
Vine a entender por qué a París le llaman “la ciudad de las luces” sólo el día veintinueve, el último de treinta días que pasé en la ciudad. Ese día subí a la Torre Eiffel y lo vi todo. Vi sus luces de cerca; trenes del metro atravesando el Sena sobre puentes, con ventanitas cuadradas, amarillas y perfectas; carritos que no llegaban a ser de juguete, tan pequeños que hubiera hecho falta pinzas para agarrarlos; a lo lejos, en el horizonte, grandes montañas de luces parpadeantes, la ciudad guiñando como un letrero de neón viejo. Y sobre el Sena, el reflejo de las luces blancas que se encienden en la torre cada hora por quince minutos (contados), que parecen diamantes al sol o escarcha. Las luces parpadeantes también se reflejan en los edificios altos de oficinas, ésos cubiertos de ventanas en vez de paredes de concreto. Los reflejos en el agua y en los ventanales añaden al brillo.
Todos los días quería (d)escribir algo de lo que había visto, pero nunca lo hice. No sólo por falta de tiempo, sino porque se me hacía muy difícil expresar en un papel blanco con una tinta de un solo tono todo lo que había entrado por mis ojos, todos los colores, todos los sonidos, todas las experiencias nuevas (y las repetidas también, porque a veces sabía que había estado en un lugar antes, pero la forma de llegar a él, o la compañía, o las razones que me llevaban, o la nostalgia por mi madre, las convertían en nuevas, y ya no podía referirme a ellas como repetidas, así que tampoco las podía explicar porque eran nuevas). Por eso tenía afán de sacar todas las fotos posibles. Dependo de las imágenes y no de las palabras para recordar y luego contar, o sólo para recordar, pero al final la cámara tampoco fue tan efectiva para capturar todo lo que mi ojo diligente encontraba. Y además, dejaba huérfano de expresión al sentido del oído y, a veces, el del olfato. De repente necesitaba, si escribía, contar las cosas al estilo de la literatura de antes, cuando se precisaba describir todo para que pudieran visualizarlo y seguir con la historia los que nunca habían visto algo. Ahora mismo, tratando de explicar lo de las luces blancas, me ha pasado. Quizás alguien que me lea no entenderá lo de los quince minutos de fama luminaria, pero ¿será una deficiencia mía como escritora? A eso me refiero, a la imposibilidad de describir algo en verdad impresionante (imposible impresionar), de la impotencia al ver que lo que uno acaba de (d)escribir no se asemeja a la realidad que uno quiere que los demás entiendan, aunque el mismo autor sepa lo que quiere decir al releerlo. Quizás con un dibujo:
Y aun así, ¿ qué son esas cruces? Son luces, luces intermitentes, miles de luces, diamantes, escarcha.
(Nótese que en este dibujo he tenido de recurrir al cliché de la media luna para mostrar que las luces intermitentes brillan de noche. La verdad es que la noche en que fui había luna llena. Pero, ¿ qué parecería un círculo al lado de la torre? Tendría más que explicar. Tendría que hacer notas como ésta.)
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