Todas mis chicas

Todas mis chicas
Lilo, Marce, San, Luni y Viole (todas mis chicas)

Thursday, February 1, 2007


Con permiso de Sastu publico esto

La tecnología termina por cargarse todo o –en realidad– por cagarse en todo. Fíjese si no el caso de los fotógrafos de la rambla de la Bristol. Yo tenía un amigo, Carlos Alberto Lucero –“Foto Cacho”, para la historia– que laburó treinta años en el veredón. En aquella época los fotógrafos andaban con la cámara colgada al cuello y un bastidor con muestras de su laburo, fotos blanco y negro o coloreadas, a veces con personajes famosos, jugadores de fútbol con bigotito, algún cantor irreconocible en malla... Y de noche el fogonazo de los flashes, incluso el magnesio –no sé si se acuerda– que hacía ¡pof! Ahora ése es prácticamente un oficio perdido, como el de los fotógrafos de plaza. Son personajes, como dice el mismo Cacho, “en vías de extinción” y dignos del Animal Channel.
En realidad quedan unos pocos de muestra, pero los turistas en lugar de hacerse sacar fotos por ellos se las sacan con ellos, los usan como parte de paisaje, como los lobos de piedra o el portero de la puerta del Casino. Claro que algunos de los veteranos sobrevivientes parecen hechos de piedra o de madera vieja, carcomida por el mar, todavía con el sombrerito blanco y el nombre bordado adelante: “Foto Tito”, “Foto Rubén”. “Absolutamente impresentables”, como dice Cacho, que se la banca todavía con un ambulante de garrapiñadas. Pero queda lo dicho: los recagó la tecnología.
Claro que no siempre. Al principio, la novedad los benefició. Cuando aparecieron las polaroids, esas cámaras que te daban la foto en el momento, como en las cabinas para sacarse fotos carnet, que fue lo primero, los muchachos de la rambla durante un tiempo la juntaron con pala: los turistas, hartos de que los curraran o de sospechar de que los currarían con el verso del pago adelantado y la entrega de las copias en el hotel que nunca se producía, confiaban más en esa imagen inmediata. Claro que las polaroids eran más caras y no eran fotos buenas. Uno apretaba y al ratito la máquina escupía la imagen, iba saliendo, se coloreaba. Pero para mí –y en eso coincido con Cacho– no eran fotos-fotos, era como un jueguito, como los seamonkeys o el tamagochi... Y fue el comienzo del final. Esas mierdas de las cámaras digitales los terminaron de matar. Hoy cualquiera se saca sus propias fotos. Y así salen, claro.
Con la música pasa algo parecido. Ahora ya no hay que ir a escuchar a un lugar, sino que la gente, los pendejos sobre todo, se la traen puesta. Y para música en vivo están los espontáneos –que de espontáneos no deben tener un carajo esos mafiosos– que se instalan todas las noches en las escalinatas y ahí le dan y le dan, te guste o no. Después pasan la gorra y hacen la diferencia. Son rebusques y no digo que esté mal, pero hay cosas lindas que se han perdido en ese sentido.
Antes, en la punta de la recova de la rambla del Casino que da a la Popular, estaba la Confitería París. Toda una institución. De ahí, cosa que mucha gente no sabe, salió el negro Falucho Burgos, el salsero famoso. En principio, la que recaló en la confitería fue la vieja, Rosa Burgos, que laburaba de ayudante en la cocina y el bar. Distribuía los ingredientes de a puñado por platito, hacía licuados, servía las bochitas de helado de dos gustos, esas boludeces. Y fue ella la que le consiguió el primer laburo al pibe, que por entonces se pasaba todo el día haciendo huevo en Punta Iglesia, apostando en carreras de ida y vuelta a Gancia contra algún porteño engrupido; porque el negrito tenía su lomo y era buen nadador. La cuestión es que el primer trabajo estival de Falucho fue en la París y por gestión de su vieja, que de ese modo y de paso lo vigilaba. De martes a domingos, a las siete de la tarde el pibe se sacaba la arena de las ojotas y se ponía una chaqueta borravino para atender las mesas llenas de turistas gasoleros.
La París ofrecía diariamente en su pequeño escenario una serie de módicas atracciones, un elenco estable al que se sumaban ocasionales artistas de segunda categoría de paso por la ciudad que, tras dar la cara en Canal Ocho y la voz a LU9, se hacían unos pesos en vivo en la París para empatar los números del verano. Entre las formaciones regulares que ocupaban diariamente el escenario de la París estaba la jazz de Armando Blumetti con su crooner Dick Perry, un petiso de bigotitos y voz minúscula. El sobrio Blumetti cultivaba sin énfasis un repertorio de ramos generales sólo limitado por los géneros que no tocaba; el tango, patrimonio del dúo Confalonieri y D’Ecquarta, bandoneón y guitarra que hacían milongas a mil, persiguiéndose como perro y gato; y el tropical, especialidad de Los Cocoteros. Estos movedizos morochos transitaban con entusiasmo la senda abierta por los innovadores Wawancó y alternaban ritmos limpios y machacones contiguos a la cumbia aún no importada con el desparpajo intencionado de “El manotón”, “Cachito no rompas los coquitos” y otras sutilezas. Sonaban bien.
El dueño –no de la confitería pero sí de la gestión del espectáculo que albergaba– era un oficial sobreviviente del “Graff Spee”, el inolvidable “Herr” Beer Mayer. El alemán, distanciado de sus compañeros agrupados desde el desembarco en la cercana Confitería Munich por cuestiones del momento (político), se había independizado, primero para convertirse en un excéntrico musical conocido como “El silbador leporino” y luego como promotor y representante de inmejorables berretadas.
Fue “Herr” Beer el primero en vislumbrar las aptitudes artísticas de Falucho la noche que descubrió que a Los Cocoteros les faltaba un paradójico negro para darle color y credibilidad. Así que le cambió al jovencísimo Falucho el saco por la camisa floreada, le dio un par de vainas de porotos secos para que hiciera “percusión espontánea”, según dijo, y le hizo repetir los coros que ya el joven mozo sabía de memoria de escuchar el repertorio todas las noches. Y ahí empezó todo.
Porque de algún modo todo lo que vino después, hasta el éxito del pibe que lo llevaría a tocar con Tito Puente, arranca de esa noche en que agitando los porotos secos y moviendo la cintura Falucho se sumó desde un costado al célebre estribillo: Colón, Colón... y su hijo Cristobalito. El cambio de chaqueta por camisa tropical y el hecho de trepar esos diez centímetros de escalón que le permitieron subir al escenario fueron gestos definitivos para un vuelco en su vida.
A lo que iba: todo eso hoy no hubiera sido posible con tanto cambio tecnológico. No sé si me explico.





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UN BESO...........

Un beso... no es ese toqueteo de labios de un segundo, de un decibel, de un grado (en la escala del amor), que te doy al salir de casa.
Un beso… no es ese apretón frío, duro, el que sale así, rápido, producto de la premura, del "estoy apurado…"
Un beso… no es ese mirarte sin observarte, sin olerte, sin saborearte, sin sentirte.
Un beso, no es ese choque de pieles protocolar, rígido, castrense, carente de todo calor y emoción.
Un beso... no es ese golpe de labios que gesta una "aparente sonrisa", pero que duele terriblemente, en el corazón.
Un beso, no es ese carbón humeante, casi extinto, sino, todo lo contrario.
Un beso es instinto puro, es indispensable, es aire, es agua, es vida.
Un beso es el canto del alma, es el único y último momento: eres tú.
Un beso es llama y hoguera al mismo tiempo, es divinidad y pecado: es piel.
Un beso es tibieza de corazón, es sólo el tiempo presente, es el único recuerdo que me quiero quedar y llevar de este mundo.
Un beso es una invitación, más que una despedida, es un "aquí estoy", más que un "ya me voy".
Un beso es divina saliva, es poro abierto, es inicio y nunca fin.
Un beso es amarte sin tocarte, es un quererte sin poseerte, es nervio puro, es amar en carne viva.
Un beso, un beso es un nombre!
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Wednesday, October 25, 2006

Problema del cronómetro y las infinitas monedas
Gracias a Adrián Paenza dueño del texto y a pagina12 quien ni sabe que me lo presto)
La mejor manera de desafiar la intuición, provocar al cerebro, entrar en conflicto con la lógica, es plantear un problema que involucre al infinito. O mejor dicho, que involucre a conjuntos infinitos. Al mismo tiempo, estos casos suelen activar una catarata de respuestas contradictorias, de debates internos que muestran, una vez más, la riqueza de nuestro intelecto, al que no siempre aprovechamos ni entrenamos.
Le propongo entonces pensar lo siguiente: supongamos que usted tuviera infinitas monedas. (Sí, ya sé: infinitas monedas no hay, pero éste es un problema que requiere "estirar" la imaginación hasta ese lugar... ¿Se anima?) Supongamos que en un habitación está usted con un amigo y que entre los dos tuvieran infinitas monedas.
Como las monedas son todas iguales (digamos de un peso), ustedes les pusieron un "número" a cada una y las ordenaron en forma creciente (o sea, primero la número 1, luego la 2, la 3, etcétera). Además, en la habitación hay:
a) una caja enorme (en donde uno de ustedes va a empezar a colocarlas; y b) un cronómetro.

El proceso que va a empezar ahora es el siguiente: yo hago arrancar un cronómetro, que empieza en la posición cero y dará una vuelta hasta llegar a cubrir 60 segundos (un minuto). Usted tiene 30 segundos para colocar en la caja las monedas numeradas del 1 al 10. Una vez hecho esto, su amigo retira la moneda que lleva el número 1. Ahora les quedan sólo 30 segundos en el reloj y nos empezamos a apurar. En la mitad del tiempo que les queda, o sea, en los siguientes 15 segundos, usted coloca en la caja las monedas del 11 al 20 y, rápidamente, su amigo retira de la caja la moneda que lleva el número 2. Ahora quedan 15 segundos antes de que se cumpla el minuto.En la mitad de ese tiempo (o sea, 7 segundos y medio), usted tiene que colocar en la caja las monedas numeradas del 21 a la 30, y su amigo retirará entonces de la caja la moneda número 3.Y así continúa el proceso indefinidamente: usted usa la mitad del tiempo que queda hasta completar el minuto para ir colocando diez monedas por vez en la caja, y su amigo va retirando (en forma ordenada) una por vez. Por ejemplo, y para ratificar que entendimos el proceso, en el próximo paso, en la mitad del tiempo que queda (tres segundos y tres cuarto) usted coloca en la caja las monedas numeradas del 31 al 40 y su amigo retira la moneda número 4.

Creo que se entiende el procedimiento. En cada paso usamos la mitad del tiempo que nos queda, para ir colocando sucesivamente –y en forma ordenada– diez monedas y vamos sacando, también en forma consecutiva, la moneda que tenga el número más chico. Obviamente, a medida que va avanzando el cronómetro y se va acercando a cumplir con el minuto pautado, tenemos que apurarnos cada vez más. La idea es que cada vez vamos reduciendo el tiempo a la mitad, para colocar 10 monedas y retirar una.

La pregunta que tengo para hacer es la siguiente: una vez terminado el tiempo (o sea, cuando expiraron los sesenta segundos), ¿cuántas monedas hay en la caja?".

Acá es donde lo quiero dejar pensando a usted sola/o. Créame que vale la pena no mirar la solución, para poder disfrutar del placer de pensar. No importa siquiera si la solución a la que llega es correcta o no. En todo caso, lo más importante no es llegar a destino sino aprender a disfrutar del recorrido.

Solución

La tentación es decir, naturalmente, que en la caja hay infinitas monedas. De hecho, después de los primeros 30 segundos, hay 9 monedas, después de los 45, hay 18 monedas. Pasados 52 segundos y medio, hay 27 monedas, y luego de 56 segundos y un cuarto, hay 36 monedas. Es decir, luego del primer tramo, quedaron 9 monedas, después del segundo, 18. Luego del tercero, 27. Luego del cuarto, 36. La idea es que luego de cada parte del proceso aumentamos en nueve la cantidad de monedas. Más aún: si uno "detuviera" el reloj en cualquiera de los pasos, en la caja habría un número de monedas que sería un múltiplo de nueve (¿entiende por qué? Es que en cada paso, ponemos 10 y sacamos 1).

Luego de este razonamiento que acabo de hacer, es esperable que uno tienda a suponer que hay infinitas monedas en la caja cuando termina el proceso. Sin embargo, esto es falso. En realidad, en la caja ¡no quedó ninguna moneda! Veamos por qué. ¿Qué moneda puede haber quedado en la caja? Elija usted un número de moneda cualquiera (claro... como usted no puede, voy a elegir yo, pero lo invito a que haga usted el razonamiento por su cuenta). Por ejemplo, la número 3. ¿Pudo haber quedado la número 3 en la caja? ¡No! Porque ésa fue la que su amigo sacó luego del tercer paso.¿Pudo haber quedado la número 20 dentro de la caja? ¡No! Tampoco ésta, porque luego del paso número veinte, sabemos que esa moneda la sacamos. ¿Podrá ser la número 100? Tampoco, porque luego del centésimo paso, la sacamos a ésta también. Entonces, otra vez: ¿qué moneda quedó dentro de la caja? Como usted advierte, cualquier moneda que usted crea que quedó adentro, tendrá que tener un número (digamos el 147.000), pero justamente, al haber llegado al paso 147.000 seguro que su amigo sacó esa moneda de la caja también.

Moraleja: a pesar de que atenta fuertemente contra la intuición, el hecho de ir sacando las monedas de la forma en la que describí más arriba, garantiza que cuando pase el minuto ¡no quedará ninguna moneda en la caja!

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Saturday, July 22, 2006


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Hay artistas que dejan la sangre en su obra. Pero cuando se trata de artesanías domésticas hechas con tampones no es, preferentemente, necesario llegar a tales extremos. Como al final de un programa de bricolage, Radar ofrece algunas de las encantadoras posibilidades que este nuevo arte ofrece. Si esto todo tal bonito esta hecho, de ...........tampones aunque parezca mentira....bueno es algo raro, no solo de palabras profundas vive el hombre.....besitos
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Wednesday, July 12, 2006

palabras....palabras....palabras....

SOlo una bienvenida para quien/es por primera vez talvez pasen a visitar......no puedo cargar fotos (quien sabe porque?!) desde el acceso rapido...enfin, algunas hay, bienvenida!!!!!!!!!

Friday, June 23, 2006

Paul Auster recuerda a Beckett

Por Paul Auster
Me mudé a París en febrero de 1971, un par de semanas después de cumplir 24 años. Llevaba un tiempo escribiendo poesía, y el camino que desembocaría en mi primera reunión con Beckett comenzó con Jacques Dupin, un poeta cuya obra yo había estado traduciendo desde mis días como estudiante en Nueva York. En París nos hicimos muy amigos, y como Jacques era el director de publicaciones de la Galería Maeght, a través de él conocí a Jean-Paul Riopelle, un pintor franco-canadiense que exponía en la galería. A su vez, a través de Jean-Paul, conocí a Joan Mitchell, la pintora norteamericana que vivía en una casa que había pertenecido a Monet, en el pueblo de Vétheuil. Años antes, Joan había estado casada con Barney Rosset, el fundador y editor de Grove Press, y por eso ella y Beckett se conocían bien. Una noche, hablando de literatura, ella se dio cuenta de la importancia que tenía Beckett para mí, y entonces me miró y me dijo: "¿Te gustaría conocerlo?". "Sí –le respondí–. Por supuesto que me gustaría." "Bueno, entonces escribile una carta –me dijo–. Y decile que yo te dije que lo hicieras."

Me fui a casa y escribí la carta. Tres días después recibí una respuesta de Beckett informándome que me encontrara con él en La Closerie des Lilas la semana siguiente.

No recuerdo qué año era. Puede que haya sido 1972, o incluso 1974. Partamos la diferencia y digamos que fue en 1973.

Lo vi una sola vez después de aquel encuentro –durante una visita a París en 1979–, y a lo largo de los años intercambiamos algunas decenas de notas y cartas. Difícilmente nuestra relación podría clasificarse como amistad, pero dada mi admiración por su obra (rayana con la idolatría durante mis años de juventud), nuestros encuentros y correspondencia eran sumamente preciados para mí. De entre una horda de recuerdos, citaría la generosa ayuda que me brindó mientras yo armaba el Random House Book of Twentieth-Century French Poetry (en el que contribuyó con traducciones de Apollinaire, Breton y Eluard); el emocionante discurso que le escuché una tarde en un café de París acerca de su amor por Francia y lo afortunado que se sentía por haber pasado su vida adulta allí; las amables y alentadoras cartas que me escribió cada vez que yo le enviaba algo que había publicado: libros, traducciones, artículos sobre su obra. También hubo momentos graciosos: una impávida crónica de su única estadía en Nueva York ("Hacía tanto calor, me la pasé apoyado en las barandas"), por no hablar de esa frase inolvidable de nuestro primer encuentro cuando, gesticulando con su brazo y fracasando una y otra vez en su intento por captar la atención del mozo, giró hacia mí y me dijo, en ese suave acento irlandés que tenía: "No hay mirada en el mundo más difícil de atrapar que la de un camarero".

Todo eso, sí, pero es otro comentario de esa misma tarde en La Closerie des Lilas el que se destaca por sobre todos los demás, y no sólo porque revela mucho de Beckett como hombre sino porque habla del dilema con el que todos los escritores conviven: la duda eterna, la inhabilidad para juzgar el valor de lo que uno ha creado. Durante la conversación, me contó que acababa de terminar de traducir Mercier y Camier, su primera novela francesa, escrita a mediados de los años '40. Yo había leído el libro en francés y me había gustado mucho. "Un libro maravilloso", le dije. Yo era casi un chico, y no pude contener mi entusiasmo. Pero Beckett sacudió su cabeza y me dijo: "No, no, no, no muy bueno. De hecho, acabo de dejar afuera un 25 por ciento del original. La versión en inglés va a ser algo más corta que la francesa". Yo dije: "¿Por qué haría algo así? Es un libro maravilloso. No debería haberle quitado nada". De nuevo, Beckett sacudió su cabeza: "No, no, no muy buen bueno, no muy bueno".

Después de eso, empezamos a hablar de otras cosas. Y de la nada, cinco o diez minutos después, se inclinó hacia mí sobre la mesa y dijo: "¿Realmente te gustó, huh? ¿Realmente pensás que es bueno?".

Era Samuel Beckett, y ni siquiera él tenía noción del valor de su obra. Ningún escritor lo sabe realmente, ni siquiera los mejores.

"Sí –le dije–. Realmente pienso que es bueno."

Este texto pertenece al libro Beckett Remembering/Remembering Beckett editado por James y Elizabeth Knowlson para el centenario del nacimiento del autor irlandés, y que acaba de aparecer en la editorial inglesa Bloomsbury.
QUIENES ME CONOCEN SABEN DE MI PASION POR AUSTER...Y QUE NO DEJO LIBRO -O ESCRITO-SUYO SIN LEER...

Friday, June 16, 2006

Cerra esa boca! (L.Peker)
Alicia miraba la vidriera de las confiterías deseando el merengue italiano y las frutillas con pastelera. Pero seguía de largo o –peor aún– salía a correr para olvidar la sequía de delicias en medio de los titubeos de la adolescencia. Carla ya no es adolescente pero, por sus hijas de seis años, intenta relajarse si quiere una tarde con medialunas, aunque ellas ya saben –y miden– qué engorda y qué no engorda. Laura es flaca, muy flaca, pero siente que es gorda porque fue gorda y que toda su vida va a ser gorda. No puede olvidar los atracones y las revueltas, aun entre los parciales de la Facultad de Filosofía y Letras. Ahora la mayor diversión de Patricia es ir a cenar con su marido, pero, en su primer encuentro, pidió una ensalada porque le parecía que –aun en una mujer liberada como ella– comer (y comer es comer pasta y no pasto) era mala señal para una primera cita.

Hasta el siglo XX la palabra placer estaba desterrada del diccionario femenino. El cuerpo no era propio y el sexo era un deseo ajeno. La revolución de la píldora les dio a las mujeres libertad sobre su cuerpo. Ya no era la única posibilidad embarazarse después de tener sexo. ¿Se necesitará ahora una pastilla que permita comer sin engordar para que las mujeres vuelvan a poder concretar sus deseos? ¿O los cuerpos tendrán que ser los que quieren ser y no los que deben ser, según la angostita mirada moderna?

Junto con el mandato de la delgadez, el cuerpo perdió un permiso y un placer: el de comer. Hoy comer está mal visto. Por eso, muchas mujeres comen escondidas, no comen, comen poco o comen –siempre– light. Por eso, Florencia Peña –famosa por hablar y no por callarse– se tapa la boca con una cinta que también acuartela la puerta de su heladera, Araceli elige una bebida 0%, la chica de la propaganda de mayonesa deshoja la margarita para saber si le pone a un plato una cucharadita de Hellmans (que gracias a diosdiet ya viene con menor tenor graso) y la amiga de la propaganda de “Ser” reta a la otra porque se come un sándwich. “¿No te estabas cuidando vos?”, la increpa.

Epa. “¿No te estabas (o no deberías) cuidarte vos?” es una frase que, dicha, silenciada, gritada, burlada u obviada es palpitada por muchas mujeres cada vez que miran una carta, compran en el supermercado, cocinan, piden o –simplemente– llevan un bocado a la boca. Por eso –incluso más allá de la delgadez o el sobrepeso– la presión sobre la alimentación femenina es el gran tabú de la época sobre el cuerpo (y los deseos) de las mujeres.

Tanto que Naomi Wolf dice que la comida es hoy lo que el sexo era para mediados del siglo pasado. Pedir y tener sexo ya no es un pecado, sino un mandato (al menos para las clases medias y altas que pueden hacer del sexo un entertainment sin riesgos). Sin embargo, aun entre las adolescentes humildes –por lo menos de Capital y el conurbano– el modelo es cada vez más parecido al mismo modelo de modelos que tienen que comer poco (pero poco y caro como todos los productos light) para no llorar –como la vedette Belén Francese– porque les dicen “gorda”.

Y en esta represión –los 15 segundos que muchas se toman antes de decidir si comer o no comer– hay un ahogo a las ganas, un apaciguamiento de los impulsos, un represión al llamado del hambre y una negación del derecho a degustar (y no sólo al deber de gustar). Las causas a veces son justas -el 60% de los argentinos tiene sobrepeso según el Ministerio de Salud de la Nación– y a veces sobre-expuestas –cuerpos aceptadamente bellos– pero, aun con razones o sin ellas, el control está. Si de chicos la penitencia era irse a la cama sin postre, hoy la penitencia es propia. ¿O querés que te griten “largá los postres”?

Prohibido comer
Las mujeres ganamos el derecho a hablar, votar, decidir, pensar, trabajar y gozar. Sin embargo, la mayoría, al menos, seguimos pendientes de la mirada ajena. Y aun las que pueden pensar y cuestionar los mandatos que les caen por la cabeza no pueden evadirse de sentirse acorraladas por el espejo social que pide mujeres flacas. Con la boca cerrada, al menos –y no casualmente– para comer.

“Comer siempre fue un problema para mí. Cuando no lo fue –hasta los 12 o 13–, me lo hicieron sentir los demás. En la secundaria, íbamos a las farmacias a pesarnos cuando salíamos del colegio, tomaba laxantes y tés diuréticos, pasaba días sin comer, después me comía todo y así. Desde chiquita tuve empachos e indigestiones varias. Recién a los 20 y tantos aprendí a comer “sano” y a no hacer dietas, es decir, comer bien todos los días. A veces me salgo porque me tiento o tengo ganas o creo que me lo merezco. Pero tengo una raíz bulímica que no se va. Es mucho más fácil para mí decir ‘no’ que probar un poquito porque esa ingesta me desata, me despierta el indio y no puedo parar, a mí no me sirve eso de la copita, el bocadito, el cachito, me bajo la caja de bombones sin parar y después paso seis meses sin probar nada, funciono por saturación-asco-asepsia. Pero reconozco que a fuerza de ensayo y error sobre mi propio cuerpo aprendí a comer bastante bien, a reconocer cuando el cuerpo me dice ‘basta, cortala’ y a hacerle caso cuando pide. Soy gorda y siempre lo seré, pienso como gorda, actúo como gorda y tengo todos los complejos y las inseguridades de una gorda. Nunca se deja de ser gorda”, asiente Laura, licenciada en Historia, de 36 años.

Su historia –desde el Lanús en que nació hasta Filosofía y Letras donde se graduó– habla de la historia de muchas mujeres, donde la represión a no comer desemboca en un atracón y en más represión. Y en un cuento donde la comida se vuelve enemiga.

Alicia tiene 44 años, un título universitario, un master y va por más. Ahora abre la heladera en busca de los Danonino que se come para ella. Pero, en algún momento, entre los 16 y los 17, años fue casi anoréxica. “Pasé de 49 a 56 kilos, y no me hallaba. Elegía muuuy cuidadosamente lo que debía comer (mi mamá me dice que me lo pasaba a huevo duro y manzana). Y me paraba en todas las vidrieras de confiterías y bombonerías a deleitarme con la vista de esas exquisiteces –recuerda–. De vez en cuando me atracaba un poco y me daba culpa, y hacía más dieta a partir del lunes siguiente. Después que nació mi hija empecé a correr, y mi cabeza y mi tiempo estaban tan ocupados que nunca más tuve necesidad de hacer esas cosas. Hoy, como manteca cuando tengo ganas. Y también cosas ‘sanas’ si me gustan. Todo esto suena muy ideal, pero soy consciente de que se sostiene a fuerza de brazadas y corridas. No sé si podría comer chocolate cuando me piace si dejara de nadar.”

El ejercicio es presentado –hoy– como la contracara de comer, en un doble juego. Por un lado, la actividad física puede dar placer y salud y, además, liberar las restricciones alimentarias. Sin embargo, para muchas mujeres los abdominales y las bicicletas son el castigo por la pizza del domingo. “Parece increíble pero es cierto: las mujeres vienen al gimnasio en forma ‘multitudinaria’ los días lunes y nos piden a los profesores que demos una clase más fuerte ‘para quemar en la hoguera los pecados del fin de semana’. Ahora bien, si el profesor les pregunta ¿qué comieron?, la mayoría responde ‘algunas cositas’ pero no cuentan la verdad. Notamos que sienten mucha culpa y ven al profesor como El Adulto que viene a retarlos por haberse dado un gustito”, enmarca la profesora Roxana Blanco, especialista en Estrategia y Marketing Deportivo del gimnasio Body, de Belgrano.

Si en el siglo XIX el confesionario era el lugar donde expiar pecados, hoy el gimnasio es el altar para exudar permisos. “La culpa se transforma en un punto en contra porque terminan no disfrutando lo que comen. También están las que, directamente, van a una clase sin desayunar ni almorzar y luego sufren mareos o desmayos, pero no reconocen que están en ayunas. El gran porcentaje de mujeres que realizan actividad física están obsesionadas con la siguiente ecuación: Comida=Calorías —> ¿Cuánto ejercicio tengo que hacer para gastar todo lo que consumí? Esta obsesión es la que las desvía del verdadero sentido que tiene practicar un deporte”, señala Blanco.

Los prejuicios puestos en lo que las mujeres se llevan a la boca hacen que también se sienta, directamente, pudor de comer (frente a los otros). Hay que pedir, asumir el gusto, pinchar con ganas, abrir la boca y masticar. Hay que abrir el cuerpo, moverlo, invitar al goce y dejar que el goce llegue. Hay que dejarse inundar y animarse. Por eso, mostrar que una come (más allá de ser o querer ser flaca o gorda), a veces da vergüenza. Eso le pasó a Patricia, una diseñadora gráfica de 32 años, cuando su actual marido la invito a cenar –a sus 22– por primera vez. “Fuimos a un restaurante divino, de pastas, con unos platos riquísimos. Y a mí en esa época me daba vergüenza comer en una cita, ahora no puedo creerlo, pero era así –asume–. Me pedí una ensalada... Hoy salir a comer es la mejor salida. Soy la que más come de los dos, y también a veces la que más come del grupo de amigos. Recuerdo eso y no puedo creerlo... y yo era flaca, ¡eh! Creo que sí, que hay algo de represión en el tema.”

El amor y la comida –no es novedad– están relacionados: los dos se arremolinan, justito ahí, en el estómago. “Amo comer. Y lo único que me quita el hambre es enamorarme: las tres veces en mi vida que me enganché con alguien no sentí ganas de comer. ¡Pero todo dura poco! El resto del tiempo, en general, como por ganas (soy de las que sienten hambre realmente) y también como por puro placer, es decir, sin hambre. Sé que está mal, pero lo hago. No me preocupa mucho que me miren, pero mil millones de veces sentí la mirada de los demás (no solo miradas sino gestos, comentarios, etc.). Y si dejo de comer algo es porque sé que ya comí demasiado y nunca porque me hicieron sentir ‘gorda’. La culpa me perjudica realmente poco, porque siento que con la comida ejerzo mi derecho al reviente”, se la banca Carla, una abogada de 34 años.

Pero nadie está exento de la presión sobre la comida. Aun Carla, que no les muestra a sus hijas mellizas de cinco años ninguna atadura, ve cómo ellas ya sienten limitado su vínculo con la comida. “Sin ningún éxito, procuro que las nenas sean libres. Por eso les insisto en que comer bien es comer variado y que ser sana no es ser flaca sino no estar enferma, hacer actividad física y estar contenta. Les digo que no hay por que demonizar los dulces y demás frases políticamente correctas, pero esincreíble la presión que meten los pibes a sus pares. De hecho, Julieta ya dice: ‘Tal cosa no la quise comer para no engordar’. ¡Y en casa no lo aprendió, precisamente!”

Aprender a leer, a escribir, a multiplicar y a restar calorías no es una cuenta gratuita para las chicas. “La edad de inicio de los trastornos de la alimentación ha bajado muchísimo, incluso hay casos desde los 9 o 10 años, porque entre los nenes ya se tildan de gordos”, alerta Edith Szlazer, directora de la Asociación Argentina de Bulimia y Anorexia. Este fenómeno de amor y odio hacia la comida –que hoy ya empieza en la infancia– sigue aumentando entre las mujeres jóvenes y adultas. “El mandato de no comer, o comer poco, junto con la presión de estar delgadas, produce que las mujeres hagan dietas imposibles que al final no pueden seguir. Por eso, los trastornos de la alimentación están en crecimiento, sobre todo la bulimia, que es una enfermedad secreta, porque frente a la mirada social que resulta violenta las mujeres generalmente se agreden a sí mismas buscando alternativas poco sanas como los atracones seguidos de vómitos, laxantes y/diuréticos”, describe Szlazer.

Muchas mujeres no llegan a un vómito post flan con crema, pero -igualmente– cada vez que tragan tienen que tragar saliva para tragarse pensar que pueden estar engordando por culpa de lo que están tragando. Y que tire el primer pan con manteca la que esté libre de sentir culpa por comer. “Sufro esa mirada represora”, asume Liliana Hendel, psicóloga y columnista televisiva del noticiero del mediodía de Canal 13. Para ella, esa represión hace que la libido femenina esté rendida a los pies de una (ahora sexy) milanesa napolitana. “Estar prohibiendo permanentemente enciende el deseo. El control social y la prohibición cargan la comida de un plus. Ya no es el vehículo por el cual logro los nutrientes que necesito para vivir. Ahora las mujeres hablamos de ‘no sabes lo que me comí...’. Hace veinte años se hablaba así de tener un amante.”

La mujer independiente del siglo XXI vive sola, trabaja, mantiene su hogar, no depende de la mirada masculina salvo (o más que nada) para evaluar su propia imagen. La presión de la delgadez es un autoflagelo que la sociedad fomenta. “Los varones más jóvenes han incorporado este estigma: escuché a muchas chicas de treintipico decir ‘mi novio me dice ¡gorda, bajá ese rollo!’ o ‘¿no tendrías que retomar tus clases de gym?’.” “Mientras que los medios alimentan con crueldad esa imagen de flaca y joven para ser exitosa y feliz. Florencia Peña con la cinta para no comer (con la que tampoco puede hablar) y Verónica Lozano que bebe aguas como si fuera champagne”, describe Hendel.

“No sé si alguien le cree a Araceli que toma Ser por los nutrientes y no por la dieta... –desafía Fabiana Renault, creativa publicitaria y directora de la Escuela Superior de Creativos Publicitarios Extramuros–, si no fuera por la figura, por qué convocar a una mujer que es referente de lo estético en sus múltiples campañas de ropa interior y no a una mujer que sea ejemplo de la temática femenina en sí misma, como, por ejemplo, Maitena. El problema es que como la mayoría de las campañas publicitarias está liderada por hombres, la mirada hacia la protagonista del comercial está a menudo muy centrada en la estética.” Por su parte, la fotógrafa de moda Andy Cherniavsky propone: “Puede haber una nueva estética de mujeres con cuerpos más rellenitos y creo que nos haría muy bien a todas. Pero hay algo muy cultural y muy metido del que es muy difícil deshacerse, y es esa mirada donde la perfección física pasa por la delgadez”.

Es hora de volver a la realidad. Hendel está apurada. Tuvo un día de trabajo y tiene hambre. “Te dejo –me despide y se ríe de su autoconfesión–, me toca la colación: galletita de tergopol con dulce diet y mate amargo... y el bomboncito que me sirvieron con el café y que guardé porque en el bar todos me miraban.” ¿Mejor comer sola que mal mirada? “Seguro que alguna amiga hubiera dicho ‘dejá eso ¡¡¡¿No era que estabas haciendo dieta?!!!! Así que mi bomboncito me lo como ahora.”

Saturday, May 20, 2006

....un pequeño homenaje
El tiempo se ha ido, sabor a naranjas,

¿Recuerdas? Recuerdo, el tiempo se ha ido...

La lluvia mojó el umbral del estío

Con el adiós eterno a la sed de ansias.

..............................................O.Bayer
RelojesWeb.com


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Monday, April 3, 2006

SOS a LEGO! (gracias R.Fresan)
La naturaleza de los juguetes –su precio y grado de sofisticación– probablemente sea el primer contacto que tienen los niños con la diferencia de clases. Nacido en el ’63, estoy casi seguro de haber tenido la suerte de que mi infancia haya sido bastante unplugged y que en ella, como en la de tantos otros, dejando de lado el ocasional robot a pilas y el control remoto con cable, reinaran Mis Ladrillos (clase baja), Rasti (clase media) y Lego (clase alta). La superioridad de Lego no se cuestionaba: colores más brillantes, un siempre satisfactorio click cuando se unían los pequeños bloques y –detalle importante– eran mucho más duros de morder y deformar. Y, a la hora del holocausto, ardían mucho más lindo. Pero lo importante era que Lego (y afines) era un juguete diferente, mutante y mutable y que se reinventaba con cada nuevo entusiasmo efímero o pasión duradera. Los Lego eran una especie de organismo que absorbía la última película o el último libro y trataba de emularlos aún sabiendo que esto era imposible. Pero en el desafío estaba la gracia y la aventura de –comprendiendo la imposibilidad de la reproducción perfecta con unas pocas variedades de piezas angulares y la ocasional y casi exótica curva– superar al modelo original. Cuando jugábamos con Lego –intuitivo juguete sin instrucciones, libre albedrío– éramos un poco dioses: creábamos y destruíamos, armábamos y desarmábamos y, cada noche, recogíamos los restos del día y los guardábamos en una caja grande que se iba nutriendo de dosis de pequeñas cajitas. Porque nuestros mayores lo tenían bien claro: regalar Lego era regalar el universo.

Ahora ya no, parece. Lego está en problemas y sus rivales son las eléctricas maquinarias de la alegría. Ya saben o ya se imaginan: videojuegos y computadoras y la posibilidad de ser uno con el juguete. Que el juguete juegue con nosotros en lugar de que uno juegue con él. Lo virtual versus lo real. Lo pasivo por encima de lo activo y hoy por hoy, apenas el4 por ciento del mercado español –trasladar el porcentaje a todos y cada uno de los países– está ocupado por “juguetes de construcciones”. Ahora los niños prefieren ver la explosión antes que producirla ellos (ah, el Big Bang de aquel petardo volando por los aires un castillo) y así –sigo leyendo– han bajado las ventas, hay pérdidas millonarias, se despiden a operarios, se cierran fábricas y la empresa busca soluciones de emergencia que a mí, lo siento, me parecen blasfemas. Porque –he seguido su no muy feliz evolución a lo largo de los años– no conformes con haber introducido cada vez más formatos de piezas hasta incluir miembros y cabezas y cuerpos ya listos acercándolo peligrosamente a las fáciles simplezas de la galaxia Playmobil, Lego se apuntó a los video-games en desesperadas pero productivas sociedades con el merchandising de Star Wars o Harry Potter. Lo cual es un absurdo: porque la gracia estaba en que lo de afuera acabara siendo legolizado y no al revés. De ahí el nombre con mucho de único e irreversible mandamiento: Lego proviene de leg godt. Lo que en danés significa: juega bien.
Todo esto no impide que su prontuario –desde su génesis en el taller de un tal Ole Kirk Christiansen en 1932, juguetero revolucionario que entonces se pasó de la madera al plástico– todavía sea magnífico y su poderío casi sin límites y sigo leyendo: Lego fue declarado juguete del siglo XX por la revista Fortune, el escritor Norman Mailer todavía conserva intacta la lego-metrópoli que construyó en 1965, 400.000.000 de niños y adultos (estoy seguro de que Lego es aquello a lo que más juegan, juntos, padres e hijos) comulgaron con Lego el año pasado y, en promedio, cada habitante del planeta posee 52 piezas de Lego sin saber pero sí sentir que apenas ocho de ellas alcanzan para crear 915.000.000 de figuras distintas. Aun así, las sombras avanzan y el profesor de Etica y Sociología José Miguel Marinas explica: “Lego es estupendo hasta que hay que recoger las piezas. Con los video-juegos no hace falta hacerlo”. Discrepo: a mí me gustaba guardar los Lego. Es más: me gustaba que se perdieran piezas debajo de camas y sillones y encontrarlas días después como si se trataran de un tesoro perdido o de un tiempo recuperado. Sostener un indivisible pedazo de Lego –parte de algo que hoy podría convertirse en un ladrillo de protesta o en el pie de un futbolista o en un lingote de oro ilegal, o en el volante de un fórmula 1 o en el taco alto del zapato de una asesina sexópata– es para mí el equivalente de hundir una magdalena en una taza de té y que todo haga click.

Friday, March 10, 2006

No se si talvez ya lo publique.........de cualquier manera lo encontre y me volvio a sacudir las telarañas un poquitin....

Silicona
ROSA MONTERO

Acabo de regresar de un largo viaje por América Latina y en todos los países me han hablado, enigmática coincidencia, del auge de la cirugía plástica por esos lares entre las clases medias y pudientes. Al parecer se ha desatado un auténtico frenesí mutilatorio, una fiebre por el bricolaje corporal, de manera que hordas de mujeres y tropillas de hombres se cortan, se succionan, se rellenan y esculpen, dispuestos a alterar la realidad y a fingir que son otros con un coste feroz en carne y sangre.
Claro que también en España nos recauchutamos como locos, y he leído que en la China posmaoísta andan todos tajándose los párpados para lucir unos ojos occidentales y redondos: la moda de las operaciones estéticas es una enfermedad mental muy extendida. Pero tal vez sea cierto eso de que en América Latina están especialmente enganchados al bisturí; a fin de cuentas, los cirujanos plásticos más famosos son brasileños, y nunca había visto a las argentinas, que siempre han sido guapas, tan morrudas y turgentes como ahora.
Yo no sé si la crítica situación que viven muchos países latinoamericanos es un acicate subconsciente para entregarse al doloroso beso de la cuchilla. Despegarse la piel de la cara y estirarla, arrancarse costillas, filetearse la panza, alterar penosamente el propio cuerpo, ¿no supone acaso una evidente huida de la propia realidad, una elección de la mentira, una loca carrera hacia la nada? Grandes carteles callejeros anuncian un sujetador en la ciudad de México; se ve la foto de una chica luciendo la prenda con donaire, y junto a ella aparece la siguiente frase: 'Es ¡como operado!'. Fíjense bien: lo que se valora del sujetador, con mucha interjección y letra gorda, es que deja los senos como de plástico. Es lo sucedáneo como opción preferible a lo real, es el triunfo de la falsificación sobre lo verdadero.
Sólo así se entiende, por ejemplo, que Alan García, a quien muchos consideraron un redomado bribón hasta ayer mismo, regrese a las elecciones peruanas con impensable éxito. O sea, digamos que García guarda la misma relación con el sistema democrático que una prótesis de silicona con un pecho.

Sunday, February 26, 2006


Sin destino - R.Bielsa

Martín apareció una noche, de esto hará dos o tres años. Era un pibe de sonrisa fácil, despreocupado y robusto, insensible al frío y al calor. En la esquina de 24 de Noviembre y Rivadavia marcó su territorio: limpiaba los vidrios de los autos, pedía unas monedas y, cuando el semáforo se lo permitía, corría algunos metros hasta el lugar de la vereda donde estaban sentadas su compañera, Roxana, y una hermosa criatura de ojos fijos con apenas algo más de un año, Tamara, cruzaba con ellas algunas contraseñas, y volvía a la fajina.
La chica tendría la misma edad que él, y caminaba con dificultad por una displasia de cadera. Con el tiempo, cuando ella quedó embarazada de Martín, me enteré de que la niña era de otro padre. A veces se alojaban en una pensión que queda a media cuadra, o en un hotel que está un poco más lejos, o directamente en el rellano del cajero automático de la esquina. Martín me dijo que si no juntaba doce pesos a lo largo del día, tenían que dormir en la calle.
Embarazada y todo, ella le daba una mano. Con la panza como una gaita, a causa de su andar anómalo, se deslizaba por entre los autos mientras que la hijita hacía garabatos en un cuaderno, sentada muy compuesta con la espalda contra la pared. Lloviera, tronara o chamuscara, estaban allí, Martín sonriente, ella diligente y la niña obediente, como si los condujera un solo hilo, invisible a la mirada acostumbrada.
Una nueva niña nació promediando el 2002: Micaela. La mujer de Martín dejó momentáneamente de ayudarlo pero no abandonó la vereda. Cualquiera que pasara podía verlos, el muchacho sonriente y movedizo, y su familia a unos pasos, la niña con algunos útiles escolares, y la beba alimentándose sobre el pecho de su madre. Me llamaba la atención el sólido vínculo a cielo abierto de esos cuatro seres vulnerables, los grandes ademanes de Martín, los dientes roídos de su mujer, la pequeña deidad impasible de ojos minerales y rulos, y la beba germinando.
Una noche de verano de 2003, pasé por la esquina y Martín no estaba. Su mujer se había sentado en el lugar acostumbrado, pero temblaba bajo un pulóver negro de lana y faltaban los chicos. “Se lo llevaron a la 8ª”, me dijo. “Yo estoy con fiebre. ¿No le puede dar una mano?”
Entré en la seccional, y le pregunté a un agente de guardia parpadeante y tenso si sabía algo de Martín, al que habían detenido por una contravención. “Por una contravención no”, me contestó, sosteniéndome la mirada, “por tenencia de estupefacientes. Estamos esperando el informe de reincidencia; si no salta nada, sale a las doce. Usted, ¿quién es?”.
Cuando me fui de la comisaría, recordé una broma que había leído en un libro de Imre Kertész: “Abajo esa moral, y no perdamos la desesperanza”. También me acordé de las palabras del tío Lajos, un personaje de la obra, con las cuales pedía que Dios los ayudase para que “podamos, lo más pronto posible, reunirnos otra vez alrededor de esta mesa, todos juntos, en paz, salud y amor”. Esa noche, el padre del protagonista se despedía de sus familiares porque al día siguiente se marcharía deportado a un campo de trabajo obligatorio. El libro se llama “Sin destino”; Martín había iniciado su largo viaje.
Volví, y le dije a Roxana lo que me habían informado. Los ojos se le volvieron como dos insectos que supuraran. “Hoy a la mañana salió a comprar leche para la bebé, y ya no volvió”, me contestó. Al día siguiente, él me juró que le habían puesto el sobre con droga en el bolsillo porque se había negado a darles el dinero que le pedían.
Después del episodio, todo volvió a esa “normalidad” sin sutura ni abrigo que los envolvía como la luz de un acuario.
El viernes 14 de marzo llegué a la esquina, y la encontré con el rostro desfigurado y un gran esparadrapo como una estrella, amarilla por el desinfectante, que le tapaba un ojo y parte de la frente. “Martín... –medijo– ...la cerveza, el vino. Nos echaron del hotel, yo quería irme con las nenas a visitar a mi mamá, él no, discutimos y me golpeó con un secador. Me dieron cinco puntos en el hospital, y a Martín se lo llevaron preso”. Tenía unas gotas de sangre en las mangas de la remera, y el otro ojo abierto como un alarido.
Martín es uno de los 92 chicos de la calle cada 100 de los que el Estado se desentiende. En su registro de antecedentes figura que fue detenido por tenencia de drogas. Ahora añadirán lesiones graves, o algo por el estilo. Mañana, quien sabe, homicidio, o morirá él mismo. Su mujer se quedará sola, aunque es posible que nunca haya dejado de estarlo. La hermosa niña será otro número en vaya uno a saber qué estadística. La beba ingresará a un hospital, a un instituto después, difícilmente a una escuela o la universidad, al final del viaje.
Kertész relata un episodio en el que el protagonista es retenido junto con otros jóvenes y adultos que llevaban la estrella amarilla en las solapas, el esparadrapo amarillo de los de su condición, para ser enviado a Auschwitz-Birkenau. La expresión de los dos policías a cargo del operativo, dice, “me evocaba esos recuerdos: la misma desgana y la misma preocupación, la misma resignación frente a un destino irremediable”. También, cuando marchan por la carretera rumbo a la enorme plaza con guijarros blancos, el patio de un cuartel: “De todo aquel largo camino, sólo recuerdo la curiosidad furtiva, poco decidida, casi vergonzosa que nuestro desfile provocaba en el público apostado en las aceras”. Como la novela de Kertész, sin destino.

Friday, February 10, 2006

NOSOTRAS QUE NOS QUEREMOS TANTO
Por Marta Dillon
No existiría el machismo si las mujeres no hubiéramos cavado, palada a palada, nuestra propia fosa de sometimiento, cosificación, inequidad, violencia. Somos nosotras las que nos sometemos a maniobras cruentas sin las que no podríamos vivir, como por ejemplo, la depilación, la gimnasia localizada, el probador. Somos nosotras, en nuestras múltiples y variadísimas versiones, las que retamos a los chicos y les decimos que parecen nenas cuando lloran, o maricones porque no se quieren meter a la pileta, por ejemplo. Es más, el maricón también se usa en femenino y se les aplica a las niñas que temen entrar a una habitación a oscuras. Somos nosotras las que decimos que tenemos los huevos llenos, que hay que tener huevos de oro para animarse a algo y etc., etc. Quienes más que nosotras nos creemos amables porque levantamos la mesa y lavamos los platos sin dejar que varón alguno se ensucie las manos con tales menesteres, y en cambio los dejamos aplicar su creatividad a la cocina, que cuando la hacen ellos es bien alabada. ¿Quiénes se enamoran de machos recios que se suponen apasionados porque cada vez que mirás al costado tornan del rojo al violeta a fuerza de furia celosa? Nosotras, y al decir nosotras nombro un amplio estereotipo femenino que tan bien definía, por ejemplo, una propaganda que decía que las argentinas éramos las más lindas del mundo. Nosotras que leemos aunque sea de reojito las dietas de las revistas para nosotras, que tenemos “tránsito lento” según otra propaganda (los varones jamás pero nunca jamás se estriñen), que somos recancheras porque vivimos a yogurt y podemos tener nariz grande mientras no nos vayamos de talle. Y si te vas de talle, bueno, será porque no pasaste los 30. Nosotras, mujeres asesinas, jamás protagonistas de botines (bueno, un papel secundario en todo caso). Nosotras que extrañamos que nos abran la puerta del auto, que los hombres paguen las cuentas y que se den cuenta de que queremos que nos digan bellas. Sobre todo porque últimamente empezamos a pagar todo para demostrar cuán poderosas podemos ser, y hacer tres jornadas de trabajo para demostrar que podemos con los chicos, el supermercado, el trabajo y la vida social. Y que como estamos tan liberadas nos reivindicamos máquinas sexuales a las que todo les tiene que gustar, que no confesarían jamás menos de tres polvos por semana, y que en el caso de que nos gusten o nos enamoremos de mujeres juraremos silencio por los siglos de los siglos porque las lesbianas como se debe o se recluyen en sus sitios friendly o son bellas y estilizadas como las de la tele. Bue, nosotras, chicas fuertes, de este tiempo, poderosas. Qué boludas. Como Moria, que de tan poderosa se reivindica travesti y dice cosas que son aptas para convertirse en titular principal de un diario, será Crónica, pero es un diario. Y después nos quejamos.

Friday, February 3, 2006


La computadora y yo
No bien llegué a territorio norteamericano, me acerqué a una computadora y pulsé la tecla Quejas. Mis viejas convicciones anti-imperialistas me impulsaron a protestar contra el muro que Estados Unidos está levantando en la frontera con México. Yo creía que esa vasta pared de acero se proponía impedir la libre circulación de las personas, al mismo tiempo que el Tratado de Libre Comercio aseguraba la libre circulación del dinero, y eso no me parecía bien. Pero la computadora despejó la confusión de mi espíritu: —No es un muro —explicó—. Es una obra de arte. Un gigantesco monumento que se erige en memoria de los mártires del oprobioso Muro de Berlín.
Entonces pulsé la tecla Dudas. Se me ocurrió plantear el caso de las leyes contra los inmigrantes. Leyes ya aprobadas, como la 187 de California, que suprime los derechos de los inmigrantes ilegales, y leyes anunciadas, como las que amenazan suprimir también los derechos de los inmigrantes legales. Mi duda era: ¿Se proponen estas leyes beneficiar a los indios? Siendo Estados Unidos una nación de inmigrantes, sólo los indígenas, los Native Americans, quedarían a salvo de esas medidas. Me parecía un gesto conmovedor: una expiación histórica, al cabo de tanto crimen y de tanto desprecio. Pero la máquina me aclaró las cosas: en América, inmigrantes son todos, y los indios también. Ellos vinieron desde el Asia, hace 30 mil años. Las leyes no tendrán excepciones.
Pulsé la tecla Iniciativas. Pregunté si ya existía algún proyecto para fabricar una tinta mágica, que fuera capaz de bañar a la mano de obra latinoamericana, para hacerla invisible, cada día, a la caída del sol, después de las horas de trabajo en los campos y en las calles del norte. Esa tinta podría evitar la molesta presencia de los braceros mexicanos y centroamericanos en las plazas, cines, restoranes y otros lugares públicos de los pueblos y ciudades de Estados Unidos.
—No todavía —informó la computadora.
Volví a pulsar la tecla Iniciativas. Pregunté si a nadie se le había ocurrido la idea de abrir una embajada de los Estados Unidos de América en Estados Unidos de América, con sede en Washington, para que la CIA pudiera organizar golpes de Estado también en su propio país.
—No todavía —repitió la computadora.
Regresé a la tecla Dudas. Pregunté: ¿No será un error que se llame Secretaría de Defensa al órgano de gobierno que se ocupa de la fuerza militar de Estados Unidos? ¿No será un error llamar Presupuesto de Defensa al dinero que la alimenta? Defensa me parecía una palabra equivocada, teniendo en cuenta que Estados Unidos no ha sido jamás invadido por nadie, pero en cambio se ha dedicado a invadir a los demás, desde los albores de su vida independiente, a un promedio de una invasión por año. ¿Y por qué esos gastos de Defensa siguen siendo tan enormes, casi el doble que en 1980? ¿Defensa contra quién, si ahora los rusos son buenos? Con cibernética impaciencia, la máquina me cortó el discurso y puso las cosas en su lugar: —El mundo amenaza —explicó—. No se puede confiar en nadie. Los buenos de ayer pueden ser los malos de hoy. Los buenos de hoy pueden ser los malos de mañana.
Yo agradecí la información, pero pedí a la computadora que me diera un ejemplo, sin ánimo de abusar de la buena voluntad de la tecnología.
—El tabaco —respondió la máquina.
En ese momento se me iluminó la cabeza. Me di cuenta de que ésa era una tremenda verdad: ayer el cigarrillo había sido bueno, en los labios de Humphrey Bogart o del vaquero de Marlboro, pero hoy es malo. Malísimo. Estados Unidos ha declarado la guerra santa contra el cigarrillo. Ignorante de mí, pregunté: ¿Por qué? ¿Se prohibe el cigarrillo porque da cáncer, o porque da placer? Entonces la computadora se desconectó. Y yo me quedé sin saber si los marines iban a invadir a los países fumantes, para salvar al mundo del pecado del humo. No habiendo más enemigos a la vista, ésa me parecía una promisoria posibilidad para el Pentágono y su presupuesto.
La máquina se negó a seguir funcionando. No me sorprendió. Yo nunca he tenido confianza en las computadoras. Siempre he sospechado que ellas beben de noche, cuando nadie las ve. Eduardo Galeano

Tuesday, January 24, 2006

AGUA
Como suele suceder con los elementos fundamentales, sólo es posible admirarse de su maravilla cuando falta. Pero el agua es mucho más que el líquido indispensable para calmar la sed, es también ese impulso que nos arrebata del sueño a la mañana, el espejo de los antiguos, la piel sobre la que se deslizan las naves. El medio del que venimos y al que siempre se termina volviendo.



Sumergirse, dejar que el agua se convierta en el abrazo y el vestido, que llene lo que está vacío, que haga bailar el pelo como a una medusa. Contener la respiración. Soltar pequeños globos de aire que seguirán su camino ascendente hasta perderse en su mismo elemento, más allá del agua, como niños que buscan a su madre para hundirse en su seno como si así pudieran mezclarse otra vez en sus líquidos. Abrir los ojos y no ver claro, ver en cambio los bordes empañados, colores difusos, el verde o el azul del agua. Estar debajo del agua, eso es lo que ella más extraña de la vida en libertad cuando lleva casi veinte detenida. Lo dice en el patio de visitas de una cárcel desangelada y de inmediato escuchar el chorro de agua que llena la bañera, meter el brazo hasta el codo para probar la temperatura, agitarla para que la caliente y la fría se hagan una sola, tibia, a la misma temperatura del líquido que corre dentro del cuerpo, todo eso se convierte en un placer supremo. Es así la restricción, convierte las cosas de siempre en gemas. Sin la sed no habría nada de seductor en el sonido de un chorro transparente llenando un vaso, sin el calor que ciñe su corset en verano no sería tan mágica la zambullida, el desplazamiento del agua hacia los bordes de una pileta, la brazada que impulsa y permite volver a sentir el bochorno antes de hundirse otra vez.
Exceso y restricción son los pasos de la danza del agua. Del frío intenso del baño transpirado en el que debemos desnudarnos al sopor del agua que enrojece la piel y espesa la sangre. De la sed al estruendo de la glotis subiendo y bajando en la garganta mientras el agua la pone a danzar como el mejor remedio, el que nunca falla, el único que sacia. De la tensión del agua transformada en vapor por la temperatura extrema de un sauna a la ducha fría, estimulante, dolorosa como el pinchazo de pequeñas agujas que ponen el cuerpo a andar y estremecerse. ¿En qué consiste si no es en un súbito exceso el poder del agua fría para espantar los últimos jirones de sueño, dispersos por el lavado de la cara, las pestañas hechas pequeños triángulos mojados, la conciencia del día repentina, nítida, como dibujada por una pluma y tinta china?
Del agua venimos, debería decir la oración, y a la tierra vamos. Aunque en la entraña misma de la tierra también el agua haga sus surcos y sus laberintos y arrastre en ellos lo que se pensó destinado al polvo. De agua somos. Más de la tercera parte de cada uno, de cada una, casi todo agua, líquidos, fluidos, materia dúctil, sin forma o mejor, con la forma de aquello que la contiene. Basta herir la piel para que se desborde el agua que llevamos dentro, o se filtre lentamente acarreando con ella la vida misma.
La vida misma depende del agua. El planeta es celeste desde la luna porque está, en su mayor parte, cubierto de agua. Agua que se agita, agua capaz de quedarse con todo lo que los hombres y las mujeres construyen, agua que viene del cielo y agua que se mece en la tierra. La misma y siempre distinta, moviéndose inquieta en busca del llano, del mar, allí donde es posible entrar y salir, dejarse lamer por el contorno de esa masainconcebible, deshecha en espuma, donde nos dejamos caer cuando tenemos el cuerpo cubierto de otra agua que se escapa por los poros, la imagen más perfecta del descanso, saltar sobre las olas, construir castillos que el agua se llevará como se lleva casi todo lo que se le entrega. Las ofrendas de flores en febrero para Iemanjá, la reina del mar, las botellas con mensajes que consuelan a los ahogados, los barquitos de papel en las alcantarillas, la mugre entre el jabón y los dedos, el arcoiris en la estela de las cascadas y en las tardes que fueron de lluvia y el sol hiere y espanta desarmándose en colores, atravesada su luz por el agua para fijarla en el cielo como clavada. O pintada.
Sobre el agua el viento sopla distinto, es más frío, más voraz. Es motor de las naves que se aventuran sobre la piel inquieta del mar o del río. Esa piel que cuando descansa es espejo, primera sorpresa de los antiguos que se descubrieron en su superficie ¿más feos o más bellos de lo que imaginaban? ¿Habrán creído alguna vez que el sol eran dos cuando se espejaba en el agua, que el cielo se había sumergido cuando el arrebol de la tarde tiñe los lagos de rojo, de naranja, de violeta? ¿Habrán descubierto a Ofelia en el mecerse de las algas, dispersas como cabellos, ondeando al mismo ritmo que el agua? ¿Habrán contando los círculos concéntricos que dibujan las gotas de lluvia antes de perder su identidad en las masas de agua? ¿Se habrán bañado bajo las tormentas con la misma algarabía con que lo siguen haciendo los niños en verano, como si hubiera algún placer extra en tener agua arriba y agua abajo, como si el mundo se pudiera poner patas para arriba y seguir siendo el mismo?
Del agua venimos. Del vientre líquido de nuestras madres en donde hemos vivido sumergidos nacemos a este medio seco y hostil donde los ruidos lastiman y la luz dibuja cicatrices en la retina. Al agua volvemos todo el tiempo, agua adentro y agua afuera, agua que limpia y agua que alimenta, que despierta, que arrastra y arrasa, que modela a las montañas y las corta, que empuja las piedras y las desintegra junto a la mano del tiempo, su aliado y su detractor porque cuando está quieta el tiempo la corrompe, como a todo lo demás. Y la extingue, dicen ahora, aunque el responsable no sea el tiempo sino la mano que ensucia, que explota, que agobia, la mano de los hombres y las mujeres que todavía no han aprendido a fabricarla aunque puedan recitar su fórmula casi desde el mismo momento en que aprenden a leer: H2O. Tenemos los elementos, pero no podemos unirlos, sólo queda la resignación de encontrarla donde habita desde siempre: en los laberintos de la tierra, los ríos que buscan al mar, en el mar. En la sal de las lágrimas, en el cielo que a veces se derrama, en el milagro de los grifos que a veces cantan y otras veces lloran pero llenan las manos y limpian, y alimentan y despejan los ojos de los jirones del sueño.

Monday, January 23, 2006

LA NENA ESCRIBE...VENDE Y MORALIZA!!!!!!!!!!
“Mirá las noticias y agradecé que no te haya alcanzado algo tan terrible como un tsunami. ¡Siempre hay alguien peor que vos!” “Encontrá tiempo para estar solo. Disfrutá tu película o libro favoritos.” “Cuando te levantes mirate al espejo y decí en voz alta: ‘¡Soy mejor y mejoro cada día!’.” Se supone que las frasecitas salieron de la pluma, o mejor dicho del teclado del último boom en ventas de Gran Bretaña. Porque la autoayuda en este mundo moderno y rapaz nunca pasa de moda, pero después de los escandaletes de grandes sabios del joie de vivre como Paulo Coelho y (nuestro más modesto pero no por ello menos iluminado) Jorge Bucay, y especialmente de después de tanto chongo y tan poca chica vení-que-te-enseño-a-vivir, la industria bestsellerística encontró otra vuelta de página a sus finanzas. La novedad que ha venido a revitalizar el sector se llama Libby Rees, tiene, ni más ni menos, 10 años, una andanada de lecciones por brindar, y una triste historia de vida que comenzó cuando tenía sólo 7 y sus padres se divorciaron y tuvo final feliz con Help, hope & happiness (Ayuda, esperanza y felicidad). Dice la leyenda que la aventura de escribir se desató cierto día al regreso de un paseo por el bosque en compañía de su madre: Libby se declaró triste por los vericuetos del divorcio; dijo: “Si cada vez que tiro un palo para que el perro lo persiga pienso que tiro lejos algo que me molesta, todas mis angustias desaparecerán”. Y la madre, preocupada por estimular a su inquieta primogénita, la alentó a tipear sus pensamientos, navegar por Internet hasta encontrar una agente literario y así las cosas hasta que Aultbea Publishing la convenció de firmar contrato con la nena. No por uno, sino por tres libros en total. No se saben a ciencia cierta los números. Claro que las malas lenguas reparan en algunos detalles: que la nena menciona La sociedad de los poetas muertos aunque nunca vio la película (habla, en realidad, de las implicancias filosóficas del carpe diem), que es para reponerse de los divorcios ajenos pero nunca habla de la separación de papá y mamá (que algunas sugerencias suenan excesivamente maduras) y otras sutilezas del estilo. Será que la gente es mala y comenta. Será que nadie le cree a la chicuela cuando dice: “Estuve triste... pero las ideas de mi libro me ayudaron”.

agradecimiento a la autora !
MI HOMBRE CIRULAXIA (GRACIAS P.12!)
El otro día me quedé pensando en la línea 108, y pensé que era una injusticia que el gobierno de la Ciudad haga de todo, menos algo por nosotras. ¿Qué quiero decir? Imagínense, queridas mías, una línea 108 que nos provea del hombre necesario para ser feliz. Sí, así como lo leyeron. Por ejemplo:

Línea 169
Ninguna mujer indigente de amor en la ciudad.
Ninguna mujer en garras de un hombre vil o mandón.

A que suena bien, a que las líneas reventarían. Una podría pedir las características deseadas, y una gran computadora analizadora de atributos masculinos se encargaría de darnos el espécimen necesario. Elegiríamos todo: color de pelo, cantidad de neuronas, color de ojos, atributos sexuales, gustos, obsesiones (para desarrollar nuestra partecita patética). Quiero, sí, una línea 169 para lograr el hombre necesario.

Y así sería muy divertido escuchar los pedidos y las ofertas que van saliendo y entrando. Gordos, flacos, barbudos, lampiños, maricones (porque, en el fondo, a muchas nos encantan los maricones, son la combinación equilibrada y perfecta de lo masculino con una amiga confidente y divertida), uno increíblemente amable y cero egoísta que nos espere siempre a que acabemos, otro que nos llene de besos todo el tiempo, aquel que nos saque a bailar Te tengo bajo mi piel de Frank Sinatra en boxer blanco mientras prepara una cena de exquisito sabor afrodisíaco, alguno que se dé cuenta de que nos compramos un vestido nuevo o nos cortamos el pelo, el que nos traiga una rosa roja cada vez que sale del trabajo y venga a dárnosla corriendo: el hombre perfecto. Eso sí: tendría que existir el derecho al reclamo, porque no nos van a decir que nos lo dan de por vida; eso sería un gran engaño, seguiríamos con más de lo mismo.

Podríamos ir probando –¿viste que una va cambiando?–, depende del día, depende de si estás con el período, o de si hace días que no vas a al baño. Y ahora que digo eso del baño... porque les cuento que soy de tránsito lento, como dicen en las publicidades de la tele, aunque para otras cosas transite muy rápido... sería así como “el hombre laxante”, ése que te mantiene relajada, sin dolor de cabeza y sin panza. ¡Así lo quiero: el hombre cirulaxia!

¡Sí, chicas! Si votamos, tenemos derechos. Exijamos a nuestros gobernantes que queremos eso. Si estamos felices (con un hombre al lado), hacemos todo mejor, aunque lo neguemos: somos mejores madres, mejores amigas, mejores en el trabajo. Aunque se me enojen las feministas, es cierto, o sea, me explico: si una está bien en el amor, quiero decir, elijas lo que elijas a nivel sexo, etcétera.

Imagínense si pudiéramos tener más de uno, algo así como un-hombre-con-repuesto: depende del día, de lo que creamos necesario, estarían en el placard, colgados de unas perchitas de diseño italiano. Y así nuestro corazoncito diría, mientras hojeamos un gran catálogo: “Mandame uno igualito a Brad Pitt”, o a Matt Dillon, o, en el caso de ser más latina, a Antonio Banderas, o a uno que me sirva de guardaespaldas como Osvaldo Laport pero con taparrabos puesto y que se corte ese pelo, por favor.

Ay, ya sé, es sólo un sueño. Aunque a veces los sueños se cumplen... ¿O los sueños, sueños son? ¿Será cierto?

Monday, January 9, 2006

"Nada ans�o de nada,
mientras dura el instante de eternidad que es todo,
cuando no quiero nada."
Corre Diana hacia la nada

Diana, la conflictuada, no tiene otro registro de ella que aquel de haber corrido siempre tras la zanahoria. Nunca la alcanzó, tampoco está segura si le gustan las hortalizas, sobre todo las metafóricas. Sólo corre desaforada detrás de un porvenir que se aleja, el cansancio le enturbia el futuro. Tiene hoy 22 años, ninguna aventura, pocas amigas, las que recluta por descarte. Antes, después y adentro, la figura de su madre Elida, de quien heredó el pelo rojizo, los anteojos, las manías, las dietas y la ansiedad.

Tampoco registra vacaciones dedicadas al ocio, a la fiaca, al simple placer de no hacer nada. Elida se encargó de elegirle colegios, laboratorios, idiomas, museos, según ella la mejor preparación para el resto de la vida. Diana cumplió el mandato a costa de los últimos racimos de su módica felicidad: quedó de lado, ajena a la travesura, incapaz de la más mínima transgresión.

Cursó el Pellegrini, no tuvo aplazos ni anécdotas. Por supuesto que no fue a Bariloche, no la mantearon, no la aplaudieron ni le pidieron auxilio: su obsesión intimidaba, su madre también. Estudiaba los sábados y domingos para el parcial de fin de mes y, a fin de mes, para los exámenes de noviembre. Estudió los diciembres para varios abriles y así, mansamente, se le derramaron los irrepetibles años.

Quería estudiar cine, terminó siendo escribana. Diana, linda a pesar de ella, les pone flit a los tipos divertidos, se enoja a veces con los cuentos calientes de sus amigas, ignora que las envidia. Lo peor es que Elida tampoco está feliz, ahora la insta a estudiar chino, dice que será el idioma comercial del mundo. En su trabajo, Diana conoció a un filósofo al que, también, le gustaba el cine. Han fijado fecha para fijar fecha.

Pero no descansa, trabaja los sábados para el ajuar y los domingos para iniciar un fideicomiso para el primer hijo que tendrá en 2007. Ya encontrará entonces una excusa para seguir asesinando al ocio.

Thursday, January 5, 2006

DOS CUENTOS ACERCA DE CONDENAS Y DESIGNIOS..

La condena del designio familiar (J. Göttling)

Ahora ya no es hora para nada. A los 62, el hombrecillo de la calle Charcas, al fondo, ha quedado definitivamente solo: la muerte de su madre protocoliza esa situación de vaciamiento espiritual. Una historia sin anécdotas, pasó por la vida como un fantasma, como una sombra, invisible para quien no preste atención a su balcón de tercer piso. Ahora, al menos, abre las ventanas, busca el sol, ese instinto que tanto tiene que ver con la vida.El hombrecillo ni conservó su nombre, lo llaman Tito, no lo dejaron personalizarse, crecer. Ultimo hijo de una familia de rancias costumbres itálicas, cumplió mansamente el mandato de cuidar a "la mamma", devolverle la seguridad, el cariño, reparar el daño que produjo la muerte del padre. Ascético, mínimo, enjuto, Hermes usa aún un sombrero irreal, viste de traje, a veces se animó a remeras de colores apagados. Su drama comenzó cuando se casó Isabella, la menor de las hermanas, apurada por un embarazo que buscó para partir. Tenía él 22 años, estaba ingresando en la vida y quedó de muestra, como enfermero y protector. Tuvo posibilidades, pocas, que dilapidó con resignación. En el banco le ofrecieron una gerencia en Trenque Lauquen, la rechazó. Su máxima aspiración era conocer Sicilia, juntó plata, nunca se animó a dejarla sola, confundía deseo con deserción. Durante años su vida diaria terminó a las ocho de la noche, regaba sus plantas, sirvió la comida, prendió el televisor hasta que su madre se durmiera. Pasaron mujeres, pocas, corridas por la posibilidad siniestra de ser también víctimas de la condena inapelable, espantadas por el designio familiar. De Laura estuvo enamorado, no tanto como para liberarse.Hermes se jubilará a fin de año y no sabe qué hacer con ese destello de libertad. No tuvo tiempo para clubes, ateneos, siquiera el canje amistoso del café. Para sus hermanos fue un comodín, una baraja sin número y sin palo que se descarta cuando se juega la última mano. Sólo le queda el balcón y el dibujo tibio del sol.


Como superar la condena del gris amarillento

De puro obediente, Aurelio se recibió de abogado. De puro obstinado se arregló para sobrevivir por afuera de su profesión, prescindir del ejercicio cruel y aburrido de expedientes, causas, legajos, para él, desde siempre, simple papelerío sin sentido. Hijo de gallegos con ilusión de vástago doctor, pero peor: hijo único, con esa mochila a cuestas. Aurelio es más que inteligente, tiene habilidades de pícaro, hubiera sido un buen embaucador, pero, además, le faltó coraje. Así es que vegetó con los libros de Derecho, estudió para olvidar cuanto antes, se recibió.A los 25 años, era un joven algo transcurrido, usaba pulserita antirreuma, taco sobresaliente para disimular su estatura. Aurelio era más alto que un petiso, pero tenía delirio de galán de telenovela. Vendía seguros con un lenguaje frondoso, abundante y entrador. Compró su primer auto, se fue a vivir solo, en un "pehache" de Núñez, cuando ese barrio era sólo una noción de catastro cercana a la General Paz.No le iba mal, pero lo perseguía una catastrófica sensación de fin de mundo. Aurelio no es totalmente feo ni decididamente aburrido, pero había algo en él que espantaba a las mujeres. Se rodeaba de amigos, salía de caza resignado a su condición de perdedor. Siempre dispuesto a no dejar pasar ninguna presa, era bufoneado por sus compañeros de andanzas. Juan, el de la barba retórica, decía que Aurelio era un león para las minas: "Le rajan todas".Entonces Aurelio comenzó a deprimirse, con subidos índices por la tarde, cuando ya no pinta el sol el patio, con una penumbra interior que pasa a ser endógena. Dejó los seguros, se la rebuscaba con las Flores de Bach, vendió partes de intrincados fondos fiduciarios, pero se sentía solo, habitante de una situación definitiva. Comenzó a perder el pelo, su rostro se hizo amarillento, vestía de gris.En retirada, frecuentó ateneos, centros culturales, se prendió con Marx, Lacan, el estructuralismo, le sirvieron para mejorar su discurso vendedor y fabricar un verso más atrayente. En el verano de 2001, Aurelio, el náufrago, encontró la salvación: vio bailar tango y supo que su vida había cambiado.El tango le cambió el gesto, modificó su postura corporal. Como en los viejos tiempos de la Facultad, tomó un par de clases para iniciarse, se estacionó en las milongas, se hizo habitué de La Ideal, se mudó al centro. Aurelio baila mal, pero lo disimula, convence con su verso. Vive de noche, viste pantalones pinzados, pulóveres de cuello redondo, zapatos abotinados, con taquito. Gana alguna guita enseñando a bailar a conspicuas señoritas, también deslumbradas por el profesor.Por el atractivo profesor. Aurelio, el codiciado, elige mujeres entre cortes y quebradas.