Corre Diana hacia la nada
Diana, la conflictuada, no tiene otro registro de ella que aquel de haber corrido siempre tras la zanahoria. Nunca la alcanzó, tampoco está segura si le gustan las hortalizas, sobre todo las metafóricas. Sólo corre desaforada detrás de un porvenir que se aleja, el cansancio le enturbia el futuro. Tiene hoy 22 años, ninguna aventura, pocas amigas, las que recluta por descarte. Antes, después y adentro, la figura de su madre Elida, de quien heredó el pelo rojizo, los anteojos, las manías, las dietas y la ansiedad.
Tampoco registra vacaciones dedicadas al ocio, a la fiaca, al simple placer de no hacer nada. Elida se encargó de elegirle colegios, laboratorios, idiomas, museos, según ella la mejor preparación para el resto de la vida. Diana cumplió el mandato a costa de los últimos racimos de su módica felicidad: quedó de lado, ajena a la travesura, incapaz de la más mínima transgresión.
Cursó el Pellegrini, no tuvo aplazos ni anécdotas. Por supuesto que no fue a Bariloche, no la mantearon, no la aplaudieron ni le pidieron auxilio: su obsesión intimidaba, su madre también. Estudiaba los sábados y domingos para el parcial de fin de mes y, a fin de mes, para los exámenes de noviembre. Estudió los diciembres para varios abriles y así, mansamente, se le derramaron los irrepetibles años.
Quería estudiar cine, terminó siendo escribana. Diana, linda a pesar de ella, les pone flit a los tipos divertidos, se enoja a veces con los cuentos calientes de sus amigas, ignora que las envidia. Lo peor es que Elida tampoco está feliz, ahora la insta a estudiar chino, dice que será el idioma comercial del mundo. En su trabajo, Diana conoció a un filósofo al que, también, le gustaba el cine. Han fijado fecha para fijar fecha.
Pero no descansa, trabaja los sábados para el ajuar y los domingos para iniciar un fideicomiso para el primer hijo que tendrá en 2007. Ya encontrará entonces una excusa para seguir asesinando al ocio.
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