Todas mis chicas

Todas mis chicas
Lilo, Marce, San, Luni y Viole (todas mis chicas)

Friday, October 28, 2005

Sencillamente porque me parece increible, hermoso, y escrito por un gran maestro.

CARTA A UN HIJO - Dr. Janan Nudel
Mí querido hijo:

Me parece una buena oportunidad para decirte algunas de las cosas que tengo guardadas. Hoy cumplís 19 años. El mundo en el que naciste es distinto al mundo en el que nací yo. Ni mejor ni peor, simplemente distinto. Mis padres hablaban menos con nosotros. Nosotros crecimos en momentos en que la humanidad ponía fin a una guerra atroz, y en nuestra condición particular de judíos, ya se había consumado el exterminio nazi.
Vos naciste en medio de los movimientos estudiantiles franceses y cuando se vislumbraba un mundo mejor, que se conocería como “el idealismo de la década de los 60 y de los 70”.
Intenté trasmitirte las vivencias que tuve en mi juventud, que son las que me permitieron relacionarme con vos, como dos personas, una de las cuales tenía el rol de padre y la otra, el rol de hijo. Eso significa que ambos crecíamos juntos, mientras que aprendíamos el uno del otro.
En mi mundo había una clara separación entre los sexos, que ya había empezado a desaparecer en el tuyo. Nuestro mundo se caracterizaba por encontrar en la lectura una comprensión que se agregaba a la militancia, a las conversaciones que teníamos con los amigos acerca de lo que significaba un hombre nuevo, en una sociedad más justa y equitativa, o que por lo menos creara oportunidades para todos.
En tu mundo asomaba más la búsqueda de un estado de nirvana, de plenitud absoluta, centrada en uno mismo. En el nuestro, la ley que reconocíamos para nosotros, era la de uno para los otros. Nosotros vivíamos en movimientos revolucionarios por su proyecto transformador, y ustedes recibieron las consecuencias de la omnipotencia que tenían nuestros movimientos.
Para nuestros padres el destino de la sexualidad era la paternidad. Nuestra sexualidad tenía como destino el goce, y desde el goce las posibilidades del placer se multiplicaban. Fue un esfuerzo para nuestra generación desligar la sexualidad de la genitalidad, y reconocer los alcances de la sexualidad en términos de goce. Desde una caricia, una cena, un acto sexual, una lectura, una conversación, una paternidad deseada. Una entrega que no tuviese como destino producir algo, sino disfrutar de vínculos en distintas situaciones, que eso también es goce.
Me ocupé, mas allá de haberlo logrado o no, de que aprendas a disfrutar. En lugar de vincularte con lo que te faltaba, para vivir en la insatisfacción, que alude a lo que sentís que no podés ser en relación al que te propusiste, y que intentes resolverlo a través de la posesión de cosas, quise mostrarte el placer de reconocer lo que uno tiene. Sería bueno que la tuvieras en cuenta, hijo, como una opción en la que creciste.
En el marco del amor que te transmitía, traté de ser lo más sincero posible. El rol de padre no es el de un maestro, aunque tenga que enseñar. Incluye la culpa, la duda, las condiciones por las que uno atraviesa, de las que siempre pensé, no sé si para bien o para mal, que vos debías participar, aunque evitando transmitirte el dramatismo con que yo las vivía.
Tu vida es distinta. Tenés una forma de divertirte que me esforcé por compartir con vos, pero no pude. Una forma de entender las cosas, que muestra una total libertad de entrar y salir de las cosas, pero también la imposibilidad de quedarte.
Transar, romper, partir, acompañadas con un “no se”, que me sonaba conformista, un “me aburro”, un “no tengo ganas”, que era la forma de advertirme que ya me estaba metiendo en tu vida, y que serías vos quien decidiría qué ibas a hacer, y qué no.
Estoy convencido, con todas las limitaciones que tiene un padre, que siempre quise que fueras feliz a tu manera, y que no tenía por qué coincidir con la mía.
No tenés por qué comprenderme. Es mi tarea la de estar cerca tuyo, mientras vos te vas comprendiendo.
Mientras te escribo, el cielo se llenó afuera de colores y de formas. Son fuegos artificiales. Me gustan. Me gustaría que tu vida tuviese esos colores y esas formas.
En mis tiempos, que duran hasta hoy, un color sólo me parece “lo absoluto”, y una “forma única”, lo amorfo. Vos tendrás que elegir aquello que querés para vos.
Mi vida fue encontrar la felicidad a mi manera, y creo que mis padres sufrían por eso. Su manera no incluía el goce, porque lo único importante para ellos era la seguridad. No fue fácil para ellos tener un hijo como yo, y quizás no sea fácil para vos convivir con lo que te propones y al mismo tiempo, con lo que te fui proponiendo.
Traté, por todos los medios, de vaciar lo que estaba lleno de nada, y ocupaba mucho espacio en mi vida. Traté de dejarte vacíos para que los llenases como quisieras. Me pareció bueno haber sido, y seguir siendo un transgresor, pero sólo en lo que iba necesitando. Haberlo sido en todo hubiese significado caer en otra ley, la “ley de la transgresión”. Y cualquier transgresión que se transforma en ley, vuelve al comienzo con palabras distintas.
Tenemos cosas, pero somos palabra, acto, entrega, amor y máscara, más en tu caso por estar estudiando teatro. Corrés el riesgo, en el mundo en que te toca vivir, de confundirte entre lo que sos y lo que tenés. Preferiría que fueras el que sos y que le agregues lo que tenés, pero independientemente del que sos. Me parece que permite un amor más libre.
Espero que puedas vivir el amor en libertad, y que no malgastes tu vida en ser lo que yo no pude ser. Si no pude ser el que hubiese querido ser, te garantizo que sí pude ser el que soy. No tenés que repararme. Me alcanza con que vivas la vida que quieras vivir, y que la elijas por lo que tu vida tuvo de amor, y no de resentimiento. Si lo hacés desde el resentimiento te perdés la posibilidad del goce y con eso perdés el placer de la entrega.
No se trata de compartirte para que haya amor, sino de entregarte. Si lo lográs cambiás el destino de la familia. No es el momento de pedir perdón. Creo que vivíamos perdonándonos mientras íbamos haciendo la vida, para evitar decidir desde el rencor, y poder decidir desde el deseo.
Tengo un deseo que no puedo evitar expresarte. No tiene que ver con tus abuelos, sino conmigo. Lo judío está impreso en mí. Por suerte no tiene forma de número, sino de un deseo. Me siento muy amplio, y este deseo es una expresión de lo más abierto que me logré sentir. Siempre podés contar conmigo. Hay entre nosotros un pacto, que por ninguna circunstancia voy a modificar: Voy a estar siempre de tu lado, aunque te alejes de mí. Te pido que trates de seguir con nosotros. Me siento parte del pueblo judío. Hacelo de la manera que decidas. No tiene que ver con nuestros antepasados, tiene que ver conmigo y espero que tenga que ver con vos. Tengo claro que puede no ser así. En ese caso, no siento que debería haber hecho algo distinto de lo que hice. Eso te evita un remordimiento y a mi, una culpa.
Hay un límite a la posibilidad de influir en vos, y ese límite sos vos mismo. Lo tengo presente.
Cuando a los doce años escribiste acerca de la señorita Carmen, me encantó tu miedo a que te comiese. Te volcaste a Lucía que tenía un año menos que vos. Cuando sientas que te quieren comer, mira a otro lado, sin desaparecer; es seguro que aparecerán ojos dulces, no importa de quién. Y si aún sentís que son miradas dulces las que quieren comerte, primero preguntate si no te pasa algo, que te hace sentir que todos quieren comerte. Si lo descartás, buscá por otro lado, porque una Lucía en el cuerpo de quien sea, circula por el mundo a la búsqueda de alguien que pueda hablarle de amor.


Muchas felicidades y hasta los 120 años.


Papá

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