Todas mis chicas

Todas mis chicas
Lilo, Marce, San, Luni y Viole (todas mis chicas)

Thursday, July 26, 2007



Los tres ciegos

Había una vez tres sabios.

Y eran muy sabios. Aunque los tres eran ciegos. Como no podían ver, se habían acostumbrado a conocer las cosas con solo tocarlas.

Usaban de sus manos para darse cuenta del tamaño, de la calidad y de la calidez de cuanto se ponía a su alcance.

Sucedió que un circo llegó al pueblo donde vivían los tres sabios que eran ciegos.
Entre las cosas maravillosas que llegaron con el circo, venía un gran elefante blanco.
Y era tan extraordinario este animal que toda la gente no hacía más que hablar de él.
Los tres sabios que eran ciegos quisieron también ellos conocer al elefante.Se hicieron conducir hasta el lugar donde estaba y pidieron permiso para poder tocarlo.
Como el animal era muy manso, no hubo ningún inconveniente para que lo hicieran.
El primero de los tres estiró sus manos y tocó a la bestia en la cabeza. Sintió bajo sus dedos las enormes orejas y luego los dos tremendos colmillos de marfil que sobresalían de la pequeña boca. Quedó tan admirado de lo que había conocido que inmediatamente fue a contarles a los otros dos lo que había aprendido.
Les dijo:- El elefante es como un tronco, cubierto a ambos lados por dos frazadas, y del cual salen dos grandes lanzas frías y duras.
Pero resulta que cuando le tocó el turno al segundo sabio, sus manos tocaron al animal en la panza.Trataron de rodear su cuerpo, pero éste era tan alto que no alcanzaba a abarcarlo con los dos brazos abiertos.Luego de mucho palpar, decidió también él contar lo que había aprendido. Les dijo:- El elefante se parece a un tambor colocado sobre cuatro gruesas patas, y está forrado de cuero con pelo para afuera.
Entonces fue el tercer sabio, y agarró el animal justo por la cola, se colgó de ella y comenzó a hamacarse como hacen los chicos con una soga. Como esto le gustaba a la bestia, estuvo largo rato divirtiéndose en medio de la risa de todos.
Cuando dejó el juego, comentaba lo que sabía.También él dijo:- Yo se muy bien lo que es un elefante. Es una cuerda fuerte y gruesa, que tiene un pincel en la punta. Sirve para hamacarse. Resulta que cuando volvieron a casa y comenzaron a charlar entre ellos lo que habían descubierto sobre el elefante no se podían poner de acuerdo.
Cada uno estaba plenamente seguro de lo que conocía. Y además tenía la certeza de que sólo había un elefante y de que los tres estaban hablando de lo mismo.
Pero lo que decían parecía imposible de concordar.
Tanto charlaron y discutieron que casi se pelearon.Pero al fin de cuentas, como eran los tres muy sabios, decidieron hacerse ayudar, y fueron a preguntar a otro sabio que había tenido la oportunidad de ver al elefante con sus propios ojos.
Y entonces descubrieron que cada uno de ellos tenía razón.
Una parte de la razón. Pero que conocían del elefante solamente la parte que habían tocado.
Y le creyeron al que lo había visto y les hablaba del elefante entero. En todos los juicios que yo hago sobre ti, hay un juicio sobre mí mismo...
Y ambos son igualmente ciertos o falsos.
Mientras piense que yo estoy en posesión de la verdad y tú no lo estás, crearé separación, desigualdad y estableceré las bases para que el sufrimiento se instale en mi vida.
Lo mismo ocurre si pienso que tú posees la verdad y yo no.
La realidad es que ambos poseemos una parte de la verdad y una parte de ilusión.
Los dos miramos al mismo elefante, pero tú ves la cola y yo veo el tronco.
Cuando se mira por separado, la cola y el tronco parecen que no tienen nada en común. Sólo cuando se ve la totalidad del elefante es cuando la cola y el tronco unidos, cobran sentido.
No importa cuanto me esfuerce, me es imposible ver el significado de tu parte. La cola no comprende ni el porqué, ni la razón del tronco.
La única forma en la que admitiré tu experiencia es aceptarla como cierta, de la misma manera que acepto la mía como tal.
Debo dar la misma credibilidad a tus percepciones que a las mías.
Hasta que no establezcamos esta igualdad, la semilla del conflicto permanecerá entre nosotros. No es necesario que diga que tú tienes razón y que yo estoy equivocado.
No necesito reemplazar mi verdad por la tuya, o vivir mi vida según tus premisas.
Ni tampoco es preciso que diga que tú estás equivocado y que insista en que debes vivir tu vida según mis condiciones.
Estas exigencias provienen de la inseguridad y de la falsa creencia de que, para amarnos los unos a los otros, debemos estar de acuerdo.
No es cierto.
Para amarte debo aceptarte tal y como eres.
Es lo único que debo hacer.
¡Pero eso es mucho!
Aceptarte a ti tal y como eres, es una proposición tan profunda, como aceptarme a mí mismo tal y como soy.
Es una tarea formidable, dada mi poca experiencia en este campo.
Permitir que tengas tu experiencia es el principio.
Aprendo a respetar lo que piensas y sientes incluso cuando no me gusta o no estoy de acuerdo con ello. Incluso aunque me disguste.
En lugar de hacerte responsable del dolor que siento en relación a ti, aprendo a enfrentarme a mi propio dolor.
Mi reacción a tu experiencia -positiva o negativa- me proporciona información sobre mí mismo. El compromiso conmigo mismo y contigo es trabajar con mi propio dolor, no responsabilizarte a ti de él.
Sólo cuando te devuelva el don de tu propia experiencia, sin imponerte mis propios pensamientos y sentimientos sobre ella, te amaré sin condiciones.
Cuando acepte tu experiencia tal cual es, sin sentir la necesidad de cambiarla, te respetaré y te trataré como a un ser espiritual.
Mis pensamientos y sentimientos tienen importancia en sí mismos, pero no como comentarios o acusaciones a tu experiencia.
Al comunicar lo que pienso o siento sin hacerte responsable de mis pensamientos y sentimientos, acepto mi propia experiencia y permito que tú tengas la tuya.
En las relaciones, al igual que en la conciencia, las dos caras de la moneda deben ser aceptadas como iguales.
Una persona no superará el conflicto hasta que la experiencia de ambas haya sido respetada.La cuestión no es nunca el acuerdo, aunque lo parezca.
La cuestión es: ¿Somos capaces de respetar nuestra experiencia mutuamente?
Cuando sentimos que la otra persona nos acepta tal y como somos, tenemos la motivación para adaptarnos el uno al otro.
Adaptarse es hacerle al otro un lugar junto a nosotros; es no imponerse ni que se nos impongan. Una vez que se llega a la adaptación, ambas partes moran juntas.
El hombre y la mujer, el blanco con el negro, el rico con el pobre.
Aceptar nuestras diferencias es honrar la humanidad que tenemos en común, es bendecir mutua y profundamente la experiencia que compartimos.
De modo que la cola y el tronco discutirán hasta ponerse morados y ninguno de los dos ganará la discusión.
Ambas experiencias son igualmente válidas.
Al permitir que esto sea posible, el elefante empieza a cobrar forma.
Al aceptar la validez de tu experiencia sin intentar cambiarla, sin intentar que sea algo más parecida a la mía, mi propia experiencia empezará a adquirir un mayor significado.
Cuando te contemplo como a un igual y no como a alguien que precisa ser educado, reformado o determinado, el significado de nuestra relación se revela por sí mismo.
Cuando se le da la bienvenida a cada parte, el todo empieza a tomar forma y resulta más fácil comprender y apreciar el significado de las partes.
Un mundo que pretende conseguir un acuerdo, encontrará conflicto y sectarismo.
Un mundo que proporciona un espacio seguro a la diversidad, encontrará la unidad esencial para convertirse en entero.
Frente a los opuestos tenemos dos opciones: resistirlos o abrazarlos.
Si los resistimos, provocaremos un conflicto entre el yo y el otro.
Si los aceptamos, los integraremos como agentes dinámicos y originaremos una transformación alquímica en el interior del yo.
Del libro El Despertar Raúl Ferrini"Oración de Gestalt"

Yo soy Yo, Tú eres Tú,Yo hago lo mío, Tu haces lo tuyo.Yo no vine a este mundo a cumplir tus expectativas.Tú no viniste a este mundo a cumplir mis expectativas.
Sí coincidimos, ¡qué hermoso!Pero si no, no hay nada que hacer.Porque Yo soy Yoy Tú eres Tú.

Tuesday, July 24, 2007



alla lejos sin palabras............

Monday, July 23, 2007


Hola Sabbita, bienvenida a mi vida, aunque hace casi 6 meses que nos alegras la vida.........te quiero mucha negrita loquita!!!!!!!!!

Wednesday, February 21, 2007

Peter Sloterdijk
Crítica de la razón cínica (fragmento)
" La neurosis europea ve a la felicidad como su objetivo y el esfuerzo de la razón como su medio para alcanzarla. Esta compulsión tiene que ser superada. Debe renunciarse a la adicción crítica por mejorar las cosas. "

El sol y la muerte (fragmento)
" El hombre es, par excellence, el animal que va más allá de la reacción. Crear arte es sobre-reaccionar, pensar es sobre-reaccionar, casarse es sobre-reaccionar. Todas las actividades humanas decisivas son excesos. Ya desde el principio el caminar erguido del hombre era una hipérbole que no se dejaba encuadrar por completo dentro de las ventajas biológicas de la adaptación. Desde los orígenes, lo que aquí entra en liza es una tendencia a romper los quicios, al exceso. Toda palabra humana no es sino un disparo a lo abierto. "

Talvez movida por demasiada lectura de Michel Houellebecq y sus particulas, me meti a la busqueda de sus Clifden Notes y esto es lo que salio.....medio raro no? Pero si leiste las particulas es pan comido

Sunday, February 18, 2007


RelojesWeb.com


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LA INTELIGENCIA DEL PERRO (del mio....que es este, Ivan...el mas hermoso del mundo, ademas el unico perro que sonrie!) Ivan, te dedico este chiste....aunque no estes fisicamente mas entre nosotros, y sienta mas que nunca tu falta, te extraño horrores, te amo para siempre mi unico amado perrin, se que te vas a reir de este chiste como siempre te reias, con tu hermosa sonrisa perruna!
Estaban un ingeniero, un contador, un químico, un experto en informática y un empleado público alardeando sobre la inteligencia de sus perros.

El ingeniero llamó a su perro: -Escalímetro, haz tu rutina!...
Escalímetro trotó hasta un escritorio, agarró un papel y rápidamente dibujó un círculo, un cuadrado y un triángulo. Todos admitieron que esto era casi increíble.
Entonces, el contador dijo que su perro podía hacer algo mejor y lo llamó:
-Formulario, haz tu rutina!"...
Formulario fue hasta la cocina y volvió con una docena de galletas.
Las dividió en 4 pilas iguales de 3 galletitas cada una. Todos admitieron que eso era genial.
Pero el químico dijo que su perro podía hacer algo aún mejor:
-Cuántico, haz tu rutina!...
Cuántico se levantó, caminó hasta la heladera, tomó un litro de leche, agarró un vaso mediano y lo llenó completamente de leche sin regar ni una gota. Todos
aceptaron que esto era muy impresionante.
El experto en informática sabía que podía ganarles a todos.
-Megabyte, hazlo!...
Megabyte atravesó el cuarto, encendió la computadora, controló si tenia virus, mejoró el sistema operativo, mandó un e-mail e instaló un jueguito excelente...!!!
Todos sabían que esto era muy difícil de superar así que miraron al empleado público y le dijeron: -Y su perro, ¿que puede hacer?

El empleado público llamó a su perro y dijo: -Sindicato, haz tu rutina! .
Sindicato se paró de un salto, se comió las galletas, se tomó la leche, borró todos los archivos de la computadora, acosó sexualmente a los otros cuatro perros,
después alegó que al hacer esto se había lastimado la espalda, e interpuso una denuncia por condiciones insalubres de trabajo, reclamó un aumento de sueldo y se fue a su casa con licencia de seis meses por enfermedad!!! elojesWeb.com

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Wednesday, February 14, 2007

Este es mi homenaje a todos los amores, el amor! y unas frases que tome prestadas de una querida amiga, gracias Nadu! espero note enojes que me preste tus hermosas frases
CITAS Y FRASES DE AMOR
Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única.

Borges, Jorge Luis
No existe el amor, sino las pruebas de amor, y la prueba de amor a aquel que amamos es dejarlo vivir libremente.
Anónimo
El amor es: el dolor de vivir lejos del ser amado.
Anónimo
Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección.
de Saint-Exupery, Antoine
Todos los problemas tienen la misma raíz: el miedo, que desaparece gracias al amor; pero el amor nos da miedo. Anónimo
Es una locura amar, a menos de que se ame con locura.
Proverbio latino
El amor es una amistad con momentos eróticos.
Gala, Antonio
No hay disfraz que pueda largo tiempo ocultar el amor donde lo hay, ni fingirlo donde no lo hay. Rochefoucauld, François de la
En asuntos de amor los locos son los que tienen más experiencia. De amor no preguntes nunca a los cuerdos; los cuerdos aman cuerdamente, que es como no haber amado nunca.
Benavente, Jacinto
El verdadero paraíso no esta en el cielo, sino en la boca de la mujer amada.
Gautier, Teófilo
Uno debería estar siempre enamorado. Por eso jamás deberíamos casarnos.
Wilde, Oscar
El camino no es largo cuando amas a quien vas a visitar. Anónimo
¿Si no te quieren como tú quieres que te quieran? ¿qué importa que te quieran?.
Nervo, Amado
El verdadero amor no se conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece. Benavente, Jacinto
Quien bien te quiere te hará llorar.
Refrán
Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal.
Nietzsche, Friedrich Wilhelm
Amor es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad.
Anónimo
El amor, como ciego que es, impide a los amantes ver las divertidas tonterías que cometen.
Shakespeare, William
Cuando se es amado, no se duda de nada. Cuando se ama se duda de todo.Colette
Tan imposible es avivar la lumbre con nieve, como apagar el fuego del amor con palabras.
Shakespeare, William
Al amor lo pintan ciego y con alas. Ciego para no ver los obstáculos y con alas para salvarlos.
Benavente, Jacinto
El amor y la tos no pueden ocultarse
Proverbio italiano
El Amor es el significado ultimado de todo lo que nos rodea. No es un simple sentimiento, es la verdad, es la alegría que está en el origen de toda creación.
Tagore, Rabindranath
Un amante apasionado ama hasta los defectos de la persona a quien ama.
Molière, Jean-Baptiste Poquelin
Pueden amar los pobres, los locos y hasta los falsos, pero no los hombres ocupados.
Donne, John
El deseo muere automáticamente cuando se logra: fenece al satisfacerse. El amor en cambio, es un eterno insatisfecho.
Ortega y Gasset, José
El amor es como el fuego, que si no se comunica se apaga.
Papini, Giovanni
En el verdadero amor no manda nadie; obedecen los dos.
Casona, Alejandro
Es tan corto el amor y tan largo el olvido.
Neruda, Pablo
Enamorarse es sentirse encantado por algo, y algo sólo puede encantar si es o parece ser perfección.
Ortega y Gasset, José
La capacidad de reír juntos es el amor.
Sagan, Françoise
Cuando se está enamorado, comienza uno por engañarse a sí mismo y acaba por engañar a los demás. Esto es lo que el mundo llama una novela.
Wilde, Oscar
El amor del hombre es algo aparte en su vida, mientras que el de la mujer es su existencia entera.
Byron, Lord
El amor, para que sea auténtico, debe costarnos.
Teresa de Calcuta, Madre
El amor tiene un poderoso hermano, el odio. Procura no ofender al primero, porque el otro puede matarte.
Heumer, F.
Puede haber amor sin celos, pero no sin temores.
Cervantes Saavedra, Miguel de
Al principio todos los pensamientos pertenecen al amor. Después, todo el amor pertenece a los pensamientos.
Einstein, Albert
Quien puede decir cuanto ama, pequeño amor siente.
Petrarca, Francesco
La medida del amor es amar sin medida.
San Agustín
La única fuerza y la única verdad que hay en esta vida es el amor. El patriotismo no es más que amor, la amistad no es más que amor.
Martí, José
El amor es un crimen que no puede realizarse sin cómplice.
Baudelaire, Charles
Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay.
Dickinson, Emily
El amor de los jóvenes no esta en el corazón, sino en los ojos.
Shakespeare, William
A fuerza de hablar de amor, uno llega a enamorarse. Nada tan fácil. Esta es la pasión más natural del hombre.
Pascal, Blaise
Existe, en verdad, un magnetismo, o más bien una electricidad del amor, que se comunica por el solo contacto de las yemas de los dedos.
Galiani, Abate
El hombre que no ha amado apasionadamente ignora la mitad más hermosa de su vida. Stendhal
Te quiero, a pesar del tiempo.
Anónimo
El amor es como el fuego; suelen ver antes el humo los que están fuera, que las llamas los que están dentro.
Benavente, Jacinto
Nada es pequeño en el amor. Aquellos que esperan las grandes ocasiones para probar su ternura no saben amar.
Conan, L.
Lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis y, cuando se han curado de la indisposición, se encuentran con que se han casado.
Marx, Groucho
El amor es lo único que crece cuando se reparte.
de Saint-Exupery, Antoine
El hombre en su esencia no debe ser esclavo, ni de si mismo ni de los otros, sino un amante. Su único fin está en el amor.
Tagore, Rabindranath
El amor auténtico se encuentra siempre hecho. En este amor un ser queda adscrito de una vez para siempre y del todo a otro ser. Es el amor que empieza con el amor.
Ortega y Gasset, José
El amor eterno dura 2 o 3 meses
Anónimo
La verdad es que amamos la vida, no porque estemos acostumbrados a ella, sino porque estamos acostumbrados al amor.
Nietzsche, Friedrich Wilhelm
No hay amor más sincero que el amor a la comida.
Shaw, George Bernard
El amor verdadero hace milagros, porque el mismo es ya el mayor milagro.
Nervo, Amado
El amor es como la salsa mayonesa: cuando se corta, hay que tirarlo y empezar otro nuevo. Poncela, Enrique Jardiel
El primer suspiro de amor es el último de la razón
Anónimo
El más poderoso hechizo para ser amado es amar.
Gracián, Baltasar
Si tú me amaras y no te amase, ¡cómo nos amaríamos!.
Geraldy, Paul
No hay hombre tan cobarde a quien el amor no haga valiente y transforme en héroe.
Platón
El amor es como Don Quijote: cuando recobra el juicio es que esta para morir.
Benavente, Jacinto
El amor, tal como se practica hoy en la sociedad, no es más que un intercambio de dos fantasías y el contacto de dos epidermis.
Chamfort, Nicolás-Sebastien Roch
Cuando el amor es feliz lleva al alma a la dulzura y a la bondad.
Hugo, Victor
El amor, a quien pintan, ciego es vidente y perspicaz porque el amante ve cosas que el indiferente no ve y por eso ama.
Ortega y Gasset, José
Estar enamorado significa exagerar desmesuradamente la diferencia entre una mujer y otra.
Karr, Jean Baptiste Alphonse
Amor con amor se paga
Refrán
Amor es el intercambio de dos fantasías y el contacto de dos egoísmos.
Aúguez, Paul
El amor sin admiración solo es amistad.
Sand, George
El amor por la fuerza nada vale, la fuerza sin amor es energía gastada en vano.
Einstein, Albert
El amor físico es un instinto natural, como el hambre y la sed; pero la permanencia del amor no es un instinto.
Maurois, André
Es importante acentuar el papel que juegan sobre el amor la fisonomía y los gestos tales como un beso. Revelan el auténtico ser de la persona que amamos.
Ortega y Gasset, José
Los hombres más capaces de pensar sobre el amor son los que menos lo han vivido; y los que lo han vivido suelen ser incapaces de meditar sobre él.
Ortega y Gasset, José
El amor nace del recuerdo, vive de la inteligencia y muere por olvido.
Llull, Ramón
Es amor bien pobre el que puede evaluarse.
Shakespeare, William
Temed el amor de la mujer más que el odio del hombre.
Sócrates
Amar sin deseo es peor que comer sin hambre.
Picón, J. O.
Quien en zarzas y amores se metiere, entrará cuando quiera, mas no saldrá cuando quisiere.
Plutarco
La perfección del amor es morir por amor.
Rougemont, Denis de
El amor verdadero no espera a ser invitado, antes él se invita y se ofrece primero.
de León, Fray Luis
No ser nada y no amar nada, es lo mismo.
Feuerbach, Ludwig
El amor es una comedia en un sólo acto: el sexual.
Poncela, Enrique Jardiel
El que no ama ya esta muerto.
Schopenhauer, Arthur
El amor es una tontería hecha por dos.
Bonaparte, Napoleón
El amor es la poesía de los sentidos.
Balzac, Honoré de
El amor es un verdadero acceso de fiebre, con la diferencia de que ésta comienza con frío y termina con ardor, mientras que el amor sigue el camino contrario.
Weber, Friedrich
El amor y la amistad se excluyen mutuamente.
Bruyere, Jean de la
El amor es una fuente inagotable de reflexiones: profundas como la eternidad, altas como el cielo y grandiosas como el universo.
Vigny, Alfred Victor de
El amor no es sólo un sentimiento. Es también un arte.
Balzac, Honoré de
El amor es fe y no ciencia.
Quevedo y Villegas, Francisco de
El amor es una bellísima flor, pero hay que tener el coraje de ir a recogerla al borde de un precipicio.
Stendhal
Sustituir el amor propio con el amor de los demás, es cambiar un insufrible tirano por un buen amigo.
Arenal, Concepción
El amor sin admiración sólo es amistad.
Sand, George
La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco. Platón
El amor no sólo debe ser una llama, sino una luz.
Thoreau, Henry David
El verdadero amor es como los espíritus: todos hablan de ellos, pero pocos los han visto. Rochefoucauld, François de la
El amor es el único deporte que no se interrumpe por falta de luz.
Clarasó, Noel
El amor es física y química.
Ochoa, Severo
Espantoso juego del amor, en el cual es preciso que uno de ambos jugadores pierda el gobierno de sí mismo.
Baudelaire, Charles
El amor es un niño grande; las mujeres, su juguete.
Catalina, Severo
El amor y la afición con facilidad ciegan los ojos del entendimiento.
Cervantes Saavedra, Miguel de
El amor crea en la mujer, una mujer nueva; la de la víspera ya no existe al día siguiente.
Balzac, Honoré de
Cuando el amor desenfrenado entra en el corazón, va royendo todos los demás sentimientos; vive a expensas del honor, de la fe y de la palabra dada.
Dumas, Alejandro
Dulce amor el alcanzado con dificultades.
Fields, W. C.
Creo que parte de mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros.
Bioy Casares, Adolfo
El amor compadece, y compadece más cuanto más ama. Unamuno, Miguel deOuida amaba a Lord Lytton con un amor que convirtió la vida de él en un infierno.
Wilde, Oscar
Ir sin amor por la vida es como ir al combate sin música, como emprender un viaje sin un libro, como ir por el mar sin estrella que nos oriente.
Stendhal
El amor es más bien el dios de las sensaciones que el dios de los sentimientos.
Lenclós, Anne de
El amor puede hacerlo todo, y también lo contrario de todo.
Moravia, Alberto
Los platónicos olvidan excesivamente que el amor es una física antes de ser un ensueño.Gourmont,
Remy de
El verdadero amor supone siempre la renuncia a la propia comodidad personal.
Tolstoi, Leon
Si en medio de las adversidades persevera el corazón con serenidad, con gozo y con paz, esto es amor.
Santa Teresa de Jesús
El amor es ciego, pero los vecinos no.
Clarasó, Noel
Es más fácil amar a la humanidad en general que al vecino.
Hoffer, Eric
El dolor es el alimento esencial del amor; cualquier amor que no se haya nutrido de un poco de dolor puro, muere.
Maeterlinck, Maurice
El amor es como la fiebre: nace y se extingue sin que la voluntad tome en ello la menor parte. Stendhal
El amor, más que un poder elemental, parece un género literario. Porque el amor, más que un instinto, es una creación, y aun como creación nada primitiva en el hombre.
Ortega y Gasset, José
Hay amor propio en el amor como hay interés personal en la amistad.
Sand, George
El amor es la actividad del ocioso y el ocio del hombre activo.
Bulwer-Lytton, Edward George
El ser inmóvil mueve como objeto del amor, y lo que él mueve imprime el movimiento a todo lo demás.
Aristóteles
El amor tiene dos momentos deliciosos: el primero y el último; lo malo es el tiempo que transcurre entre ellos.
Clarasó, Noel
El amor es la única cosa de este mundo que no quiere más comprador que a sí mismo. von Schiller, Johann Christoph Friedrich¡
Pobre del amor a quien la fantasía abandona!
Graf, Arturo
Ningún amor es más verdadero que aquel que muere sin haber sido revelado.
Holmes, Oliver Wendell
El amor propio es el peor de los aduladores.
Rochefoucauld, François de la
No hay sentimiento que valga; el amor es una ocupación como otra cualquiera.
Benavente, Jacinto
En el amor hay dos males: la guerra y la paz.
Horacio Flaco, Quinto
Los amores son como las setas, que no sabe uno si son venenosas hasta que ya las ha comido y es demasiado tarde.
Bernard, Tristan
Los suspiros son aire y van al aire. Las lágrimas son agua y van al mar, dime mujer, cuando el amor se olvida, ¿sabes a donde va?.
Bécquer, Gustavo Adolfo
Nadie tiene dominio sobre el amor, pero el amor domina todas las cosas.
Fontaine, Jean de la
Da un poco de amor a un niño y ganarás un corazón.
Ruskin, John
El amor puede ser un pasatiempo y una tragedia.
Duncan, Isadora

Thursday, February 1, 2007


Con permiso de Sastu publico esto

La tecnología termina por cargarse todo o –en realidad– por cagarse en todo. Fíjese si no el caso de los fotógrafos de la rambla de la Bristol. Yo tenía un amigo, Carlos Alberto Lucero –“Foto Cacho”, para la historia– que laburó treinta años en el veredón. En aquella época los fotógrafos andaban con la cámara colgada al cuello y un bastidor con muestras de su laburo, fotos blanco y negro o coloreadas, a veces con personajes famosos, jugadores de fútbol con bigotito, algún cantor irreconocible en malla... Y de noche el fogonazo de los flashes, incluso el magnesio –no sé si se acuerda– que hacía ¡pof! Ahora ése es prácticamente un oficio perdido, como el de los fotógrafos de plaza. Son personajes, como dice el mismo Cacho, “en vías de extinción” y dignos del Animal Channel.
En realidad quedan unos pocos de muestra, pero los turistas en lugar de hacerse sacar fotos por ellos se las sacan con ellos, los usan como parte de paisaje, como los lobos de piedra o el portero de la puerta del Casino. Claro que algunos de los veteranos sobrevivientes parecen hechos de piedra o de madera vieja, carcomida por el mar, todavía con el sombrerito blanco y el nombre bordado adelante: “Foto Tito”, “Foto Rubén”. “Absolutamente impresentables”, como dice Cacho, que se la banca todavía con un ambulante de garrapiñadas. Pero queda lo dicho: los recagó la tecnología.
Claro que no siempre. Al principio, la novedad los benefició. Cuando aparecieron las polaroids, esas cámaras que te daban la foto en el momento, como en las cabinas para sacarse fotos carnet, que fue lo primero, los muchachos de la rambla durante un tiempo la juntaron con pala: los turistas, hartos de que los curraran o de sospechar de que los currarían con el verso del pago adelantado y la entrega de las copias en el hotel que nunca se producía, confiaban más en esa imagen inmediata. Claro que las polaroids eran más caras y no eran fotos buenas. Uno apretaba y al ratito la máquina escupía la imagen, iba saliendo, se coloreaba. Pero para mí –y en eso coincido con Cacho– no eran fotos-fotos, era como un jueguito, como los seamonkeys o el tamagochi... Y fue el comienzo del final. Esas mierdas de las cámaras digitales los terminaron de matar. Hoy cualquiera se saca sus propias fotos. Y así salen, claro.
Con la música pasa algo parecido. Ahora ya no hay que ir a escuchar a un lugar, sino que la gente, los pendejos sobre todo, se la traen puesta. Y para música en vivo están los espontáneos –que de espontáneos no deben tener un carajo esos mafiosos– que se instalan todas las noches en las escalinatas y ahí le dan y le dan, te guste o no. Después pasan la gorra y hacen la diferencia. Son rebusques y no digo que esté mal, pero hay cosas lindas que se han perdido en ese sentido.
Antes, en la punta de la recova de la rambla del Casino que da a la Popular, estaba la Confitería París. Toda una institución. De ahí, cosa que mucha gente no sabe, salió el negro Falucho Burgos, el salsero famoso. En principio, la que recaló en la confitería fue la vieja, Rosa Burgos, que laburaba de ayudante en la cocina y el bar. Distribuía los ingredientes de a puñado por platito, hacía licuados, servía las bochitas de helado de dos gustos, esas boludeces. Y fue ella la que le consiguió el primer laburo al pibe, que por entonces se pasaba todo el día haciendo huevo en Punta Iglesia, apostando en carreras de ida y vuelta a Gancia contra algún porteño engrupido; porque el negrito tenía su lomo y era buen nadador. La cuestión es que el primer trabajo estival de Falucho fue en la París y por gestión de su vieja, que de ese modo y de paso lo vigilaba. De martes a domingos, a las siete de la tarde el pibe se sacaba la arena de las ojotas y se ponía una chaqueta borravino para atender las mesas llenas de turistas gasoleros.
La París ofrecía diariamente en su pequeño escenario una serie de módicas atracciones, un elenco estable al que se sumaban ocasionales artistas de segunda categoría de paso por la ciudad que, tras dar la cara en Canal Ocho y la voz a LU9, se hacían unos pesos en vivo en la París para empatar los números del verano. Entre las formaciones regulares que ocupaban diariamente el escenario de la París estaba la jazz de Armando Blumetti con su crooner Dick Perry, un petiso de bigotitos y voz minúscula. El sobrio Blumetti cultivaba sin énfasis un repertorio de ramos generales sólo limitado por los géneros que no tocaba; el tango, patrimonio del dúo Confalonieri y D’Ecquarta, bandoneón y guitarra que hacían milongas a mil, persiguiéndose como perro y gato; y el tropical, especialidad de Los Cocoteros. Estos movedizos morochos transitaban con entusiasmo la senda abierta por los innovadores Wawancó y alternaban ritmos limpios y machacones contiguos a la cumbia aún no importada con el desparpajo intencionado de “El manotón”, “Cachito no rompas los coquitos” y otras sutilezas. Sonaban bien.
El dueño –no de la confitería pero sí de la gestión del espectáculo que albergaba– era un oficial sobreviviente del “Graff Spee”, el inolvidable “Herr” Beer Mayer. El alemán, distanciado de sus compañeros agrupados desde el desembarco en la cercana Confitería Munich por cuestiones del momento (político), se había independizado, primero para convertirse en un excéntrico musical conocido como “El silbador leporino” y luego como promotor y representante de inmejorables berretadas.
Fue “Herr” Beer el primero en vislumbrar las aptitudes artísticas de Falucho la noche que descubrió que a Los Cocoteros les faltaba un paradójico negro para darle color y credibilidad. Así que le cambió al jovencísimo Falucho el saco por la camisa floreada, le dio un par de vainas de porotos secos para que hiciera “percusión espontánea”, según dijo, y le hizo repetir los coros que ya el joven mozo sabía de memoria de escuchar el repertorio todas las noches. Y ahí empezó todo.
Porque de algún modo todo lo que vino después, hasta el éxito del pibe que lo llevaría a tocar con Tito Puente, arranca de esa noche en que agitando los porotos secos y moviendo la cintura Falucho se sumó desde un costado al célebre estribillo: Colón, Colón... y su hijo Cristobalito. El cambio de chaqueta por camisa tropical y el hecho de trepar esos diez centímetros de escalón que le permitieron subir al escenario fueron gestos definitivos para un vuelco en su vida.
A lo que iba: todo eso hoy no hubiera sido posible con tanto cambio tecnológico. No sé si me explico.





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UN BESO...........

Un beso... no es ese toqueteo de labios de un segundo, de un decibel, de un grado (en la escala del amor), que te doy al salir de casa.
Un beso… no es ese apretón frío, duro, el que sale así, rápido, producto de la premura, del "estoy apurado…"
Un beso… no es ese mirarte sin observarte, sin olerte, sin saborearte, sin sentirte.
Un beso, no es ese choque de pieles protocolar, rígido, castrense, carente de todo calor y emoción.
Un beso... no es ese golpe de labios que gesta una "aparente sonrisa", pero que duele terriblemente, en el corazón.
Un beso, no es ese carbón humeante, casi extinto, sino, todo lo contrario.
Un beso es instinto puro, es indispensable, es aire, es agua, es vida.
Un beso es el canto del alma, es el único y último momento: eres tú.
Un beso es llama y hoguera al mismo tiempo, es divinidad y pecado: es piel.
Un beso es tibieza de corazón, es sólo el tiempo presente, es el único recuerdo que me quiero quedar y llevar de este mundo.
Un beso es una invitación, más que una despedida, es un "aquí estoy", más que un "ya me voy".
Un beso es divina saliva, es poro abierto, es inicio y nunca fin.
Un beso es amarte sin tocarte, es un quererte sin poseerte, es nervio puro, es amar en carne viva.
Un beso, un beso es un nombre!
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Wednesday, October 25, 2006

Problema del cronómetro y las infinitas monedas
Gracias a Adrián Paenza dueño del texto y a pagina12 quien ni sabe que me lo presto)
La mejor manera de desafiar la intuición, provocar al cerebro, entrar en conflicto con la lógica, es plantear un problema que involucre al infinito. O mejor dicho, que involucre a conjuntos infinitos. Al mismo tiempo, estos casos suelen activar una catarata de respuestas contradictorias, de debates internos que muestran, una vez más, la riqueza de nuestro intelecto, al que no siempre aprovechamos ni entrenamos.
Le propongo entonces pensar lo siguiente: supongamos que usted tuviera infinitas monedas. (Sí, ya sé: infinitas monedas no hay, pero éste es un problema que requiere "estirar" la imaginación hasta ese lugar... ¿Se anima?) Supongamos que en un habitación está usted con un amigo y que entre los dos tuvieran infinitas monedas.
Como las monedas son todas iguales (digamos de un peso), ustedes les pusieron un "número" a cada una y las ordenaron en forma creciente (o sea, primero la número 1, luego la 2, la 3, etcétera). Además, en la habitación hay:
a) una caja enorme (en donde uno de ustedes va a empezar a colocarlas; y b) un cronómetro.

El proceso que va a empezar ahora es el siguiente: yo hago arrancar un cronómetro, que empieza en la posición cero y dará una vuelta hasta llegar a cubrir 60 segundos (un minuto). Usted tiene 30 segundos para colocar en la caja las monedas numeradas del 1 al 10. Una vez hecho esto, su amigo retira la moneda que lleva el número 1. Ahora les quedan sólo 30 segundos en el reloj y nos empezamos a apurar. En la mitad del tiempo que les queda, o sea, en los siguientes 15 segundos, usted coloca en la caja las monedas del 11 al 20 y, rápidamente, su amigo retira de la caja la moneda que lleva el número 2. Ahora quedan 15 segundos antes de que se cumpla el minuto.En la mitad de ese tiempo (o sea, 7 segundos y medio), usted tiene que colocar en la caja las monedas numeradas del 21 a la 30, y su amigo retirará entonces de la caja la moneda número 3.Y así continúa el proceso indefinidamente: usted usa la mitad del tiempo que queda hasta completar el minuto para ir colocando diez monedas por vez en la caja, y su amigo va retirando (en forma ordenada) una por vez. Por ejemplo, y para ratificar que entendimos el proceso, en el próximo paso, en la mitad del tiempo que queda (tres segundos y tres cuarto) usted coloca en la caja las monedas numeradas del 31 al 40 y su amigo retira la moneda número 4.

Creo que se entiende el procedimiento. En cada paso usamos la mitad del tiempo que nos queda, para ir colocando sucesivamente –y en forma ordenada– diez monedas y vamos sacando, también en forma consecutiva, la moneda que tenga el número más chico. Obviamente, a medida que va avanzando el cronómetro y se va acercando a cumplir con el minuto pautado, tenemos que apurarnos cada vez más. La idea es que cada vez vamos reduciendo el tiempo a la mitad, para colocar 10 monedas y retirar una.

La pregunta que tengo para hacer es la siguiente: una vez terminado el tiempo (o sea, cuando expiraron los sesenta segundos), ¿cuántas monedas hay en la caja?".

Acá es donde lo quiero dejar pensando a usted sola/o. Créame que vale la pena no mirar la solución, para poder disfrutar del placer de pensar. No importa siquiera si la solución a la que llega es correcta o no. En todo caso, lo más importante no es llegar a destino sino aprender a disfrutar del recorrido.

Solución

La tentación es decir, naturalmente, que en la caja hay infinitas monedas. De hecho, después de los primeros 30 segundos, hay 9 monedas, después de los 45, hay 18 monedas. Pasados 52 segundos y medio, hay 27 monedas, y luego de 56 segundos y un cuarto, hay 36 monedas. Es decir, luego del primer tramo, quedaron 9 monedas, después del segundo, 18. Luego del tercero, 27. Luego del cuarto, 36. La idea es que luego de cada parte del proceso aumentamos en nueve la cantidad de monedas. Más aún: si uno "detuviera" el reloj en cualquiera de los pasos, en la caja habría un número de monedas que sería un múltiplo de nueve (¿entiende por qué? Es que en cada paso, ponemos 10 y sacamos 1).

Luego de este razonamiento que acabo de hacer, es esperable que uno tienda a suponer que hay infinitas monedas en la caja cuando termina el proceso. Sin embargo, esto es falso. En realidad, en la caja ¡no quedó ninguna moneda! Veamos por qué. ¿Qué moneda puede haber quedado en la caja? Elija usted un número de moneda cualquiera (claro... como usted no puede, voy a elegir yo, pero lo invito a que haga usted el razonamiento por su cuenta). Por ejemplo, la número 3. ¿Pudo haber quedado la número 3 en la caja? ¡No! Porque ésa fue la que su amigo sacó luego del tercer paso.¿Pudo haber quedado la número 20 dentro de la caja? ¡No! Tampoco ésta, porque luego del paso número veinte, sabemos que esa moneda la sacamos. ¿Podrá ser la número 100? Tampoco, porque luego del centésimo paso, la sacamos a ésta también. Entonces, otra vez: ¿qué moneda quedó dentro de la caja? Como usted advierte, cualquier moneda que usted crea que quedó adentro, tendrá que tener un número (digamos el 147.000), pero justamente, al haber llegado al paso 147.000 seguro que su amigo sacó esa moneda de la caja también.

Moraleja: a pesar de que atenta fuertemente contra la intuición, el hecho de ir sacando las monedas de la forma en la que describí más arriba, garantiza que cuando pase el minuto ¡no quedará ninguna moneda en la caja!

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Saturday, July 22, 2006


RelojesWeb.com


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Hay artistas que dejan la sangre en su obra. Pero cuando se trata de artesanías domésticas hechas con tampones no es, preferentemente, necesario llegar a tales extremos. Como al final de un programa de bricolage, Radar ofrece algunas de las encantadoras posibilidades que este nuevo arte ofrece. Si esto todo tal bonito esta hecho, de ...........tampones aunque parezca mentira....bueno es algo raro, no solo de palabras profundas vive el hombre.....besitos
RelojesWeb.com


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Wednesday, July 12, 2006

palabras....palabras....palabras....

SOlo una bienvenida para quien/es por primera vez talvez pasen a visitar......no puedo cargar fotos (quien sabe porque?!) desde el acceso rapido...enfin, algunas hay, bienvenida!!!!!!!!!

Friday, June 23, 2006

Paul Auster recuerda a Beckett

Por Paul Auster
Me mudé a París en febrero de 1971, un par de semanas después de cumplir 24 años. Llevaba un tiempo escribiendo poesía, y el camino que desembocaría en mi primera reunión con Beckett comenzó con Jacques Dupin, un poeta cuya obra yo había estado traduciendo desde mis días como estudiante en Nueva York. En París nos hicimos muy amigos, y como Jacques era el director de publicaciones de la Galería Maeght, a través de él conocí a Jean-Paul Riopelle, un pintor franco-canadiense que exponía en la galería. A su vez, a través de Jean-Paul, conocí a Joan Mitchell, la pintora norteamericana que vivía en una casa que había pertenecido a Monet, en el pueblo de Vétheuil. Años antes, Joan había estado casada con Barney Rosset, el fundador y editor de Grove Press, y por eso ella y Beckett se conocían bien. Una noche, hablando de literatura, ella se dio cuenta de la importancia que tenía Beckett para mí, y entonces me miró y me dijo: "¿Te gustaría conocerlo?". "Sí –le respondí–. Por supuesto que me gustaría." "Bueno, entonces escribile una carta –me dijo–. Y decile que yo te dije que lo hicieras."

Me fui a casa y escribí la carta. Tres días después recibí una respuesta de Beckett informándome que me encontrara con él en La Closerie des Lilas la semana siguiente.

No recuerdo qué año era. Puede que haya sido 1972, o incluso 1974. Partamos la diferencia y digamos que fue en 1973.

Lo vi una sola vez después de aquel encuentro –durante una visita a París en 1979–, y a lo largo de los años intercambiamos algunas decenas de notas y cartas. Difícilmente nuestra relación podría clasificarse como amistad, pero dada mi admiración por su obra (rayana con la idolatría durante mis años de juventud), nuestros encuentros y correspondencia eran sumamente preciados para mí. De entre una horda de recuerdos, citaría la generosa ayuda que me brindó mientras yo armaba el Random House Book of Twentieth-Century French Poetry (en el que contribuyó con traducciones de Apollinaire, Breton y Eluard); el emocionante discurso que le escuché una tarde en un café de París acerca de su amor por Francia y lo afortunado que se sentía por haber pasado su vida adulta allí; las amables y alentadoras cartas que me escribió cada vez que yo le enviaba algo que había publicado: libros, traducciones, artículos sobre su obra. También hubo momentos graciosos: una impávida crónica de su única estadía en Nueva York ("Hacía tanto calor, me la pasé apoyado en las barandas"), por no hablar de esa frase inolvidable de nuestro primer encuentro cuando, gesticulando con su brazo y fracasando una y otra vez en su intento por captar la atención del mozo, giró hacia mí y me dijo, en ese suave acento irlandés que tenía: "No hay mirada en el mundo más difícil de atrapar que la de un camarero".

Todo eso, sí, pero es otro comentario de esa misma tarde en La Closerie des Lilas el que se destaca por sobre todos los demás, y no sólo porque revela mucho de Beckett como hombre sino porque habla del dilema con el que todos los escritores conviven: la duda eterna, la inhabilidad para juzgar el valor de lo que uno ha creado. Durante la conversación, me contó que acababa de terminar de traducir Mercier y Camier, su primera novela francesa, escrita a mediados de los años '40. Yo había leído el libro en francés y me había gustado mucho. "Un libro maravilloso", le dije. Yo era casi un chico, y no pude contener mi entusiasmo. Pero Beckett sacudió su cabeza y me dijo: "No, no, no, no muy bueno. De hecho, acabo de dejar afuera un 25 por ciento del original. La versión en inglés va a ser algo más corta que la francesa". Yo dije: "¿Por qué haría algo así? Es un libro maravilloso. No debería haberle quitado nada". De nuevo, Beckett sacudió su cabeza: "No, no, no muy buen bueno, no muy bueno".

Después de eso, empezamos a hablar de otras cosas. Y de la nada, cinco o diez minutos después, se inclinó hacia mí sobre la mesa y dijo: "¿Realmente te gustó, huh? ¿Realmente pensás que es bueno?".

Era Samuel Beckett, y ni siquiera él tenía noción del valor de su obra. Ningún escritor lo sabe realmente, ni siquiera los mejores.

"Sí –le dije–. Realmente pienso que es bueno."

Este texto pertenece al libro Beckett Remembering/Remembering Beckett editado por James y Elizabeth Knowlson para el centenario del nacimiento del autor irlandés, y que acaba de aparecer en la editorial inglesa Bloomsbury.
QUIENES ME CONOCEN SABEN DE MI PASION POR AUSTER...Y QUE NO DEJO LIBRO -O ESCRITO-SUYO SIN LEER...

Friday, June 16, 2006

Cerra esa boca! (L.Peker)
Alicia miraba la vidriera de las confiterías deseando el merengue italiano y las frutillas con pastelera. Pero seguía de largo o –peor aún– salía a correr para olvidar la sequía de delicias en medio de los titubeos de la adolescencia. Carla ya no es adolescente pero, por sus hijas de seis años, intenta relajarse si quiere una tarde con medialunas, aunque ellas ya saben –y miden– qué engorda y qué no engorda. Laura es flaca, muy flaca, pero siente que es gorda porque fue gorda y que toda su vida va a ser gorda. No puede olvidar los atracones y las revueltas, aun entre los parciales de la Facultad de Filosofía y Letras. Ahora la mayor diversión de Patricia es ir a cenar con su marido, pero, en su primer encuentro, pidió una ensalada porque le parecía que –aun en una mujer liberada como ella– comer (y comer es comer pasta y no pasto) era mala señal para una primera cita.

Hasta el siglo XX la palabra placer estaba desterrada del diccionario femenino. El cuerpo no era propio y el sexo era un deseo ajeno. La revolución de la píldora les dio a las mujeres libertad sobre su cuerpo. Ya no era la única posibilidad embarazarse después de tener sexo. ¿Se necesitará ahora una pastilla que permita comer sin engordar para que las mujeres vuelvan a poder concretar sus deseos? ¿O los cuerpos tendrán que ser los que quieren ser y no los que deben ser, según la angostita mirada moderna?

Junto con el mandato de la delgadez, el cuerpo perdió un permiso y un placer: el de comer. Hoy comer está mal visto. Por eso, muchas mujeres comen escondidas, no comen, comen poco o comen –siempre– light. Por eso, Florencia Peña –famosa por hablar y no por callarse– se tapa la boca con una cinta que también acuartela la puerta de su heladera, Araceli elige una bebida 0%, la chica de la propaganda de mayonesa deshoja la margarita para saber si le pone a un plato una cucharadita de Hellmans (que gracias a diosdiet ya viene con menor tenor graso) y la amiga de la propaganda de “Ser” reta a la otra porque se come un sándwich. “¿No te estabas cuidando vos?”, la increpa.

Epa. “¿No te estabas (o no deberías) cuidarte vos?” es una frase que, dicha, silenciada, gritada, burlada u obviada es palpitada por muchas mujeres cada vez que miran una carta, compran en el supermercado, cocinan, piden o –simplemente– llevan un bocado a la boca. Por eso –incluso más allá de la delgadez o el sobrepeso– la presión sobre la alimentación femenina es el gran tabú de la época sobre el cuerpo (y los deseos) de las mujeres.

Tanto que Naomi Wolf dice que la comida es hoy lo que el sexo era para mediados del siglo pasado. Pedir y tener sexo ya no es un pecado, sino un mandato (al menos para las clases medias y altas que pueden hacer del sexo un entertainment sin riesgos). Sin embargo, aun entre las adolescentes humildes –por lo menos de Capital y el conurbano– el modelo es cada vez más parecido al mismo modelo de modelos que tienen que comer poco (pero poco y caro como todos los productos light) para no llorar –como la vedette Belén Francese– porque les dicen “gorda”.

Y en esta represión –los 15 segundos que muchas se toman antes de decidir si comer o no comer– hay un ahogo a las ganas, un apaciguamiento de los impulsos, un represión al llamado del hambre y una negación del derecho a degustar (y no sólo al deber de gustar). Las causas a veces son justas -el 60% de los argentinos tiene sobrepeso según el Ministerio de Salud de la Nación– y a veces sobre-expuestas –cuerpos aceptadamente bellos– pero, aun con razones o sin ellas, el control está. Si de chicos la penitencia era irse a la cama sin postre, hoy la penitencia es propia. ¿O querés que te griten “largá los postres”?

Prohibido comer
Las mujeres ganamos el derecho a hablar, votar, decidir, pensar, trabajar y gozar. Sin embargo, la mayoría, al menos, seguimos pendientes de la mirada ajena. Y aun las que pueden pensar y cuestionar los mandatos que les caen por la cabeza no pueden evadirse de sentirse acorraladas por el espejo social que pide mujeres flacas. Con la boca cerrada, al menos –y no casualmente– para comer.

“Comer siempre fue un problema para mí. Cuando no lo fue –hasta los 12 o 13–, me lo hicieron sentir los demás. En la secundaria, íbamos a las farmacias a pesarnos cuando salíamos del colegio, tomaba laxantes y tés diuréticos, pasaba días sin comer, después me comía todo y así. Desde chiquita tuve empachos e indigestiones varias. Recién a los 20 y tantos aprendí a comer “sano” y a no hacer dietas, es decir, comer bien todos los días. A veces me salgo porque me tiento o tengo ganas o creo que me lo merezco. Pero tengo una raíz bulímica que no se va. Es mucho más fácil para mí decir ‘no’ que probar un poquito porque esa ingesta me desata, me despierta el indio y no puedo parar, a mí no me sirve eso de la copita, el bocadito, el cachito, me bajo la caja de bombones sin parar y después paso seis meses sin probar nada, funciono por saturación-asco-asepsia. Pero reconozco que a fuerza de ensayo y error sobre mi propio cuerpo aprendí a comer bastante bien, a reconocer cuando el cuerpo me dice ‘basta, cortala’ y a hacerle caso cuando pide. Soy gorda y siempre lo seré, pienso como gorda, actúo como gorda y tengo todos los complejos y las inseguridades de una gorda. Nunca se deja de ser gorda”, asiente Laura, licenciada en Historia, de 36 años.

Su historia –desde el Lanús en que nació hasta Filosofía y Letras donde se graduó– habla de la historia de muchas mujeres, donde la represión a no comer desemboca en un atracón y en más represión. Y en un cuento donde la comida se vuelve enemiga.

Alicia tiene 44 años, un título universitario, un master y va por más. Ahora abre la heladera en busca de los Danonino que se come para ella. Pero, en algún momento, entre los 16 y los 17, años fue casi anoréxica. “Pasé de 49 a 56 kilos, y no me hallaba. Elegía muuuy cuidadosamente lo que debía comer (mi mamá me dice que me lo pasaba a huevo duro y manzana). Y me paraba en todas las vidrieras de confiterías y bombonerías a deleitarme con la vista de esas exquisiteces –recuerda–. De vez en cuando me atracaba un poco y me daba culpa, y hacía más dieta a partir del lunes siguiente. Después que nació mi hija empecé a correr, y mi cabeza y mi tiempo estaban tan ocupados que nunca más tuve necesidad de hacer esas cosas. Hoy, como manteca cuando tengo ganas. Y también cosas ‘sanas’ si me gustan. Todo esto suena muy ideal, pero soy consciente de que se sostiene a fuerza de brazadas y corridas. No sé si podría comer chocolate cuando me piace si dejara de nadar.”

El ejercicio es presentado –hoy– como la contracara de comer, en un doble juego. Por un lado, la actividad física puede dar placer y salud y, además, liberar las restricciones alimentarias. Sin embargo, para muchas mujeres los abdominales y las bicicletas son el castigo por la pizza del domingo. “Parece increíble pero es cierto: las mujeres vienen al gimnasio en forma ‘multitudinaria’ los días lunes y nos piden a los profesores que demos una clase más fuerte ‘para quemar en la hoguera los pecados del fin de semana’. Ahora bien, si el profesor les pregunta ¿qué comieron?, la mayoría responde ‘algunas cositas’ pero no cuentan la verdad. Notamos que sienten mucha culpa y ven al profesor como El Adulto que viene a retarlos por haberse dado un gustito”, enmarca la profesora Roxana Blanco, especialista en Estrategia y Marketing Deportivo del gimnasio Body, de Belgrano.

Si en el siglo XIX el confesionario era el lugar donde expiar pecados, hoy el gimnasio es el altar para exudar permisos. “La culpa se transforma en un punto en contra porque terminan no disfrutando lo que comen. También están las que, directamente, van a una clase sin desayunar ni almorzar y luego sufren mareos o desmayos, pero no reconocen que están en ayunas. El gran porcentaje de mujeres que realizan actividad física están obsesionadas con la siguiente ecuación: Comida=Calorías —> ¿Cuánto ejercicio tengo que hacer para gastar todo lo que consumí? Esta obsesión es la que las desvía del verdadero sentido que tiene practicar un deporte”, señala Blanco.

Los prejuicios puestos en lo que las mujeres se llevan a la boca hacen que también se sienta, directamente, pudor de comer (frente a los otros). Hay que pedir, asumir el gusto, pinchar con ganas, abrir la boca y masticar. Hay que abrir el cuerpo, moverlo, invitar al goce y dejar que el goce llegue. Hay que dejarse inundar y animarse. Por eso, mostrar que una come (más allá de ser o querer ser flaca o gorda), a veces da vergüenza. Eso le pasó a Patricia, una diseñadora gráfica de 32 años, cuando su actual marido la invito a cenar –a sus 22– por primera vez. “Fuimos a un restaurante divino, de pastas, con unos platos riquísimos. Y a mí en esa época me daba vergüenza comer en una cita, ahora no puedo creerlo, pero era así –asume–. Me pedí una ensalada... Hoy salir a comer es la mejor salida. Soy la que más come de los dos, y también a veces la que más come del grupo de amigos. Recuerdo eso y no puedo creerlo... y yo era flaca, ¡eh! Creo que sí, que hay algo de represión en el tema.”

El amor y la comida –no es novedad– están relacionados: los dos se arremolinan, justito ahí, en el estómago. “Amo comer. Y lo único que me quita el hambre es enamorarme: las tres veces en mi vida que me enganché con alguien no sentí ganas de comer. ¡Pero todo dura poco! El resto del tiempo, en general, como por ganas (soy de las que sienten hambre realmente) y también como por puro placer, es decir, sin hambre. Sé que está mal, pero lo hago. No me preocupa mucho que me miren, pero mil millones de veces sentí la mirada de los demás (no solo miradas sino gestos, comentarios, etc.). Y si dejo de comer algo es porque sé que ya comí demasiado y nunca porque me hicieron sentir ‘gorda’. La culpa me perjudica realmente poco, porque siento que con la comida ejerzo mi derecho al reviente”, se la banca Carla, una abogada de 34 años.

Pero nadie está exento de la presión sobre la comida. Aun Carla, que no les muestra a sus hijas mellizas de cinco años ninguna atadura, ve cómo ellas ya sienten limitado su vínculo con la comida. “Sin ningún éxito, procuro que las nenas sean libres. Por eso les insisto en que comer bien es comer variado y que ser sana no es ser flaca sino no estar enferma, hacer actividad física y estar contenta. Les digo que no hay por que demonizar los dulces y demás frases políticamente correctas, pero esincreíble la presión que meten los pibes a sus pares. De hecho, Julieta ya dice: ‘Tal cosa no la quise comer para no engordar’. ¡Y en casa no lo aprendió, precisamente!”

Aprender a leer, a escribir, a multiplicar y a restar calorías no es una cuenta gratuita para las chicas. “La edad de inicio de los trastornos de la alimentación ha bajado muchísimo, incluso hay casos desde los 9 o 10 años, porque entre los nenes ya se tildan de gordos”, alerta Edith Szlazer, directora de la Asociación Argentina de Bulimia y Anorexia. Este fenómeno de amor y odio hacia la comida –que hoy ya empieza en la infancia– sigue aumentando entre las mujeres jóvenes y adultas. “El mandato de no comer, o comer poco, junto con la presión de estar delgadas, produce que las mujeres hagan dietas imposibles que al final no pueden seguir. Por eso, los trastornos de la alimentación están en crecimiento, sobre todo la bulimia, que es una enfermedad secreta, porque frente a la mirada social que resulta violenta las mujeres generalmente se agreden a sí mismas buscando alternativas poco sanas como los atracones seguidos de vómitos, laxantes y/diuréticos”, describe Szlazer.

Muchas mujeres no llegan a un vómito post flan con crema, pero -igualmente– cada vez que tragan tienen que tragar saliva para tragarse pensar que pueden estar engordando por culpa de lo que están tragando. Y que tire el primer pan con manteca la que esté libre de sentir culpa por comer. “Sufro esa mirada represora”, asume Liliana Hendel, psicóloga y columnista televisiva del noticiero del mediodía de Canal 13. Para ella, esa represión hace que la libido femenina esté rendida a los pies de una (ahora sexy) milanesa napolitana. “Estar prohibiendo permanentemente enciende el deseo. El control social y la prohibición cargan la comida de un plus. Ya no es el vehículo por el cual logro los nutrientes que necesito para vivir. Ahora las mujeres hablamos de ‘no sabes lo que me comí...’. Hace veinte años se hablaba así de tener un amante.”

La mujer independiente del siglo XXI vive sola, trabaja, mantiene su hogar, no depende de la mirada masculina salvo (o más que nada) para evaluar su propia imagen. La presión de la delgadez es un autoflagelo que la sociedad fomenta. “Los varones más jóvenes han incorporado este estigma: escuché a muchas chicas de treintipico decir ‘mi novio me dice ¡gorda, bajá ese rollo!’ o ‘¿no tendrías que retomar tus clases de gym?’.” “Mientras que los medios alimentan con crueldad esa imagen de flaca y joven para ser exitosa y feliz. Florencia Peña con la cinta para no comer (con la que tampoco puede hablar) y Verónica Lozano que bebe aguas como si fuera champagne”, describe Hendel.

“No sé si alguien le cree a Araceli que toma Ser por los nutrientes y no por la dieta... –desafía Fabiana Renault, creativa publicitaria y directora de la Escuela Superior de Creativos Publicitarios Extramuros–, si no fuera por la figura, por qué convocar a una mujer que es referente de lo estético en sus múltiples campañas de ropa interior y no a una mujer que sea ejemplo de la temática femenina en sí misma, como, por ejemplo, Maitena. El problema es que como la mayoría de las campañas publicitarias está liderada por hombres, la mirada hacia la protagonista del comercial está a menudo muy centrada en la estética.” Por su parte, la fotógrafa de moda Andy Cherniavsky propone: “Puede haber una nueva estética de mujeres con cuerpos más rellenitos y creo que nos haría muy bien a todas. Pero hay algo muy cultural y muy metido del que es muy difícil deshacerse, y es esa mirada donde la perfección física pasa por la delgadez”.

Es hora de volver a la realidad. Hendel está apurada. Tuvo un día de trabajo y tiene hambre. “Te dejo –me despide y se ríe de su autoconfesión–, me toca la colación: galletita de tergopol con dulce diet y mate amargo... y el bomboncito que me sirvieron con el café y que guardé porque en el bar todos me miraban.” ¿Mejor comer sola que mal mirada? “Seguro que alguna amiga hubiera dicho ‘dejá eso ¡¡¡¿No era que estabas haciendo dieta?!!!! Así que mi bomboncito me lo como ahora.”

Saturday, May 20, 2006

....un pequeño homenaje
El tiempo se ha ido, sabor a naranjas,

¿Recuerdas? Recuerdo, el tiempo se ha ido...

La lluvia mojó el umbral del estío

Con el adiós eterno a la sed de ansias.

..............................................O.Bayer
RelojesWeb.com


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Monday, April 3, 2006

SOS a LEGO! (gracias R.Fresan)
La naturaleza de los juguetes –su precio y grado de sofisticación– probablemente sea el primer contacto que tienen los niños con la diferencia de clases. Nacido en el ’63, estoy casi seguro de haber tenido la suerte de que mi infancia haya sido bastante unplugged y que en ella, como en la de tantos otros, dejando de lado el ocasional robot a pilas y el control remoto con cable, reinaran Mis Ladrillos (clase baja), Rasti (clase media) y Lego (clase alta). La superioridad de Lego no se cuestionaba: colores más brillantes, un siempre satisfactorio click cuando se unían los pequeños bloques y –detalle importante– eran mucho más duros de morder y deformar. Y, a la hora del holocausto, ardían mucho más lindo. Pero lo importante era que Lego (y afines) era un juguete diferente, mutante y mutable y que se reinventaba con cada nuevo entusiasmo efímero o pasión duradera. Los Lego eran una especie de organismo que absorbía la última película o el último libro y trataba de emularlos aún sabiendo que esto era imposible. Pero en el desafío estaba la gracia y la aventura de –comprendiendo la imposibilidad de la reproducción perfecta con unas pocas variedades de piezas angulares y la ocasional y casi exótica curva– superar al modelo original. Cuando jugábamos con Lego –intuitivo juguete sin instrucciones, libre albedrío– éramos un poco dioses: creábamos y destruíamos, armábamos y desarmábamos y, cada noche, recogíamos los restos del día y los guardábamos en una caja grande que se iba nutriendo de dosis de pequeñas cajitas. Porque nuestros mayores lo tenían bien claro: regalar Lego era regalar el universo.

Ahora ya no, parece. Lego está en problemas y sus rivales son las eléctricas maquinarias de la alegría. Ya saben o ya se imaginan: videojuegos y computadoras y la posibilidad de ser uno con el juguete. Que el juguete juegue con nosotros en lugar de que uno juegue con él. Lo virtual versus lo real. Lo pasivo por encima de lo activo y hoy por hoy, apenas el4 por ciento del mercado español –trasladar el porcentaje a todos y cada uno de los países– está ocupado por “juguetes de construcciones”. Ahora los niños prefieren ver la explosión antes que producirla ellos (ah, el Big Bang de aquel petardo volando por los aires un castillo) y así –sigo leyendo– han bajado las ventas, hay pérdidas millonarias, se despiden a operarios, se cierran fábricas y la empresa busca soluciones de emergencia que a mí, lo siento, me parecen blasfemas. Porque –he seguido su no muy feliz evolución a lo largo de los años– no conformes con haber introducido cada vez más formatos de piezas hasta incluir miembros y cabezas y cuerpos ya listos acercándolo peligrosamente a las fáciles simplezas de la galaxia Playmobil, Lego se apuntó a los video-games en desesperadas pero productivas sociedades con el merchandising de Star Wars o Harry Potter. Lo cual es un absurdo: porque la gracia estaba en que lo de afuera acabara siendo legolizado y no al revés. De ahí el nombre con mucho de único e irreversible mandamiento: Lego proviene de leg godt. Lo que en danés significa: juega bien.
Todo esto no impide que su prontuario –desde su génesis en el taller de un tal Ole Kirk Christiansen en 1932, juguetero revolucionario que entonces se pasó de la madera al plástico– todavía sea magnífico y su poderío casi sin límites y sigo leyendo: Lego fue declarado juguete del siglo XX por la revista Fortune, el escritor Norman Mailer todavía conserva intacta la lego-metrópoli que construyó en 1965, 400.000.000 de niños y adultos (estoy seguro de que Lego es aquello a lo que más juegan, juntos, padres e hijos) comulgaron con Lego el año pasado y, en promedio, cada habitante del planeta posee 52 piezas de Lego sin saber pero sí sentir que apenas ocho de ellas alcanzan para crear 915.000.000 de figuras distintas. Aun así, las sombras avanzan y el profesor de Etica y Sociología José Miguel Marinas explica: “Lego es estupendo hasta que hay que recoger las piezas. Con los video-juegos no hace falta hacerlo”. Discrepo: a mí me gustaba guardar los Lego. Es más: me gustaba que se perdieran piezas debajo de camas y sillones y encontrarlas días después como si se trataran de un tesoro perdido o de un tiempo recuperado. Sostener un indivisible pedazo de Lego –parte de algo que hoy podría convertirse en un ladrillo de protesta o en el pie de un futbolista o en un lingote de oro ilegal, o en el volante de un fórmula 1 o en el taco alto del zapato de una asesina sexópata– es para mí el equivalente de hundir una magdalena en una taza de té y que todo haga click.

Friday, March 10, 2006

No se si talvez ya lo publique.........de cualquier manera lo encontre y me volvio a sacudir las telarañas un poquitin....

Silicona
ROSA MONTERO

Acabo de regresar de un largo viaje por América Latina y en todos los países me han hablado, enigmática coincidencia, del auge de la cirugía plástica por esos lares entre las clases medias y pudientes. Al parecer se ha desatado un auténtico frenesí mutilatorio, una fiebre por el bricolaje corporal, de manera que hordas de mujeres y tropillas de hombres se cortan, se succionan, se rellenan y esculpen, dispuestos a alterar la realidad y a fingir que son otros con un coste feroz en carne y sangre.
Claro que también en España nos recauchutamos como locos, y he leído que en la China posmaoísta andan todos tajándose los párpados para lucir unos ojos occidentales y redondos: la moda de las operaciones estéticas es una enfermedad mental muy extendida. Pero tal vez sea cierto eso de que en América Latina están especialmente enganchados al bisturí; a fin de cuentas, los cirujanos plásticos más famosos son brasileños, y nunca había visto a las argentinas, que siempre han sido guapas, tan morrudas y turgentes como ahora.
Yo no sé si la crítica situación que viven muchos países latinoamericanos es un acicate subconsciente para entregarse al doloroso beso de la cuchilla. Despegarse la piel de la cara y estirarla, arrancarse costillas, filetearse la panza, alterar penosamente el propio cuerpo, ¿no supone acaso una evidente huida de la propia realidad, una elección de la mentira, una loca carrera hacia la nada? Grandes carteles callejeros anuncian un sujetador en la ciudad de México; se ve la foto de una chica luciendo la prenda con donaire, y junto a ella aparece la siguiente frase: 'Es ¡como operado!'. Fíjense bien: lo que se valora del sujetador, con mucha interjección y letra gorda, es que deja los senos como de plástico. Es lo sucedáneo como opción preferible a lo real, es el triunfo de la falsificación sobre lo verdadero.
Sólo así se entiende, por ejemplo, que Alan García, a quien muchos consideraron un redomado bribón hasta ayer mismo, regrese a las elecciones peruanas con impensable éxito. O sea, digamos que García guarda la misma relación con el sistema democrático que una prótesis de silicona con un pecho.

Sunday, February 26, 2006


Sin destino - R.Bielsa

Martín apareció una noche, de esto hará dos o tres años. Era un pibe de sonrisa fácil, despreocupado y robusto, insensible al frío y al calor. En la esquina de 24 de Noviembre y Rivadavia marcó su territorio: limpiaba los vidrios de los autos, pedía unas monedas y, cuando el semáforo se lo permitía, corría algunos metros hasta el lugar de la vereda donde estaban sentadas su compañera, Roxana, y una hermosa criatura de ojos fijos con apenas algo más de un año, Tamara, cruzaba con ellas algunas contraseñas, y volvía a la fajina.
La chica tendría la misma edad que él, y caminaba con dificultad por una displasia de cadera. Con el tiempo, cuando ella quedó embarazada de Martín, me enteré de que la niña era de otro padre. A veces se alojaban en una pensión que queda a media cuadra, o en un hotel que está un poco más lejos, o directamente en el rellano del cajero automático de la esquina. Martín me dijo que si no juntaba doce pesos a lo largo del día, tenían que dormir en la calle.
Embarazada y todo, ella le daba una mano. Con la panza como una gaita, a causa de su andar anómalo, se deslizaba por entre los autos mientras que la hijita hacía garabatos en un cuaderno, sentada muy compuesta con la espalda contra la pared. Lloviera, tronara o chamuscara, estaban allí, Martín sonriente, ella diligente y la niña obediente, como si los condujera un solo hilo, invisible a la mirada acostumbrada.
Una nueva niña nació promediando el 2002: Micaela. La mujer de Martín dejó momentáneamente de ayudarlo pero no abandonó la vereda. Cualquiera que pasara podía verlos, el muchacho sonriente y movedizo, y su familia a unos pasos, la niña con algunos útiles escolares, y la beba alimentándose sobre el pecho de su madre. Me llamaba la atención el sólido vínculo a cielo abierto de esos cuatro seres vulnerables, los grandes ademanes de Martín, los dientes roídos de su mujer, la pequeña deidad impasible de ojos minerales y rulos, y la beba germinando.
Una noche de verano de 2003, pasé por la esquina y Martín no estaba. Su mujer se había sentado en el lugar acostumbrado, pero temblaba bajo un pulóver negro de lana y faltaban los chicos. “Se lo llevaron a la 8ª”, me dijo. “Yo estoy con fiebre. ¿No le puede dar una mano?”
Entré en la seccional, y le pregunté a un agente de guardia parpadeante y tenso si sabía algo de Martín, al que habían detenido por una contravención. “Por una contravención no”, me contestó, sosteniéndome la mirada, “por tenencia de estupefacientes. Estamos esperando el informe de reincidencia; si no salta nada, sale a las doce. Usted, ¿quién es?”.
Cuando me fui de la comisaría, recordé una broma que había leído en un libro de Imre Kertész: “Abajo esa moral, y no perdamos la desesperanza”. También me acordé de las palabras del tío Lajos, un personaje de la obra, con las cuales pedía que Dios los ayudase para que “podamos, lo más pronto posible, reunirnos otra vez alrededor de esta mesa, todos juntos, en paz, salud y amor”. Esa noche, el padre del protagonista se despedía de sus familiares porque al día siguiente se marcharía deportado a un campo de trabajo obligatorio. El libro se llama “Sin destino”; Martín había iniciado su largo viaje.
Volví, y le dije a Roxana lo que me habían informado. Los ojos se le volvieron como dos insectos que supuraran. “Hoy a la mañana salió a comprar leche para la bebé, y ya no volvió”, me contestó. Al día siguiente, él me juró que le habían puesto el sobre con droga en el bolsillo porque se había negado a darles el dinero que le pedían.
Después del episodio, todo volvió a esa “normalidad” sin sutura ni abrigo que los envolvía como la luz de un acuario.
El viernes 14 de marzo llegué a la esquina, y la encontré con el rostro desfigurado y un gran esparadrapo como una estrella, amarilla por el desinfectante, que le tapaba un ojo y parte de la frente. “Martín... –medijo– ...la cerveza, el vino. Nos echaron del hotel, yo quería irme con las nenas a visitar a mi mamá, él no, discutimos y me golpeó con un secador. Me dieron cinco puntos en el hospital, y a Martín se lo llevaron preso”. Tenía unas gotas de sangre en las mangas de la remera, y el otro ojo abierto como un alarido.
Martín es uno de los 92 chicos de la calle cada 100 de los que el Estado se desentiende. En su registro de antecedentes figura que fue detenido por tenencia de drogas. Ahora añadirán lesiones graves, o algo por el estilo. Mañana, quien sabe, homicidio, o morirá él mismo. Su mujer se quedará sola, aunque es posible que nunca haya dejado de estarlo. La hermosa niña será otro número en vaya uno a saber qué estadística. La beba ingresará a un hospital, a un instituto después, difícilmente a una escuela o la universidad, al final del viaje.
Kertész relata un episodio en el que el protagonista es retenido junto con otros jóvenes y adultos que llevaban la estrella amarilla en las solapas, el esparadrapo amarillo de los de su condición, para ser enviado a Auschwitz-Birkenau. La expresión de los dos policías a cargo del operativo, dice, “me evocaba esos recuerdos: la misma desgana y la misma preocupación, la misma resignación frente a un destino irremediable”. También, cuando marchan por la carretera rumbo a la enorme plaza con guijarros blancos, el patio de un cuartel: “De todo aquel largo camino, sólo recuerdo la curiosidad furtiva, poco decidida, casi vergonzosa que nuestro desfile provocaba en el público apostado en las aceras”. Como la novela de Kertész, sin destino.

Friday, February 10, 2006

NOSOTRAS QUE NOS QUEREMOS TANTO
Por Marta Dillon
No existiría el machismo si las mujeres no hubiéramos cavado, palada a palada, nuestra propia fosa de sometimiento, cosificación, inequidad, violencia. Somos nosotras las que nos sometemos a maniobras cruentas sin las que no podríamos vivir, como por ejemplo, la depilación, la gimnasia localizada, el probador. Somos nosotras, en nuestras múltiples y variadísimas versiones, las que retamos a los chicos y les decimos que parecen nenas cuando lloran, o maricones porque no se quieren meter a la pileta, por ejemplo. Es más, el maricón también se usa en femenino y se les aplica a las niñas que temen entrar a una habitación a oscuras. Somos nosotras las que decimos que tenemos los huevos llenos, que hay que tener huevos de oro para animarse a algo y etc., etc. Quienes más que nosotras nos creemos amables porque levantamos la mesa y lavamos los platos sin dejar que varón alguno se ensucie las manos con tales menesteres, y en cambio los dejamos aplicar su creatividad a la cocina, que cuando la hacen ellos es bien alabada. ¿Quiénes se enamoran de machos recios que se suponen apasionados porque cada vez que mirás al costado tornan del rojo al violeta a fuerza de furia celosa? Nosotras, y al decir nosotras nombro un amplio estereotipo femenino que tan bien definía, por ejemplo, una propaganda que decía que las argentinas éramos las más lindas del mundo. Nosotras que leemos aunque sea de reojito las dietas de las revistas para nosotras, que tenemos “tránsito lento” según otra propaganda (los varones jamás pero nunca jamás se estriñen), que somos recancheras porque vivimos a yogurt y podemos tener nariz grande mientras no nos vayamos de talle. Y si te vas de talle, bueno, será porque no pasaste los 30. Nosotras, mujeres asesinas, jamás protagonistas de botines (bueno, un papel secundario en todo caso). Nosotras que extrañamos que nos abran la puerta del auto, que los hombres paguen las cuentas y que se den cuenta de que queremos que nos digan bellas. Sobre todo porque últimamente empezamos a pagar todo para demostrar cuán poderosas podemos ser, y hacer tres jornadas de trabajo para demostrar que podemos con los chicos, el supermercado, el trabajo y la vida social. Y que como estamos tan liberadas nos reivindicamos máquinas sexuales a las que todo les tiene que gustar, que no confesarían jamás menos de tres polvos por semana, y que en el caso de que nos gusten o nos enamoremos de mujeres juraremos silencio por los siglos de los siglos porque las lesbianas como se debe o se recluyen en sus sitios friendly o son bellas y estilizadas como las de la tele. Bue, nosotras, chicas fuertes, de este tiempo, poderosas. Qué boludas. Como Moria, que de tan poderosa se reivindica travesti y dice cosas que son aptas para convertirse en titular principal de un diario, será Crónica, pero es un diario. Y después nos quejamos.

Friday, February 3, 2006


La computadora y yo
No bien llegué a territorio norteamericano, me acerqué a una computadora y pulsé la tecla Quejas. Mis viejas convicciones anti-imperialistas me impulsaron a protestar contra el muro que Estados Unidos está levantando en la frontera con México. Yo creía que esa vasta pared de acero se proponía impedir la libre circulación de las personas, al mismo tiempo que el Tratado de Libre Comercio aseguraba la libre circulación del dinero, y eso no me parecía bien. Pero la computadora despejó la confusión de mi espíritu: —No es un muro —explicó—. Es una obra de arte. Un gigantesco monumento que se erige en memoria de los mártires del oprobioso Muro de Berlín.
Entonces pulsé la tecla Dudas. Se me ocurrió plantear el caso de las leyes contra los inmigrantes. Leyes ya aprobadas, como la 187 de California, que suprime los derechos de los inmigrantes ilegales, y leyes anunciadas, como las que amenazan suprimir también los derechos de los inmigrantes legales. Mi duda era: ¿Se proponen estas leyes beneficiar a los indios? Siendo Estados Unidos una nación de inmigrantes, sólo los indígenas, los Native Americans, quedarían a salvo de esas medidas. Me parecía un gesto conmovedor: una expiación histórica, al cabo de tanto crimen y de tanto desprecio. Pero la máquina me aclaró las cosas: en América, inmigrantes son todos, y los indios también. Ellos vinieron desde el Asia, hace 30 mil años. Las leyes no tendrán excepciones.
Pulsé la tecla Iniciativas. Pregunté si ya existía algún proyecto para fabricar una tinta mágica, que fuera capaz de bañar a la mano de obra latinoamericana, para hacerla invisible, cada día, a la caída del sol, después de las horas de trabajo en los campos y en las calles del norte. Esa tinta podría evitar la molesta presencia de los braceros mexicanos y centroamericanos en las plazas, cines, restoranes y otros lugares públicos de los pueblos y ciudades de Estados Unidos.
—No todavía —informó la computadora.
Volví a pulsar la tecla Iniciativas. Pregunté si a nadie se le había ocurrido la idea de abrir una embajada de los Estados Unidos de América en Estados Unidos de América, con sede en Washington, para que la CIA pudiera organizar golpes de Estado también en su propio país.
—No todavía —repitió la computadora.
Regresé a la tecla Dudas. Pregunté: ¿No será un error que se llame Secretaría de Defensa al órgano de gobierno que se ocupa de la fuerza militar de Estados Unidos? ¿No será un error llamar Presupuesto de Defensa al dinero que la alimenta? Defensa me parecía una palabra equivocada, teniendo en cuenta que Estados Unidos no ha sido jamás invadido por nadie, pero en cambio se ha dedicado a invadir a los demás, desde los albores de su vida independiente, a un promedio de una invasión por año. ¿Y por qué esos gastos de Defensa siguen siendo tan enormes, casi el doble que en 1980? ¿Defensa contra quién, si ahora los rusos son buenos? Con cibernética impaciencia, la máquina me cortó el discurso y puso las cosas en su lugar: —El mundo amenaza —explicó—. No se puede confiar en nadie. Los buenos de ayer pueden ser los malos de hoy. Los buenos de hoy pueden ser los malos de mañana.
Yo agradecí la información, pero pedí a la computadora que me diera un ejemplo, sin ánimo de abusar de la buena voluntad de la tecnología.
—El tabaco —respondió la máquina.
En ese momento se me iluminó la cabeza. Me di cuenta de que ésa era una tremenda verdad: ayer el cigarrillo había sido bueno, en los labios de Humphrey Bogart o del vaquero de Marlboro, pero hoy es malo. Malísimo. Estados Unidos ha declarado la guerra santa contra el cigarrillo. Ignorante de mí, pregunté: ¿Por qué? ¿Se prohibe el cigarrillo porque da cáncer, o porque da placer? Entonces la computadora se desconectó. Y yo me quedé sin saber si los marines iban a invadir a los países fumantes, para salvar al mundo del pecado del humo. No habiendo más enemigos a la vista, ésa me parecía una promisoria posibilidad para el Pentágono y su presupuesto.
La máquina se negó a seguir funcionando. No me sorprendió. Yo nunca he tenido confianza en las computadoras. Siempre he sospechado que ellas beben de noche, cuando nadie las ve. Eduardo Galeano