
PECADO Y TENTACION : CUANDO TOCARSE ES PROHIBIDO.
Recetas para el roce
Tal vez entre los más tempranos y sabios consejos relacionados con el contacto piel a piel se encuentren los de Ovidio Nasón. Ovidio nació en una villa del centro de Italia en el año 43 a.C. Marchó a Roma para iniciar una carrera política, completó su formación en Grecia y, tras una larga temporada viajando, regresó a su tierra. Su vocación era la poesía, pero su padre lo obligó a apartarse de materias tan lábiles. Existe una anécdota en la que promete acatar esa orden: "Te juro, padre, te juro que nunca más compondré versos". Como fue muy enamoradizo los matrimonios le duraban más bien poco. Se casó tres veces y abandonó la política justo en el momento en que se le exigía su incorporación al ejército. Estuvo plácidamente entregado a la literatura hasta que un día Augusto lo desterró a causa de unos incómodos versos. Ya exiliado, resumió el asunto así: "Me he perdido por culpa de mi ingenio". El Arte de amar (Ars Amandi) fue el texto que suscitó la condena, el destierro como modo que adoptó la censura moral de una obra literaria. Burlando a Augusto y al roto juramento a su padre, más que arrepentirse de sus versos, Ovidio se jactaba. Mandó a escribir en su epitafio: "Aquí descanso yo, galanteador de tiernos amores, perdido por la inteligencia. Poeta mío, a ti que pasas, no seas inclemente. Si es que amaste di: Los huesos de Nasón reposan dulcemente". En la obra censurada clasifica tres tipos de besos: el osculum, dado a los amigos sobre las mejillas; el basium, sobre los labios para indicar afecto; y el suavium, dado entre amantes y consistente en morder suave los labios (hace referencia a los labios del rostro pero no solamente). Sin duda lo más jugoso de su didáctico tratado son las mil recetas prácticas, destinadas sobre todo a señalar los mejores atajos para acceder al cuerpo de la mujer deseada. Muchos y muy cómicos son los pasajes donde explica cómo aprovechar el caos de los espacios públicos, en especial cuando la piel anhelada pertenece formalmente a otro: "Desea mil felicidades a la señora de tus pensamientos y al que tiene la dicha de compartir su tálamo; mas en lo recóndito del alma profiere contra este último cien maldiciones. Cuando las mesas se levantan y los convidados se retiran, aprovecha las circunstancias del lugar y la confusión de la multitud para aproximarte a ella; mézclate entre la turba, colócate a su lado, pásale el brazo por el talle y toca su pie con el tuyo". Ovidio estaba convencido de que Venus y la Fortuna alientan siempre a los audaces. Por eso quiso instruir bien a aquellos que no tuvieran ningún prurito en convertirse en ladrones de placer: "No dejes tampoco de asistir a las carreras de los briosos corceles; el circo, donde se reúne un público innumerable, ofrece grandes incentivos. Nadie te impedirá que te sientes junto a ella y que arrimes tu hombro al suyo todo lo posible; el corto espacio de que dispones te obliga forzosamente, y la ley del sitio te permite tocar a gusto su cuerpo codiciado". Ese entusiasmo por idear artilugios para el contacto de piel en marcos concurridos no debe hacernos creer que Ovidio fue avaro en lo concerniente a brindarles a los muchachos versados consejos para el ámbito privado: "Los dedos sabrán deslizarse por las partes donde el amor templa ocultamente sus flechas. Así en otros días lo hizo con Andrómaca el valeroso Héctor, cuyo esfuerzo brillaba no sólo en los combates. (...) No te afanes por llegar pronto al término de la dicha; demóralo incansablemente y la alcanzarás completa. Si das en aquel sitio sensible de la mujer, que un necio pudor no te detenga la mano, entonces verás cómo sus ojos despiden una luz temblorosa". Para finalizar, el poeta legó a los siglos venideros una loa al vamos juntos: "Ni le dejes atrás desplegando todas las velas ni permitas que ella se te adelante. Penetren en el puerto simultáneamente. El colmo del placer se goza cuando dos amantes sucumben al mismo tiempo". Los lenguajes no verbales contienen algo de misterioso que los vuelve casi clandestinos; en tiempos en que no se conocían los manuales de autoayuda ni el sexo virtual, Ovidio supo divulgar principios útiles para mancebos necesitados de iniciarse con cierta dignidad en los enigmas del lenguaje de la piel. Fuego dentro del fuego Decía Michel Foucault que hasta el siglo XVII existió una tolerante familiaridad con lo ilícito: "Los cuerpos se pavoneaban". Pero a ese luminoso día pronto le siguieron el crepúsculo y enseguida las aburridas noches de la burguesía del período victoriano _pieles surcadas por la doble moral de una sexualidad retenida por un discurso hipócrita_. En aquel lúgubre contexto, la Inglaterra decimonónica, los periodistas de todos los diarios sabían que no era posible mencionar a Aubrey Beardsley sin poner su propio empleo en riesgo. Dentro del grupo de exquisitos en el cual Beardsley se movía _una pléyade formada por espíritus tan selectos como W.B. Yeats, Oscar Wilde o Arthur Symons_, el desprecio masivo que se había ganado le otorgaba un aura de heroicidad. Flaco, desagradable y fatuo, lucía siempre tan pálido como la gardenia que llevaba en su solapa y, desde los siete años, arrastraba los síntomas de la tuberculosis que a los veinticinco puso término a su vida. Según cuenta Yeats, fue un raro giro que tomó su enfermedad lo que le hacía ver _casi sin descanso_ a hombres y mujeres acechándose la piel como animales íntimos en combate. Se entiende que no muchos hayan estado en condiciones de apreciar el genio precoz de Aubrey Beardsley, la fuerza blasfema de esas alucinaciones a partir de las cuales creaba dibujos de una obscenidad satírica y fascinante. El mayor escándalo tuvo lugar cuando en 1894 salió a la venta Salomé, de Wilde, con ilustraciones suyas. Las sugestivas tintas despertaron la fur ia de una novelista popular que ejercía una enorme influencia; y, debido al revuelo que armó, Beardsley se transformó en un artista estigmatizado por la opinión pública. Fue Arthur Symons quien quiso darle un lugar y lo nombró director artístico de The Savoy, la revista que un mecenas iba a comenzar a financiarle. Pero el emprendimiento no duró más de una decena de números porque, espantados frente a la publicación de un breve cuento que Beardsley había escrito, los distribuidores se negaron a seguir repartiendo un magazine que contuviera material de tal calibre. Incluso se acusó a la revista de ser un órgano de íncubos y súcubos, esos fogosos demonios de la fantasía sexual que se inmiscuyen en las personas para satisfacer deseos que la realidad prohíbe y a menudo hasta impide pensar. Condenado moralmente por la sociedad, Beardsley terminó sintiendo (o fingió sentir) la aspereza de la culpa y, días antes de su muerte, juró que se arrepentía de su impúdica obra. Se convirtió al catolicismo en un súbito rapto semejante al de Wilde; y para convencer a los demás de que no era una broma propuso que quemaran varios de sus dibujos. La historia del arte lo mantuvo durante años en el olvido y, finalmente, el tiempo hizo lo suyo y hoy se lo considera el rey del art noveau británico. La enciclopedia católica lo incorporó a sus páginas y hasta se ocupa de blanquear su memoria, tal como lo prueba el curioso pasaje que afirma: "Los innobles y viciosos trabajos de Beardsley fueron fruto de su afán por burlarse de la gente de opiniones estrechas, pero de ningún modo de una disposición demoníaca". Detengámonos ahora en la insólita creación literaria del joven dibujante. Lleva por título La historia de Venus y Tannhaüser y está basada en la misma leyenda germana en la que Wagner se inspiró para escribir su quinta ópera (Tannhäuser o El torneo de canto en el Wartburg). Lo destacable es que en la versión de Beardsley la mítica diosa Venus es una prostituta y Tannhaüser un torpe caballero que, pretendiendo arrancarle a la vida momentos más intensos que los que suele ofrecernos, se interna en el Monte de Venus, un fabuloso e inmenso prostíbulo, con la intención de acceder a la piel más famosa de Europa. Beardsley dice que quienes sólo vimos a Venus en museos tendremos problemas en imaginar cuán irresistible debió ser, recostada sobre la seda rosa en aquel cálido boudoir. Se sabe que su rostro evidenciaba pocas ideas pero que su piel parecía obra del más largo y laborioso pensamiento, como si se hubiera consultado con diversos matemáticos y sabios egipcios el método para mantener por siempre su sobrehumana belleza. Mudo de excitación, Tannhaüser recorrió la piel de Venus con la punta de sus dedos, exhaló un gran suspiro y cayó repentinamente sobre la espléndida dama. Es costumbre de los escritores pintar héroes capaces de dar a la heroína muestra de su bravura un sinfín de veces en una sola noche; sin embargo, el Tannhaüser de Beardsley no poseía esa facilidad gargantuesca, y se sintió muy aliviado cuando, una hora después, otros hombres entraron embriagados en el cuarto y reclamaron a Venus para ellos. La doncella acomodó a la diosa entre almohadones y la retiró alzada en brazos, mientras miraba al artista diciendo "Qué cansado parece ese pobre muchacho". Con el correr de los días a Tannhaüser se le volvió insoportable el recuerdo de la intensidad del contacto. Y dado que sus remordimientos crecían, decidió encaminarse hacia Roma para confesarle su pecado al Papa y pedir la absolución. El Papa le negó el perdón alegando que sería tan difícil para él redimirle como para su báculo echar flores. Tannhaüser abandonó el lugar; su esperanza temerosa dejó paso a una desesperación leonina e intrépida. Tres días más tarde el Papa observó que del báculo brotaban hojas verdes; y, azorado ante el acontecimiento, llamó a un séquito y dio la orden de salir en busca del pecaminoso caballero. Lo troupe peregrinó a lo largo y a lo ancho de Europa tras el objetivo, pero en ninguna parte hallaron señales de Tannhaüser. Había desaparecido y no volvió a saberse más nada de él. Existen dos versiones acerca del misterio de su paradero. La primera asegura que volvió al Monte de Venus y, durante el reencuentro con la diosa, se colmó de deleites hasta el límite en que ya no pudo aguantar una voluptuosidad tan constante, pura y total. El muchacho habría tenido entonces un final sublime: al arribar a un monstruoso nivel de saciedad _el grado cero del deseo_, inmolado por esa piel murió de un exceso de placer como el príncipe Vibalano en Las 11 mil vergas de Apollinaire. La segunda versión dice, en cambio, que empezó a desconfiar de la piel con un fervor grotesco. La asociaba con el sufrimiento, la tentación, la lujuria y la suciedad del alma. La vulnerabilidad de la piel le pareció complementaria a su impureza: era impura porque era vulnerable, incapaz de resistir al anzuelo de peligrosos contactos. Su desprecio por esa vil lámina alcanzó tal punto que la disolución de su cuerpo pronto se le presentó como un fin apetecible. Como no había logrado extinguir su ardoroso deseo, concluyó que su única salida consistía en apagar el fuego con fuego y se arrojó a un volcán... Los que adhieren a esta última versión consideran que lo determinante es lo que dicta la conciencia y no lo que nos crispa la punta de los dedos. Los que creen en la primera piensan, como Paul Valery, que lo más profundo que tenemos es la piel.
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