Todas mis chicas

Todas mis chicas
Lilo, Marce, San, Luni y Viole (todas mis chicas)

Monday, October 31, 2005



LAS ILUSIONES ( El Espejo esmerilado - Liliana Heker)

Cuando yo era chica tenía la ilusión de que un día los problemas se acabarían: aquello que me daba angustia o miedo dejaría de atormentarme y yo por fin conseguiría no andar a contramano por la vida. Se trataba sin duda de una gran ilusión. Pero había también ilusiones más modestas, estadios vaporosos en los que aquello que debía ocurrir –o yo suponía que iba a ocurrir– estaba aún latente y entonces podía alcanzar el grado de lo perfecto. Debo hacer un esfuerzo para separar esos estadios de los juegos del pensamiento en los que, pongamos por caso, yo era una hermosa niña agitanada capaz de ir sin ayuda de los Andes a los Apeninos u hoy encuentro en un taxi –el taximetrero es viejo y ni se percata– una razonable fortuna anónima que me salva y que, además, pertenecía a un ser siniestro de dinero malhabido a quien no me produce ninguna culpa esquilmar. Estos juegos pertenecen al puro territorio de la fantasía: una puede ir y volver de ellos sin atarse a plazos ni a circunstancias. Con las ilusiones pasa otra cosa. Su condición de existencia consiste en que una crea que un día van a ser una realidad. Será por eso que estoy buscándolas en mis primeros años: tengo la impresión de que ahora me ilusiono poco: tal vez fui aprendiendo a prever el futuro con cierto cálculo de error y hasta tuve la suerte, a veces, de que ciertas realidades estuvieran a la altura de mis ilusiones. París no fue inferior al sueño de París y las islas del Rosario no se diferenciaban mucho de esa islita del náufrago que yo había aprendido en las historietas. Hasta la adolescencia, en cambio, las ilusiones eran de las pocas cosas –otra era la invención de historias, otra los razonamientos, otra los libros– que impedían que muriera de aburrimiento. Eran ilusiones que solían desembocar en una desilusión, y ahora que lo pienso, es ahí, en la desilusión, donde debe morir toda ilusión que se precie. Si acaba derrotada por la realidad que la generó no merece siquiera que se la recuerde.Yo tuve ilusiones de naturaleza diversa: una vez, a los trece años, entré en un coro gracias a un enamorado que era violinista y, durante los dos o tres meses que me duraron el coro y el enamorado, me ilusioné con la suposición de que un día no muy lejano iba a cantar hermosamente. Era magnífico porque cantar siempre fue de las cosas que más me han gustado en el mundo. Sigo cantando, claro, sólo que tan mal como antes del violinista. Otra vez, a instancias de una amiga habilidosa, fui a aprender corte y confección. Durante el mes en que soporté a la profesora y a sus moldes, me ilusioné con la posibilidad de tener en el futuro –yo misma iba a hacérmelos– todos los vestidos que se me ocurrieran. Basta verme pegar un botón para entender en qué terminó esa ilusión. Pero mis ilusiones más fuertes siempre estuvieron vinculadas a los espacios. Espacios que yo imaginaba espléndidos y cuya esperanza de habitarlos me anticipaba la dicha. Un día de diciembre de mis siete años me dijeron que dos meses después iríamos a la costa. Era mi primer viaje y era la primera vez que vería el mar. Durante sesenta días rodé por arenas ingrávidas y doradas y fui alzada por olas de un azul imposible. La arena real resultó áspera y casi no se la veía debajo de la multitud que en ese verano del cincuenta y uno poblaba la Bristol; en cuanto al mar, su color no difería demasiado del del río y el tamaño de sus olas era imperceptible comparado con el de las mías. Más adelante, otros mares y este mismo mar nuestro en inviernos despoblados no desmerecieron mis sueños, pero ninguno alcanzó el esplendor del que, una madrugada, mientras esperábamos el auto que nos llevaría, yo sabía –o creía saber– que me aguardaba ahí nomás, al final del viaje.Una ilusión tan intensa como la del mar fue la del primer departamento. Yo tenía cuatro años, una prehistoria en una pensión de Bahía Blanca y una historia –que en ese momento no me parecía breve– en la casa de mis abuelos y en la trastienda de un pequeño negocio. Al principio, cuando supe que mi padre había alquilado el departamento, todo consistió en soñar cómo sería vivir en una casa que por fin sería nuestra casa. Después se fueron agregando detalles. Ocurrió que el edificio aún estaba en construcción, y mi padre, cuando volvía de visitarlo, nos iba contando los progresos. Recién ahora reparo en que él debía pasar casi todos los días por el edificio en construcción y también entiendo por qué mi madre, una y otra vez, le decía algo cuyo sentido se me escapaba. “Ay, Goyito (le decía), sos siempre el mismo iluso.” Se lo decía porque mi padre, en cualquier circunstancia, intentaba convencerla de que pronto todo se iba a arreglar, pero también se lo decía por la manera en que nos iba contando los avances de la casa. Yo registraba el verde nilo de los pasillos, los grandes espejos del hall y, ya en nuestro departamento, la luz que entraba por los vidrios esmerilados de las ventanas. Tal vez los detalles eran imprecisos o yo, a los cuatro años, no los comprendía muy bien. Lo cierto es que, durante meses, me multipliqué en espejos enfrentados y fui esmerilada por la luz de las ventanas. No voy a abundar: sólo diré que en el hall había dos espejitos de morondanga que ni siquiera estaban enfrentados, y que una palabra tan hermosa como “esmerilado” apenas significaba que yo nunca más podría mirar hacia afuera. Supongo que a esa desilusión, a los vidrios opacos y a la falta de espacio, les debo el descubrimiento de los libros, los únicos capaces de rescatarme de la opresión de ese primer departamento. También les debo la obstinada pasión con que voy armando cada una de las sucesivas casas que es mi casa. Y ahora me doy cuenta de que cada una de ellas, también la amada casa de San Telmo en la que escribo estas palabras, es, más que ninguna otra cosa, una ilusión, algo que nunca termina de armarse pero cuya urdimbre final yo conozco y en cuyo sueño de completud me refugio como dentro de un aura. Si alguna vez tengo el dinero suficiente (me digo) voy a voltear esa pared, voy a comprar aquel sillón, voy a hacer una estantería. Y esto me lleva a otra ilusión, con la que convivo, la ilusión de tener el dinero que me va a permitir no preocuparme nunca más por problemas de dinero. Y también me lleva a la expresión más perfecta de esa ilusión: el juego de azar. Compro un billete de lotería, o apuesto a la quiniela un número que me persigue, o pongo una ficha en una casilla de la ruleta, y mientras llega el día del sorteo o la rueda gira yo vivo con la ilusión de que voy a ganar y entonces todos mis problemas van a resolverse. Con lo que vengo a descubrir que no soy tan distinta de la que fui y que, pese al aprendizaje de la realidad, sigo siendo tan ilusa como mi madre decía que era mi padre

(nota de la blogger : durante mi infancia "argentina" mi libro mas querido y aun hoy perfectamente conservado, era Corazon, donde claro, uno de los cuentos es "De los Apeninos a los Andes" y yo me veia como la heroina agitanada exactamente tal cual descrita por la autora..., una diferencia : aun y siempre me ilusiono total, absoluta y maximamente....y no pienso perderlo jamas!!!!!!!!!!)

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