DOS CUENTOS ACERCA DE CONDENAS Y DESIGNIOS.. La condena del designio familiar (J. Göttling) Ahora ya no es hora para nada. A los 62, el hombrecillo de la calle Charcas, al fondo, ha quedado definitivamente solo: la muerte de su madre protocoliza esa situación de vaciamiento espiritual. Una historia sin anécdotas, pasó por la vida como un fantasma, como una sombra, invisible para quien no preste atención a su balcón de tercer piso. Ahora, al menos, abre las ventanas, busca el sol, ese instinto que tanto tiene que ver con la vida.El hombrecillo ni conservó su nombre, lo llaman Tito, no lo dejaron personalizarse, crecer. Ultimo hijo de una familia de rancias costumbres itálicas, cumplió mansamente el mandato de cuidar a "la mamma", devolverle la seguridad, el cariño, reparar el daño que produjo la muerte del padre. Ascético, mínimo, enjuto, Hermes usa aún un sombrero irreal, viste de traje, a veces se animó a remeras de colores apagados. Su drama comenzó cuando se casó Isabella, la menor de las hermanas, apurada por un embarazo que buscó para partir. Tenía él 22 años, estaba ingresando en la vida y quedó de muestra, como enfermero y protector. Tuvo posibilidades, pocas, que dilapidó con resignación. En el banco le ofrecieron una gerencia en Trenque Lauquen, la rechazó. Su máxima aspiración era conocer Sicilia, juntó plata, nunca se animó a dejarla sola, confundía deseo con deserción. Durante años su vida diaria terminó a las ocho de la noche, regaba sus plantas, sirvió la comida, prendió el televisor hasta que su madre se durmiera. Pasaron mujeres, pocas, corridas por la posibilidad siniestra de ser también víctimas de la condena inapelable, espantadas por el designio familiar. De Laura estuvo enamorado, no tanto como para liberarse.Hermes se jubilará a fin de año y no sabe qué hacer con ese destello de libertad. No tuvo tiempo para clubes, ateneos, siquiera el canje amistoso del café. Para sus hermanos fue un comodín, una baraja sin número y sin palo que se descarta cuando se juega la última mano. Sólo le queda el balcón y el dibujo tibio del sol. Como superar la condena del gris amarillento
De puro obediente, Aurelio se recibió de abogado. De puro obstinado se arregló para sobrevivir por afuera de su profesión, prescindir del ejercicio cruel y aburrido de expedientes, causas, legajos, para él, desde siempre, simple papelerío sin sentido. Hijo de gallegos con ilusión de vástago doctor, pero peor: hijo único, con esa mochila a cuestas. Aurelio es más que inteligente, tiene habilidades de pícaro, hubiera sido un buen embaucador, pero, además, le faltó coraje. Así es que vegetó con los libros de Derecho, estudió para olvidar cuanto antes, se recibió.A los 25 años, era un joven algo transcurrido, usaba pulserita antirreuma, taco sobresaliente para disimular su estatura. Aurelio era más alto que un petiso, pero tenía delirio de galán de telenovela. Vendía seguros con un lenguaje frondoso, abundante y entrador. Compró su primer auto, se fue a vivir solo, en un "pehache" de Núñez, cuando ese barrio era sólo una noción de catastro cercana a la General Paz.No le iba mal, pero lo perseguía una catastrófica sensación de fin de mundo. Aurelio no es totalmente feo ni decididamente aburrido, pero había algo en él que espantaba a las mujeres. Se rodeaba de amigos, salía de caza resignado a su condición de perdedor. Siempre dispuesto a no dejar pasar ninguna presa, era bufoneado por sus compañeros de andanzas. Juan, el de la barba retórica, decía que Aurelio era un león para las minas: "Le rajan todas".Entonces Aurelio comenzó a deprimirse, con subidos índices por la tarde, cuando ya no pinta el sol el patio, con una penumbra interior que pasa a ser endógena. Dejó los seguros, se la rebuscaba con las Flores de Bach, vendió partes de intrincados fondos fiduciarios, pero se sentía solo, habitante de una situación definitiva. Comenzó a perder el pelo, su rostro se hizo amarillento, vestía de gris.En retirada, frecuentó ateneos, centros culturales, se prendió con Marx, Lacan, el estructuralismo, le sirvieron para mejorar su discurso vendedor y fabricar un verso más atrayente. En el verano de 2001, Aurelio, el náufrago, encontró la salvación: vio bailar tango y supo que su vida había cambiado.El tango le cambió el gesto, modificó su postura corporal. Como en los viejos tiempos de la Facultad, tomó un par de clases para iniciarse, se estacionó en las milongas, se hizo habitué de La Ideal, se mudó al centro. Aurelio baila mal, pero lo disimula, convence con su verso. Vive de noche, viste pantalones pinzados, pulóveres de cuello redondo, zapatos abotinados, con taquito. Gana alguna guita enseñando a bailar a conspicuas señoritas, también deslumbradas por el profesor.Por el atractivo profesor. Aurelio, el codiciado, elige mujeres entre cortes y quebradas. |
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