
ESCRITO EN LA PIEL CON EL PECADO A CUESTAS...
¿Temor a la piel? La Edad Media estuvo repleta de poetas trashumantes que seguían los códigos del amor cortés, una pasión tanto más dichosa cuanto más inaccesible se volviera la piel. Las damas suspendían sus labores de tapicería para oír al cantor que llegaba a recitarles sus periplos por ese platónico laberinto sentimental donde siempre estaban dando vueltas. Más intelectual que afectuoso, este modo peculiar del amor que nació en el siglo XII en las cortes de Provenza se basaba en una ascética idealización de la mujer. Las normas que lo regían eran más o menos estas: se da sin esperar recompensa y el padecimiento por la falta de reciprocidad acrecienta el mérito del amante, quien goza ocupando el lugar de un vasallo ante la fémina a la cual se brinda incondicionalmente. Habiendo abandonado toda esperanza de tocarla, tiembla y hasta puede quedar enmudecido al verla; una sola mirada de ella resulta inestimable si dulce y piadosa tanto como si desdeñosa y cruel. El poeta no claudica siquiera ante el más brutal rechazo; antes bien, se deleita en sus lamentos. Si accediera alguna vez al encuentro con el cuerpo de la dama tocaría la vida del amor y su inexorable muerte, dado que su deseo se alimenta sólo de esa constante agonía que supone posponer y posponer. Esa atribulada casuística del corazón atravesó la juventud de Dante Alighieri, cuyo pacato temple para las aventuras galantes contrastaba a todas luces con el de su íntimo amigo, Guido Cavalcanti. Organizador de grandes comilonas y amante avezado, Cavalcanti le hizo permanente honor a la buena vida y jamás faltó a una orgía que se desenvolviera en elegante y cordial temperatura. Sus compañeras las fiebres no cesaban de develarle en la piel de las mujeres deliciosos parajes, inagotables manantiales de cosquillas y espasmos. El cultivo del espíritu no lo condujo a rechazar las divinidades terrestres, tangibles y siempre valederas como una copa de vino. En cambio, ensimismado y metido sólo en libros, inteligente pero lerdo para la vida práctica, Dante iba perdiendo poco a poco cualquier vínculo con los placeres del tacto. Se escandalizaba de que el desenfreno indujese a su amigo a caer _ansioso por acariciar senos venusinos y demás anzuelos de lamocedad femenina_ en brazos de mujeres rudas o, peor aun, lascivas meretrices. Por su parte, Cavalcanti percibía a Dante extraviado en la locura de un ideal tan absurdo como inalcanzable: el amor de la célebre Beatriz. Observaba al marido de la amada encogerse de hombros frente al obstinado asedio del poeta y no podía sino pensar que su amigo era un enfermo profundamente enamorado de su dolencia. Es normal que los comportamientos dantescos resultaran a menudo irrisorios para un experto seductor como Cavalcanti; nadie en su sano juicio debe perder el tiempo, opinaba, con una damisela que escatima la caricia. No fueron pocas las veces que intentó despabilarlo llevándolo a festines, y un día se animó a decirle que Beatriz no era seductora en el sentido carnal de la palabra. Pero tuvo que concluir que Dante se había abocado al malsano placer de condolerse y poetizar para no afrontar su pánico ante la piel de las mujeres. Incapaz de valerse de ardides, coqueteo o artificio alguno, pasaba torpemente por delante de Beatriz y ella desviaba la vista. Dicen que era frecuente encontrarlo deambulando por la ciudad con un aspecto mortecino, absorbido en sus pensamientos y hasta indeciso al hablar. Quienes fueron testigos de ello coinciden, no obstante, en que parecía aferrarse a ese tormento como a un jardín de las delicias. Ninguna caricia real habrá podido acaso proporcionarle a un hombre tanta voluptuosidad como a Dante la caricia no dada. Los años transcurrieron y Cavalcanti continuó reprochándole sus lamentables lloriqueos, advirtiéndole que creer que el mundo se convierte en páramo por el "no" de una mujer es una exaltación que ningún hombre de buen gusto tolera. Una tarde le preguntó cómo podía seguir amando a una señora que ni siquiera le dirigía la palabra. Dante le respondió: "Amor, que es mi señor, ha puesto mi felicidad entera en algo que no puede defraudarme". El otro empezó a reír y cuando por fin le pidió que le contara en qué consistía esa dicha, Dante confesó: "En las palabras de la alabanza a mi amada". Su amigo recordó enseguida aquel texto donde Plinio cuenta que la piel de la Venus de Gnido inflamó los deseos de un joven, excitado porque a partir de un supuesto parecido esta elevaba a un nivel de perfección la imagen de una dama que le había negado sus favores. Por la noche el joven se ocultó en el templo y se acopló con la estatua dejándole una mancha, señal de su pasión satisfecha. En ese momento Calvancanti entendió que los cantos a Beatriz no eran otra cosa que una sublimación delirante. Y de ahí en más cada vez que veía a Dante salir de su casa demacrado y exangüe, imaginaba que el Poeta _reacio a la piel pero excelso partenaire de las letras_ a la par que escribía se masturbaba. Del gusto por lamer Sobre pieles castigadas sabía Leopoldo Von Sacher-Masoch. Evoquemos esa turbadora experiencia que atravesó cuando tenía apenas diez años: desde un escondite contemplaba con fruición a su tía en plena batalla sexual con un amante; de pronto la puerta se abrió, la luz quebró la intimidad y dio paso a su estupefacto tío, quien dos segundos más tarde recibió los latigazos con que su implacable esposa lo sancionó por la intromisión. El pequeño voyeur no consiguió soportar en silencio la dureza de la escena y soltó sin querer un chillido de horror. Sus rodillas temblaron al notar la veloz reacción de la mujer, que enfurecida avanzaba hacia él con el látigo en alto para descargar una nueva paliza. Leopoldo se entregó a los azotes estoicamente. Apretó los párpados en un primer momento y, después, abrió los ojos y clavó la mirada en la piel sangrante de su tío, cual si examinara su futuro más próximo pero además como si este fuera el cuadro que signaría su vida. Los psicoanalistas estiman que el desarrollo sexual normal del pobre Leopoldito quedó detenido, fijado a esa etapa infantil. En 1886 Krafft-Ebing se dedicó a inventariar las psicopatologías sexuales, y en homenaje a aquel niño decidió designar el gusto por la humillación y el maltrato con el término de "masoquismo". Masoch fue profesor de Historia y publicó su novela más célebre, La Venus de las pieles (Venus in Pelz), en 1869. Los rusos y los ucranianos se pelean por ser su tierra natal. En Ucrania existe un movimiento que quiere ponerle "Masoch" a una calle; mientras, la otra parte argumenta que el autor aprendió los placeres de la flagelación de los khlysty, una secta rusa. Más allá de estas naciones que vaya a saberse por qué están interesadas en proponerse como el origen del gusto por el sufrimiento, lo cierto es que las que aprovechan su libro son fábricas transnacionales de peletería. Una de ellas, humorística o simplemente sincera, dice en sus folletos: "Masoch se sintió profundamente atraído por la subyacente carga erótica de las pieles. Como nuestro objetivo no es el estudio de la piel en ciertos comportamientos psicopatológicos, obviamos dichos aspectos en beneficio, una vez más, de los productos de nuestra empresa". Severin, el protagonista, es un hombre que le solicita a su esposa Wanda Dunaiev firmar un contrato en virtud del cual él se convertirá en su esclavo. La figura de Wanda inaugura un ideal femenino poderoso y despótico que en el mercado del hardcore sex hoy encarnan las dóminas: el de una mujerona imponente, producida y diestra en magullar la epidermis a latigazo limpio. Que el deseo que despierta el modelo es intenso lo prueba que el propio Masoch haya querido formalizar con su señora Aurora Rümelin un contrato semejante... En la penúltima escena, no es sólo Wanda sino también su amante quien azota a Severin. Una vez que ambos lo han abandonado cubierto de sangre, sonriente, el marido concluye: "La terapia no fue cruel sino radical. Lo importante es que estoy curado". No sería grotesco afirmar que el recuerdo más fuerte de la piel que deja el libro no es la diabólica belleza de los tapados de Wanda; ni tampoco, como es de esperar, las partes del cuerpo lastimadas tras esas palizas de una comicidad franca y escalofriante. El piel a piel que condensa el sentido de la historia como un nudo aun más despiadado que los golpes emerge cuando el protagonista _nunca del todo saciado_ se agacha y, para recompensar a su mujer y al amante por haberle prodigado un castigo suficiente, les lame los pies. La lengua que recorre solícita e intermitente la piel del empeine probablemente cifre, con un exceso de realidad que rebasa las relaciones amorosas para desbordar en otros campos (laboral, familiar, etc.), una clave significativa del deseo masoquista. (gracias a Latido...)
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