
para mi querido .........E.........por un nacimiento especial, sabiendo que se puede nacer en un sueño, en una arruga de una sabana de puro algodon (no tiene que ser de seda), en una flor, en un sueño....solo en la mente magnifica de quien cruza el altantico para encontrarse conmigo en la fase previa al sueño profundo..
NACIMIENTO – HECTOR TIZON
Algunas veces, antes de que anochezca se podía distinguir en el pálido horizontes unos trazos difuminados semejantes a nubes-
Paro ya nadie recordaba la lluvia.
La aridez sólo era morigerada por la humedad que en los amaneceres destilaba el rocío de las escasas plantas.
Para los de aquí, descendientes de adoradores del sol, el sol el infierno que seca la piel antes que la muerte llegue; Estos hombres que ya ni siquiera saben defenderse porque han perdido el concepto del mal.
Hacía mucho tiempo que no nacía una mujer en estos pagos, y por falta de hembras los
Varones mozos debían exiliarse; ya sólo quedaban los ancianos ; las mujeres, multíparas morían, y los jóvenes se los llevaba el camino.
El día en que las dos comadronas anunciaron la inminencia del nacimiento, fue para todos, de fiesta.
Por la forma esférica y no ovoidal del abdomen, por el rumor silencioso como de vientos profundos, que las viejas oían al poner sus orejas sobre el vientre grávido, y por la entrañable suavidad y tibieza de la piel, estuvieron seguras las parteras del inminente advenimiento.
El hecho se expandió por las comarcas: ahora, otra vez, iba a nacer una hembra y esto era como una esperanza y como una flor.
Con el anuncio se preparo el ágape, que sería una comida fraternal y primitiva: cordero asado con hierbas amargas y maíz; y música de viento.
El pueblo no era grande, apenas siete casas, con sus corrales circulares de piedra seca. Se obstinaba la gente en construir sus casas en esta paramera, cuando a lo sumo podría ser habitada por el viento polvorosos, sólo apto para senderos de cabras
Un cuento inmemorial pretende que aquí o muy cerca de aquí, alguna vez existió un lago; nadie lo cree pero nadie lo niega, y todos los pequeños pueblos de la región lo reclaman para sí. Algunos hasta han creído ver los rastros o vestigios de ruinas, de cobijos de pescadores que echaban sus redes a la luz de la luna.
Los pequeños pueblos no son mas de tres, separados entre sí por leguas tan yermas como las del país de Caín, a quien él >Señor había condenado a vagar por el desierto.
De allí salieron dos hombres, impulsados por el rumbos del nacimiento, y esos dos se hallaron con otro mas, y los tres juntos emprendieron el camino. Casi no hablaron entre ellos, puesto que lo que pudieron haberse dicho ya cada cual lo sabía.
Los tres viajeros pasaron la noche a la intemperie y durmieron encogidos junto al fuego que se extinguió al amaneces. Solo dos tenían cada cual una alforja, uno de ellos llevaba un pequeño pellón, y el otro una ollita del tamaño de la mano, con su tapadera ; el tercero era tan pobre que no llevaba nada.
Al amanecer del 5 día avistaron una delgada columna de humos que se mantenía erguida porque a esa hora el viento se recata. Apuraron el paso, pero el sol les ganó en llega. No tuvieron que hacer ninguna pregunta y, enseguida los tres estuvieron junto al jergón donde yacía la criatura recién nacida, que acababa de morir.
Tampoco en el camino de regreso tenían nada que decirse.
Quizá porque todos sabían que vivir acá era como una extravagante vanaglotia.
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