
Viole cumplio hace poco 5 años! y Luni cumple ya 4 meses dentro de dos dias!!!!!
Una imagen vale mas que mil palabras...eso dicen Las palabras se las lleva el viento...eso dicen Palabras con imágenes es un camino completo sin duda

El roce de tu mejilla
sentir tu respiración
besos en un latido.
Mientras nos abrazamos
Me susurras al oído
me envuelves en tus brazos
me arrebujo en tu abrazo.
Mientras nos abrazamos.
Suena una música
no la escucho
envuelta en ti.
me estremezco
me emociono
me turbo
Tiemblo
Tirito
Vibro
Se para el tiempo.
Mientras nos abrazamos.

Un recuerdo, una bocanada de aire (casi) primaveral.
Es através de una ventana en movimiento que se siente cómo ese aire te pega en la cara.....
Dos copas. La tuya y la mia.
Ni una palabra. No hacian falta.
Tan sólo la evocación...sólo???!!!
El (tu) recuerdo, la (tu) presencia, la (tu) presencia aún en la (tu) ausencia... la más embriagadora...embriagante bocanada de aire....y de vida!

COSAS.....THINGSNo me interesa lo que haces para ganarte la vida.
ODA A LAS COSAS AMO las cosas loca,
locamente.
Me gustan las tenazas,
las tijeras,
adoro
las tazas,
las argollas,
las soperas,
sin hablar, por supuesto,
del sombrero.
Amo
todas las cosas,
no sólo
las supremas,
sino
las
infinita-
mente
chicas,
el dedal,
las espuelas,
los platos,
los floreros.
Ay, alma mía,
hermoso
es el planeta,
lleno
de pipas
por la mano
conducidas
en el humo,
de llaves,
de saleros,
en fin,
todo
lo que se hizo
por la mano del hombre, toda cosa:
las curvas del zapato,
el tejido,
el nuevo nacimiento
del oro
sin la sangre,
los anteojos,
los clavos,
las escobas,
los relojes, las brújulas,
las monedas, la suave
suavidad de las sillas.
Ay cuántas
cosas
puras
ha construido
el hombre:
de lana,
de madera,
de cristal,
de cordeles,
mesas
maravillosas,
navíos, escaleras.
Amo
todas
las cosas,
no porque sean
ardientes
o fragantes,
sino porque
no sé,
porque
este océano es el tuyo,
es el mío:
los botones,
las ruedas,
los pequeños
tesoros
olvidados,
los abanicos en
cuyos plumajes
desvaneció el amor
sus azahares,
las copas, los cuchillos,
las tijeras,
todo tiene
en el mango, en el contorno,
la huella
de unos dedos,
de una remota mano
perdida
en lo más olvidado del olvido.
Yo voy por casas,
calles,
ascensores,
tocando cosas,
divisando objetos
que en secreto ambiciono:
uno porque repica,
otro porque
es tan suave
como la suavidad de una cadera,
otro por su color de agua profunda,
otro por su espesor de terciopelo.
Oh río
irrevocable
de las cosas,
no se dirá
que sólo
amé
los peces,
o las plantas de selva y de pradera,
que no sólo
amé
lo que salta, sube, sobrevive, suspira.
No es verdad:
muchas cosas
me lo dijeron todo.
No sólo me tocaron
o las tocó mi mano,
sino que acompañaron
de tal modo
mi existencia
que conmigo existieron
y fueron para mí tan existentes
que vivieron conmigo media vida
y morirán conmigo media muerte.
Mi padre siempre se quejaba de mi mala letra. Su letra de contador, casi de imprenta, era medida, cuidada, llena de pequeños ganchitos que luego noté también había usado, muchos años antes, en el Diario de Guerra del batallón 12 del Real Regimiento de Liverpool, escrito en las trincheras de 1918, cuando él tenía 19. En comparación, mi letra era desprolija y con los años se va poniendo peor. Mis cuadernos de la guerra civil libanesa, con muchos informes garabateados en 1976 y 1977, todavía son legibles. Pero hoy en día vuelvo de una entrevista y me encuentro con horror con que no escribí palabras sino la representación de palabras, entrecortadas con partecitas de taquigrafía Pitman y, por supuesto, le echo la culpa a la computadora. Con un instrumento que puede correr casi a la velocidad de la imaginación, es indignante volver al manuscrito, que simplemente no llega a la velocidad del pensamiento.
Entonces, fue un alivio visitar el otro día el Musée des Lettres et Manuscrits de París y encontrarme con que los grandes y los genios también escribieron con furia y tristeza y, a menudo, con muy mala letra. Me impresionó mucho la letra de Napoleón, una mano militar y obstinada que a veces firmaba “Nap”. Churchill dibujaba chanchitos en las cartas a su mujer. A los grandes artistas les encantaba cubrir sus cartas de dibujitos y Jean Cocteau, notable, solía cubrirlas de caritas asombradas. Mati-sse le escribió en marzo de 1943 a Martin Fabiani con un boceto de una chica leyendo el diario. Gauguin hizo una vez un enorme pomo de pintura al pie de una carta. Esto me recordó una escena terrible que había visto en Hebrón en 2001, cuando una turba de palestinos linchó a tres colaboracionistas y los colgó semidesnudos de postes de alumbrado. Fue una visión tan sucia que la boceteé en mi cuaderno: sólo después pude volver a abrirlo y describir en mi nota en The Independent las imágenes que había dibujado.
Se supone que la letra exhibe el carácter –la mía es atropellada, irregular y apurada–, pero noté que la letra de Catalina de Médici a veces se desdibujaba, despareja, y que la de Robespierre era casi ilegible.
Hay algo dolorosamente humano en eso de leer las cartas de héroes muertos hace tanto... Sus intentos de humor tantas veces fallidos, su tono seudojuvenil raramente resisten bien el paso del tiempo. El 13 de noviembre de 1930, el piloto Shaw –también conocido como Lawrence de Arabia– le escribió al antropólogo norteamericano Henry Field –muerto en 1986– para combinar de encontrarse en Plymouth para hablar de asuntos árabes. Su carta, pude notar, fue escrita con letra simple y escolar, sus íes curvadas en la punta, las letras de cada palabra unidas con prolijidad. “Querido Sr. Field. Espero que sea colosalmente rico, así el costo de venir hasta la miserable Plymouth –el último o el primer pueblo en Inglaterra, dependiendo del hemisferio del que se venga– no le va a pesar demasiado. Yo soy un fraude en todo lo que sea el Medio Oriente y la arqueología. Años atrás me dediqué a ambos y logré un nivel aceptable de conocimiento, pero la guerra me dio una sobredosis y hace nueve años volví confortablemente a las filas de la fuerza aérea, sin que nada fuera de ella me interese desde entonces. Nueve años es tiempo suficiente como para dejarme obsoleto pero, todavía no como para que mis ideas sean arcaicas e interesantes. Además, ya olvidé todo lo que alguna vez supe.”
Pobre Lawrence, siempre tirándose para abajo. Primero pensé que se describía como un amigo del Medio Oriente pero no, realmente no, se definía como un fraude y su carta sigue con el consejo de que Field lo ubique en la estación de Plymouth, entre la multitud. “Busque una criatura pequeña y avejentada en un uniforme verdiazul con botones de bronce, como un empleado del automóvil club o un motorista de tranvía, sólo que más menudo y desprolijo.”
En el museo francés hay ahora una muestra sobre el “Titanic”, que se hundió el día que mi padre cumplía 13 años, un estremecedor telegrama que cuenta la muerte de Thomas Stead, uno de los grandes periodistas de la época. Con la letra compacta y oficial del empleado de correos, expresa que con “sinceras condolencias” queda en claro que “ya no hay ninguna esperanza” de que Stead figure entre los sobrevivientes. “No hay ninguna esperanza”, es siempre algo final, pero ese “ya”, lapidario, debe haber dejado mudos a los destinatarios.
Luego está el relato de náufrago de Helen Churchill Condee, notas de una sobreviviente escritas poco después de la tragedia en párrafos de a rato sorprendentemente breves, como si el barco se estuviera hundiendo de nuevo en su cabeza mientras ella escribía. “Estaba en mi baño lista a tomar un baño caliente. La música de los motores era un golpeteo y una canción, ritmo y armonía. Entonces vino el golpe. La imagen mental fue el momento en que el arca tocó el monte Ararat. El impacto se dio por debajo de mí. Me hizo caer. Habíamos chocado contra una montaña en pleno mar, una montaña no descubierta. Debe ser eso.”
“Abrí la puerta de mi camarote y noté dos o tres cosas siniestras: un silencio absoluto, la luz intensa del salón de baile, la total ausencia de cualquier presencia humana.” En páginas posteriores, la letra de Condee comienza a descontrolarse y ella hace correcciones con su lapicera mientras describe desde el bote salvavidas el final del “Titanic”. “Lo que queda de la cubierta se inclina agudamente a proa y en ese espacio que se achica se amucha la compacta multitud que espera la muerte con el coraje trascendente y la pena que han mostrado ya por dos horas”.
“Espero el final como en trance. Es inevitable. Quiera Dios demorarlo. No, que en Su misericordia lo acelere.”
“Finalmente, el fin del mundo” (en el manuscrito, la f de fin y la m de mundo están subrayadas). “Sobre las aguas queda apenas un gran gemido, como el de un ser al que la agonía final le arrancara un solo sonido.” Hay tachaduras en el texto, palabras cambiadas como haría un compositor buscando el final de una ópera trágica. Condee tenía doce años cuando se hundió el “Titanic”, uno menos que mi padre. Su letra es extrañamente similar, con las mismas curvas y tes decoradas, como si fuera necesario decorar las letras con que se escribe. Supongo que la laptop terminó con todo eso. Ya es raro recibir una carta manuscrita, aunque cada tanto alguien escribe en una vieja y fiel máquina. Ahora, nuestra imaginación vuela a la velocidad de la web. Y es bueno que mi padre no pueda ver la letra que me sale hoy en día...
* De The Independent, de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Peter Sloterdijk
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Este es mi homenaje a todos los amores, el amor! y unas frases que tome prestadas de una querida amiga, gracias Nadu! espero note enojes que me preste tus hermosas frases
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Problema del cronómetro y las infinitas monedas
Gracias a Adrián Paenza dueño del texto y a pagina12 quien ni sabe que me lo presto)
La mejor manera de desafiar la intuición, provocar al cerebro, entrar en conflicto con la lógica, es plantear un problema que involucre al infinito. O mejor dicho, que involucre a conjuntos infinitos. Al mismo tiempo, estos casos suelen activar una catarata de respuestas contradictorias, de debates internos que muestran, una vez más, la riqueza de nuestro intelecto, al que no siempre aprovechamos ni entrenamos.
Le propongo entonces pensar lo siguiente: supongamos que usted tuviera infinitas monedas. (Sí, ya sé: infinitas monedas no hay, pero éste es un problema que requiere "estirar" la imaginación hasta ese lugar... ¿Se anima?) Supongamos que en un habitación está usted con un amigo y que entre los dos tuvieran infinitas monedas.
Como las monedas son todas iguales (digamos de un peso), ustedes les pusieron un "número" a cada una y las ordenaron en forma creciente (o sea, primero la número 1, luego la 2, la 3, etcétera). Además, en la habitación hay:
a) una caja enorme (en donde uno de ustedes va a empezar a colocarlas; y b) un cronómetro.
El proceso que va a empezar ahora es el siguiente: yo hago arrancar un cronómetro, que empieza en la posición cero y dará una vuelta hasta llegar a cubrir 60 segundos (un minuto). Usted tiene 30 segundos para colocar en la caja las monedas numeradas del 1 al 10. Una vez hecho esto, su amigo retira la moneda que lleva el número 1. Ahora les quedan sólo 30 segundos en el reloj y nos empezamos a apurar. En la mitad del tiempo que les queda, o sea, en los siguientes 15 segundos, usted coloca en la caja las monedas del 11 al 20 y, rápidamente, su amigo retira de la caja la moneda que lleva el número 2. Ahora quedan 15 segundos antes de que se cumpla el minuto.En la mitad de ese tiempo (o sea, 7 segundos y medio), usted tiene que colocar en la caja las monedas numeradas del 21 a la 30, y su amigo retirará entonces de la caja la moneda número 3.Y así continúa el proceso indefinidamente: usted usa la mitad del tiempo que queda hasta completar el minuto para ir colocando diez monedas por vez en la caja, y su amigo va retirando (en forma ordenada) una por vez. Por ejemplo, y para ratificar que entendimos el proceso, en el próximo paso, en la mitad del tiempo que queda (tres segundos y tres cuarto) usted coloca en la caja las monedas numeradas del 31 al 40 y su amigo retira la moneda número 4.
Creo que se entiende el procedimiento. En cada paso usamos la mitad del tiempo que nos queda, para ir colocando sucesivamente –y en forma ordenada– diez monedas y vamos sacando, también en forma consecutiva, la moneda que tenga el número más chico. Obviamente, a medida que va avanzando el cronómetro y se va acercando a cumplir con el minuto pautado, tenemos que apurarnos cada vez más. La idea es que cada vez vamos reduciendo el tiempo a la mitad, para colocar 10 monedas y retirar una.
La pregunta que tengo para hacer es la siguiente: una vez terminado el tiempo (o sea, cuando expiraron los sesenta segundos), ¿cuántas monedas hay en la caja?".
Acá es donde lo quiero dejar pensando a usted sola/o. Créame que vale la pena no mirar la solución, para poder disfrutar del placer de pensar. No importa siquiera si la solución a la que llega es correcta o no. En todo caso, lo más importante no es llegar a destino sino aprender a disfrutar del recorrido.
Solución
La tentación es decir, naturalmente, que en la caja hay infinitas monedas. De hecho, después de los primeros 30 segundos, hay 9 monedas, después de los 45, hay 18 monedas. Pasados 52 segundos y medio, hay 27 monedas, y luego de 56 segundos y un cuarto, hay 36 monedas. Es decir, luego del primer tramo, quedaron 9 monedas, después del segundo, 18. Luego del tercero, 27. Luego del cuarto, 36. La idea es que luego de cada parte del proceso aumentamos en nueve la cantidad de monedas. Más aún: si uno "detuviera" el reloj en cualquiera de los pasos, en la caja habría un número de monedas que sería un múltiplo de nueve (¿entiende por qué? Es que en cada paso, ponemos 10 y sacamos 1).
Luego de este razonamiento que acabo de hacer, es esperable que uno tienda a suponer que hay infinitas monedas en la caja cuando termina el proceso. Sin embargo, esto es falso. En realidad, en la caja ¡no quedó ninguna moneda! Veamos por qué. ¿Qué moneda puede haber quedado en la caja? Elija usted un número de moneda cualquiera (claro... como usted no puede, voy a elegir yo, pero lo invito a que haga usted el razonamiento por su cuenta). Por ejemplo, la número 3. ¿Pudo haber quedado la número 3 en la caja? ¡No! Porque ésa fue la que su amigo sacó luego del tercer paso.¿Pudo haber quedado la número 20 dentro de la caja? ¡No! Tampoco ésta, porque luego del paso número veinte, sabemos que esa moneda la sacamos. ¿Podrá ser la número 100? Tampoco, porque luego del centésimo paso, la sacamos a ésta también. Entonces, otra vez: ¿qué moneda quedó dentro de la caja? Como usted advierte, cualquier moneda que usted crea que quedó adentro, tendrá que tener un número (digamos el 147.000), pero justamente, al haber llegado al paso 147.000 seguro que su amigo sacó esa moneda de la caja también.
Moraleja: a pesar de que atenta fuertemente contra la intuición, el hecho de ir sacando las monedas de la forma en la que describí más arriba, garantiza que cuando pase el minuto ¡no quedará ninguna moneda en la caja!