
VIEJAS Y NUEVAS FORMAS DE AMAR (hoy se viene laaaaaaargo! tendran paciencia para leerlo todo?)
Como cada uno ahora en su casa yendo de la cama al living. Yendo de un canal a otro del cable, del primero al último, del último al primero... ¿El canal erótico? ¿Para qué? La explicitación hace desaparecer la seducción y el erotismo. Me termina dando risa. ¿Policiales? Siempre el mismo psicópata. ¿De amor? Esas películas en las que el marido va hasta la esquina a comprar cerveza y ya está llamando, diciendo por teléfono Honey I miss you, I love you... bastante inverosímil. ¿Noticieros? No gracias, me vengo salvando del síntoma de la época: el pánico. Películas de enfermos. Dibujitos. Series que me hacen acordar de tantas horas viendo tele de chicos... Qué puedo ver, qué puedo ver, qué puedo hacer. Una canción de Moris, mirar el techo y en el techo no hay nada, hay solamente un techo, fumar y hacerse películas de amor. ¿Pero cuál? También en mi cabeza hay un zapping, cada historia que empiezo me parece que no sé qué final quiero que tenga. ¿Un final feliz es realmente feliz? He aquí la pregunta de mi generación. Empezamos y terminamos, rápido y mal –y no me refiero al sexo–, porque no sabemos cómo queremos que termine. ¿Será que hay que empezar de nuevo? De nuevo nuevo, quiero decir. Empezar con otra idea. Quizá con la certeza de no tener ninguna idea e ir viendo. Paciencia. Como quien tiene que ordenar un placard donde guardó de todo, y hecho un bollo. Hay que rehacer el amor. Pero entonces habría que pensar primero qué es hacerlo. O rehacerlo.Rehacer, según el diccionario, puede ser repetir lo ya hecho o “serenarse”, rehacerse. Buscamos un equilibrio. Si algo se debe rehacer es porque se deshizo. Más que el amor, la idea del amor. Una característica “moderna” es que primero se hace el amor, en su sentido literal de litera –cama– y luego se piensa (a veces) quién es el otro. Si de las parejas de antaño se decía que llegaban al matrimonio sin conocerse bien en aspectos fundamentales como la cotidianidad, de las relaciones de las últimas décadas se puede decir el otro extremo (los extremos se tocan, ¿no?): demasiado pronto se fuerzan dos desconocidos en una cotidianidad para la que no hay verdadera confianza. ¿Quién no se ha encontrado desayunando con un/a perfecto/a extraño/a?Si es por hacer el amor en ese sentido, bueno, ya lo hicimos, ya aprendimos, nos liberamos, tuvimos experiencia pero... ¡qué manada de solitarios! Veo en el techo el recuerdo de una historia... ¿Es un recuerdo mío? ¿Me lo contó mi amiga? ¿A mi amiga se lo contó una amiga? No importa, ¿quién no vivió, aunque sea una vez, esta historia? ¿Son los ochenta? Más o menos, me parece que sí. O un poco más. Estoy en una fiesta, como todas, no es divertida porque no estamos divertidos, no somos divertidos, un escepticismo existencial nos acompaña adonde vayamos. Cada uno baila solo. Yo también, y para peor con los ojos cerrados. Se toma mucha cerveza, primero porque es más divertido, después porque da una justificación para que nada sea divertido. Finalmente porque por fin el cerebro hace paf, un conveniente block out. Toco algo con el pie, un reloj, alguien lo perdió bailando, me lo pongo. Abro los ojos y allá lejos veo un tipo que me gusta, físicamente, digo. Me abro paso, me pongo a bailar frente a él, me convida cerveza. Bailamos. Bailamos. De pronto, no. De pronto, sí. Estamos encerrados y abrazados en un baño, sin ropas. Unos días después entro a un café y veo una cara que me parece conocida. Debe ser, porque él tiene el mismo gesto de “me parece que te conozco”. Nos parece a los dos que somos esos que estuvieron encerrados en el baño; así es que me siento a su mesa. Cuando me saco el abrigo dice: “¡Tenés mi reloj! ¿Estuve en tu casa? Creí que lo había perdido en la fiesta”.Deberíamos pensar que semejante casualidad señala un destino. Pues no, a no ser que el destino sea puro camino y no llegar a ninguna parte. Puro aprendizaje. Porque aunque nos vemos algunas veces más no encontramos –salvo más comodidad que en un baño– nada que nos entusiasme. Yo miro el techo, él monologa sobre bueyes perdidos. Chau, chau. Algún día uno de los dos no llama más, el otro tampoco. Nadie lo lamenta. Pasan unos meses y un día me llama para contarme algo que es muy importante para su vida, dice, y quiere compartirlo conmigo. ¿Conmigo? Ha triunfado sobre su adicción a la cocaína, pudo dejar. Lo que me impresiona es que nunca me di cuenta de que fuera adicto ni de que le preocupara. ¡Qué autismo! El mío. El de él. The Lonely Hearts Club Band. Cada cual atiende su juego. Como puede.
Es curioso: se habla de la mayor comunicación. Y me pregunto si es realmente así. Si mi autismo no es similar al de otras relaciones basadas en modelos que, en apariencia, están perimidos. Quiero remontar la punta del ovillo para entender razones: ¿fue por eso que hace unos años escribí una novela sobre Malinche? En parte, pero también por algo más. Eso de ser la lengua, la guerrera, en algo me identifica con un tópico: la mujer-escritora. Además, por haber pasado ella a la historia como el emblema mismo de la traición por su romance con el españolísimo Cortés.Se dice de las mujeres que son traicioneras. La verdad es que “la Chingada” no tenía muchas opciones, traicionada por propios y ajenos, una y otra vez. Primero, no está claro si su padre muere naturalmente, a manos del imperio azteca o si es asesinado por su esposa y el amante. Cuando ese amante ya tiene el camino libre para ser un marido oficial, la madre de Malinche tiene con él un hijo varón al que prefieren para heredar títulos y tierras, así que necesitan deshacerse de la niña. La leyenda cuenta que fingen su muerte enterrando a una esclava y que mientras suena el funeral, Malinche es llevada a escondidas por unos mercaderes a quienes su familia acaba de venderla. Así es como aparece en tierras mayas, por lo que aprende ese idioma además del suyo, el nahuatl, lo que la convertirá luego en la traductora necesaria de Cortés. Pero, ¿cómo es que aparece cerca de Cortés? Por la costumbre indígena de “regalar” mujeres al conquistador. Durante un tiempo es “adjudicada” a un lugarteniente hasta que se descubre su valor como lengua y su conocimiento de las costumbres e ideas, tan útiles a los conquistadores. A partir de ese momento Cortés y Malinche son inseparables, a tal punto que los indígenas llamaban a ambos por igual con el nombre de ella. ¿Doña Marina, como la bautizaron los españoles, traicionaba a su raza o a quienes habían dominado a su pueblo? Las crónicas reconocen la ayuda que Malinche prestó revelando secretos que los indios le confiaban. No tenía veinte años aún, dicen que era hermosa y muy inteligente y que en poco tiempo aprendió también el español. Y parecería que ella estaba realmente convencida, como suele suceder con quien ya está bajo un yugo, de que un nuevo yugo será la salvación. Se habla del gran amor entre Cortés y Malinche. ¿Cómo imaginar lo que se entendía entonces por amor? Ya de por sí Cortés había dado y tenido bastantes problemas en España. ¿Y Malinche? ¿Cómo imaginarla frente a ese blanco con armadura que bajaba de la orilla del cielo del mar en un ciervo gigante, casi como si nos enamoráramos ahora de un marciano? Caballos, cañones y la gran cruz. Aunque no lo practicara de verdad, Cortés introdujo la idea del cristianismo del cual dicen que Malinche se hizo devota. Algunos dicen que Cortés, hábil estratega, la mantenía enamorada para poder confiar en ella, de sus traducciones dependían las negociaciones con Moctezuma, nada menos. Como si todo fuera poco complicado, una vez conquistado México y mientras Malinche está por parir el hijo de Cortés, aparece Catalina, la esposa española que había quedado en Cuba y que viene a ocupar su lugar de gobernadora.Misteriosamente muere ahogada, y aunque sufría de “asma esencial”, se dijo que Cortés la asfixió con una almohada. Pero ni siquiera para poder casarse con su amor, ahora que era marqués, iba a desposar a una india, aunque le agradece los servicios prestados casándola con don Jaramillo y dejándole tierras. La pregunta en esta relación –que de alguna forma es emblemática– sería: ¿Malinche y Cortés se quisieron de verdad? ¿O sólo se necesitaron mutuamente? Pero también me parece emblemático que una mujer-guerrera no pueda ser a la vez una esposa.
Sigo buscando en la historia, más cerca en el tiempo y en el espacio. Otro romance de un momento fundacional: el del caudillo entrerriano Pancho Ramírez con la Delfina. Momentos de guerras, guerrillas, montoneras. A los combates contra los españoles pronto se superponen combates entre o contra caudillos regionales. ¿Será quizá la estructura femenina de mi cerebro que no me permite entender, por libros y libros que lea, por qué Ramírez es primero aliado de Artigas y luego lo combate, por qué López es primero aliado de Ramírez y luego lo combate? ¿Cosas de hombres? Y mientras los hombres se envían cartas del tenor de: “Aquí te mando embalsamada la cabeza de tal para que la pongas como pisapapeles en tu escritorio”, ¿qué hacen las mujeres? No todas bordan banderas como Remeditos. Las de menos fortuna van de aquí para allá detrás de los ejércitos, una caravana de ollas y niños, las cuarteleras. Pero la Delfina viste uniforme de dragón y es parte de la tropa. Es la literatura la que nos dejó el mejor retrato en la novela sobre Camila O'Gorman de Enrique Molina: una Delfina que cabalga desnuda y con una larga cabellera. Una fantasía, pero que revela la fascinación que –dicen– todos los soldados sentían por ella. Mientras, otras mujeres esperaban en el pueblo bordando el vestido de novia, como Norberta, la prometida oficial de Ramírez. También el final es más sentido en la literatura que en las crónicas: el Romance del Río Seco, de Leopoldo Lugones, nos hace ver la triste y larga cabalgata de un Ramírez ya vencido y perseguido por sus antiguos aliados, que huye con poquísimos hombres y con su Delfina. Ella queda rezagada, están por tomarla prisionera y él quizá podría haber escapado si no hubiera retrocedido para salvarla. Se dice que al regresar Delfina a Concepción del Uruguay (donde hoy podemos ver su casa), Norberta le regala el vestido de novia, como reconociendo que fue su verdadera mujer. Pero a veces me pregunto con quién se hubiera casado Ramírez llegada la paz.Por eso, pienso en la importancia de la cultura de época. Y me pregunto si no asumimos roles de tiempos pasados: qué idea del amor se tiene hoy, se tuvo antes, de qué modo el entorno y sus problemas socavan o unen relaciones. Delfina es un emblema de un tiempo en que dos imágenes, la guerrera y la novia, no se fusionaban en una sola mujer. ¿Y hasta qué punto hoy persiste la contradicción? Pasaron unos años desde que escribí la novela sobre Malinche y continúo percibiendo que algunos hombres dan por sentado que en mi casa no puede haber una sartén, no puede haber orden, “debo” ser una bohemia, debo no entender nada de administrar el dinero, debo ser una despelotada y, la peor desilusión, he notado, es cuando no soy “rara”, rara como una poeta. Más de una vez me sucedió que quien se acerca a la poeta espera vivir constantemente en un mundo de nubes. Un mundo que por supuesto sólo soportarían por un rato.
Yo me siento cruzada, empapada, por el rock y la tele, vaya conjunción. Me gusta el emblema de la pareja de John Lennon y Yoko Ono, aunque todavía fuera chica cuando los vi por la tele desnudos en una cama llena de flores y rodeados de carteles en contra de la guerra en Vietnam. Aunque no haya ni probado esa enorme cantidad y variedad de drogas que se dice que ellos consumieron, me entiendo más a partir de esa imagen de ellos y no viendo las falsas películas de Mercedes Carreras, que es el único ejemplo que recuerdo de mi propio país en esos años. Pero el problema para ahondar en esa historia es que recuerdo poco, recuerdo que él tenía una esposa a la que olvidaba en cualquier andén. Recuerdo que esa esposa un día se encontró ya instalada a Yoko en su casa. Que los Beatles no bancaban a Yoko y John les daba el portazo defendiéndola. Que después de muchos años juntos tuvieron unos meses de separación pero volvieron a unirse. Algunos lo lamentaban, decían que él estaba mejor durante su separación y con una “buena chica”. No recuerdo mucho más, así que trato de leer algo sobre ellos pero sólo encuentro drogas y alcohol en cantidades y mezclas como para descerebrarlos y superinterdependencia de adictos entre ellos. Suena a limitado que eso haya sido todo, que no encuentre más información excepto algunas grandes frases acerca de un gran amor. O es un relato moralista exagerado o ellos eran así de exagerados. Al fin y al cabo, eran tan tan emblema que es posible que no pudieran bajar de ahí. Hay algunos análisis psicológicos, como que John era un niño abandonado por su madre y que ella venía de la nobleza masculinista japonesa y ambos se necesitaron como barcos en una tormenta. Lo que en realidad importa es que ellos son el flower power, los happenings, las experiencias alucinógenas, distorsión en la percepción y distorsión en la guitarra, el arte conceptual, Give peace a chance, la pasión de la música contra un orden al que se estaba dando vuelta como un guante porque no daba ni respuestas ni felicidad. Hendrix prendiendo fuego a su guitarra, yo moría por Hendrix y Hendrix moría por sobredosis demasiado joven. Sí, el orden viejo no daba respuestas: ¿pero las da el nuevo?La generación paranoica, con melancolía de futuro y sin saber qué modelo... ¿Qué quiero? Ya ni sé. Me parece que quiero alguien que a apenas un mes de conocernos no me diga te amo ni me diga no quiero un compromiso. Alguien que se tome tiempo para ver, ver cómo soy, ver qué quiere ahora, con esta persona en particular y en este momento específico de su vida. ¿Y yo? ¿También seré capaz de no presuponer? Sobre todo lo que no quiero es esa manera en que algunos hombres parecen haber dicho “ustedes querían la independencia, aquí la tienen” y hacen mutis por el foro.Aunque no sea una buena película, hay una clave interesante en Acoso sexual: “Los hombres somos los que tenemos que ir a la guerra”, dice Michael Douglas. “Los hombres deciden las guerras”, responde su mujer, pero él contesta que no se encuentra precisamente en el Parlamento pudiendo tomar decisiones. En lugar de enfrentarse, “rehacen” la pareja comprendiendo que el problema está afuera y los afecta a ambos; en el caso de ellos, el problema de la competencia feroz entre empresas y entre personas dentro de una empresa. Otro excelente ejemplo son las películas de Abel Ferrara, esos hombres atrapados en tópicos masculinos que los destruyen y que no logran modificar. O Todo o nada, por ejemplo, donde el viraje económico ha dejado a los hombres fuera de su papel tradicional de “proveedores”. Allí los hombres encuentran al menos el primer paso para una solución: “poner al desnudo” el desconcierto y la dificultad. Esas son las grandes historias de amor de mi generación, esas películas parecen concentrar todas las discusiones y malentendidos que tuvimos en estos años. Miro a mi alrededor y veo que los que tienen parejas más sólidas y solidarias son los homosexuales, hombres o mujeres. Los que tienen 50 ya pasaron la época en que tuvieron que pelearla para poder mostrarse públicamente, los que tienen 30 o menos disfrutan más relajados de ese camino ya abierto. Los veo mucho más “de a dos” que a las parejas heterosexuales, aunque enfrentando otro tipo de dificultades, librados de cargar con la impronta de roles tradicionales y a la vez pelear contra ello. Aunque algunos tópicos culturales tuvieron que sacudirse también, sobre todo en la homosexualidad masculina, el rol de maestro-discípulo de los griegos por ejemplo. Verlaine-Rimbaud, Wilde-Bossie. Y una vez más la época: Wilde y Verlaine fueron encarcelados por “sodomía”, condenados a trabajos forzados. Es extraño cómo el mundo suele encarnizarse, como en el caso de Lennon, con un integrante de la pareja sin poder soportar la idea de que esa pareja es elegida por ambos, por destructiva que sea. Así como el mundo detesta unánimemente a Yoko, unánimemente detesta a Bossie (Alfred Douglas), el jovencito bello y según todos egoísta, perverso y malcriado que arruinó a Wilde. Después de hacerle malgastar su dinero y sus energías para escribir, después de despreciarlo a los gritos y luego buscarlo desesperadamente para continuar torturándolo, después de leerle poemas no muy buenos, de hacerle conocer el mundo de los taxiboys y de hacer un alarde de la relación que no era muy conveniente entonces, se dice que Douglas instigó a Wilde a enfrentarse con su padre en un juicio que todos advirtieron que terminaría mal. El padre de Douglas acusa públicamente a Wilde de sodomita, cuando se dice que no había nada que él pudiera enseñar a Bossie sino más bien al contrario, aunque el escritor fuera ya adulto y Bossie casi un adolescente. Wilde inicia un juicio pero pasa de ser el ofendido a ser el acusado y condenado. A partir de la condena sus libros dejan de estar en las librerías, su obra de teatro La importancia de llamarse Ernesto, que estaba teniendo tanto éxito, baja de cartel. La esposa de Wilde cambia el apellido de sus hijos, aunque se dice de ella que lo ayudó siempre, incluso al salir de la cárcel, ya arruinado de salud, de moral y económicamente. Se dice que mientras Wilde estaba en la cárcel Bossie intentó vender a un diario sus cartas, por lo que Wilde prometió a sus amigos y a sí mismo no dejarse enroscar nunca más por el mancebo al que todos consideraban una víbora celosa del talento de Oscar y aprovechada de su fama. Pero hay pasiones así, como un imán. Al salir en libertad allí está nuevamente Wilde con su Bossie, que ni lo cuida ni lo consuela. El gran escritor muere mientras el amante publica chismes y de paso sus propios poemas y embolsa dinero. Unánimemente esto es lo que cuentan las biografías y la película. Hasta Douglas mismo no logra desmentirlo bien. Pero no se dice mucho acerca de por qué Bossie, por qué no Robert, el primer amor masculino de Wilde que lo comprendía, lo apoyaba y amaba. Por qué no otros. Por qué esa obsesión en la que todos muestran a Wilde casi como un tonto cuando en su literatura es uno de los más agudos y sarcásticos. Algo veía Wilde en Bossie, algo que creía no tener en sí mismo, quizá todo el sarcasmo vuelto acto, un desparpajo brutal que Wilde habrá tomado por falta absoluta de hipocresía. Y la belleza, tan importante para el escritor que hizo un culto de la decoración y de la vestimenta. Como sea, está claro que opinar desde afuera siempre es inútil. En el fondo ningún ejemplo sirve, cada uno es cada uno.Al igual que Wilde y Bossie, unos cien años más tarde Sid y Nancy tuvieron una relación parecida, signada por la autodestrucción. ¿O por su manera neorromántica de entender el amor? Sid Vicious, el que en Londres no fue recibido por la Reina como Lennon sino que la burló en la canción God Save the Queen, que ninguna radio se atrevía a transmitir, el bajista fundamental del punk, encontró una noche a su amada Nancy apuñalada. Y aunque todo lo señalaba a él como culpable, no recordaba qué había sucedido. ¿Para qué lo rodearon de abogados y protección si lo que él quería, y finalmente hizo, era seguir a Nancy hasta la muerte? Siempre juntos, siempre desesperados. Comienzan los 80 con esta muerte, comienza aparentemente el triunfo del consumo, prevalece la droga del rendimiento sobre la del delirio. Por suerte nada es tan esquemático, también pasan muchas otras cosas, variedad de movimientos artísticos y de modos de relación que continúan bullendo. Pero básicamente, con menos extremo o espectacularidad, la misma exasperación de Sid tenemos todos, una exasperación que en realidad no nos la produce el otro sino la búsqueda de algo que siempre permanece inasible. Y más en esta época en que va apareciendo todo lo que los 80 y los 90 barrieron bajo la alfombra. De nada sirven ejemplos heroicos de amor en el día a día.
Sigo mirando alrededor para entender a través de modelos. De todos modos, cada época no tiene una sola imagen como un cuadro fijo, diversos modos conviven mientras los estratos de antes influyen. El tradicional matrimonio de Palito Ortega coexiste con las sucesivas parejas de Su Giménez, en las que siempre ella parece ser la “jefa de familia”. Ladi Di, la tragedia de querer sostener algo que ya no encaja es contemporánea, o casi, a la de la princesa Máxima. ¡Quién hubiera imaginado una princesa a quien le cuestionaran la actuación de su padre durante el Proceso! En la diversidad aparecen tantos ejemplos. Aparentemente un menú donde cada uno podría elegir el modelo ad hoc a su personalidad, aunque mayormente en cada generación prevalece un estilo. Frida Khalo coqueteando con Trotsky sin que Rivera protestara, aunque sí protestaba si ella tenía amantes femeninas. Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre estableciendo la no convivencia como fórmula de perduración. Anaïs Nin contando con detalles encuentros amorosos con, entre otros, Henry Miller, mientras Miller contaba sin eufemismos aventuras sexuales en los trópicos de Cáncer y de Capricornio. Y ambos amaban a June, la esposa de Henry. Madonna como ejemplo de la mujer que toma la iniciativa invitando a Banderas, Banderas como ejemplo de que hoy un hombre se atreve a decir que no. A veces los finales de las películas parecen regresar a cauces comunes o terminar en desastre. Ahora los que tienen que encontrar las nuevas formas del amor son ya nuestros hijos, a los que parecemos ridículas con nuestras polleras de bambula floreadas y que se ponen verdes si votamos al PO. Con todo, y aunque les tiraría con un plato cuando dicen que Janis Joplin es imbancable, confío más en ellos. Los veo haciendo menos diferencias entre hombres y mujeres, con roles más movibles. De pronto recuerdo un comentario de mi viejo a mi hermana y a mí: “Qué suerte, ustedes son amigas de los varones, en mi época no teníamos esa confianza, no nos tratábamos de ese modo”. Ya se sabe que la amistad no es como el amor, no se puede comparar una cosa con otra, pero es cierto que si la pareja avanzó fue inyectándole alguna cualidad de la amistad. Pero además, ya no hay ese ingrediente de muerte y destrucción como en Sid o en Lennon. Y mal que les pese a los jóvenes que ven a los 70 como una antigualla, parece que vuelve la idea de “resistencia” de a dos. Hoy nuestras hijas, cuando no se van del país porque no encuentran trabajo, se van con sus novios a un cacerolazo. Aunque a algunos de esos novios se les escuchan a veces opiniones que nos parecen descolgadas o yuppies. No importa. Estoy convencida de que en lo cotidiano, en las relaciones entre persona y persona, avanzaron más que nosotros. Creo. Quiero creer.
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