Que nada te importe
Me veo caminando en la calle. Ya no como cuando niña trepándome a un cordón para ir haciendo equilibrio. Tampoco como en la adolescencia saltando o cantando, inquieta, con esas hormonas que desbordan. Me da la impresión de que cuanto más avanzamos en la vida, más seriedad le vamos imprimiendo a las cosas. Como si la cosa misma lo exigiera, como si ella, en
algún lugar que no recordamos, se hubiera transformado.
Sí, etapas son etapas. Uno no puede andar como un púber porque ya no lo es, ni como un chico.
Pero tampoco quitarse el juego de cuajo. El placer de las cosas simples. El juego en su lugar
más básico, no así el más visible. Andar con el perro y arrojarle el palito para que lo traiga, saltar un charco por el deseo de saltarlo, mezclar los condimentos cuando estamos cocinando sin saber lo que va a salir pero saboreando, tirarnos en el pasto sin importar que se nos ensucie la ropa.
Parece que tuviéramos todo controlado, la escalera se sube de esta forma, aquí se puede cantar y si lo hacemos allá nos mirarán con la cara con que se mira a quien se juzga desubicado. ¿Cuántas cosas hacemos por el simple placer de hacerlas?
De chico es más fácil, claro. Los chicos juegan, es su naturaleza. No tienen obligaciones, ni deudas, ni teléfono sonando para interrumpir la mejor siesta, o cosas como esas. Aparte, los chicos no duermen la siesta... Están jugando.
Parece mentira que no nos permitamos lo más simple y se me ocurre ahora. Ahora que me pongo a recordar y se me viene la infancia, sí, no lo niego, pero también se me vienen otras cosas.
La adolescencia, por ejemplo. Con esas ganas inexplicables de no poder estarse quieto, con ese olor a nuevo, a todo es acción, con ese sabor a cosas por cumplir. En el pueblo en donde hice la
secundaria se organizaba, una vez al año, una semana entera de juegos y competencias. Se llamaba La Semana de la juventud, deducirán ustedes por qué.
Nos juntaba a todos, conocidos y sin conocer, y nos colocaba a un mismo nivel. El del entretenimiento. No importaba si no sabías, si tenías habilidad o eras un tronco. El hecho básico estaba presente en cada movimiento. Jugando al fútbol, yo, que lo único que hacía era tirar patadas al aire; jugando al vóley con un equipo que no se entendía. Yo, que en ese momento me olvidaba que el vóley no me gustaba.
El deseo nos llevaba a todos de las narices, la risa por la risa, más la de los varones, que venían a vernos jugar al fútbol para reírse de nuestros pobres pies despelotados. Pero en realidad no importaba.
El error cabía siempre, y nosotros, meros aprendices humanos, sí que los teníamos. Las reglas del juego las dictaba uno, porque la verdad es que no era más que eso. El sentir el viento cuando corríamos, la ansiedad en la búsqueda del tesoro, cuando teníamos que recorrer
medio pueblo tras una pista.
El entretenernos, el divertirnos era lo que tomaba protagonismo, a pesar de habernos anotado en los juegos para librarnos de horas de clase. Cosas simples, salir con una bandera gigante de la Argentina por una calle del pueblo. Riéndonos a carcajadas porque parecíamos unas locas, pero nos permitíamos serlo. Juntarnos para festejar el Día de la Primavera. Y como en casi todo 21 de setiembre llovía, terminar con una guerra de barro, mano a mano, negros de arriba abajo. Y la pasábamos bien, le sacábamos provecho a todo lo que podíamos. Ahora, si llueve, nos quejamos de la baldosa floja que salpica, del auto que embadurna, de la calle resbalosa. No saltamos porque sí, no intentamos jugar una rayuela en la vereda para no mojarnos y disfrutarlo.
Tendríamos que dejarnos invadir, sentir el deseo y no reprimirlo, no calmarlo con seriedad. A mí me encantaría tocar el timbre en una casa y salir corriendo, de chica no lo hice. Creo que de grande me gustaría haber hecho muchas más cosas que no hice cuando la edad me amparaba. Porque los chicos son chicos, y los adolescentes son pavos, pero los grandes ya no tienen excusas.
Los grandes tienen que seguir siéndolo por el resto de su vida. Es demasiado tiempo para no permitirse excepciones. Es demasiado tiempo para no pensar que hay cosas que se hacen por el simple hecho de hacerlas, para disfrutarlas. Y que no hay edad que pueda convencerlas de lo contrario.
La risa por la risa, el deseo por el deseo, las ganas por las ganas.
Jugar por jugar.
No comments:
Post a Comment