Todas mis chicas

Todas mis chicas
Lilo, Marce, San, Luni y Viole (todas mis chicas)

Wednesday, November 2, 2005







Expulsada de la infancia
Nací el mismo año que Barbie y confieso que ella se ve mucho más joven que yo. Tampoco soy ni tan esbelta ni tan rubia –mejor dicho, nada rubia–, aunque las dos compartimos el signo del Chancho en el horóscopo chino (Barbie odiaría que esto trascienda). Y eso sería todo lo que tenemos en común, si no fuera porque el juego, el universo lúdico y sus maravillosas reglas nos envuelven y unen de manera tan particular.A ver, que no se malinterprete. Nunca jugué “a las Barbies”. Las muñecas de mi infancia eran las Rayito de Sol y había también rondas, tacones y jueguitos de té. Por entonces, la hija predilecta de Mattel apenas terminaba de acomodar sus largas piernas en los estantes de las jugueterías de Estados Unidos. Seguramente no figuraba en sus planes visitar mi pueblo en el convertible rosado, junto al insípido Ken. Hablo más bien –repito– de ser parte de ese mundo disparatado, por donde ella camina en puntas de pie y que yo, desde la distancia de los cuarenta y tantos, aún reconozco como propio.Barbie es básicamente un instrumento de juego (frívola, anoréxica, incomprendida). Yo era poseída por el juego. El afán por jugar hacía que por momentos me olvidara de lo que me rodeaba, al punto de correr al baño cuando la humedad entre las piernas indicaba que ya era un poco tarde.Ese estado de gracia despertaba la admiración de mi madre: “Ha estado toda la tarde encerrada en la habitación”, comentaba. Delicioso encierro, el juego.Jugaba a la mañana, haciendo burbujas en la leche, y cuando me iba a dormir, saltando sobre el colchón. Jugaba camino a la escuela, aplastando las hojas por el solo placer de hacer crujir los dientes. Me entregaba. Era tan intensa mi compulsión al juego como indiscutible mi idoneidad, mi capacidad lúdica. Claro, a nadie engaño diciendo que esta pasión se mantiene intacta. Convengamos que el juego es a la infancia lo que el enamoramiento a la adolescencia. Jugar, después, ya es otra cosa; como el amor entre viejos. Aun así, no renuncio.Durante mucho tiempo fingí que no me había importado dejar la niñez. Pero hoy, abierto el espacio para la confesión, admito que hubo un día, una hora y un asesino y que no le perdono la crueldad de adelantar lo que tarde o temprano sucedería.Desde sus cinco años, mis doce eran ya parte de otro territorio. Gulliver en el país de los enanos. Desentonaba en mis brazos aquel cuerpito rígido, como mi nariz empezaba a desentonar también en mi cara. Quizás el pibe sólo confirmó con palabras lo que yo ya intuía, porque es cierto que había dudado antes de tomar mi muñeca preferida y salir a la calle. Pero hay que sentir esa lucha interna por quedarse niño para saber el efecto que tuvieron sus pocas palabras y su gesto despectivo.–¡Tan grande y juega a las muñecas! –dijo, desde la vereda de enfrente.Yo seguí mi camino, como si no hubiese escuchado aquella grosería. Llegué a la casa de mi amiga, jugamos y cuando terminaba la tarde nos despedimos. Hubo otros juegos, otras tardes de muñecas, no digo que no. Pero nadie que sienta pudor puede jugar, y yo me había avergonzado. Ese circunstancial mensajero, inspector de cronologías, me había expulsado de la infancia.Desde entonces me esmero, hago todo lo posible por retener la esencia de ese pasado, algo que sea más presencia que recuerdo. Cuando sorprendo a mi compañero tapándole los ojos, cuando me zambullo en una pileta, cuando como una golosina, lo hago solamente para recuperar parte de la sensación de jugar. Me doy, además, algunos gustitos, como bailar con mi hija frente al espejo las canciones de Marcela Morelo. Y no es suficiente, es apenas un rebusque que inventé. Llevo con orgullo la bandera inocente del juego en terreno de adultos. Por eso, si me ven correr las cortinas de la ventana y mirar hacia la calle, sepan que estoy esperando. Confío en que Barbie, que ha llegado por fin al pueblo, la vea flamear en mi puerta y entonces detenga el convertible rosado para llevarme lejos, a pasear con Ken.

NOOOOOOOOOOOOOOOOOO BARBIE JAMASSSSSSSSSSSSSSSSSSSS me quedo con mi muñeca la negrita de pelo de virulana que me robaron alla en el barco que me trajo a mi vida argentina...

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