Una imagen vale mas que mil palabras...eso dicen Las palabras se las lleva el viento...eso dicen Palabras con imágenes es un camino completo sin duda
Todas mis chicas
Lilo, Marce, San, Luni y Viole (todas mis chicas)
Tuesday, January 24, 2006
AGUA
Como suele suceder con los elementos fundamentales, sólo es posible admirarse de su maravilla cuando falta. Pero el agua es mucho más que el líquido indispensable para calmar la sed, es también ese impulso que nos arrebata del sueño a la mañana, el espejo de los antiguos, la piel sobre la que se deslizan las naves. El medio del que venimos y al que siempre se termina volviendo.
Sumergirse, dejar que el agua se convierta en el abrazo y el vestido, que llene lo que está vacío, que haga bailar el pelo como a una medusa. Contener la respiración. Soltar pequeños globos de aire que seguirán su camino ascendente hasta perderse en su mismo elemento, más allá del agua, como niños que buscan a su madre para hundirse en su seno como si así pudieran mezclarse otra vez en sus líquidos. Abrir los ojos y no ver claro, ver en cambio los bordes empañados, colores difusos, el verde o el azul del agua. Estar debajo del agua, eso es lo que ella más extraña de la vida en libertad cuando lleva casi veinte detenida. Lo dice en el patio de visitas de una cárcel desangelada y de inmediato escuchar el chorro de agua que llena la bañera, meter el brazo hasta el codo para probar la temperatura, agitarla para que la caliente y la fría se hagan una sola, tibia, a la misma temperatura del líquido que corre dentro del cuerpo, todo eso se convierte en un placer supremo. Es así la restricción, convierte las cosas de siempre en gemas. Sin la sed no habría nada de seductor en el sonido de un chorro transparente llenando un vaso, sin el calor que ciñe su corset en verano no sería tan mágica la zambullida, el desplazamiento del agua hacia los bordes de una pileta, la brazada que impulsa y permite volver a sentir el bochorno antes de hundirse otra vez.
Exceso y restricción son los pasos de la danza del agua. Del frío intenso del baño transpirado en el que debemos desnudarnos al sopor del agua que enrojece la piel y espesa la sangre. De la sed al estruendo de la glotis subiendo y bajando en la garganta mientras el agua la pone a danzar como el mejor remedio, el que nunca falla, el único que sacia. De la tensión del agua transformada en vapor por la temperatura extrema de un sauna a la ducha fría, estimulante, dolorosa como el pinchazo de pequeñas agujas que ponen el cuerpo a andar y estremecerse. ¿En qué consiste si no es en un súbito exceso el poder del agua fría para espantar los últimos jirones de sueño, dispersos por el lavado de la cara, las pestañas hechas pequeños triángulos mojados, la conciencia del día repentina, nítida, como dibujada por una pluma y tinta china?
Del agua venimos, debería decir la oración, y a la tierra vamos. Aunque en la entraña misma de la tierra también el agua haga sus surcos y sus laberintos y arrastre en ellos lo que se pensó destinado al polvo. De agua somos. Más de la tercera parte de cada uno, de cada una, casi todo agua, líquidos, fluidos, materia dúctil, sin forma o mejor, con la forma de aquello que la contiene. Basta herir la piel para que se desborde el agua que llevamos dentro, o se filtre lentamente acarreando con ella la vida misma.
La vida misma depende del agua. El planeta es celeste desde la luna porque está, en su mayor parte, cubierto de agua. Agua que se agita, agua capaz de quedarse con todo lo que los hombres y las mujeres construyen, agua que viene del cielo y agua que se mece en la tierra. La misma y siempre distinta, moviéndose inquieta en busca del llano, del mar, allí donde es posible entrar y salir, dejarse lamer por el contorno de esa masainconcebible, deshecha en espuma, donde nos dejamos caer cuando tenemos el cuerpo cubierto de otra agua que se escapa por los poros, la imagen más perfecta del descanso, saltar sobre las olas, construir castillos que el agua se llevará como se lleva casi todo lo que se le entrega. Las ofrendas de flores en febrero para Iemanjá, la reina del mar, las botellas con mensajes que consuelan a los ahogados, los barquitos de papel en las alcantarillas, la mugre entre el jabón y los dedos, el arcoiris en la estela de las cascadas y en las tardes que fueron de lluvia y el sol hiere y espanta desarmándose en colores, atravesada su luz por el agua para fijarla en el cielo como clavada. O pintada.
Sobre el agua el viento sopla distinto, es más frío, más voraz. Es motor de las naves que se aventuran sobre la piel inquieta del mar o del río. Esa piel que cuando descansa es espejo, primera sorpresa de los antiguos que se descubrieron en su superficie ¿más feos o más bellos de lo que imaginaban? ¿Habrán creído alguna vez que el sol eran dos cuando se espejaba en el agua, que el cielo se había sumergido cuando el arrebol de la tarde tiñe los lagos de rojo, de naranja, de violeta? ¿Habrán descubierto a Ofelia en el mecerse de las algas, dispersas como cabellos, ondeando al mismo ritmo que el agua? ¿Habrán contando los círculos concéntricos que dibujan las gotas de lluvia antes de perder su identidad en las masas de agua? ¿Se habrán bañado bajo las tormentas con la misma algarabía con que lo siguen haciendo los niños en verano, como si hubiera algún placer extra en tener agua arriba y agua abajo, como si el mundo se pudiera poner patas para arriba y seguir siendo el mismo?
Del agua venimos. Del vientre líquido de nuestras madres en donde hemos vivido sumergidos nacemos a este medio seco y hostil donde los ruidos lastiman y la luz dibuja cicatrices en la retina. Al agua volvemos todo el tiempo, agua adentro y agua afuera, agua que limpia y agua que alimenta, que despierta, que arrastra y arrasa, que modela a las montañas y las corta, que empuja las piedras y las desintegra junto a la mano del tiempo, su aliado y su detractor porque cuando está quieta el tiempo la corrompe, como a todo lo demás. Y la extingue, dicen ahora, aunque el responsable no sea el tiempo sino la mano que ensucia, que explota, que agobia, la mano de los hombres y las mujeres que todavía no han aprendido a fabricarla aunque puedan recitar su fórmula casi desde el mismo momento en que aprenden a leer: H2O. Tenemos los elementos, pero no podemos unirlos, sólo queda la resignación de encontrarla donde habita desde siempre: en los laberintos de la tierra, los ríos que buscan al mar, en el mar. En la sal de las lágrimas, en el cielo que a veces se derrama, en el milagro de los grifos que a veces cantan y otras veces lloran pero llenan las manos y limpian, y alimentan y despejan los ojos de los jirones del sueño.
Como suele suceder con los elementos fundamentales, sólo es posible admirarse de su maravilla cuando falta. Pero el agua es mucho más que el líquido indispensable para calmar la sed, es también ese impulso que nos arrebata del sueño a la mañana, el espejo de los antiguos, la piel sobre la que se deslizan las naves. El medio del que venimos y al que siempre se termina volviendo.
Sumergirse, dejar que el agua se convierta en el abrazo y el vestido, que llene lo que está vacío, que haga bailar el pelo como a una medusa. Contener la respiración. Soltar pequeños globos de aire que seguirán su camino ascendente hasta perderse en su mismo elemento, más allá del agua, como niños que buscan a su madre para hundirse en su seno como si así pudieran mezclarse otra vez en sus líquidos. Abrir los ojos y no ver claro, ver en cambio los bordes empañados, colores difusos, el verde o el azul del agua. Estar debajo del agua, eso es lo que ella más extraña de la vida en libertad cuando lleva casi veinte detenida. Lo dice en el patio de visitas de una cárcel desangelada y de inmediato escuchar el chorro de agua que llena la bañera, meter el brazo hasta el codo para probar la temperatura, agitarla para que la caliente y la fría se hagan una sola, tibia, a la misma temperatura del líquido que corre dentro del cuerpo, todo eso se convierte en un placer supremo. Es así la restricción, convierte las cosas de siempre en gemas. Sin la sed no habría nada de seductor en el sonido de un chorro transparente llenando un vaso, sin el calor que ciñe su corset en verano no sería tan mágica la zambullida, el desplazamiento del agua hacia los bordes de una pileta, la brazada que impulsa y permite volver a sentir el bochorno antes de hundirse otra vez.
Exceso y restricción son los pasos de la danza del agua. Del frío intenso del baño transpirado en el que debemos desnudarnos al sopor del agua que enrojece la piel y espesa la sangre. De la sed al estruendo de la glotis subiendo y bajando en la garganta mientras el agua la pone a danzar como el mejor remedio, el que nunca falla, el único que sacia. De la tensión del agua transformada en vapor por la temperatura extrema de un sauna a la ducha fría, estimulante, dolorosa como el pinchazo de pequeñas agujas que ponen el cuerpo a andar y estremecerse. ¿En qué consiste si no es en un súbito exceso el poder del agua fría para espantar los últimos jirones de sueño, dispersos por el lavado de la cara, las pestañas hechas pequeños triángulos mojados, la conciencia del día repentina, nítida, como dibujada por una pluma y tinta china?
Del agua venimos, debería decir la oración, y a la tierra vamos. Aunque en la entraña misma de la tierra también el agua haga sus surcos y sus laberintos y arrastre en ellos lo que se pensó destinado al polvo. De agua somos. Más de la tercera parte de cada uno, de cada una, casi todo agua, líquidos, fluidos, materia dúctil, sin forma o mejor, con la forma de aquello que la contiene. Basta herir la piel para que se desborde el agua que llevamos dentro, o se filtre lentamente acarreando con ella la vida misma.
La vida misma depende del agua. El planeta es celeste desde la luna porque está, en su mayor parte, cubierto de agua. Agua que se agita, agua capaz de quedarse con todo lo que los hombres y las mujeres construyen, agua que viene del cielo y agua que se mece en la tierra. La misma y siempre distinta, moviéndose inquieta en busca del llano, del mar, allí donde es posible entrar y salir, dejarse lamer por el contorno de esa masainconcebible, deshecha en espuma, donde nos dejamos caer cuando tenemos el cuerpo cubierto de otra agua que se escapa por los poros, la imagen más perfecta del descanso, saltar sobre las olas, construir castillos que el agua se llevará como se lleva casi todo lo que se le entrega. Las ofrendas de flores en febrero para Iemanjá, la reina del mar, las botellas con mensajes que consuelan a los ahogados, los barquitos de papel en las alcantarillas, la mugre entre el jabón y los dedos, el arcoiris en la estela de las cascadas y en las tardes que fueron de lluvia y el sol hiere y espanta desarmándose en colores, atravesada su luz por el agua para fijarla en el cielo como clavada. O pintada.
Sobre el agua el viento sopla distinto, es más frío, más voraz. Es motor de las naves que se aventuran sobre la piel inquieta del mar o del río. Esa piel que cuando descansa es espejo, primera sorpresa de los antiguos que se descubrieron en su superficie ¿más feos o más bellos de lo que imaginaban? ¿Habrán creído alguna vez que el sol eran dos cuando se espejaba en el agua, que el cielo se había sumergido cuando el arrebol de la tarde tiñe los lagos de rojo, de naranja, de violeta? ¿Habrán descubierto a Ofelia en el mecerse de las algas, dispersas como cabellos, ondeando al mismo ritmo que el agua? ¿Habrán contando los círculos concéntricos que dibujan las gotas de lluvia antes de perder su identidad en las masas de agua? ¿Se habrán bañado bajo las tormentas con la misma algarabía con que lo siguen haciendo los niños en verano, como si hubiera algún placer extra en tener agua arriba y agua abajo, como si el mundo se pudiera poner patas para arriba y seguir siendo el mismo?
Del agua venimos. Del vientre líquido de nuestras madres en donde hemos vivido sumergidos nacemos a este medio seco y hostil donde los ruidos lastiman y la luz dibuja cicatrices en la retina. Al agua volvemos todo el tiempo, agua adentro y agua afuera, agua que limpia y agua que alimenta, que despierta, que arrastra y arrasa, que modela a las montañas y las corta, que empuja las piedras y las desintegra junto a la mano del tiempo, su aliado y su detractor porque cuando está quieta el tiempo la corrompe, como a todo lo demás. Y la extingue, dicen ahora, aunque el responsable no sea el tiempo sino la mano que ensucia, que explota, que agobia, la mano de los hombres y las mujeres que todavía no han aprendido a fabricarla aunque puedan recitar su fórmula casi desde el mismo momento en que aprenden a leer: H2O. Tenemos los elementos, pero no podemos unirlos, sólo queda la resignación de encontrarla donde habita desde siempre: en los laberintos de la tierra, los ríos que buscan al mar, en el mar. En la sal de las lágrimas, en el cielo que a veces se derrama, en el milagro de los grifos que a veces cantan y otras veces lloran pero llenan las manos y limpian, y alimentan y despejan los ojos de los jirones del sueño.
Monday, January 23, 2006
LA NENA ESCRIBE...VENDE Y MORALIZA!!!!!!!!!!
“Mirá las noticias y agradecé que no te haya alcanzado algo tan terrible como un tsunami. ¡Siempre hay alguien peor que vos!” “Encontrá tiempo para estar solo. Disfrutá tu película o libro favoritos.” “Cuando te levantes mirate al espejo y decí en voz alta: ‘¡Soy mejor y mejoro cada día!’.” Se supone que las frasecitas salieron de la pluma, o mejor dicho del teclado del último boom en ventas de Gran Bretaña. Porque la autoayuda en este mundo moderno y rapaz nunca pasa de moda, pero después de los escandaletes de grandes sabios del joie de vivre como Paulo Coelho y (nuestro más modesto pero no por ello menos iluminado) Jorge Bucay, y especialmente de después de tanto chongo y tan poca chica vení-que-te-enseño-a-vivir, la industria bestsellerística encontró otra vuelta de página a sus finanzas. La novedad que ha venido a revitalizar el sector se llama Libby Rees, tiene, ni más ni menos, 10 años, una andanada de lecciones por brindar, y una triste historia de vida que comenzó cuando tenía sólo 7 y sus padres se divorciaron y tuvo final feliz con Help, hope & happiness (Ayuda, esperanza y felicidad). Dice la leyenda que la aventura de escribir se desató cierto día al regreso de un paseo por el bosque en compañía de su madre: Libby se declaró triste por los vericuetos del divorcio; dijo: “Si cada vez que tiro un palo para que el perro lo persiga pienso que tiro lejos algo que me molesta, todas mis angustias desaparecerán”. Y la madre, preocupada por estimular a su inquieta primogénita, la alentó a tipear sus pensamientos, navegar por Internet hasta encontrar una agente literario y así las cosas hasta que Aultbea Publishing la convenció de firmar contrato con la nena. No por uno, sino por tres libros en total. No se saben a ciencia cierta los números. Claro que las malas lenguas reparan en algunos detalles: que la nena menciona La sociedad de los poetas muertos aunque nunca vio la película (habla, en realidad, de las implicancias filosóficas del carpe diem), que es para reponerse de los divorcios ajenos pero nunca habla de la separación de papá y mamá (que algunas sugerencias suenan excesivamente maduras) y otras sutilezas del estilo. Será que la gente es mala y comenta. Será que nadie le cree a la chicuela cuando dice: “Estuve triste... pero las ideas de mi libro me ayudaron”.
agradecimiento a la autora !
“Mirá las noticias y agradecé que no te haya alcanzado algo tan terrible como un tsunami. ¡Siempre hay alguien peor que vos!” “Encontrá tiempo para estar solo. Disfrutá tu película o libro favoritos.” “Cuando te levantes mirate al espejo y decí en voz alta: ‘¡Soy mejor y mejoro cada día!’.” Se supone que las frasecitas salieron de la pluma, o mejor dicho del teclado del último boom en ventas de Gran Bretaña. Porque la autoayuda en este mundo moderno y rapaz nunca pasa de moda, pero después de los escandaletes de grandes sabios del joie de vivre como Paulo Coelho y (nuestro más modesto pero no por ello menos iluminado) Jorge Bucay, y especialmente de después de tanto chongo y tan poca chica vení-que-te-enseño-a-vivir, la industria bestsellerística encontró otra vuelta de página a sus finanzas. La novedad que ha venido a revitalizar el sector se llama Libby Rees, tiene, ni más ni menos, 10 años, una andanada de lecciones por brindar, y una triste historia de vida que comenzó cuando tenía sólo 7 y sus padres se divorciaron y tuvo final feliz con Help, hope & happiness (Ayuda, esperanza y felicidad). Dice la leyenda que la aventura de escribir se desató cierto día al regreso de un paseo por el bosque en compañía de su madre: Libby se declaró triste por los vericuetos del divorcio; dijo: “Si cada vez que tiro un palo para que el perro lo persiga pienso que tiro lejos algo que me molesta, todas mis angustias desaparecerán”. Y la madre, preocupada por estimular a su inquieta primogénita, la alentó a tipear sus pensamientos, navegar por Internet hasta encontrar una agente literario y así las cosas hasta que Aultbea Publishing la convenció de firmar contrato con la nena. No por uno, sino por tres libros en total. No se saben a ciencia cierta los números. Claro que las malas lenguas reparan en algunos detalles: que la nena menciona La sociedad de los poetas muertos aunque nunca vio la película (habla, en realidad, de las implicancias filosóficas del carpe diem), que es para reponerse de los divorcios ajenos pero nunca habla de la separación de papá y mamá (que algunas sugerencias suenan excesivamente maduras) y otras sutilezas del estilo. Será que la gente es mala y comenta. Será que nadie le cree a la chicuela cuando dice: “Estuve triste... pero las ideas de mi libro me ayudaron”.
agradecimiento a la autora !
MI HOMBRE CIRULAXIA (GRACIAS P.12!)
El otro día me quedé pensando en la línea 108, y pensé que era una injusticia que el gobierno de la Ciudad haga de todo, menos algo por nosotras. ¿Qué quiero decir? Imagínense, queridas mías, una línea 108 que nos provea del hombre necesario para ser feliz. Sí, así como lo leyeron. Por ejemplo:
Línea 169
Ninguna mujer indigente de amor en la ciudad.
Ninguna mujer en garras de un hombre vil o mandón.
A que suena bien, a que las líneas reventarían. Una podría pedir las características deseadas, y una gran computadora analizadora de atributos masculinos se encargaría de darnos el espécimen necesario. Elegiríamos todo: color de pelo, cantidad de neuronas, color de ojos, atributos sexuales, gustos, obsesiones (para desarrollar nuestra partecita patética). Quiero, sí, una línea 169 para lograr el hombre necesario.
Y así sería muy divertido escuchar los pedidos y las ofertas que van saliendo y entrando. Gordos, flacos, barbudos, lampiños, maricones (porque, en el fondo, a muchas nos encantan los maricones, son la combinación equilibrada y perfecta de lo masculino con una amiga confidente y divertida), uno increíblemente amable y cero egoísta que nos espere siempre a que acabemos, otro que nos llene de besos todo el tiempo, aquel que nos saque a bailar Te tengo bajo mi piel de Frank Sinatra en boxer blanco mientras prepara una cena de exquisito sabor afrodisíaco, alguno que se dé cuenta de que nos compramos un vestido nuevo o nos cortamos el pelo, el que nos traiga una rosa roja cada vez que sale del trabajo y venga a dárnosla corriendo: el hombre perfecto. Eso sí: tendría que existir el derecho al reclamo, porque no nos van a decir que nos lo dan de por vida; eso sería un gran engaño, seguiríamos con más de lo mismo.
Podríamos ir probando –¿viste que una va cambiando?–, depende del día, depende de si estás con el período, o de si hace días que no vas a al baño. Y ahora que digo eso del baño... porque les cuento que soy de tránsito lento, como dicen en las publicidades de la tele, aunque para otras cosas transite muy rápido... sería así como “el hombre laxante”, ése que te mantiene relajada, sin dolor de cabeza y sin panza. ¡Así lo quiero: el hombre cirulaxia!
¡Sí, chicas! Si votamos, tenemos derechos. Exijamos a nuestros gobernantes que queremos eso. Si estamos felices (con un hombre al lado), hacemos todo mejor, aunque lo neguemos: somos mejores madres, mejores amigas, mejores en el trabajo. Aunque se me enojen las feministas, es cierto, o sea, me explico: si una está bien en el amor, quiero decir, elijas lo que elijas a nivel sexo, etcétera.
Imagínense si pudiéramos tener más de uno, algo así como un-hombre-con-repuesto: depende del día, de lo que creamos necesario, estarían en el placard, colgados de unas perchitas de diseño italiano. Y así nuestro corazoncito diría, mientras hojeamos un gran catálogo: “Mandame uno igualito a Brad Pitt”, o a Matt Dillon, o, en el caso de ser más latina, a Antonio Banderas, o a uno que me sirva de guardaespaldas como Osvaldo Laport pero con taparrabos puesto y que se corte ese pelo, por favor.
Ay, ya sé, es sólo un sueño. Aunque a veces los sueños se cumplen... ¿O los sueños, sueños son? ¿Será cierto?
El otro día me quedé pensando en la línea 108, y pensé que era una injusticia que el gobierno de la Ciudad haga de todo, menos algo por nosotras. ¿Qué quiero decir? Imagínense, queridas mías, una línea 108 que nos provea del hombre necesario para ser feliz. Sí, así como lo leyeron. Por ejemplo:
Línea 169
Ninguna mujer indigente de amor en la ciudad.
Ninguna mujer en garras de un hombre vil o mandón.
A que suena bien, a que las líneas reventarían. Una podría pedir las características deseadas, y una gran computadora analizadora de atributos masculinos se encargaría de darnos el espécimen necesario. Elegiríamos todo: color de pelo, cantidad de neuronas, color de ojos, atributos sexuales, gustos, obsesiones (para desarrollar nuestra partecita patética). Quiero, sí, una línea 169 para lograr el hombre necesario.
Y así sería muy divertido escuchar los pedidos y las ofertas que van saliendo y entrando. Gordos, flacos, barbudos, lampiños, maricones (porque, en el fondo, a muchas nos encantan los maricones, son la combinación equilibrada y perfecta de lo masculino con una amiga confidente y divertida), uno increíblemente amable y cero egoísta que nos espere siempre a que acabemos, otro que nos llene de besos todo el tiempo, aquel que nos saque a bailar Te tengo bajo mi piel de Frank Sinatra en boxer blanco mientras prepara una cena de exquisito sabor afrodisíaco, alguno que se dé cuenta de que nos compramos un vestido nuevo o nos cortamos el pelo, el que nos traiga una rosa roja cada vez que sale del trabajo y venga a dárnosla corriendo: el hombre perfecto. Eso sí: tendría que existir el derecho al reclamo, porque no nos van a decir que nos lo dan de por vida; eso sería un gran engaño, seguiríamos con más de lo mismo.
Podríamos ir probando –¿viste que una va cambiando?–, depende del día, depende de si estás con el período, o de si hace días que no vas a al baño. Y ahora que digo eso del baño... porque les cuento que soy de tránsito lento, como dicen en las publicidades de la tele, aunque para otras cosas transite muy rápido... sería así como “el hombre laxante”, ése que te mantiene relajada, sin dolor de cabeza y sin panza. ¡Así lo quiero: el hombre cirulaxia!
¡Sí, chicas! Si votamos, tenemos derechos. Exijamos a nuestros gobernantes que queremos eso. Si estamos felices (con un hombre al lado), hacemos todo mejor, aunque lo neguemos: somos mejores madres, mejores amigas, mejores en el trabajo. Aunque se me enojen las feministas, es cierto, o sea, me explico: si una está bien en el amor, quiero decir, elijas lo que elijas a nivel sexo, etcétera.
Imagínense si pudiéramos tener más de uno, algo así como un-hombre-con-repuesto: depende del día, de lo que creamos necesario, estarían en el placard, colgados de unas perchitas de diseño italiano. Y así nuestro corazoncito diría, mientras hojeamos un gran catálogo: “Mandame uno igualito a Brad Pitt”, o a Matt Dillon, o, en el caso de ser más latina, a Antonio Banderas, o a uno que me sirva de guardaespaldas como Osvaldo Laport pero con taparrabos puesto y que se corte ese pelo, por favor.
Ay, ya sé, es sólo un sueño. Aunque a veces los sueños se cumplen... ¿O los sueños, sueños son? ¿Será cierto?
Monday, January 9, 2006
Corre Diana hacia la nada
Diana, la conflictuada, no tiene otro registro de ella que aquel de haber corrido siempre tras la zanahoria. Nunca la alcanzó, tampoco está segura si le gustan las hortalizas, sobre todo las metafóricas. Sólo corre desaforada detrás de un porvenir que se aleja, el cansancio le enturbia el futuro. Tiene hoy 22 años, ninguna aventura, pocas amigas, las que recluta por descarte. Antes, después y adentro, la figura de su madre Elida, de quien heredó el pelo rojizo, los anteojos, las manías, las dietas y la ansiedad.
Tampoco registra vacaciones dedicadas al ocio, a la fiaca, al simple placer de no hacer nada. Elida se encargó de elegirle colegios, laboratorios, idiomas, museos, según ella la mejor preparación para el resto de la vida. Diana cumplió el mandato a costa de los últimos racimos de su módica felicidad: quedó de lado, ajena a la travesura, incapaz de la más mínima transgresión.
Cursó el Pellegrini, no tuvo aplazos ni anécdotas. Por supuesto que no fue a Bariloche, no la mantearon, no la aplaudieron ni le pidieron auxilio: su obsesión intimidaba, su madre también. Estudiaba los sábados y domingos para el parcial de fin de mes y, a fin de mes, para los exámenes de noviembre. Estudió los diciembres para varios abriles y así, mansamente, se le derramaron los irrepetibles años.
Quería estudiar cine, terminó siendo escribana. Diana, linda a pesar de ella, les pone flit a los tipos divertidos, se enoja a veces con los cuentos calientes de sus amigas, ignora que las envidia. Lo peor es que Elida tampoco está feliz, ahora la insta a estudiar chino, dice que será el idioma comercial del mundo. En su trabajo, Diana conoció a un filósofo al que, también, le gustaba el cine. Han fijado fecha para fijar fecha.
Pero no descansa, trabaja los sábados para el ajuar y los domingos para iniciar un fideicomiso para el primer hijo que tendrá en 2007. Ya encontrará entonces una excusa para seguir asesinando al ocio.
Diana, la conflictuada, no tiene otro registro de ella que aquel de haber corrido siempre tras la zanahoria. Nunca la alcanzó, tampoco está segura si le gustan las hortalizas, sobre todo las metafóricas. Sólo corre desaforada detrás de un porvenir que se aleja, el cansancio le enturbia el futuro. Tiene hoy 22 años, ninguna aventura, pocas amigas, las que recluta por descarte. Antes, después y adentro, la figura de su madre Elida, de quien heredó el pelo rojizo, los anteojos, las manías, las dietas y la ansiedad.
Tampoco registra vacaciones dedicadas al ocio, a la fiaca, al simple placer de no hacer nada. Elida se encargó de elegirle colegios, laboratorios, idiomas, museos, según ella la mejor preparación para el resto de la vida. Diana cumplió el mandato a costa de los últimos racimos de su módica felicidad: quedó de lado, ajena a la travesura, incapaz de la más mínima transgresión.
Cursó el Pellegrini, no tuvo aplazos ni anécdotas. Por supuesto que no fue a Bariloche, no la mantearon, no la aplaudieron ni le pidieron auxilio: su obsesión intimidaba, su madre también. Estudiaba los sábados y domingos para el parcial de fin de mes y, a fin de mes, para los exámenes de noviembre. Estudió los diciembres para varios abriles y así, mansamente, se le derramaron los irrepetibles años.
Quería estudiar cine, terminó siendo escribana. Diana, linda a pesar de ella, les pone flit a los tipos divertidos, se enoja a veces con los cuentos calientes de sus amigas, ignora que las envidia. Lo peor es que Elida tampoco está feliz, ahora la insta a estudiar chino, dice que será el idioma comercial del mundo. En su trabajo, Diana conoció a un filósofo al que, también, le gustaba el cine. Han fijado fecha para fijar fecha.
Pero no descansa, trabaja los sábados para el ajuar y los domingos para iniciar un fideicomiso para el primer hijo que tendrá en 2007. Ya encontrará entonces una excusa para seguir asesinando al ocio.
Thursday, January 5, 2006
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