá nos mirarán con la cara con que se mira a quien se juzga desubicado. ¿Cuántas cosas hacemos por el simple placer de hacerlas?
De chico es más fácil, claro. Los chicos juegan, es su naturaleza. No tienen obligaciones, ni deudas, ni teléfono sonando para interrumpir la mejor siesta, o cosas como esas. Aparte, los chicos no duermen la siesta... Están jugando.
Parece mentira que no nos permitamos lo más simple y se me ocurre ahora. Ahora que me pongo a recordar y se me viene la infancia, sí, no lo niego, pero también se me vienen otras cosas.
La adolescencia, por ejemplo. Con esas ganas inexplicables de no poder estarse quieto, con ese olor a nuevo, a todo es acción, con ese sabor a cosas por cumplir. En el pueblo en donde hice la
secundaria se organizaba, una vez al año, una semana entera de juegos y competencias. Se llamaba La Semana de la juventud, deducirán ustedes por qué.
Nos juntaba a todos, conocidos y sin conocer, y nos colocaba a un mismo nivel. El del entretenimiento. No importaba si no sabías, si tenías habilidad o eras un tronco. El hecho básico estaba presente en cada movimiento. Jugando al fútbol, yo, que lo único que hacía era tirar patadas al aire; jugando al vóley con un equipo que no se entendía. Yo, que en ese momento me olvidaba que el vóley no me gustaba.
El deseo nos llevaba a todos de las narices, la risa por la risa, más la de los varones, que venían a vernos jugar al fútbol para reírse de nuestros pobres pies despelotados. Pero en realidad no importaba.
El error cabía siempre, y nosotros, meros aprendices humanos, sí que los teníamos. Las reglas del juego las dictaba uno, porque la verdad es que no era más que eso. El sentir el viento cuando corríamos, la ansiedad en la búsqueda del tesoro, cuando teníamos que recorrer
medio pueblo tras una pista.
El entretenernos, el divertirnos era lo que tomaba protagonismo, a pesar de habernos anotado en los juegos para librarnos de horas de clase. Cosas simples, salir con una bandera gigante de la Argentina por una calle del pueblo. Riéndonos a carcajadas porque parecíamos unas locas, pero nos permitíamos serlo. Juntarnos para festejar el Día de la Primavera. Y como en casi todo 21 de setiembre llovía, terminar con una guerra de barro, mano a mano, negros de arriba abajo. Y la pasábamos bien, le sacábamos provecho a todo lo que podíamos. Ahora, si llueve, nos quejamos de la baldosa floja que salpica, del auto que embadurna, de la calle resbalosa. No saltamos porque sí, no intentamos jugar una rayuela en la vereda para no mojarnos y disfrutarlo.
Tendríamos que dejarnos invadir, sentir el deseo y no reprimirlo, no calmarlo con seriedad. A mí me encantaría tocar el timbre en una casa y salir corriendo, de chica no lo hice. Creo que de grande me gustaría haber hecho muchas más cosas que no hice cuando la edad me amparaba. Porque los chicos son chicos, y los adolescentes son pavos, pero los grandes ya no tienen excusas.
Los grandes tienen que seguir siéndolo por el resto de su vida. Es demasiado tiempo para no permitirse excepciones. Es demasiado tiempo para no pensar que hay cosas que se hacen por el simple hecho de hacerlas, para disfrutarlas. Y que no hay edad que pueda convencerlas de lo contrario.
La risa por la risa, el deseo por el deseo, las ganas por las ganas.
Jugar por jugar.

¿¿¿ nos dejamos ir como siempre por los vericuetos de nuestra mente, alma etc?? asi libremente, a nuestras anchas como siempre???? Intercambiar las cosas, eso es la 7ª maravilla de lasmaravillas.......

Enroscarse Conversar,
en realidad, es mucho más que sencillamente hablar. Puede obedecer reglas para elegir temas, seguir una etiqueta de formas y ser más o menos moderno, pero, en el fondo, lo que importa es llevar adelante cualquier charla como quien ejerce un arte.

Hay que empezar por reconocer que no cualquiera se da maña para hacer malabares con palabras, tiempos y gestos con la suficiente maestría como para no terminar enredándose. O, por lo menos, para decir lo que hay que decir (y como hay que decirlo) en el tiempo de que se dispone, sin repetir, sin soplar y sin olvidarse de nada. O mejor: condimentando todo de manera tal que ese sabor especiado y único termine por parecer de lo más natural. O también: narrando (y no meramente contando) lo más banal con la elegancia (de gestos, de palabras) de quien es capaz de convertirlo en una pieza maestra. El arte de las conversaciones sobre todo y sobre nada para aparentar que se dice un todo concluyente sin decir, en realidad, nada de nada es precisamente eso: un arte. Y lo mismo debe decirse de saber decir algo para dar por sentado lo contrario (no confundir con la simple ironía), o de hablar por pasar el rato pero ejerciendo toda la etiqueta necesaria. Hablando se entiende la gente, hablando se han armado revoluciones e inventado filosofías enteras, hablando, vamos, se construyó y destruyó la sociedad cortés, algo que rápidamente nos pone sobreaviso delatando el poder de las máscaras: porque si algo puede decirse de las charlas es que, ante todo, son artificios. Y qué bonitos pueden escucharse.
En las charlas, pocas cosas pueden llegar a resultar tan aburridas como la verdad lisa y llana, cronológica, lineal, prolijita y con todos los pelos en su lugar. Pero agrandar la verdad, escribió Lucio V. Mansilla alguna vez, no es estrictamente mentir. Será, en todo caso, ensalzar por aquí algún paisaje desabrido para que la escucha se vuelva radiante, condimentar por allá una frase para volverla más filosa, saturar un poquitito los colores para que no se pierdan ciertos detalles. El asunto no es menor: la moral nada tiene que ver con una charla digna de antología porque lo que realmente cuentan son las estrategias. Mansilla –maestro de maestros en alargar los caminos perdiéndose por senderos laterales que necesariamente no conducían a nada–, por caso, tampoco tenía demasiados escrúpulos para explicar esa incontinencia básicamente porque para no ceñirse a la verdad desnuda y digredir con propiedad creía preciso respetar sólo un principio: no dejar tema con cabeza. “No hay tema malo –respondió con malicia cuando José Manuel Eizaguirre sugirió una crítica a la (in)capacidad oratoria de algunos legisladores–. Lo malo suelen ser los modos de tratar los temas. Y lo peor suele ser no tener energía para contenerse, que es lo que a mí me sucede con usted, con todo el mundo.” La gracia, entonces, son los modos.
Borges y Bioy Casares deshacían los aburrimientos de la hora de la siesta en conversaciones que jamás despertaron la simpatía de Silvina Ocampo, y gracias a las que llegaron a nuestras bibliotecas los cuentos de Bustos Domecq. Colette, cuando todavía no se había convertido en la Gran Vieja Honorable de Francia pero unos años después de haber sido la provincianita escandalosa (algunas sociedades no toleran demasiado bien que una jovencita lleve al cuello un collar de perro que la identifique como propiedad de su amante, en especial si su amante es mujer) que aterrizó en París, se enredaba en conversaciones eternas con efebos que la adoraban, o bien con Jean Cocteau, pero prefería, en verdad, ser la que hablaba. Y si hablaba como escribía, pues lo bien que hacía.
Quiere la fantasía popular que las chicas hablen más (tiempo), peor (de los y especialmente las demás) y más tendido que los chicos. Se han escrito, al respecto, demasiadas páginas soberanamente aburridas como para ponernos aquí a desmitificarlas, y tampoco alcanza el espacio para hacer un inventario de todos los temas que pueden caber en cualquier charla y que los publicistas de jabón en polvo y detergente ignoran (la lista es sencilla: cualquier cosa que se imaginen, excepto las técnicas para sacar manchas de tuco). Si lo que importa realmente del arte de conversar son los modos, pues precisamente eso es lo que viene precediendo ese imaginario de mujercitas que charlan como cotorras: chicas que –hace mucho tiempo– notaron que los señores esperaban ciertas cosas de ellas y elaboraron, estrategas brillantes como eran, algunas técnicas de lo más sencillas para ir obteniendo poder sin que lo pareciera. Bajo el humilde seudónimo de “Una Dama” –se sabe que las damas de verdad hablarán todo lo que quieran, pero no escriben–, Doris Langley Moore levantaba las banderas de la simulación verbal para reírse de la pacata tilinguería de los años 20 y revelar, de paso, algunos trucos que no por obvios persistían en su efectividad (que ellas pudieran desmontar la fantasía no significaba que ellos también lo hicieran). Era crucial para ejercer de muchacha seductora, explicaba, “evitar el abandono verbal; la conversación femenina debería estar absolutamente libre de cualquier elemento chocante. (...) Evita siempre las palabras y frases que en sí mismas evoquen imágenes desagradables y no participes en largas discusiones sobre temas morbosos o sórdidos”. Doris, además, recomendaba pertrecharse de “coraje moral” para poner en vereda al galán que pretendiera cortejar a su festejada contándoles chistes verdes, aunque es de sospechar que no se tratara tanto de evitar sonrojos como de hacer notar que la guarangada poco sutil es un recurso de quien se ha quedado sin charla.
En cualquier caso, bien vale recurrir (otra vez) a Mansilla, que precavidamente nos dejó una suerte de tabla de equivalencias para modular charlas de acuerdo con los objetivos de la ocasión. “Mi secretario –explicó–, que es como si dijéramos yo mismo, tiene un oído muy sutil y explica la velocidad del sonido del modo siguiente: El ruido es una palabra insignificante que llega al oído a razón de 340 metros por segundo. La lisonja corre con una velocidad de 1500 metros. La adulación, más rápida aún, recorre 1800 metros. La verdad apenas recorre 2 metros por segundo. La calumnia es como la electricidad, instantánea.” Ya saben.


Friday, November 18, 2005

A imagen y semejanza
Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo, exactamente en el punto en que la superficie por la que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas hollaron una N mayúscula y oscura. Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla. Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida inspección de ambas porciones, y eligió la mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó. Cuando reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó rápidamente sobre una D oscura, y al reingresar en la zona clara, otro obstáculo la detuvo. Era un trocito de algo, un palito acaso tres veces más grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el palito, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego empezó la tarea de carga. Dos veces se resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado, como una suerte de mástil inclinado. Al pasar sobre el área de la segunda A oscura, el andar de la hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había avanzado dos centímetros por la superficie clara del papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la hormiga rodó, más o menos replegada sobre sí misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la madera del piso. A cinco centímetros estaba el palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una posición más cercana a la estricta horizontalidad. La hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero. Sobre la madera, la hormiga avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla, significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la hendidura, que en ese punto era bastante profunda. La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance erizado de alertas, pero aún así se precipitó en aquel abismo de centímetro y medio. Le llevó varios segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un rato junto a él, sin otro movimiento que un intermitente temblor en las patas delanteras. Después llevó a cabo su quinta operación de carga. El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese espacio casualmente se correspondía con la veta. Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía correr el menor riesgo de derrumbe. A dos centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente aplastó carga y hormiga.

Thursday, November 17, 2005

ESCUCHAR...un arte especial

"Muchos lo confunden con timidez. No faltan otros que piensan que es pura antipatia y arrogancia. Pero la verdad es que, en la mayoria de los casos, porque tambien hay que admitir que a veces uno es timido, antipitico y arrogante, siempre me gusto escuchar mas que hablar. En reuniones familiares, en ruedas de amigos, en la escuela, en el lugar de trabajo, el placer ha sido siempre escuchar, que no es lo mismo que oir.
Obviamente, no escuchar a cualquiera, porque se sabe que hay muchos a los que solo les gusta hablar y hablar sin decir nada. O, mejor dicho, nada que pueda interesar si se trata de relatar hazañas, pretendida sapiencia o fabulosa picardia. Y en el mundo de los periodistas hay muchos de ellos. Es una delicia, en cambio, escuchar experiencias de vida, anecdotas futboleras, historias familiares, comentarios politicos o de cualquier otra cosa que no busquen la respuesta inmediata, lineal, previsible, sino la que trate de romper la cuadratura de la mediocridad y que permita reflexionar y descubrir caminos inexplorados. Tambien me gusta escuchar buena musica, pero no de acompañamiento del trabajo o de tiempos muertos, sin despreciarla para esos momentos, pero especialmente para disfrutarla con exclusividad, en compañia o en soledad. De pequeño y tambien ahora, en la mesa familiar o en las reuniones de amigos, escucho mas de lo que hablo, con la justificada critica de los acompañantes. Escucho y pregunto. Puede ser tambien que, por eso, los amigos dicen que soy una buena oreja. O sea, escucha de sus tribulaciones. En los ultimos años, ese placer personal lo obtengo en gran parte, dejando la baba paterna a un costado, escuchando a Natasha y a Damian. Sus comentarios, sus salidas disparatadas o sus llantos encierran una sabiduria que enriquece. Y es precisamente por ese motivo, el del enriquecimiento y el de la sabiduría, que es un placer escuchar. Incluso, el silencio.

Wednesday, November 16, 2005

RelojesWeb.com

PENSAR

Novias, jefes, superiores, oponentes, adversarios, detractores, compañeros de trabajo y también, aunque menos, amigos, familiares y conocidos me lo han hecho saber de variadas formas y con matices que van de sutiles a suculentos.

Me doy por enterado.

Mi placer les incomoda.

Pensar.

Provengo de una generación que llegó tarde a los Setenta, pero intentó mirarse allí en búsqueda de algún reflejo promisorio mientras topaba, casi en forma repentina, con un cambio de época impensado a partir de los Noventa.

Placer y negocios, queda claro, rara vez van de la mano.Igual insisto.

Leo y releo.

Obras que son pensamientos.

Pienso en obras propias que todavía no concreto y pienso que pensando seduciré a otros que también harán del pensamiento un entretenimiento útil aunque a veces doloroso.

Si pienso y luego existo y me reconozco, pagaré el precio de ser uno mismo con la angustia como canta mi admirado Silvio Rodríguez.

Que ha vuelto su pensamiento acción por medio de las palabras vueltas pura poesía movilizante.

Como el trovador cubano, voy en busca de un sueño.

Despierto.

Por eso pienso.

Lo imagino más aquí de la utopía, en tierra fértil y arcillosa.

Allí me hundo con mis días.

No porque rehuya de esta apariencia pretendida por realidad donde todo se mueve, pero nunca avanza.

Sólo que este activismo de la hiperquinesia me resulta sospechoso.

Funciona a la velocidad de la luz del rayo, pero no ilumina.

Copia malamente el agónico estertor de su energía chocando en el vacío.

Pero no lo tomen muy en serio.

Por ahora es apenas el borrador algo pesimista de un pensamiento.

Claro que este placer no reconoce momentos de ocio.

Lo practico a tiempo pleno.

Pero me animo a recomendarlo.

En su discurrir encontré la mujer de mi vida y tres hijos.

Eso, debo ser sincero, jamás lo había pensado.

HISTORIA DE LA BOMBACHA

Lo primero que las mujeres les arrebataron a los hombres a pura fuerza de voluntad y deseos de emancipación no fue la posibilidad de crear ni la de trabajar: fue la bombacha. Los varones europeos la llevaban puesta como parte de su indumentaria desde el siglo XVI. Calzones al cuerpo que les daban libertad de movimiento. La cultura patriarcal a veces parece que se deja vencer, pero en realidad fue hace tiempo: cuando en el siglo XIX las mujeres comenzaron a usar ropa interior, esos magníficos calzones se transformaron en insostenibles bombachudos adornados con toda la pompa de la feminidad. Lo que en los varones daba libertad de movimiento en las mujeres se convirtió en un armatoste de tela que les impedía hasta caminar. Tendrían que pasar más de cien años y dos guerras mundiales hasta que la bombacha fuera esa prenda íntima que conocemos hoy. Breves, ligeras, de encaje o algodón, sintéticas o de pura seda, compradas al paso o elegida con el mayor de los rigores, las bombachas hablan. Quien quiera oír...Calzones, pantalones, pantalettes, pequeñeces, indescriptibles, racionales, bragas, bragas francesas, bragas divididas, cami-bragas, interventores y sigue la lista. Son los nombres que ha recibido según la latitud y la época la bombacha femenina. Recién hacia 1820 formó parte de los guardarropas femeninos. Veinte años más tarde, una norteamericana, Amelia Jenks Bloomer, contrató a una diseñadora amiga, Elizabeth Miller, para confeccionar unas bombachas que la propia Bloomer usaría mientras recorría Londres y Dublín dando charlas sobre “El arte del vestir”. En ese entonces a las bombachas (calzones largos, amplios, puritanos, engalanados con puntillas) se las llamaba “bombachos”, “ajuares” o “atavíos”, y se decía que era conveniente usarlos para curarse en salud.Con lazos y cintas por todas partes y realizadas en muselina, la prenda era difícil de llevar, pero también de lavar. Las pioneras las usaban una o dos semanas corridas: sólo cambiaban cada tanto una tirita interior que usaban a modo de avanzada de las toallas higiénicas.Hacia el final del siglo XIX, las bombachas llegaban hasta el piso: se dejaban ver tibiamente abajo de los vestidos. Mirarle la bombacha a una mujer no requería mucho talento ni sentido de la oportunidad: simplemente había que esperar que ella se levantara apenas la falda al cruzar una calle, por ejemplo, y... bombacha a la vista.En las primeras décadas del siglo XX, las bombachas, junto con los vestidos, fueron acortándose. Llegaron hasta abajo de la rodilla. Pero justo cuando el nuevo formato podía devolverles a las mujeres cierta libertad de acción, oh casualidad: se impusieron las faldas estrechas y entubadas que las obligaban a caminar moviendo las piernas sólo de la rodilla para abajo. Y una vez más, en otro ademán significativo, las mujeres copiaron a los hombres, aunque con éxito: fueron las primeras ciclistas y golfistas las que requirieron, cerca de 1920, ropa especial, y bombachas especiales. Fue el primer paso, literalmente.Pero antes hubo otro escollo: la bombacha en cuestión era un pantaloncito de sarga llamado “racional”, apto sólo para valientes. La sarga picaba. Era gruesa. Incómoda. Fue lentamente reemplazada por nuevas prendas de algodón, ahora reclamadas por bailarinas de charleston y tango. Las bombachas de las primeras bailarinas de tango europeas y norteamericanas estaban confeccionadas en sarsenet negro, una tela delicada, y adornadas con volados de encaje. El único problema era que tenían la forma de un plato volador. Entre la Primera y la Segunda Guerra fue que aparecieron los materiales que revolucionarían el universo de la ropa interior. En principio, el nylon. Hasta su liberación para usos no bélicos, la ropa interior de la clase pudiente estaba hecha con crêpe de chine. Cuando ya gastar toneladas de nylon en paracaídas no fue necesario, es decir después del ‘45, el mercado y las mujeres entraron en una sintonía casi perfecta: el mercado ofrecía bombachas baratas, suaves y pequeñas que las mujeres se abalanzaban a comprar con ansiedad y en grupo. Y fue dos años más tarde que Christian Dior parió el New Look, en el que la figura femenina reverdeció en todo su esplendor, con todas sus curvas, y que paralelamente la irrefrenable inserción femenina en el mercado laboral hizo que cada mujer que se preciara de tal tuviera su media docena de bombachas en su ropero. Ya desde entonces conviven armónicamente los distintos estilos de bombachas, con su metalenguaje perfectamente descifrable para cada chica: las francesas culottes que tapan las caderas y llegan hasta la cintura con las bikinis sentadoras, pasando por las tangas (que no inventaron las garotas brasileñas sino la tienda Frederick’s de Hollywood en 1946) y las trusas sujetadoras. No hay una bombacha para cada edad sino un estado de ánimo para bombacha. Las tangas con estampado de leopardo se turnan con el eterno y adorable algodón blanco, aunque es probable que a ninguna le falte aunque más no sea una de encaje negro o rojo. La sexualidad estándar que promovió durante décadas a la bombacha fiestera (adornada con plumas, lentejuelas o estrás) dio paso, en los últimos años, a una sexualidad un poco más confusa y perversona, a la que aportaron lo suyo diseñadores con Calvin Klein o Donna Karan: la vieja culotte de algodón blanco, con sus destellos infantiles o andróginos, volvió a ser reclamada en las tiendas de barrio por hijas, madres y abuelas. Algunas de ellas las usan por simple comodidad. Y otras, seguro que las usan por otra cosa.
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Monday, November 14, 2005


Por qué no me podés perdonar?
¿Por qué no podemos ser amigos?
Los varones –algunos varones, sí– suelen hacer preguntas que resultarían ridículas si no fueran francamente dolorosas, directamente insultantes.
¿Hay que decir que es una suerte que ella sea capaz de contestar con un no que estalla al mismo tiempo que el tubo sobre la horquilla (vaya antigüedad, el tubo sobre la horquilla)?
Las situaciones límites nos llevan a todos a decir pavadas, del tipo que gracias a una enfermedad limite somos -al fin capaces de decir, cuando la misma hace cambiar de vida.
Algo así sería alegrarse porque fue capaz de cortar el teléfono y no volver a atender (aun cuando suene diez veces seguidas, a cualquier hora, tantos días después) después de que tuvo que ocultar sus brazos moreteados con pudorosas mangas largas justo en esos pocos días de calor que trajo la primavera.
Es así, a veces hay que darse la cabeza contra la pared para encontrar el límite.
Hay que sentir el cuerpo enajenado por la violencia que reclama sumisión como se le exige a una mascota atada a la puerta de la panadería que se quede quieta y no ladre.
Que mueva la cola de sólo ver al amo, porque si no el amo le va a enseñar a alegrarse cuando corresponde, a gozar como se debe, a conservar su lugar entre las cosas.
Y lo cierto es que una (ella, cualquiera) se va quedando quieta porque la soga se teje lentamente. Pequeños rechazos trenzan los primeros nudos, esa indiferencia bien cultivada que le permite a él decir que prefiere el fútbol antes que a ella o un buen programa de televisión antes que un polvo que no tiene la necesidad compulsiva de echarse (¿o hay otra razón para el sexo?). Entonces una se pregunta por qué, qué tendré que hacer, qué me falta, qué desea señor.
Pero los primeros nudos ajustan demasiado y es posible que la soga se corte y él quede con el cabo en la mano, pidiendo rescate por lo perdido, poniendo en práctica un tejido más fino, hecho de pequeñas extorsiones, llantos de madrugada, sin vos no vivo, sin vos me mato, compartamos un mate, seamos amigos, yo sé que te gusta, antes te gustaba.
Y sí, le (nos) gustaba, por algo pedía (ella, cualquiera) al costado de la pantalla un guiño de sus ojos.
Entonces él entra y de pronto es un buen amante (un centímetro más de soga), deja flores en el escritorio, comprende que la vida es bella a su lado, que la intimidad compartida todavía le permite hacer mapas por su cuerpo.
Y cree que eso es todo, que ella volvió al estante de las cosas quietas.
Pero bueno, ella no es boluda, una no está exenta de que le pase, pero algo aprendió en la vida, hay puntos de comparación, la vida es bella sobre todo sin estar a su lado.
Pero el collar de la extorsión presiona sobre el cuello, y él lo ajusta mostrándose enamorado a la vista de todos.
A un hombre enamorado se le permiten tropezones y caídas, conmueve su llanto ¿por qué una (ella) no entiende su desesperación?
Ella la entiende, pero ya no está ahí para calmarla.
Y él se da cuenta; porque él la espía.
Revisa sus cosas, qué importa, si no tiene nada que ocultar.
Esa era su casa también y de tanto en tanto la mea, como los gatos.
Y como los animales descubre otro olor, y ese olor lo enfurece, lo hace zamarrearla como a una muñeca rota, escupir insultos como gargajos, amenazar con cojerla como si desovara.
Ella no lo va a contar después, cree él.
Una no quiere contar esas cosas cuando es una mujer joven e independiente, habrá pensado él. Pero una no es boluda, tarda, es cierto, pero lo cuenta.
Lo cuenta a quienes conviven con ambos en el lugar de trabajo.
Ve el estupor y la bronca en quienes se reconocen, ve la compresión de quienes lo comprenden, porque él, pobre, es un hombre enamorado y necesita comprensión; ella no debería verlo fuera del trabajo, le advierten, debe ser así la relación entre ellos, piensan.
Todos y todas en el lugar de trabajo saben (sabemos) que no hay derecho, que no puede ser. Pero hay demasiadas cosas que no sabemos.¿Escracharlo?, ¿denunciarlo?, ¿devolverle el nudo de su soga?, ¿tomar conciencia de que esto es un delito y como taldejó de ser privado?
Como sea, nos faltan herramientas.
Mientras, él sigue con su guión de hombre arrepentido, aunque no tanto como para dejar de llamar, de acosar, de amenazar.
Otra vez lo están haciendo calentar, ¿por qué no pueden ser amigos?, ¿por qué no lo puede perdonar?
Porque no, cariño, porque es patética tu puesta en escena.
Porque no hay razones, no hay derecho.

Sunday, November 13, 2005



Lecciones de masculinidad
Estaba rindiendo las últimas lecciones de la masculinidad, pero no lo sabía. Comenzaban los años 60, Plaza Italia era una fiesta de taco y de carmín. En el "Paulista", vecino del Cine Park, sobre Santa Fe a la altura de Thames, un batallón juvenil iniciaba sus primeros coloquios, personalizaba sus deseos, intuía un mundo en tecnicolor, un futuro brillante y despejado. Me veo joven, rostro intacto, mirada ingenua y un borbollón de sueños que debían morir cada noche para que florecieran otros.Fracaso y muerte eran, entonces, entidades distantes y ajenas. Diálogo entre hombres que trataban de asesinar la misoginia, con certero temor por lo desconocido. La vieja barra, en su más estricta completud, era un diseño cabal de la Argentina por venir. En la mesa de la derecha, el rosarino Nebbia, Pajarito Zaguri y Moris, con los aires de Villa Gesell, daban forma primaria a un nuevo cancionero. Atrás, sobre la izquierda, Billy Cafaro junto a un primo mayor cuyo talento ya había detonado, Homero Expósito. En nuestra mesa, sueños de juventud militante y comprometida, carne de cañón para los aires de tiempos violentos.Todo pasó rápido, con la premura tibia y frágil de los mejores sueños. Nos dio tiempo para amar como si nunca nos hubieran herido y crear como si no necesitáramos dinero. Pero crecimos.Pasó el tedio, la destrucción, la indiferencia, la decepción, Buenos Aires se intoxicó, la plata se hizo reina y Plaza Italia desalojó la fantasía y se hizo geografía vulgar, a veces siniestra. Del café de paredes amarillas no quedan rastros ni duendes. Son las nueve y veo una mujer de cuerpo cansado y pelo victimizado por la tintura, con el sufrimiento en el cutis. Toma cerveza y mira hacia afuera, como esperando.

Saturday, November 12, 2005

Una propuesta;
Te propongo que pares un ratito. Si te parece, poné la pava para ir preparando unos mates. Sentite cómodo, regalate un momento. Dejá esto y aquello que te apura. Construite un espacio donde por unos instantes no pase la angustia, el enojo, la preocupación, lo que duele. No me digas que sos incapaz de hacerte ese hueco de silencio en la selva ruidosa de tu día. Dale, no seas tacaño. Animate a pensar en vos. Un puñado de minutos. Buscá papel y lápiz. Intentá hacer una lista con las diez actividades o momentos que más disfrutás. Me podrás decir que no tenés tiempo para idioteces. Me podrás decir que ya no tenés edad para juegos. Me podrás dar tantas excusas como días dejas escapar sin sacarles ni un poquito de jugo.Pero a lo mejor te mandás. Cuidado, todo cuesta en la vida, lo que sucede es que a veces hacemos una buena inversión y otras no. Por eso espero que este ejercicio te resulte provechoso.Volvamos a la propuesta. Podés hacer la lista solo o compartir la idea con la familia o con amigos, para después charlar sobre el resultado. Te vas a sorprender cuando cada uno, papelito en mano, cuente sus preferencias.Se trata de escribir diez formas de gastar un cachito vida sintiendo placer por eso. Primero anotalas como vayan surgiendo, así, desordenadamente. Cuando estén todas, numeralas según la importancia que les des. (¡No me digas que no llegás a diez, che!).¡Sí, tenés razón! ¡No es tan sencillo, paisano! ¿Cuánto tiempo te dedicás a pensar en vos? ¿Cuántos minutos disfrutás contemplando algo que te mueve los piolines del alma? ¿Cuántas veces seguís un impulso? ¿Cuándo fue la última vez que una emoción te sacudió la rutina? ¿Cuántos segundos en la semana cerrás los ojos pensando en algo bueno que te pasó en el día? ¿Cuántas preguntas podés hacerte hasta encontrar las diez perlas?Si las encontraste ya, ¡felicitaciones! Ahora tratá de descubrir (¿ya te cansé? ¡Aguantá un poquito!), cuánto tiempo hace que no hacés aunque sea algunas de esas cosas. A lo mejor hay ausencias en tu vida que te impiden repetir momentos maravillosos. Si es así, cerrá los ojos, largá el mate y el lápiz. Aflojá la cabeza, las manos, las piernas, el cuerpo, todo. Tratá de traer desde el recuerdo las emociones que extrañás, las vivencias, los perfumes, los sabores. No podrás volver a vivirlos, pero sí a transitarlos con el alma. Quién te dice que uno de tus placeres pueda ser recordar sin angustia.
Te regalo un abrazo,
una cosquilla
y el perfume de un jazmín.
Hasta pronto.

Cartas................Mails?
La historia de las cartas es casi tan antigua como la historia de la escritura. O al menos lo suficientemente antigua como para remontarse al momento en que, por primera vez, dos personas complotaron para desvanecer la lejanía con algunas líneas. Porque ésa es una salvedad que cabe hacer prontamente: una carta es todo lo que un correo electrónico jamás podrá ser, por rápido y eficiente que resulte. No se trata sólo de que, por ejemplo, una esquelita personal no necesita ser titulada, sino de algo más básico y fundamental: es la materialidad del papel, la inquietud de reconocer en el remitente la letra de alguien que está lejos, el ruidito de la hoja cuando se desdobla, alguna mancha de café sobre las letras, un perfume (aunque no se trate de una carta perfumada), los gestos de la persona que escribió desplegándose en el color de la tinta, eso es una carta. Claro que el surgimiento del mail aseguró la continuidad de algunos contactos (porque, la verdad, quién puede perpetuar la manía de dejar pendiente la cita con el correo y decir que no mandó el mensaje por falta de tiempo), pero también puede decirse que, de alguna manera, sacrificó el encanto del ritual en nombre de la rapidez. Porque las cartas tuvieron más de una época dorada, siempre que más que las palabras de una persona, podían ser la persona misma transformada en papel. Las ventajas eran insuperables; que lo digan, si no, la princesa Margarita de Inglaterra y sus afanes purificadores, que la llevaron a tirar a la chimenea todas las cartas que la Reina Madre había escrito en los últimos diez años de su vida para que no trascendieran detalles de los escándalos palaciegos. A ver si hay alguien capaz de romper su monitor sólo para descargarse.El amor por las cartas conoce, por ejemplo, pasiones tan pero tan contundentes como la que embargó al argentino Enrique Ernesto Febbraro después de ver por la tele el pequeño paso para el hombre y el gran paso para la humanidad sobre la superficie lunar: envió 1000 cartas a 100 países distintos para proponer, en siete idiomas, la creación del día del amigo. Habría que ver, de todas maneras, qué tan largo era el texto de la invitación, o mejor, qué decían esas 700 respuestas que recibió a vuelta de correo. Frank Sinatra había aprendido a hacer de su escritura personal una suerte de manual de estilo y buenas costumbres que ya lo quisiera leer un aprendiz de dandy (“mis reglas básicas son: el puño de la camisa extendida dos centímetros por arriba de la manga de la chaqueta, los pantalones deben terminar justo encima de los zapatos y, opcionalmente, un pañuelo en el bolsillo, más precisamente un pañuelo de color naranja que he adoptado como mi color favorito”), pero si de lo que se trata es de descubrir virtudes retóricas, las cartas de Groucho Marx siempre fueron, son y serán de las más admirables. Es legendaria ya la anécdota de su debate epistolar con la Warner Brothers sobre la película Una noche en Casablanca (el estudio pretendía que evitaran mencionar a Casablanca, no fuera cuestión de que alguien confundiera a Harpo con Ingrid Bergman) y cómo Groucho logró enloquecer a todo un departamento legal escribiendo sinsentidos, pero basta husmear sus textos publicados para descubrir que la manía de replicar lo mismo podía alcanzar a sus amigos en pleno viaje por el extranjero, o al mismísimo Truman en plena convalecencia, y que, fundamentalmente, el más bigotudo de los hermanos del buen humor era todoun caballero capaz de resucitar la costumbre de responder tarjetas de visita: “Desearía poder aceptar su amable invitación para tomar el té con pastas –escribió a una académica que lo quería para una conferencia–, pero el proyecto en sí no es factible, lógico ni sensato. Para empezar, estoy aproximadamente a 5000 kilómetros de distancia y estoy atado por mi secretaria (...) además, está lloviendo afuera y nunca voy a Nueva York cuando está lloviendo. Quedo insinceramente suyo”.Leonor Acevedo, la madre de Borges, sabía dar rienda suelta a todas sus preocupaciones de madraza en cuanta carta enviaba a su prima contando progresos y dolencias del nene (“Georgie ha vuelto radiante de su viaje, lo han tratado a cuerpo de rey, muy agasajado, dio cinco conferencias y ha vuelto a empuñar su cetro”), y seguramente hubiera muerto de envidia al leer las cartas de niño eterno que Proust enviaba a su madre para rendir detalles por cada acto lejos suyo: “Anoche, aunque comí antes de las 5, no me acosté sino relativamente tarde (3 1/2) porque estuve obligado a abrir la ventana, como te escribí ayer, y porque me quedé hasta tarde escribiéndote. Como fumé durante la mañana, volví a dormirme hasta las 4 1/2 (...) Como la puerta de calle no suena más hicimos venir al electricista de la calle Monceau porque la Sra. Gesland ignoraba la dirección del tuyo. Me siento extremadamente bien esta noche y voy a acostarme bastante temprano, aunque comí un poco más tarde”.Fue gracias a escribirse que Adolfo Bioy Casares y Elena Garro hicieron perdurar nada menos que 23 años una relación clandestina (él ya estaba casado con Silvina Ocampo; ella, con Octavio Paz) llena de tantas emociones (“cuando abra el sobre de tu carta temblaré un poco”, “tengo tanta necesidad de ti que si no toleras estos monólogos voy a morir de angustia”) y malentendidos como si se hubieran visto a diario. Algún fervor por las estadísticas diría que fueron casi 1500 las esquelitas en que, a lo largo de 30 años, Madame Sevigné fue capaz de retratar con afanes de cronista exquisita la vida en la corte de Luis XIV, y tan luminosas eran esas páginas que Dostoievsky llegó a despreciarla “porque escribía demasiado bien”.Después de enviudar, la reina Victoria sólo pudo encontrar consuelo en los brazos y las palabras tiernas que el criado John Brown deslizaba en pequeños billetitos plebeyos bajo su puerta real; fue el simple gesto de ofrecer en subasta las cartas que su padre le había enviado (sobre comidas naturales y terapias alternativas) lo que permitió a la hija de Salinger vengarse del desamor de años; y era el garrapateo en una hojita el medio que elegía Balzac para solicitarle a Eveline Hanska permiso para ser infiel (“Un hombre no es una mujer. Comprendes lo bastante de todo eso para saber que, hablando solamente en términos de médico, llevaría a la impotencia y a la imbecilización”). Victoria Ocampo regaba de cartas los escritorios de amigos y conocidos, papeles rosados con monogramas, a veces en sobres azulados como los que casi durante 40 años recibió de ella Roger Callois, siempre con esa letra elegante tan suya y la mayoría de las veces en francés (a fin de cuentas, el idioma en que aprendió a escribir), pero había algo que, cuando la familiaridad lo permitía, nunca olvidaba: llenar los márgenes de acotaciones, cosas de último momento que no podrían entrar en la frialdad de una postdata y que rozaban el cuchicheo distraído. Y eso sólo puede hacerse en una buena carta.

Thursday, November 10, 2005

algunos haikus...............

Dialogo en un sueño

Estaba en el pueblo pidiendo limosna
cuando encontre un anciano sabio :
" Monje porque vives en los picos
que tocan las nubes?"
"Anciano, respondo, porque permaneces
en este lugar polvoriento?"
Ambos queriamos respondender, mas ninguno habló.
Mi ensueño se rompio al sonar la campana
del templo.

Me sente frente a ti durante horas,
pero nunca hablaste;
finalmente comprendi el significado tácito.
Sin sus cubiertas, libros por doquier.
Afuera del biombo de bambú,
se azota la lluvia la lluvia contra el cerezo.

Tuesday, November 8, 2005


Cita a ciegas
Sólo los auténticos sibaritas son capaces de descubrir el placer en la adversidad, el desafío en la restricción, el disfrute de crear herramientas cuando hasta las más conocidas fallan. Para valientes, entonces, quedará el secreto goce que traen los cortes de luz a los que –¡ja! eso creen– pretenden condenarnos las empresas privatizadas. ( Leonardo M.)

Es posible que las empresas privatizadas nos sometan a una interesante dieta eléctrica durante el verano con el razonable argumento de que, tras sacrificarse denodadamente por el país, no reciben el reconocimiento popular, ni el económico. Naturalmente, esto último no les preocupa tanto como el hecho de que la gente no las quiera, cosa que no comprenden del todo y las desespera.Y así, para ganarse el favor popular, planean cortes de luz, a sabiendas de que no sólo fueron durante años un interesante deporte nacional, sino que constituyen un placer del que no vale la pena privarnos, y que se debería practicar con más asiduidad aún. Piensan regalarnos, ofrendarnos, obsequiarnos, las delicias de la oscuridad.Que, como todos sabemos, tiene ventajas obvias y primarias, las que llevan a algunos apóstoles de la destrucción a destrozar los faroles de los parques; son las ventajas biológicas, las ventajas que nos devuelven al crispado torrente de la evolución, las que garantizan, en buena medida, la preservación de la especie contra cualquier peligro de extinción producido por los excesos del capitalismo. Pero además, en un mundo agobiado por la rutina y la política, nada más refrescante que comprobar que, de pronto, nos hemos quedado sin electricidad y que hay que solucionar miles de problemas elementales que la tecnología moderna nos presenta resueltos en bandeja, atrofiando así las posibilidades de nuestra imaginación. Volvemos a la naturaleza, a la primitiva sensación de valernos por nuestros propios medios, al gusto ancestral por la aventura, chocamos con camas y sillones, que de pronto se han transformado en obstáculos desconocidos. ¿De qué se trata? ¿Qué es? Tocamos, palpamos, conjeturamos; de pronto, nosotros, pobres mortales, que no somos ni pájaros ni dioses, tenemos la intransferible sensación del descubrimiento: era la lámpara, era el inodoro, era el piano. Nuestra casa adquirió la consistencia del espacio negro, donde flotamos, victoriosos y pobres astronautas, ante la inmensidad del significado.¡Oh placer umbrío, innecesario! Cuando en un tórrido día de verano, con cuarenta grados de temperatura, se detienen de pronto los acondicionadores de aire y los ventiladores, nos abanicamos con un diario, desenterramos los abanicos, redescubrimos las pantallas, como nuestros antepasados de la Prehistoria. En la heladera inmóvil como un monstruo inútil, se pudre la comida, se descompone el pollo, los fermentos transforman lenta pero pacientemente las frutas en alcohol, la carne se vuelve una mezcla putresciente e inmunda que chorrea como un líquido nauseabundo y tropical; debemos salir de caza, armar el grupo, la tribu, entrenar a la jauría, preguntarnos cómo haremos para que aquel mamut entrevisto la semana pasada caiga en el desfiladero. Las velas que se encienden al atardecer, la lectura en ese círculo vacilante, nos vuelve fatigosos monjes, inclinados, penosamente absortos frente al pupitre donde se despliega el enorme códice encadenado a la pared, repitiendo vivencias medievales en sombríos conventos iluminados por las hogueras de la Inquisición. El departamento se vuelve mazmorra, calabozo subterráneo que da al túnel negro del palier, donde se pasean turbios carceleros, regalándonos las delicias de la inmovilidad. ¡Oh cúmulo de sensaciones extrañas, inalcanzables de otro modo! ¡Oh placer! Y el barrio en tinieblas nos retrotrae al bosque de nuestra negra infancia, poblado de lobos y terrores, fantasmas y casitas de caramelo en las que amables brujas amenazan con devorarnos hasta que milagrosamente llega a tiempo un inspector de la AFIP y nos libera, porque ya se sabe que sólo las brujas jamás pagan sus impuestos. Y las calles son tierra de nadie, territorio desconocido y peligroso que nosotros, ávidos exploradores, de la mano experta de nuestros hijos recorremos enfrentándonos con cualquier pirata, hada u ogro que nos salga al paso, o con cualquiera que quiera asaltarnos, asesinarnos, descuartizarnos de una vez por todas. El peligro, en vez acechar en cada esquina, acecha a cada paso que damos tanteando. ¿Cómo no disfrutar?¡Oh placer! Cuando desaparece la luz, la vida cambia. Ya no se puede leer diarios ni revistas, ni utilizar los aparatos domésticos para las tareas diarias, ni abandonarse al vacío absoluto del televisor, ni llenar el silencio con la intrascendencia de un programa radial. Cuando la luz se corta, tenemos que producir nuestra propia música, enfrentarnos los unos con los otros, conversar, contar cuentos junto a un fogón de leña, dejar que la imaginación vuelva a las épocas de las hadas y gigantes, o quedarnos en un café conversando con los amigos hasta que vuelvan a funcionar los ascensores. ¿Cómo no disfrutar?¡Oh placer! La oscuridad es políticamente correcta: nos impide movernos libremente, como los discapacitados motrices, nos impide ver, como los ciegos, y si nos tapamos los oídos, nos impide oír, como los sordos. La oscuridad es justa, iguala a todos, nos vuelve inhábiles, torpes, vulnerables, nos permite sentir sobre nosotros todo el peso de nuestra fragilidad, todos los aspectos de nuestra contingencia.¡Oh placer! La oscuridad es ecológica, es sincera, es metafórica. ¿No somos acaso poco más que sombras que atraviesan un breve tramo de luz antes de sumergirnos para siempre en la oscuridad? El corte de luz es un viaje hacia la verdad, es un descenso a los abismos del No Ser, es una preparación, un ensayo para la muerte. ¿Cómo no disfrutarlo?¡Oh placer! Cada vez que se corta la luz, nos reencontramos, volvemos, de alguna manera, a ser nosotros mismos. Emergemos del abismo de la electricidad, seres mortales, inútiles, incapaces, efímeros, plenos de creatividad, ingenio, fantasía, angustia y ansias de comunicación. ¿Por qué hemos de renunciar a ese placer? ¡Oh placer! Debemos mirar con esperanzas el futuro. El gobierno parece mantenerse firme con el tema de las tarifas, las empresas de electricidad quieren el amor de la población. La oscuridad ¡oh placer! avanza sobre nuestro país todavía en sombras.

Tocar madera
Es probable que los niños sigan haciendo berrinches para exigir de sus padres el último adefesio de plástico chino –¿recuerdan el yo-yo tóxico?–, pero no es necesario ceder. Aquellos juguetes de madera que acompañaron otras infancias hoy vuelven a fabricarse, incluso a estar de moda. Para arrastrarlos o para sentarse encima, estos objetos de materiales nobles pueden imprimir en la memoria otras sensaciones, tan duraderas como el mismo juguete. (S. Santoro)

Es difícil que uno recuerde especialmente un juguete de plástico. A lo sumo puede añorar a la muñeca preferida o a esos autitos de colección que de tanto mirarlos sin tocar sobreviven al paso del tiempo. De los juguetes de madera, en cambio, uno puede recordar muchas cosas: el olor a pintura; el perfecto hamacarse de esos caballitos con pie fijo; los despintados cubos del rompecabezas de Blancanieves; la imposibilidad de hacerlos trizas a martillazos; la vez que le pintó una pata al gato desarmable o le arregló las ruedas al autito de cuatro líneas. Seguro que el recuerdo viene empujado por un aire nostálgico, aun en el caso de que no haya tenido ningún juguete de madera con el que entretenerse en sus años infantiles. Porque las películas y las publicidades, que han hecho un trabajo fino a lo largo de los años, se han encargado de grabarnos a todos los mortales esa típica imagen, en color sepia si quiere, de un baúl a medio abrir del que se asoman un caballito y algún trompo gastados. Como sea, los juguetes de madera volvieron a estar de moda. Ahora se los llama juguetes naturales. Los diseñadores crean recordando cosas de cuando eran niños. Y sí, los juguetes se repiten, como tantas cosas. La esencia es la misma: darle al chico una manera más artesanal, natural, humana de crecer.Juguetes de madera hubo siempre. Al menos no hay quien pueda precisar el origen. Se dice que el yo-yo precedió a los griegos y que tal vez lo inventaron en China. El maestro Pablo Medina aporta un dato interesante sobre los juguetes de los indios mapuches. Cuenta que cuando los colonizadores llegaron aquí se sorprendieron con el juego de La Chueca –precursor del hóckey–, que debe su nombre a que los indios tomaban una madera verde, la mojaban, la doblaban al fuego para darle una forma que permitiera agarrar o empujar una pelota.Medina es correntino e hijo de un ebanista que proveyó a sus hijos de cantidad de juguetes de arrastre y carros para cargar co-sas. Desde 1975, dirige La Nube (www.asociación-lanube.com.ar), ONG dedicada a preservar la cultura infantil. Tiene 60 mil libros para niños y 100 juguetes de distintas épocas, principalmente de madera. ¿Por qué de madera? “Porque el juguete de madera tiene la calidez que no tienen los otros juguetes, porque se puede romper y se puede recomponer. Porque se puede destruir, reformar, pintar. El de plástico se rompió y se rompió. Y el de lata es peligroso, hoy es para coleccionistas, casi no existe. La madera es como lo más cercano a lo humano, da la vida, da calor; produce el fuego para cocinar los alimentos; abriga, si uno hace una vivienda con madera”, piensa Medina. Sorprenden las posibilidades de la madera para lograr cosas tan disímiles como clásicos bloques de construcción, caballos de palo, juguetes de arrastre y encastre de todo tipo, trompos, yo-yos, baleros, rompecabezas, ta-te-tis, trencitos, muñecos articulados o equilibristas. Mariana Padilla, de Mi Pequeño Puercoespín (Uriarte 1308) y José Luis Morales, de Jopajapa (Gurruchaga 1660), notaron esto cuando empezaron a crear los juguetes que no encontraban para sus hijos y terminaron poniéndose sendos negocios. “Empezamos haciendo ferias y vimos que existía la necesidad de una cantidad de gente de tener juguetes más nobles, más sanos, cosas más simples que le dejen al chico más espacio para jugar. Porque da para muchas cosas más un juguete simple que un juguete que ya hace las cosas por su cuenta; que un juguete al que le diste cuerda y con las pilas hace eso y no más que eso”, cuenta Padilla, rodeada de objetos de colores fuertes, ajenos al estilo country y a los ositos color pastel que suelen atosigar a las madres los primeros años de vida de un niño. Morales todavía se tortura al pensar en aquel avión –regalo del primer año de su hijo Felipe– que al tocarlo escupía la Lambada sin parar. El sonido de los juguetes de madera, dice, es mucho más armonioso. ¡Y cómo contradecirlo! “Los míos son juguetes simples para chicos simples. Los juguetes son lo que ven y ellos juegan a lo que inventan”, hermosa definición de este papá que se resistía a que su hijo tuviera todo armado: la estación de servicio con la rampa, con el despacha nafta, con la gomería, por caso. “¡Que lo invente! Que lo haga con un pedacito de madera, con cubitos, con triangulitos, pero que le dé a la imaginación un protagonismo”, dice Morales. Hay quienes hablan de que el juguete transmite valores como la dedicación, la importancia de los objetos únicos, la paciencia; hasta un cierto gusto estético y conceptos como peso o equilibrio. “Un auto de plástico grande tiene un peso que es ficticio. Un auto de madera tiene un peso real de lo que es el juguete en sí. Eso es importante porque así el chico empieza a asociar el tamaño con el peso. Hay un montón de juguetes de madera que trabajan con el equilibrio. El chico va trabajando con el equilibrio y el peso de las cosas. Es parte de una visión global de algo más noble”, dice Padilla. Medina prefiere hablar de buen juego: “Hay juegos que permiten que el chico gatee y pase a pararse y está implícito que esto es un buen juego. Un balero no tiene sentido si juego solo, si juego con el otro estoy compitiendo sanamente. Además tiene fundamentos de óptica y de física: hay un peso mayor y hay que elevarlo par embocarlo; ¿cómo calculo? Con la vista. Y por otra parte está el juego con el otro: a ver si vos lo embocás, a qué no. Estamos desarrollando el lenguaje, la competencia, la comparación, una cantidad de cosas que se perdieron porque la computadora está ahí y no hay intercambio, ni siquiera con el objeto porque la computadora hace cosas que están armadas. Acá yo puedo inventar: lo voy a tirar de atrás, lo voy a embocar de acá, me voy a sentar”. Por supuesto que nadie va a inculcar a los chicos que no toquen un plástico nunca jamás. Pero mientras los padres puedan elegir, la madera es una alternativa interesante para ofrecerles. Haga como esta cronista, compre el artesanal triciclo de madera que supone le hubiera gustado tener cuando tenía dos y regáleselo a su hijo. Tarde o temprano, el chico lo va a registrar, aunque sea para sentarse y mirar la tele desde ahí arriba. Recuerde eso de que lo que se aprende de niño no se olvida jamás. Lo que se hizo una vez es muy probable que se repita –¿o no leyó el comienzo de la nota?

Monday, November 7, 2005


Siesta
Antes, los domingos eran diferentes. La mayor parte de los partidos de la jornada (siete u ocho) se jugaban simultáneamente, a la hora de la siesta. Después de la opípara comida y la larga sobremesa, la radio reloj de la mesita de luz ofrecía un variado menú de opciones, todas ellas interesantes y conectadas entre sí. Con notable rapidez y coordinación, llegaban las noticias de Rosario, Córdoba, La Plata. Todos los 0 a 0 comenzaban lentamente a corromperse. Me gustaba dormitar, ser invadido por el sueño (como si éste fuera un goteo que va creciendo), al son de los relatos y las publicidades. Me fascinaban todas las variaciones que el tiempo infligía a los diferentes encuentros, durante los períodos alternados de sueño y vigilia. Afuera, en el patio, los perros jugaban, ladrando y corriendo entre los árboles. Todos los ruidos, los de la radio y los otros, se fundían en una suerte de maraña sonora compleja pero armónica, que no entorpecía en absoluto el placer inercial de los sentidos. Suelo acostarme a dormir la siesta con la puerta entornada. Esa puerta da al comedor, donde casi siempre hay gente (mi casa es una casa muy concurrida). En los momentos preliminares del sueño, he escuchado con deleite y asombro pachorriento cómo las voces de los conocidos y los extraños se metamorfosean en sonidos nunca escuchados, pero de una rara autenticidad. He notado lo banales e inútiles que resultan las conversaciones ajenas, ante la somnolencia que viene y se retira de mi cama, y luego vuelve nuevamente. He percibido cómo la puerta de una alacena, los platos que tintinean, la heladera que se pone en marcha, manifiestan su verdadera esencia sonora, antes hábilmente disimulada y velada para mí. Esta sinceridad (o descuido) sólo dura un instante; después del sueño pesado, vulgar y convencional, todos los matices estarán perdidos y ni siquiera podrán ser recordados. La siesta, de todos modos, sirve para creer que siempre es posible volver desde el sueño, para confiar vanamente en que las personas y los objetos se reencontrarán con nosotros, una y otra vez.

AGUA
Como suele suceder con los elementos fundamentales, sólo es posible admirarse de su maravilla cuando falta. Pero el agua es mucho más que el líquido indispensable para calmar la sed, es también ese impulso que nos arrebata del sueño a la mañana, el espejo de los antiguos, la piel sobre la que se deslizan las naves. El medio del que venimos y al que siempre se termina volviendo.

Sumergirse, dejar que el agua se convierta en el abrazo y el vestido, que llene lo que está vacío, que haga bailar el pelo como a una medusa. Contener la respiración. Soltar pequeños globos de aire que seguirán su camino ascendente hasta perderse en su mismo elemento, más allá del agua, como niños que buscan a su madre para hundirse en su seno como si así pudieran mezclarse otra vez en sus líquidos. Abrir los ojos y no ver claro, ver en cambio los bordes empañados, colores difusos, el verde o el azul del agua. Estar debajo del agua, eso es lo que ella más extraña de la vida en libertad cuando lleva casi veinte detenida. Lo dice en el patio de visitas de una cárcel desangelada y de inmediato escuchar el chorro de agua que llena la bañera, meter el brazo hasta el codo para probar la temperatura, agitarla para que la caliente y la fría se hagan una sola, tibia, a la misma temperatura del líquido que corre dentro del cuerpo, todo eso se convierte en un placer supremo. Es así la restricción, convierte las cosas de siempre en gemas. Sin la sed no habría nada de seductor en el sonido de un chorro transparente llenando un vaso, sin el calor que ciñe su corset en verano no sería tan mágica la zambullida, el desplazamiento del agua hacia los bordes de una pileta, la brazada que impulsa y permite volver a sentir el bochorno antes de hundirse otra vez.Exceso y restricción son los pasos de la danza del agua. Del frío intenso del baño transpirado en el que debemos desnudarnos al sopor del agua que enrojece la piel y espesa la sangre. De la sed al estruendo de la glotis subiendo y bajando en la garganta mientras el agua la pone a danzar como el mejor remedio, el que nunca falla, el único que sacia. De la tensión del agua transformada en vapor por la temperatura extrema de un sauna a la ducha fría, estimulante, dolorosa como el pinchazo de pequeñas agujas que ponen el cuerpo a andar y estremecerse. ¿En qué consiste si no es en un súbito exceso el poder del agua fría para espantar los últimos jirones de sueño, dispersos por el lavado de la cara, las pestañas hechas pequeños triángulos mojados, la conciencia del día repentina, nítida, como dibujada por una pluma y tinta china?Del agua venimos, debería decir la oración, y a la tierra vamos. Aunque en la entraña misma de la tierra también el agua haga sus surcos y sus laberintos y arrastre en ellos lo que se pensó destinado al polvo. De agua somos. Más de la tercera parte de cada uno, de cada una, casi todo agua, líquidos, fluidos, materia dúctil, sin forma o mejor, con la forma de aquello que la contiene. Basta herir la piel para que se desborde el agua que llevamos dentro, o se filtre lentamente acarreando con ella la vida misma.La vida misma depende del agua. El planeta es celeste desde la luna porque está, en su mayor parte, cubierto de agua. Agua que se agita, agua capaz de quedarse con todo lo que los hombres y las mujeres construyen, agua que viene del cielo y agua que se mece en la tierra. La misma y siempre distinta, moviéndose inquieta en busca del llano, del mar, allí donde es posible entrar y salir, dejarse lamer por el contorno de esa masainconcebible, deshecha en espuma, donde nos dejamos caer cuando tenemos el cuerpo cubierto de otra agua que se escapa por los poros, la imagen más perfecta del descanso, saltar sobre las olas, construir castillos que el agua se llevará como se lleva casi todo lo que se le entrega. Las ofrendas de flores en febrero para Iemanjá, la reina del mar, las botellas con mensajes que consuelan a los ahogados, los barquitos de papel en las alcantarillas, la mugre entre el jabón y los dedos, el arcoiris en la estela de las cascadas y en las tardes que fueron de lluvia y el sol hiere y espanta desarmándose en colores, atravesada su luz por el agua para fijarla en el cielo como clavada. O pintada.Sobre el agua el viento sopla distinto, es más frío, más voraz. Es motor de las naves que se aventuran sobre la piel inquieta del mar o del río. Esa piel que cuando descansa es espejo, primera sorpresa de los antiguos que se descubrieron en su superficie ¿más feos o más bellos de lo que imaginaban? ¿Habrán creído alguna vez que el sol eran dos cuando se espejaba en el agua, que el cielo se había sumergido cuando el arrebol de la tarde tiñe los lagos de rojo, de naranja, de violeta? ¿Habrán descubierto a Ofelia en el mecerse de las algas, dispersas como cabellos, ondeando al mismo ritmo que el agua? ¿Habrán contando los círculos concéntricos que dibujan las gotas de lluvia antes de perder su identidad en las masas de agua? ¿Se habrán bañado bajo las tormentas con la misma algarabía con que lo siguen haciendo los niños en verano, como si hubiera algún placer extra en tener agua arriba y agua abajo, como si el mundo se pudiera poner patas para arriba y seguir siendo el mismo?Del agua venimos. Del vientre líquido de nuestras madres en donde hemos vivido sumergidos nacemos a este medio seco y hostil donde los ruidos lastiman y la luz dibuja cicatrices en la retina. Al agua volvemos todo el tiempo, agua adentro y agua afuera, agua que limpia y agua que alimenta, que despierta, que arrastra y arrasa, que modela a las montañas y las corta, que empuja las piedras y las desintegra junto a la mano del tiempo, su aliado y su detractor porque cuando está quieta el tiempo la corrompe, como a todo lo demás. Y la extingue, dicen ahora, aunque el responsable no sea el tiempo sino la mano que ensucia, que explota, que agobia, la mano de los hombres y las mujeres que todavía no han aprendido a fabricarla aunque puedan recitar su fórmula casi desde el mismo momento en que aprenden a leer: H2O. Tenemos los elementos, pero no podemos unirlos, sólo queda la resignación de encontrarla donde habita desde siempre: en los laberintos de la tierra, los ríos que buscan al mar, en el mar. En la sal de las lágrimas, en el cielo que a veces se derrama, en el milagro de los grifos que a veces cantan y otras veces lloran pero llenan las manos y limpian, y alimentan y despejan los ojos de los jirones del sueño.

Saturday, November 5, 2005



Poem of Women.
UNFOLDED only out of the folds of the
woman, man comes unfolded,
and is always to come unfolded,

Unfolded only out of the superbest woman of the earth,
earth is to come the superbest man of the world

Unfolded out of the friendliest woman is to come
the friendliest man,

Unfolded only out of the perfect body of a woman,
can a man be formed of perfect body,

Unfolded only out of the inimitable poem of
the woman can come the poems of man —
only thence have my poems come,

Unfolded out of the strong and arrogant woman
I love, only thence can appear the strong
and arrogant man I love,

Unfolded by brawny embraces from the well-
muscled woman I love, only thence come the
brawny embraces of the man,

Unfolded out of the folds of the woman's brain,
come all the folds of the man's brain, duly
obedient,

Unfolded out of the justice of the woman,
all justice is unfolded,

Unfolded out of the sympathy of the woman is all
sympathy;

A man is a great thing upon the earth, and
through eternity—but every jot of the great-
ness of man is unfolded out of woman,

First the man is shaped in the woman, he can
then be shaped in himself.

Walt Whitman......bien sûr...

C´est l´extase langoureuse,
C´est la fatigue amoureuse,
C´est tous les frissons des bois,
parmi l`etreinte des brises,
C´est, vers les ramures grises,
Le choeur des petites voix.

O le frèle et frais murmure!
Cela gazouille et susurre,
Cela ressemblé au cri doux
Que l´herbe agitée expire..."
Tu disais, sous l´eau qui vire,
Le roulis sour des cailloux.

Cette âme qui se lamente
En cette plainte dormante
C´est la nôtre, n´este-ce pas?
La mienne, dis, et la tienne
Dont s´exhale l´humble ancienne
Par ce tiède soir, tous bas?

Paul Verlaine - Ariettes oubliées

Friday, November 4, 2005

LA VIDA

".....Bonita la paz,
bonita la vida,
bonito volver a nacer
cada dia
bonita la verdad
cuando no suena a mentira
bonita la amistad,
bonita la risa
bonita la gente
cuando hay calidad
bonita la gente que
no se arrepiente
que gana y que pierde,
que habla y no miente
bonita la gente que viene y que va
bonita la gente que
no se detiene
bonita la gente que no tiene edad
que escucha, que entiende,
que tiene y que da
bonita la gente cuando es de verdad
bonita la gente que es diferente
que tiembla, que siente
que vive el presente......
J. de Palo

Thursday, November 3, 2005


sin palabras......EL beso...
CREO EN TI, ALMA MIA...Walt Whitman"PARA MI, UNA BRIZNA DE HIERBA...

PARA mi una brizna de hierba no vale menos que la
tarea diurna de las estrellas,
e igualmente perfecta es la hormiga, y asi un grano de
arena y el huevo del reyezuelo,
y la rana arborea es una obra maestra, digna de
egregias personas,
y la mora pudiera adornar los aposentos del cielo,
y en mi mano la articulacion mas menuda hace burla
de todas las maquinas,
y la vaca, rumiando con inclinado testuz, es mas bella
que cualquier escultura;
y un raton es milagro capaz de asombrar a millones de
infieles."
ESTOS SON EN VERDAD LOS PENSAMIENTOS

Estos son en verdad los pensamientos
de todos los hombres en todas las
epocas y naciones, no son originales mios,
si no son tuyos tanto como mios,
nada o casi nada son,
si no son el enigma y la solucion del enigma,
nada son.
Esta es la hierba que crece
dondequiera que haya tierra y agua,
este es el aire comun que baña el globo.

ESCRITO EN LA PIEL CON EL PECADO A CUESTAS...
¿Temor a la piel? La Edad Media estuvo repleta de poetas trashumantes que seguían los códigos del amor cortés, una pasión tanto más dichosa cuanto más inaccesible se volviera la piel. Las damas suspendían sus labores de tapicería para oír al cantor que llegaba a recitarles sus periplos por ese platónico laberinto sentimental donde siempre estaban dando vueltas. Más intelectual que afectuoso, este modo peculiar del amor que nació en el siglo XII en las cortes de Provenza se basaba en una ascética idealización de la mujer. Las normas que lo regían eran más o menos estas: se da sin esperar recompensa y el padecimiento por la falta de reciprocidad acrecienta el mérito del amante, quien goza ocupando el lugar de un vasallo ante la fémina a la cual se brinda incondicionalmente. Habiendo abandonado toda esperanza de tocarla, tiembla y hasta puede quedar enmudecido al verla; una sola mirada de ella resulta inestimable si dulce y piadosa tanto como si desdeñosa y cruel. El poeta no claudica siquiera ante el más brutal rechazo; antes bien, se deleita en sus lamentos. Si accediera alguna vez al encuentro con el cuerpo de la dama tocaría la vida del amor y su inexorable muerte, dado que su deseo se alimenta sólo de esa constante agonía que supone posponer y posponer. Esa atribulada casuística del corazón atravesó la juventud de Dante Alighieri, cuyo pacato temple para las aventuras galantes contrastaba a todas luces con el de su íntimo amigo, Guido Cavalcanti. Organizador de grandes comilonas y amante avezado, Cavalcanti le hizo permanente honor a la buena vida y jamás faltó a una orgía que se desenvolviera en elegante y cordial temperatura. Sus compañeras las fiebres no cesaban de develarle en la piel de las mujeres deliciosos parajes, inagotables manantiales de cosquillas y espasmos. El cultivo del espíritu no lo condujo a rechazar las divinidades terrestres, tangibles y siempre valederas como una copa de vino. En cambio, ensimismado y metido sólo en libros, inteligente pero lerdo para la vida práctica, Dante iba perdiendo poco a poco cualquier vínculo con los placeres del tacto. Se escandalizaba de que el desenfreno indujese a su amigo a caer _ansioso por acariciar senos venusinos y demás anzuelos de lamocedad femenina_ en brazos de mujeres rudas o, peor aun, lascivas meretrices. Por su parte, Cavalcanti percibía a Dante extraviado en la locura de un ideal tan absurdo como inalcanzable: el amor de la célebre Beatriz. Observaba al marido de la amada encogerse de hombros frente al obstinado asedio del poeta y no podía sino pensar que su amigo era un enfermo profundamente enamorado de su dolencia. Es normal que los comportamientos dantescos resultaran a menudo irrisorios para un experto seductor como Cavalcanti; nadie en su sano juicio debe perder el tiempo, opinaba, con una damisela que escatima la caricia. No fueron pocas las veces que intentó despabilarlo llevándolo a festines, y un día se animó a decirle que Beatriz no era seductora en el sentido carnal de la palabra. Pero tuvo que concluir que Dante se había abocado al malsano placer de condolerse y poetizar para no afrontar su pánico ante la piel de las mujeres. Incapaz de valerse de ardides, coqueteo o artificio alguno, pasaba torpemente por delante de Beatriz y ella desviaba la vista. Dicen que era frecuente encontrarlo deambulando por la ciudad con un aspecto mortecino, absorbido en sus pensamientos y hasta indeciso al hablar. Quienes fueron testigos de ello coinciden, no obstante, en que parecía aferrarse a ese tormento como a un jardín de las delicias. Ninguna caricia real habrá podido acaso proporcionarle a un hombre tanta voluptuosidad como a Dante la caricia no dada. Los años transcurrieron y Cavalcanti continuó reprochándole sus lamentables lloriqueos, advirtiéndole que creer que el mundo se convierte en páramo por el "no" de una mujer es una exaltación que ningún hombre de buen gusto tolera. Una tarde le preguntó cómo podía seguir amando a una señora que ni siquiera le dirigía la palabra. Dante le respondió: "Amor, que es mi señor, ha puesto mi felicidad entera en algo que no puede defraudarme". El otro empezó a reír y cuando por fin le pidió que le contara en qué consistía esa dicha, Dante confesó: "En las palabras de la alabanza a mi amada". Su amigo recordó enseguida aquel texto donde Plinio cuenta que la piel de la Venus de Gnido inflamó los deseos de un joven, excitado porque a partir de un supuesto parecido esta elevaba a un nivel de perfección la imagen de una dama que le había negado sus favores. Por la noche el joven se ocultó en el templo y se acopló con la estatua dejándole una mancha, señal de su pasión satisfecha. En ese momento Calvancanti entendió que los cantos a Beatriz no eran otra cosa que una sublimación delirante. Y de ahí en más cada vez que veía a Dante salir de su casa demacrado y exangüe, imaginaba que el Poeta _reacio a la piel pero excelso partenaire de las letras_ a la par que escribía se masturbaba. Del gusto por lamer Sobre pieles castigadas sabía Leopoldo Von Sacher-Masoch. Evoquemos esa turbadora experiencia que atravesó cuando tenía apenas diez años: desde un escondite contemplaba con fruición a su tía en plena batalla sexual con un amante; de pronto la puerta se abrió, la luz quebró la intimidad y dio paso a su estupefacto tío, quien dos segundos más tarde recibió los latigazos con que su implacable esposa lo sancionó por la intromisión. El pequeño voyeur no consiguió soportar en silencio la dureza de la escena y soltó sin querer un chillido de horror. Sus rodillas temblaron al notar la veloz reacción de la mujer, que enfurecida avanzaba hacia él con el látigo en alto para descargar una nueva paliza. Leopoldo se entregó a los azotes estoicamente. Apretó los párpados en un primer momento y, después, abrió los ojos y clavó la mirada en la piel sangrante de su tío, cual si examinara su futuro más próximo pero además como si este fuera el cuadro que signaría su vida. Los psicoanalistas estiman que el desarrollo sexual normal del pobre Leopoldito quedó detenido, fijado a esa etapa infantil. En 1886 Krafft-Ebing se dedicó a inventariar las psicopatologías sexuales, y en homenaje a aquel niño decidió designar el gusto por la humillación y el maltrato con el término de "masoquismo". Masoch fue profesor de Historia y publicó su novela más célebre, La Venus de las pieles (Venus in Pelz), en 1869. Los rusos y los ucranianos se pelean por ser su tierra natal. En Ucrania existe un movimiento que quiere ponerle "Masoch" a una calle; mientras, la otra parte argumenta que el autor aprendió los placeres de la flagelación de los khlysty, una secta rusa. Más allá de estas naciones que vaya a saberse por qué están interesadas en proponerse como el origen del gusto por el sufrimiento, lo cierto es que las que aprovechan su libro son fábricas transnacionales de peletería. Una de ellas, humorística o simplemente sincera, dice en sus folletos: "Masoch se sintió profundamente atraído por la subyacente carga erótica de las pieles. Como nuestro objetivo no es el estudio de la piel en ciertos comportamientos psicopatológicos, obviamos dichos aspectos en beneficio, una vez más, de los productos de nuestra empresa". Severin, el protagonista, es un hombre que le solicita a su esposa Wanda Dunaiev firmar un contrato en virtud del cual él se convertirá en su esclavo. La figura de Wanda inaugura un ideal femenino poderoso y despótico que en el mercado del hardcore sex hoy encarnan las dóminas: el de una mujerona imponente, producida y diestra en magullar la epidermis a latigazo limpio. Que el deseo que despierta el modelo es intenso lo prueba que el propio Masoch haya querido formalizar con su señora Aurora Rümelin un contrato semejante... En la penúltima escena, no es sólo Wanda sino también su amante quien azota a Severin. Una vez que ambos lo han abandonado cubierto de sangre, sonriente, el marido concluye: "La terapia no fue cruel sino radical. Lo importante es que estoy curado". No sería grotesco afirmar que el recuerdo más fuerte de la piel que deja el libro no es la diabólica belleza de los tapados de Wanda; ni tampoco, como es de esperar, las partes del cuerpo lastimadas tras esas palizas de una comicidad franca y escalofriante. El piel a piel que condensa el sentido de la historia como un nudo aun más despiadado que los golpes emerge cuando el protagonista _nunca del todo saciado_ se agacha y, para recompensar a su mujer y al amante por haberle prodigado un castigo suficiente, les lame los pies. La lengua que recorre solícita e intermitente la piel del empeine probablemente cifre, con un exceso de realidad que rebasa las relaciones amorosas para desbordar en otros campos (laboral, familiar, etc.), una clave significativa del deseo masoquista. (gracias a Latido...)